domingo, 17 de febrero de 2008

A PROPÓSITO DEL ESTADO SOCIAL Y DE DERECHO

Considerando que el Estado Social y de Derecho tiene como fin primordial la defensa de las libertades de los ciudadanos, así como garantizar los derechos individuales, colectivos, culturales y políticos contribuyendo a su bienestar utilizando los medios necesarios para velar por sus derechos y garantizar su cumplimiento conforme a la Constitución, he decidido exponer y denunciar los hechos que se relacionan a continuación y que chocan y se contradicen frontalmente con los principios del denominado Estado Social y de Derecho bajo cuya tutela dicen ampararse las democracias modernas.
La lesión de los derechos relacionados a continuación, son permitidos en unos casos, tolerados en otros y alentados en los demás. El estado de Derecho es soberano y posee el poder suficiente para contrarrestar los poderes fácticos de diverso orden que pueden presionarle y ante los cuales no hay justificación posible para ceder ante ellos haciendo dejación de sus obligaciones para con los ciudadanos, que, inermes ante el Estado y su omnipotente máquina burocrática, se sienten indefensos.
Estos son los hechos que contradicen a aquellos derechos que el Estado Social dice garantizar. No están todos, pero al menos los que siguen son plenamente demostrables y están vigentes en la actualidad.
Que la vivienda ha pasado a ser un artículo de lujo en lugar de un bien de primera necesidad.
Que la justicia no está alcance de todos y que no siempre es igualitaria ni justa ni ampara por igual a todos.
Que muchos enfermos y en demasiados hospitales son atendidos durante horas y en muchas ocasiones durante días en los pasillos de unas urgencias abarrotadas y propias de un país tercermundista.
Que demasiados pensionistas que han cotizado toda su vida, sufren de una pensión indigna que apenas les permiten subsistir.
Que muchas/os viudas/viudos, viven miserablemente los últimos años de su vida con una pensión que nos debería avergonzar.
Que muchas familias numerosas y no numerosas con escasos recursos económicos soportan unos gastos vergonzantes al no disponer de material de enseñanza gratuito para sus hijos y que el Estado debería sufragar.
Que la mujer sigue estando relegada a un segundo plano en el mundo laboral.
Que los malos tratos a las mujeres continúan siendo vergonzante noticia cada semana.
Que la banca sigue obteniendo unos desorbitados y usureros beneficios año tras año.
Que la corrupción sigue campando por sus respetos.
Que la iglesia católica continúa desafiante con su arrogancia de siempre en un estado aconfesional.
Y posiblemente muchos otros más, aquí omitidos pero presentes en nuestra sociedad.Por todo ello, solicito de los responsables del Estado Social y de Derecho que decimos disfrutar, tomen nota de los hechos aquí expuestos y sin más dilaciones, discursos y justificaciones se pongan manos a la obra y conviertan las injusticias en justicias, las dejaciones en derechos consolidados y las manidas utopías en realidades posibles y plausibles que nos acerquen a un auténtico estado de bienestar, justicia e igualdad.

sábado, 26 de enero de 2008

LA CAMPANA DE LA PAZ

Cada seis de agosto y desde hace sesenta y tres años, la Campana de la Paz de la ciudad japonesa de Hiroshima, repica recordando al mundo el horror de una población que sufrió la ira de quienes desde entonces han tratado de justificar semejante barbarie con la injustificable excusa de evitar más dolor y sufrimiento.
Murieron casi doscientas mil personas inocentes y muchas más que quedaron pavorosamente impedidas para el resto de sus días. Población civil que no participaba en las acciones militares y que fueron tratados como conejillos de indias en el pavoroso experimento que pocos días después se repitió en Nagasaki.
Japón claudicó, pero nunca sabremos si la guerra se hubiera prolongado mucho más sin el lanzamiento de las bombas y si el dolor causado hubiera sido semejante al que soportaron los habitantes de estas ciudades mártires.
Lo que sí es seguro es que desde entonces se estableció una loca carrera por dominar la energía nuclear que en varias ocasiones ha puesto en peligro la paz mundial con la amenaza del holocausto nuclear que sufrimos durante la llamada guerra fría que se libró entre las dos superpotencias y que sigue latente hoy en día.
Las consecuencias de aquel espantoso e inicial experimento van mucho más allá. Hoy están en posesión de armas atómicas una multitud de países, muchos de ellos con una inestabilidad política y social que hace temer una confrontación entre naciones que mantienen diversas rivalidades que podrían ocasionar la utilización de dichas armas y que podrían arrastrar a las superpotencias a un cataclismo de incalculables consecuencias.
Pero la Campana de la Paz no dobla hoy en día únicamente por aquellos espantosos sucesos. Los frentes bélicos abiertos en todo el mundo son incontables y en todos los continentes, menos, claro está, en aquellos que se encargan de suministrarles las oportunas herramientas de destrucción.
Los países suministradores de armas, España entre ellos, se limitan a contemplar como se destruyen, experimentando de paso el empleo de nuevo armamento más letal y efectivo. Causa verdadero espanto constatar que existen ferias y exposiciones de armamento donde se muestran los últimos avances en la tecnología armamentística destinada a causar sufrimiento, muerte y destrucción.
La Campana de la Paz no debería doblar solamente cada seis de agosto. Debería hacerlo cada día para recordar a los seres humanos su pavorosa y estúpida capacidad de destrucción.

viernes, 11 de enero de 2008

A VUELTAS CON EL HIMNO

Es como si a los arcos de nuestro soberbio y colosal acueducto de Segovia nos empeñásemos en ponerles ventanas con cristales después de dos mil años campando por sus respetos con sus impertérritos sillares de granito desafiando el paso del tiempo o como si pintásemos los hermosos muros de nuestra bellísima catedral, la dama blanca, la dama de las catedrales. Sería una aberración incalificable, una herejía donde las haya.
Lo mismo pienso de la obsesiva empresa en la que se han embarcado, - vaya a usted a saber de quién partió tan desdichada idea que no es de hace unos días– quienes querían ponerle y de hecho han conseguido, letra al himno nacional después de tanto tiempo huérfano de semejante ropaje. Éramos pocos y parió la abuela. Lo que faltaba para el duro. A buenas horas mangas verdes. Cualquiera de estos dichos populares, puede reflejar este hecho que no deja de sorprender a propios y extraños.
Sin entrar en detenidas consideraciones en cuanto a la letra – a simple vista me parece vulgar, ramplona y decadente sobre todo cuando cita aquello de gloria a los hijos y grandeza a la patria – la oportunidad me parece de todo punto inapropiada. No era necesario arropar una melodía que antes identificamos de inmediato y que ahora nos va a sonar a una extraña mezcolanza que nada tiene que ver con el himno que había tomado desde hace tiempo y por derecho propio carta de naturaleza en los oídos de los españoles.
Un político catalán, digamos moderado, preguntado sobre este tema, respondía que nada tenía que decir, pues al fin y al cabo él no era español, no representaba por lo tanto a su nación – todo en un perfecto e impecable castellano - y se trataba por lo tanto de un asunto que no le competía. Imagino que el ínclito Carod, más radical él, claro está, se tapará los oídos cuando suene el himno, aunque quizás le pique la curiosidad por escuchar como suena con letra incluida, esa letra que el representante de la izquierda más recalcitrante del panorama nacional describe como rancia, calificativo que a su partido le sienta como un guante.
Seguro que su opinión sobre, pongamos por ejemplo la Marsellesa – ojo con la letra de este himno, cuasi violenta ó la del inglés, empalagosa y melosa oda a la reina – hubiera sido otra, sobre todo porque seguro que hubieran dado su positiva opinión tratándose de dos grandes países como seguro dirían ellos.
No cito a los políticos de los principales partidos, porque considero que no merece la pena. Ya saben, unos lo políticamente correcto y otros, simplemente lo correcto. Al fin y al cabo, es un tema delicado. Se trata de uno de los símbolos de la nación que representan al País y ellos más que nadie han de ser respetuosos. Nada nuevo bajo el sol.
Pero y el ciudadano de a pie, usted y yo, vamos. Pues como decía aquel, que se vendimie. Tenemos otros problemas que de verdad nos preocupan y que sí merecían ocupar a los políticos y a las primeras páginas de los medios de difusión como ya lo ocupan en la vida diaria de las gentes.
Con los símbolos de mi equipo ya tengo suficiente, y de vez en cuando hasta me dan satisfacciones, cosa que ustedes me niegan día sí y otro también. Puestos a elegir, me quedo con el Asturias patria querida. No soy asturiano, pero a quién no le ha alegrado memorables momentos y hasta le ha emocionado en determinadas ocasiones. Su letra es sencilla, tierna y alegre, habla de su tierra y de sus gentes sin ánimo de ridículas grandezas, glorias pasadas o vanos amores patrios.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

EDUCACIÓN ESPARTANA

Al cumplir los siete años, los niños Espartanos abandonaban su casa y quedaban bajo la autoridad de del Estado. Aprendían entonces a leer y a escribir - según Plutarco, este aspecto se reducía al mínimo indispensable -. Pero lo esencial de su formación consistía en endurecerlos físicamente por medio de la lucha y en aprender el manejo de las armas, a marchar en formación y, por encima de todo, a obedecer ciegamente a sus superiores y buscar siempre el bien de la ciudad.
A partir de este momento los ciudadanos se preparan para la vida militar ya desde la misma infancia, sometidos a un entrenamiento que busca convertirlos en guerreros perfectos, preocupados sólo por el bien del Estado.
La expresión educación espartana, se acuñó para hacer referencia a la formación que se caracteriza por una total rudeza en los métodos y en las formas a la hora de educar y formar a niños y jóvenes. Tiene como origen la educación que se impartía en la antigua Esparta en el siglo VII adc.
Leo en Internet, que en una guardería de Japón se imparte una educación a base de soportar los mayores rigores imaginables para niños de esta edad como la ausencia de calefacción y la desnudez en la que se encuentran con el objeto, dicen sus educadores con el consentimiento de los padres, de endurecerlos física y mentalmente.
La diferencia con los espartanos de entonces, es que ellos se preparaban para la guerra, mientras que los nipones del siglo XXI lo hacen para enfrentarse al estrés, al vertiginoso ritmo de vida actual y a la competitividad salvaje propios de los tiempos que nos ha tocado vivir.
Entre ambos ejemplos han pasado miles de años y habido todo tipo de cambios y revoluciones sociales que han repercutido en la educación de los más jóvenes que han tenido que pasar por múltiples modelos, métodos y concepciones de la enseñanza siempre con el objeto de mejorar el rendimiento y la pedagogía con el fin de lograr unos jóvenes mejor preparados que puedan afrontar con solvencia el desafío de los tiempos actuales, lo cual supone un reto de considerables dimensiones.
Conseguir estos objetivos, siempre ha supuesto un esfuerzo por parte de todos y siempre contando con la colaboración del sujeto de la educación que es el alumno, sin la cual todo esfuerzo por parte de los educadores cae en saco roto siendo su esfuerzo baldío.
Para lograr estos fines, los docentes necesitan disponer de unos medios, de unas herramientas, de unas armas, valga el término, sin los cuales los objetivos que nos proponemos resultan imposibles de conseguir.
¿Qué puede hacer un profesor al que se le ha privado de su facultad de hacerse respetar y de imponer una disciplina con la que en principio todos están de acuerdo, pero que a la hora de la verdad nadie respalda ni respeta?. La presión a la que están sometidos es tremenda y su frustración cada día más elevada. En estas circunstancias, ¿qué podemos esperar de su labor?. ¿Cómo podemos tener la desfachatez de cargar las culpas sobre quienes no tienen ni los medios ni la autoridad para llevar a cabo su labor?.
La situación es realmente grave y nadie mueve ni un dedo para resolverla. El profesorado está absolutamente indefenso y expuesto cada vez más a la presión y la violencia que de muy diversas maneras se abate sobre ellos, mientras los alumnos, la inmensa mayoría, ven impotentes como la calidad de la enseñanza va degenerando debido a la falta de disciplina, que, en general, campea por sus respetos en las aulas.
Resulta descorazonador leer las últimas encuestas sobre la educación en España. Los alumnos, no solamente apenas leen – claro está, que tampoco lo hacen los mayores -, sino que no entienden lo poco que leen. En cuanto al nivel de conocimientos por materias ocupamos los últimos puestos de los países europeos. Es para sonrojarse.
No es preciso llegar a los extremos de la educación espartana ni imitar el ejemplo de los niños de la guardería japonesa con sus niños-robot del futuro. Se trata de inculcarles una mínima disciplina hoy prácticamente desaparecida y unos valores que hoy brillan por su ausencia y que se resumen en uno que los acapara a todos y del que dimanan todos lo demás: RESPETO. Y éste ha de hacerse efectivo hacia los padres, hacia los mayores, hacia los educadores. Sin respeto no hay educación y sin educación no hay esperanza ni futuro para una sociedad.
Aunque haya que dar una bofetada o algún azote en el momento oportuno, siempre en el ámbito familiar, nunca en el escolar. No creo que el legislador deba inmiscuirse en la gradación del castigo físico, porque el simple hecho de denominarlo así resulta absurdo.
A nuestra generación nos dieron quizás demasiadas bofetadas, la mayoría seguramente con razón, pero desde luego, y no es una manera de hablar, no nos traumatizaron en absoluto.
De lo que no cabe duda, es que aprendimos a respetar y lo hacíamos no como una obligación o un deber impuesto, sino como un sentimiento inherente al ser humano y que ni nuestros padres ni nuestros educadores se veían en la necesidad de recordarnoslo. Eramos así, educados y respetuosos. Algo que ni hoy ni nunca puede ni debe pasar de moda. Algo que hoy echamos de menos y que debemos recuperar.

lunes, 17 de diciembre de 2007

EL JUGUETE DE CARTÓN

Parece un cuento adaptado a estas fecha Navideñas pero la anécdota que refiero a continuación protagonizada por una tierna niña, es real y supone un fiel reflejo, subjetivo donde los haya, del sentimiento de los niños ante una actividad tan importante para ellos como es el juego. Lo relata su abuelo, una persona conocida para mí y lo hace con una mezcla de incredulidad, emoción y ternura ante la reacción de su nietecita.
Lo relato aquí, porque creo que es una preciosa y hermosa lección la que esta niña nos da con su espontánea y tierna actitud ante el juego con un sorprendente juguete que la llena de felicidad y gozo y que a nosotros debería hacernos pensar y extraer la correspondiente lección sobre la infancia, el juego y los juguetes sencillos y no por eso menos mágicos y divertidos para el mundo infantil.
Era el día del cumpleaños de la niña. La familia se encontraba alrededor de ella, expectante, esperando su reacción ante el ingente montón de juguetes de todas clases, tamaños y colores esparcidos a su alrededor.
Muñecas, casitas, peluches y otros muchos juguetes multicolores, unos estáticos y otros en movimiento danzando y bailando formaban un coro a su alrededor que mantenían a la niña con una expresíon que era una mezcla de susto, sorpresa y contenida alegría.
Sus ojitos desorbitados miraban nerviosamente de un lado a otro, girando su cabecita a izquierda y derecha, siguiendo la trayectoria de los muñecos andantes y bailarines que giraban y giraban a su alrededor.
No se decidía. Trataba de atrapar a uno de los ositos danzantes y al momento se volvía hacia una preciosa muñeca que le hablaba con insistente y repetitiva dulzura con un mensaje inaudible entre el barullo general que dominaba el circo multicolor.
Volvía su carita hacia sus padres sonriendo nerviosa, interrogándoles con la mirada qué decisión tomar. A continuación volvía la vista sobre el montón de juguetes donde descubrió algunos sin abrir, envueltos primorosamente y rematados con un encantador lacito. Se dirigió hacia uno de ellos y lo desprendió con un ligero toque de sus deditos para descubrir una linda muñequita que la miraba fijamente.
Pronto descubrió otro paquete, este mucho más grande, el mayor de todos y de vivos colores. Desató el lacito y, oh sorpresa, un encantador osito, blanco como la nieve surgió como por encanto de su encierro de cartón. Lo tomó en sus brazos, lo besó y acarició para depositarlo después en el suelo. Se quedó observando de nuevo el jolgorio general orquestado a su alrededor. Nada quedaba por abrir, nada por mirar.
No sabía por cual decidirse. Seguía a uno, tocaba a otro, acercaba sus manitas a los juguetes bailarines que se le escapaban danzando en otra dirección. Ninguno parecía convencerla. Le era imposible decidirse por uno de ellos. Miraba y miraba girando nerviosa y rápidamente su carita hacia sus familiares que con una contenida emoción la seguían con la vista, hasta que de pronto, su cara se iluminó.
Entre la multicolor montaña de papel de envolver que se había formado, apenas aparecía un caja grande con múltiples dibujos de miles de colores, abierta y colocada en una posición inestable. Exhibiendo unos nerviosos grititos, con pasos decididos y tan rápidos como inseguros, hacia ella se dirigió.
Colocó sus leves manitas sobre el paquete de cartón y lo empujó. Al comprobar que se movía, continuó impulsándolo hasta extraerlo del montón de papeles de colores que salieron despedidos hacia los lados. Qué exclamaciones de satisfacción, qué alegría desbordada, qué placer comprobar que controlaba y dirigía el movimiento del cartón alrededor del montón de juguetes ahora olvidados. Cómo lucían sus ojitos convertidos en dos puntitos luminosos abiertos al compás de su boquita que gritaba de gozo y satisfacción.
Lo movía, lo paraba lo giraba y lo volvía a empujar. Diríase que había descubierto su juguete ideal. El más preciado para ella. El juguete que le hacía feliz. El juguete de cartón.

viernes, 14 de diciembre de 2007

QUERIDO PADRE

Apenas unos meses después, has decidido reunirte con Madre, allá donde seguro que reina la paz y habita el sosiego, donde descansáis después de toda una larga y fatigosa vida. Y lo has hecho como siempre, querido padre, como has vivido, sin molestar a nadie, sin un ruido, sin una queja, mientras dormías.
Sumido en las inescrutables tinieblas de tu mente has vivido desde que madre nos dejó, sin saber siquiera que ella ya no estaba. Me daba mucha pena que no supieras que se había ido hacía tiempo. Sufría viéndote tan triste mientras veía cómo te apagabas, tan sereno, tan digno y apacible. Cuanto daría por seguir viéndote y hablarte aunque no me entendieras, aunque no me conocieras, cogiéndote de las manos como siempre hacía y que casi hasta el final, me apretabas sin querer soltarlas, sin querer separarte de mí. Me partía el alma y al mismo tiempo me llenaba de alegría poder tenerte aún, poder sentirte vivo, poder hablarte aunque no me entendieras. Os echo mucho de menos a los dos, queridos padres.
Me consuela saber que ahora reposáis juntos en el mismo lugar, en el pueblecito donde nacisteis y adonde iré a visitaros con frecuencia. Os hablaré y os diré que me siento muy sólo, que no imaginaba cuanto os iba a echar de menos, que siento una profunda pena, una honda tristeza en la que me sumo cuando os recuerdo. Pero también os diré que saber que descanséis en paz los dos juntos, alivia mi pena.
Recuerdo, padre, y nunca lo olvidaré, como de pequeño me llevabas a todas las bodas a las que te invitaban en los pueblecitos de alrededor. Y qué bodas, padre, siempre a base de un suculento cordero asado. Siempre me reservabas la pata del asado que sabías que me encantaba. Aún hoy mantengo esa costumbre. Te invitaban a todas, al secretario, que lo eras, de tres o cuatro pueblos, a Marcelo, hijo de secretario, tu padre, mi abuelo, que como nos decías hasta casi el final cuando te citaba su nombre, y parecías recuperar tu lucidez perdida, había sido un hombre de categoría respetado por todos. Y lo decías con toda la solemnidad. Son las últimas palabras que recuerdo haberte oído.
Llevabas la secretaría del ayuntamiento de varios pueblecitos de la zona y nos contabas las tremendas penalidades que tuviste que pasar para desplazarte de uno a otro durante los terribles y crudos inviernos que por entonces se daban por aquellos lares, a pie en algunas ocasiones con la nieve hasta las rodillas o a lo sumo a lomos de algún animal que se las veía y deseaba para poder avanzar.
Después te recuerdo con aquella moto roja y más adelante con el seiscientos, todo un lujo y que fue de los primeros que poblaron las polvorientas carreteras que por entonces había. Cómo disfrutaba cada vez que me dejabas aparcarte el seiscientos en los soportales del ayuntamiento. Nunca olvidaré cuando me llevaste al primer pueblo donde ejercí de maestro. Fuiste un buen padre, siempre generoso con tus hijos.
Cómo recuerdo las primeras castañas que nos traías de Turégano, cuando ibais los hombres del pueblo a la feria de ganado a principio de diciembre. Estabais dos ó tres días y esperábamos vuestro regreso con ansiedad. Con qué ilusión te recibíamos. Qué manjar para aquellos tiempos. Las asábamos y después reunidos en la cocina nos contabas cuanto habías visto y como lo habías pasado después de tan largo viaje. Viaje que hacías a lomos de la yegua, aquel precioso animal que teníamos y que de vez en cuando paría un encantador potrillo que hacía las delicias de toda la familia.
Te recuerdo en la Secretaría del ayuntamiento con tus papeles, enfrascado con tus números que sumabas con una increíble destreza y con esa letra tuya tan peculiar, tan elegante. Solía ayudarte de vez en cuando echándote una mano con algún trabajillo que me encargabas.
Y como no recordar aquella auténtica fiesta que se organizaba con motivo de la matanza y que duraba dos días. Los mayores despiezaban el cerdo el primer día para al día siguiente hacer los chorizos, la butagueña, el calducho, las morcillas y los jamones. Por la noche, nos sentábamos todos, pequeños y mayores al amor de la lumbre en la cocina o alrededor de la mesa al calor del brasero y tú, padre y el tío Virgilio, nos contábais historias de vuestros tiempos mozos que nos hacían reir durante horas. Qué felices éramos con tan poco. Los niños disfrutábamos todo el día de acá para allá, jugando al escondite, con la zambomba y tomando dulces. Son gratos recuerdos que nunca olvidaré.
Nunca imaginé que fuera a sentir tan honda pena. Es ley de vida te dicen. Pero yo digo que es una ley injusta. Me consuela saber que estáis otra vez juntos, que descansáis después de tanto trajín como decía madre. Sabed, queridos padres, que os estamos inmensamente agradecidos por el cariño y el amor que nos habéis procurado durante toda vuestra vida. Sabed que nunca os olvidaremos.
Os tendré presente cada día del resto de mi vida.

martes, 27 de noviembre de 2007

El ESPEJISMO DEL LAICISMO ESTATAL

En fechas recientes hemos podido asistir a la ceremonia de la confusión, nunca mejor dicho, protagonizada por un lado por el Estado Español representado por su Vicepresidenta y por el otro el Estado del Vaticano con su Jefe de Estado y cabeza visible de la Cristiandad, en medio de la majestuosa pompa y fastuoso boato a los que nos tiene acostumbrados este minúsculo pero poderoso Estado, todo ello con el objeto de nombrar a veintitrés cardenales, alguno de ellos de nacionalidad española.
Contemplo con estupor como una representación del gobierno español, a nivel ni más ni menos que de la Vicepresidenta del Estado, asiste a una ceremonia de este tipo confiriéndole una rango institucional que no debería tener ya que la Constitución Española de 1978 diseñó un modelo de Estado aconfesional que choca frontalmente con estas actitudes que indican justamente lo contrario contradiciendo dicha separación iglesia – estado que determina la Constitución Española en su artículo dieciséis.
Es por ello que resulta incomprensible, no sólo el hecho que resalto en este escrito, sino otros muchos que podríamos citar – hace poco tiempo ocurrió lo mismo con la proclamación de una ingente cantidad de beatos, por cierto exclusivamente del bando nacional – que dejan bien claro que la separación Iglesia Estado es un espejismo y como tal ajeno a la realidad, imposible de entender y de asumir en un país moderno de la Europa del siglo XXI .
Según el Concordato vigente, toda la educación que se imparta en todos los centros docentes públicos deben ser respetuosos con los valores de la ética cristiana. Todos los planes educativos de la enseñanza primaria y secundaria deben incluir la enseñanza de la religión católica en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales y aunque esta asignatura a dura penas han conseguido que sea optativa – con el PP sería no sólo obligatoria sino evaluable – hoy la iglesia se permite el lujo de entrometerse una vez más oponiéndose a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, lo cual supone una intromisión más que no se debería tolerar.
Si se siguen manteniendo estas actitudes de tolerancia, las intromisiones van a ser constantes ya que nadie se encarga de ponerles freno. Y es que es curioso observar como los miembros del gobierno cuando son interpelados sobre este tema, suelen dar la callada por respuesta tratando de evadirse de tan espinoso asunto.
Pero por qué el Estado se empeña en mantener esta actitud aguantando carros y carretas a una institución que se le ha subido a las barbas hasta el extremo de permitirse el lujo de interferir en asuntos de estado y de propiciarle auténticos desprecios que causan sonrojo a los ciudadanos que con la constitución en la mano contemplan atónitos como se prolonga este increíble espectáculo.
La respuesta inmediata suele ser la del interés electoral por parte del partido gobernante en el sentido de que enfrentarse – no tiene por qué ser así, la ley está de su parte – supondría la pérdida de votantes, es decir, no sería rentable electoralmente hablando.
Craso error, ya que si plantan cara a la Iglesia Católica– no nos olvidemos de que hay otras muchas iglesias en este país y van a su aire, como dios manda – no creo que pierdan unos votos que casi con toda seguridad no le pertenecían – esos votos suelen decantarse más bien hacia la derecha - y sin embargo va a sentir la ausencia de los votos de muchos de sus asiduos votantes que, desencantados, le volverían la espalda.
Entonces, que está pasando. Estoy seguro de que estos cálculos los llevan a cabo y posiblemente extraerán las mismas conclusiones que aquí expongo, por lo que tampoco el ciudadano de a pie encuentra justificación a semejante situación que tantos años lleva prolongándose.
Tratando de profundizando en el tema, tiro de bibliografía e Internet intentando arrojar luz sobre un auténtico enigma, que como tal, resulta difícil de descifrar y encuentro un escrito de un profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales que puede despejar algunas sombras arrojando cierta luz sobre esta tema.
Afirma el profesor Santiago Castellá, que la Constitución de 1978 diseñó un modelo de Estado aconfesional, pero sin establecer un modelo de clara fundamentación laica, en el que el Estado se mostrara indiferente a lo religioso, por entender que sus acciones y objetivos no deben entrar en un ámbito propio de la conciencia individual de las personas, limitándose a garantizar, sin discriminación alguna la libertad de creencias. Tampoco estas consideraciones despejan por completo nuestras dudas, pero quizás sí cuando afirma:
Ante estos datos, es lógico recelar de un Concordato con la Santa Sede, negociado desde 1976 por políticos vinculados a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), hecho al margen de la Constitución, y que cae sobre ella como una pesada losa que se impone sobre toda su legislación y que compromete internacionalmente la voluntad del Estado, generando responsabilidad por su incumplimiento.
España ha quedado así hipotecada por un Concordato, que tan solo puede modificarse con un nuevo acuerdo entre España y la Santa Sede y que no prevé la posibilidad de renuncia o retiro unilateral, siendo nula cualquier ley o disposición normativa de rango inferior contraria a sus disposiciones.
Acabáramos. Estas consideraciones parecen en principio aplastantes aunque no insalvables. No debemos olvidar, no obstante que se trata de un análisis personal de un jurista, aunque no tengo motivo alguno para dudar de sus conclusiones. He de aclarar que la ACNP, existe y fue fundada en 1909 y que ya en 1936 se adhirió al bando nacional y a la consiguiente dictadura que sufrió este país durante cuarenta años. Intervino en el primer Concordato de 1953, e incomprensiblemente en el actual que está en vigor.
Lo que no entiendo es por qué el Estado no aclara estos términos, que en cualquier caso, no le justifican en su actitud servil hacia una Iglesia Católica que abusa de su condición y que debería ser la primera en renunciar a cuantos privilegios posee y que son un agravio comparativo para el resto de las iglesias instaladas en nuestro país.
Concluyamos. Si con una ley de igual rango o superior puede anularse, hágase. Denúnciese dicho tratado o tómense las medidas necesarias para lograr de hecho dicha separación. La laicidad del Estado Español ha de ser una realidad, no un espejismo.

jueves, 22 de noviembre de 2007

EL DISCRETO ENCANTO DE LA NAVIDAD

Un año más contemplamos como las fiestas navideñas adelantan su llamada a nuestra puerta, arañando unos cuantos días más al calendario. Nos machacan con el supuesto mensaje navideño contenido hoy en día en la pesada y pedante publicidad mediante la cual pretenden vendernos la supuesta magia navideña, y lo digo así porque ya ni se molestan en darle ese calificativo que entrañaba una mezcla de nostalgia y hechizo que contrasta frontalmente con las intenciones puramente interesadas y fundamentalmente mercantilistas que dominan el panorama navideño actual.
Y es que esa magia ha perdido todo su valor y hoy esa expresión está vacía de contenido, habiéndose transformado en una desenfrenada fiebre consumista que todo lo devora en aras de una autosatisfacción y culto personal que nada tiene que ver con el supuesto espíritu que debería presidir estas fechas y no me refiero precisamente al religioso tan omnipresente y alienante que siempre se ha apropiado de las mismas sino al que se refiere a la solidaridad entre los seres humanos y que brilla y ha brillado siempre por su ausencia, aunque hoy más acentuado que nunca.
Ese discreto encanto y esa dudosa magia, residen hoy en los grandes almacenes y centros comerciales que nos impulsan a consumir de una forma desaforada y por los que nos dejamos llevar acabando hastiados un año sí y otro también de dos semanas de hartazgo consumista y familiar, respirando aliviados cuando los interminables festines de todo tipo terminan por fin. Y es que dos años de pantagruélicos fiestas acaban con cualquiera – no hay que olvidar que estos festejos comienzan en un año y terminan en el siguiente – . Todo ello nos provoca el firme propósito de desertar el próximo año con un viaje a recónditos lugares donde el encanto y la magia navideña brillen por su ausencia.
Deberíamos sonrojarnos al contemplar el espectáculo de los centros comerciales superabastecidos más que nunca con todo tipo de productos y alimentos propios ó no de estas fechas – juro que experimento una mezcla de desprecio y vergüenza al contemplar semejante espectáculo - mientras medio mundo que agoniza en medio de la más espantosa de las miserias nos contempla como vivimos y disfrutamos de la magia de una navidad impregnada de consumismo y de felicidad egoístas a plazo fijo.
No considero acertado aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sí que las sociedades cuanto más opulentas y acomodadas, más insolidarias y egoístas se tornan, siendo éste un hecho incontrovertible y que nuestros padres atestiguan cuando les preguntamos sobre los tiempos pasados en los que las gentes se ayudaban los unos a los otros desinteresadamente.
Confieso que en mi infancia viví unas navidades entrañables plenas de magia y encanto y de las que guardo un grato recuerdo. Quizás estábamos condicionados y alienados por la religión que lo empapaba todo. Quizás éramos delicadamente ingenuos. Pero fuimos dichosos con lo poco que teníamos. Cada juguete era un tesoro que conservábamos durante años y cada navidad un acontecimiento que se hacía esperar. Eran otros tiempos. Eran otros lugares. Éramos inmensamente felices.
Con mis mejores deseos para toda la gente de buena voluntad. Un recuerdo muy especial para mi querida madre que nos ha dejado para siempre, con la que tantas navidades dichosas pasé. Ya no podré felicitarla más. Ella también adoraba aquella navidad. Ella sabe bien cuanto la quiero.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

QUERIDA MADRE

Querida madre, queridísima tía María, cómo te echo de menos todos los días desde que te fuiste a no sé donde pero tan lejos que sé que nunca más te volveré a ver. Me duele cada día tu ausencia como si fuera el primero con un profundo dolor que no logro desterrar de mi corazón que llora tu ausencia como jamás podía imaginar.
Te recuerdo cada día, todos los días desde que una fría mañana de invierno decidiste dejarnos y descansar. Tú que no parabas nunca con tu eterno trajín como tú decías, y lo hiciste justo cuando comenzaba a nevar copiosamente. Te besé con lágrimas en los ojos y te dije en voz alta: mira madre está nevando.
Nos encantaba la nieve. Cada vez que el paisaje se cubría de blanco, me llamabas: - hola hijo, no veas que nevada está cayendo, la sierra, las eras, las calles todo está cubierto, por lo menos medio metro, apenas podemos abrir la puerta de la calle, ya podías venir por aquí. Ya me gustaría madre, ya me gustaría, que tal todos. Tu padre, como siempre, no para de acá para allá y pablo, arriba, con sus cosas.
Hoy me encuentro sumido en una tristeza infinita. Hoy es tu cumpleaños, el primero que no podré felicitarte después de tantos, y eso me llena de una grandísima pena que lo llena todo. Hoy cumplirías ochenta y ocho años. Cómo habrías disfrutado repitiéndonos una y otra vez tu edad.
Y es que parece mentira, decimos de vez en cuando los que tanto te queríamos, que la tía María se haya ido. Hasta que caemos en la cuenta de tu avanzada edad. Pero es que la tía María era mucha tía María. No aparentaba su edad. Su presencia y su temperamento lo llenaban todo – me cagüen la mar, trae acá, que yo lo hago – y allí estaba ella para partir la leña, cavar la huerta, las faenas de la casa, todo.
A veces pienso que no es verdad, que estás de viaje y pido un gesto, una señal, algo que me haga pensar que vas a volver. La tía María – así la llamaba yo cariñosamente – no puede haberse ido para siempre. Ella, tan activa, tan bondadosa con todos, con su genio y su enorme corazón – es de bien nacidos ser agradecidos, hijo - me decía de vez en cuando.
Me contaba que antes las gentes se ayudaban mutuamente, que no eran egoístas como ahora que cada cual va a su aire. Esto, como decía ella, me pone mala, me llevan los demonios pensar que la gente sea así.
Y es que ella siempre se dio a la gente. Le dolía profundamente los gestos de desagradecimiento por parte de las personas que conocía, ella que siempre estaba dispuesta a ayudar, que se daba a todo el mundo. Nadie podrá hablar mal de ti madre que siempre estabas dispuesta para echar una mano a los demás.
Querida madre, descansa allá donde estés. Te lo mereces. Que sepas que aquí nunca te olvidaremos, que te echamos de menos. Nada me confortaría más que volver a oírte decir ese –Ay que hijo – que tanto me repetías y que añoro con una mezcla de pena por tu pérdida y de alegría por esos preciosos recuerdos que siempre serán míos.
Hay una canción que me llena de una profunda tristeza cada vez que la oigo o la recuerdo y que Tú cantabas con frecuencia cuando yo era pequeño. Su estribillo decía – por el camino verde camino verde que va a la ermita / las flores se han secado las azucenas están marchitas -. A veces la canto en susurros y te escucho a ti, madre. Una profunda tristeza inunda mi corazón y los ojos se me nublan añorándote. Cada día de mi vida te tendré presente.
Un beso, madre.

domingo, 11 de noviembre de 2007

CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE

Me permito dirigirme a usted, Sr. Presidente, en representación de los sentimientos a menudo contradictorios de muchas personas que piensan como yo y que desearían transmitirle lo que nos dicta nuestra conciencia sobre usted y su labor como presidente de este País, confiando en que su difusión contribuya a crear un estado de opinión más que se pueda contrastar con las múltiples que ya existen y que son las que me han animado a redactar estas líneas cargadas de sinceridad y buena fe, ausentes de malicia o de una cínica doble intención que en cualquier caso el respeto que siento hacia su persona me lo impediría.
Conozco a mucha gente que no simpatiza ni con su persona ni con su obra, - y esto no es una frase hecha - que no ponen en duda su buena intención, que piensan que usted obra con arreglo a lo que su conciencia y su ideología le dictan y que lo hace con total rectitud en la seguridad de que está haciendo lo que debe. En definitiva, no dudan de su buena fe, pero naturalmente, consideran que está completamente equivocado y en el mejor de los casos le tachan de ingenuo.
En el otro extremo están los otros, los mal intencionados, aquellos que quieren hacerle daño con sus opiniones ausentes de sinceridad, por rivalidad política o personal y que no me merecen la menor consideración. Tergiversan los hechos y tratan por todos los medio de desacreditarle valiéndose de cuantos ruines medios tienen a su alcance. Se salen del ámbito y la intención de esta carta que surge de las contradicciones que su personalidad me sugiere, pero siempre dentro de la leal y sincera compostura basada en el respeto hacia su persona y el cargo que ostenta.
Donde entonces quedo yo y cuantos así pensamos. En el centro. No en el centro político, porque no pertenecemos a él. No estamos ni en el extremo que le considera un ingenuo – aunque la mente nos traicione a veces – ni por supuesto en el otro extremo. Somos de izquierdas y pensamos como tales y coincidimos con usted en muchas más cosas de las que nos separan.
Pero no compartimos con usted algunos comportamientos, algunas actitudes, algunos hechos. No entendemos como el presidente de la décima potencia industrial del mundo, sea casi ninguneado por el presidente de la primera potencia. No me digan que no les importa. A mí si me importa y a mucha gente también. Claro que tampoco comprendo como un presidente puede llegar a cometer un acto tan pueril como el de no levantarse ante los signos representativos de una nación, sea cual fuere, porque esos signos representan a todos los ciudadanos de ese país, no solamente a una persona por muy detestable que sea o le parezca, y tienen derecho a sentirse ofendidos. Un presidente está muy por encima de esos comportamientos.
No aprobamos su actitud que calificamos de débil en todo lo que atañe a su relación con los nacionalismos, ante los que pensamos debería haberse mostrado más enérgico. Desaprobamos también su comportamiento ante el llamado proceso de paz, llenos de puntos oscuros que no han hecho sino sembrar de dudas a todos aquellos que creemos en el diálogo pero no llevado en la forma que lo ha hecho, a veces con ausencia total de una necesaria transparencia que no ha hecho sino sembrar la duda en la opinión pública, hasta el punto de quedar desairado ante diversos acontecimientos de variada índole que tuvieron lugar en fechas pasadas relacionados con dicho proceso de paz.
Asimismo, no creemos que sea de recibo la poco o nula presencia de nuestro país en el mundo. No nos hacemos respetar y eso repercute en nuestras relaciones internacionales que son las culpables de la poca representatividad de España en la escena internacional. La décima – incluso la octava – potencia mundial no puede estar a esa altura y usted, señor presidente, es el responsable de esta situación y de todas las demás, no sólo de hecho, sino de derecho y aunque usted nunca las rehuye, sino todo lo contrario, siempre las asume, no nos basta con esto y nos gustaría que se mostrase más enérgico de vez en cuando, más rotundo, más seguro, más firme ante determinados acontecimientos.
Estoy seguro, señor presidente, que está al tanto de la general opinión cada vez más extendida de su fama de blando, de bueno, incluso en ocasiones, como ya he resaltado, de ingenuo. Ninguna de ellas creo que sea la adecuada para el presidente de un país. No es necesario dar un giro de ciento ochenta grados que le llevarían al extremo contrario y que igualmente denostaríamos.
Señor presidente. No necesito felicitarle por todo aquello que considero ha hecho bien. También mucho ha sido lo positivo y en esas estamos con usted. No obstante esa es su obligación y no considero necesario halagar su vanidad con ello. En cualquier caso y dado que nunca he dudado de sus buenas intenciones, le deseo la mejor de las suertes.
Atentamente.