jueves, 1 de marzo de 2012

ENTRAÑABLE JOAN MANUEL

Abrumado por la insoportable carga mediática plena de cifras y números de valores tales que causan asombro, perplejidad y desasosiego – léase recortes, déficits, deudas y otras zarandajas diversas - y que ni queremos ni estamos por la labor de traducir a nuestra antigua moneda, porque nos llevaríamos un sobresalto aún mayor, del que reponernos, angustias varias nos costarían. Y como ya tenemos bastante cada hora, cada día con la carga que han depositado sobre nuestras espaldas, apaga la radio, cierra el periódico, desconecta el ordenador, y aparta la vista del pedante televisor para buscar otra ubicación mental que le permita a uno un rato de tranquilidad y sosiego.
Nada mejor que un paseo relajante alejado del mundanal ruido del tráfico de la ciudad para tratar de encontrar un poco de paz, donde poner la mente en blanco y dejarla que busque en su memoria los lugares, hechos, gentes, sensaciones, olores, canciones, imágenes, que nos hicieron y hacen la vida agradable de vez en cuando y adonde nos gusta regresar con frecuencia con el objeto de disfrutar esos ratos de soledad que nos alejan del resto del mundo.
Y así, acuden a mi mente melodías miles de veces recreadas que en tantas ocasiones hemos cantado, susurrado o tatareado, pertenecientes a una determinada época quizás, o más bien como es el caso, a toda una vida. Y comienzo sin apenas ser consciente de ello a cantar esas canciones que forman parte de nuestro acervo cultural personal, correspondientes a un determinado cantautor que nos marcó profundamente y al que seguimos admirando, considerando y respetando, agradecidos por los buenos momentos que nos ha regalado durante tantos años.
Pocos personajes públicos, queridos y admirados por casi todo el mundo, independientemente de la formación, la cultura, e incluso la ideología de las gentes, han gozado de la popularidad y el respeto como el entrañable Joan Manuel Serrat. Estamos tan acostumbrados a su aspecto de buena persona, a su sonrisa sincera, franca, contagiosa, a su peculiar voz, a sus temas llenos de poesía cuando eran propios y a la música compuesta para cantar a los grandes poetas, que lo hemos ya un poco nuestro.
Los poemas de Machado, de Miguel Hernández, de Lorca, Alberti, Cernuda, Benedetti y otros, llenaron de luz nuestros ojos y regalaron nuestra sensibilidad y nuestros oídos con la belleza de una música para la cual parecían estar compuestos. Quién no ha cantado, al menos alguna vez, temas como, Mediterráneo, La Saeta, Nanas de la Cebolla, Elegía, Para la Libertad.
Dudo mucho que alguien pueda censurar a Serrat, acusándole de algún tipo de desvarío que pueda haber llevado a cabo a lo largo de su dilatada vida de cantautor. Siempre ha hecho gala de una elegancia y una moderación exquisitas a la hora de pronunciarse en cualquier sentido, sin que haya habido lugar a que alguien pueda haberse sentido molesto por ello.
En este país tenemos la ingrata y desagradecida costumbre de homenajear a la gente una vez que ha desaparecido del mapa. En realidad es pura hipocresía y no refleja sino la mala educación y la insoportable manía de halagar falsamente cuando ya no puede darse por aludido.
Seguro que Joan Manuel no tiene problemas con esto. Y es que él, nació en el Mediterráneo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

CAPÍTULOS SIN CERRAR

Sobre este País, pesan aún dos tragedias colectivas que no pueden ni obviarse ni mucho menos olvidarse y que continuarán presentes en la memoria de las gentes mientras no se cierren definitivamente. No valen las salidas en falso, ni las miradas hacia otro lado. No se puede dejar que pase el tiempo, con la malvada y oscura intención de que él sea el protagonista, el siniestro e inmaterial autor que se encargue de borrar la tragedia, el dolor y el sufrimiento de tanta gente, siempre inocente, durante tanto tiempo abandonada a su soledad y a la incomprensión, ante unos hechos que siguen atormentando a tantos ciudadanos de una España que necesita reconciliarse consigo misma a través de la justicia, la comprensión y el perdón necesarios para suavizar su sufrimiento.
El final anunciado por el terrorismo que durante casi cincuenta años asoló nuestro País, con un devastador balance de más de ochocientos muertos y un elevado número de ciudadanos inocentes a los que mutiló, vejó y destrozó sus vidas para siempre, continúa hoy amenazante, pues continúan armados y ocultos tras sus siniestras máscaras, sin el menor atisbo de arrepentimiento por su atroz, cruel, y tétrico desfile de asesinatos que durante medio siglo han llenado de angustia, dolor y desconsuelo a tantas familias que seguirán por siempre preguntándose el por qué de tanto odio sin sentido.
La estupidez más absurda, el fanatismo más acendrado y la sinrazón e incredulidad sin paliativos, son argumentos que apenas nos sirven para calificar esta barbarie, que en última instancia nos les ha servido para conseguir sus fines, no han logrado nada, sólo un rastro de dolor y muerte que han dejado a su paso, estos que se dicen valientes luchadores, que acabaron con la vida de tantos inocentes, de tantos niños por cuyo asesinato jamás manifestaron el más remoto arrepentimiento en su momento y que tampoco ahora parecen estar dispuestos a ello.
Imposible cerrar este tenebroso capítulo, como sus acólitos políticos piden sin sonrojo alguno, demandando prebendas y negociaciones varias, sin una satisfacción mínima a las víctimas, mediante la expresión pública, manifiesta y sincera del perdón irrenunciable y exigible, sin el cual, la reconciliación y las medidas paliativas aplicables, son de todo punto inviables.
Por otro lado, persisten las heridas sin cicatrizar de una postguerra, que quien lo iba a decir, persisten y continuarán latentes mientras no se les dé una satisfacción a todos los familiares cuyos seres queridos continúan sin ser identificados ni reconocidos, y mucho menos exhumados, contribuyendo con ello a una situación que en circunstancias normales debería constituir una pesada carga para cualquier País, pero que aquí se está intentando por todos los medios aparcarlo con el objeto de que quede en el olvido, que el paso del tiempo lo borre poco a poco de la memoria colectiva.
Y no es ni será así. El paso del tiempo sólo está demostrando que no hay olvido posible, que es un error y una maldad, que no se puede cerrar una tragedia de tal magnitud haciendo como que nunca pasó nada. El Estado tiene una irrenunciable deuda con estos ciudadanos, sean sobrinos, nietos, biznietos o tataranietos. Su responsabilidad, como el olvido, nunca caducará.

jueves, 16 de febrero de 2012

SÁLVESE QUIÉN PUEDA

Desolador el panorama que se nos presenta en general, tanto a los ciudadanos a título particular, como a pequeñas y medias empresas en general, que contemplan un futuro incierto, oscuro, y descorazonador a la vista de la que se nos está viniendo encima desde hace ya demasiados años, con una crisis inacabable, persistente y omnipresente que no nos da ni un respiro, que nos asfixia cada día, que nos acompaña siempre, sin que podamos aislarnos o alejarla de nuestras vidas.
Está presente en los comentarios diarios, en las conversaciones de pasillo, en los trabajos, en casa y no digamos en los medios de comunicación que nos despiertan cada mañana con la misma canción desesperada y desesperante con cifras y más cifras mareantes, con calificaciones de la deuda, con impagos de las Autonomías, con nuevas corruptelas, con nuevos sacrificios que se le piden, como no, siempre a los mismos, y ahora, para rematar la faena, con una durísima reforma laboral que viene a colmar un vaso lleno de angustia y desesperación para tanta gente que, es necesario insistir en ello, no tiene ni ha tenido culpa alguno en este desastre.
Admira la capacidad de la gente para sobrellevar tanta carga, tan dura, injusta y desigual como lleva soportando estos duros y crueles años que van dejando una huella de un dolor y una amargura tales, que tardará, primero en remitir, después en desaparecer y por último y sobre todo en cicatrizar y en olvidar y reconstruir cuanto se ha destruido en estos años de sufrimiento para tanta gente que ha visto cómo todas sus ilusiones, anhelos y esperanzas se han ido abajo, como se ha visto oscurecido su presente, y, sobre todo, cuán incierto se presenta su futuro.
Sorprende, enoja y exaspera, la persistencia de los gobiernos, sean cuales fueren, en continuar con las durísimas medidas que parecen no acabar nunca y que jamás afectan a los que propiciaron el actual estado de cosas, comenzando, sobre todo por la banca, y terminando por las grandes corporaciones financieras, nacionales y multinacionales, así como por las corruptelas y derroches a todos los niveles y escalas imaginables que han asolado una sociedad de ciudadanos cada día más indefensos.
Asusta comparar las cifras del paro en España, comparadas con las del resto de los países europeos a quienes duplicamos como mínimo dichos valores, lo cual es incompatible con un estado de derecho que se precie de serlo, que de ninguna forma puede permitir que uno de cada cuatro ciudadanos se encuentre sin trabajo y que más de un millón de familias vean con desesperación creciente como todos sus componentes se encuentran desempleados.
Sobrecoge contemplar cómo diariamente muchas de esas familias con hipotecas, facturas y pagos diversos a los que no pueden hacer frente, ven con una estremecedora desesperación como pierden la propiedad de su casa, que para más inri tendrán que seguir pagando durante años, lo cual da una idea más de la exasperante e insoportable injusticia de esta sociedad que muestra toda su fría crueldad en hechos como éste y tantos otros a los que los poderes públicos deberían hacer frente de inmediato.
Salgamos a la calle. Nos dejarán, sin duda. Es un país libre. Grita cuan alto puedas. Ya callarás.

jueves, 2 de febrero de 2012

COMO EL QUE OYE LLOVER

Apenas un mes de estancia en el poder del nuevo gobierno y ya se van perfilando las líneas maestras que van a seguir y que no están defraudando en absoluto a quienes, como yo, no esperaba otra cosa que lo que está sucediendo, al contrario de tanta gente como veo que muestran cara de cierto asombro teñida de una mal disimulada sorpresa ante lo que están viendo - pese al poco tiempo transcurrido – que quizás no esperaban o, en todo caso, pensaban que llegaría bastante más tarde.
Partamos de la base de que quién les habla, lleva absteniéndose ya varios años a la hora de votar, por razones que no creo vengan a cuento, y, que en todo caso, es un derecho que me acoge como a quiénes deciden lo contrario y disfrutan introduciendo el papel en la urna, o simplemente, lo consideran una obligación o incluso, que haberlos haylos, que son eminentemente prácticos y desde ese punto de vista emiten su veredicto premiando a unos y castigando a otros e incluso con el voto en blanco a modo de queja, protesta o deseo de dejar constancia de su protesta ante unas circunstancias con las que no congenia.
Defiendo ese derecho a manifestarse libremente y ni me molesto en analizar una u otra posición. No soy quién para ello, cada uno puede ejercer el supuesto de equivocarse o no, pero lo que me solivianta en extremo es que después, vistos los hechos, se lleven la mano a la cabeza ante la que se le viene encima, al contemplar cómo se ven defraudadas todas sus expectativas y echadas por tierra todas sus ilusiones de cambio, nuevos aires o rumbos diferentes a los últimos seguidos por el equipo anterior que, se supone, también le defraudó y a ello se debe el cambio de orientación de su voto.
Considero que la democracia, como quizás no pueda ser de otra manera, es alternancia, bocanadas de aire fresco de vez en cuando con el objeto de refrescar las poltronas con frecuencia, para que nadie se acomode a ellas de tal manera, que se convierta en un vegetal, mero gestor de su puesto, cuya meta suprema es, precisamente, la de conservarlo a perpetuidad.
Es por ello que mantengo discusiones de vez en cuando en este sentido, cuando partidarios de uno de los dos partidos, digamos únicos, desearía que se mantuviera eternamente en el poder, inasequible al desaliento al contemplar cómo llevan a cabo su labor de una forma desastrosa, siendo conscientes de que lo están haciendo rematadamente mal, pero no por ello dan su brazo a torcer prefiriéndolos a los otros, a los opositores a los cuales, más que contrincantes, consideran los enemigos a batir y a permanecer en el ostracismo por los siglos de los siglos.
Pero esto no es ni lógico ni razonable y mucho menos deseable. En esos casos, el corazón se impone a la razón y son capaces de votar a los suyos indefinidamente, por no dar su brazo a torcer. La derecha contra la izquierda, los buenos contra los malos, los míos contra los otros, la obcecación y la subjetividad más acendradas contra la objetividad lógica y razonable.
Llegados a este punto, hemos de reconocer que los hay que sí reconocen los defectos propios, y, en consecuencia, saben que no deberían mantenerles su confianza, pero es superior a ellos y se abstienen, no dan su brazo a torcer y no permiten que un poco de aire fresco penetre por la ventana, nada de cambios.
Y, definitivamente, otros en el mismo caso, deciden cambiar el sentido de su voto y traicionando a los suyos, se lo dan al contrincante, en la esperanza de que algo cambie, ya que peor que estamos es imposible, castiguémosles y otorguemos nuestra confianza a aquellos que nunca pensamos podríamos votar, que se enteren, que sepan que lo han hecho mal, que hasta es posible que los otros lo hagan mejor.
Después de tantas tribulaciones, el sufrido votante analiza la labor del nuevo gobierno después de un mes en el poder. Se encuentra con la consabida subida de impuestos cuando juraba y perjuraba que no lo haría, con recortes sobre los recortes ya establecidos, la Ley del Aborto vuelve a sus orígenes de hace un millón de años, la asignatura de Ciudadanía al cesto, y queda tal como la querían los obispos y la derecha más reaccionaria. Y paro de contar, porque para treinta días ya tenemos más que bastante.
Sus votantes, a callar, y apretarse los machos, que para eso el suyo es un voto cautivo. Los de la parte contraria, el consabido, ya lo sabían, o es que se podía esperar otra cosa, mientras los que como yo, se han abstenido, a contemplar los acontecimientos desde la galería, como el que oye llover.
Quedan por fin los que cambiaron el sentido de su voto, perplejos ellos, arrepentidos y cabreados, exhibiendo la indefinible cara de incredulidad que se les ha quedado después de tamaña aventura al cambiar su voto e ir comprobando – porque aún queda mucho por ver – que su cambio de aires, o de chaqueta, les dirán algunos - de nada les ha servido.

viernes, 27 de enero de 2012

CINCO MILLONES DE CONDENAS

La ironía queda a la vuelta de la esquina cuando en tiempos nos afirmaban que el trabajo era un castigo al cual se veía condenado el hombre por sus pecados, que el trabajo nos haría libres, que el trabajo dignifica al hombre – suponemos que también a la mujer, que al fin y al cabo, decían, fue la culpable de la expulsión del Paraíso - que el trabajo es un derecho, una obligación, un deber.
Y aquí estamos, con unas cifras que ofenden e insultan a la inteligencia, a la buena voluntad y a la estabilidad física y emocional de cinco millones de ciudadanos, que aceptarían encantados esa condena a la que desearían ser sometidos de buen grado consiguiendo un trabajo, una actividad remunerada que les permita afrontar el día a día en este absurdo mundo, donde para sobrevivir se llega hasta la súplica y más allá si con ello te asignan una labor a desempeñar que justifique el salario a percibir.
Me atrevo a calificar de espantosa la situación de tanta gente con mucha experiencia laboral y demasiada edad cronológica, ya que según los más recientes cánones, pasar de los treinta y cinco supone entrar en la ancianidad laboral y no llegar a esa cifra, se considera rozar demasiado cerca la adolescencia en cuanto a producir se refiere, por lo que se entra en un bucle, en un círculo viciosos, tendencioso y absurdo, del que es imposible salir.
¿Cómo es posible que en una sociedad opulenta, tecnológicamente avanzada y en pleno siglo XXI, se esté dando una situación en la que más de cinco millones de personas - entre ellas familias enteras, un millón seiscientas mil, que sobreviven no se sabe cómo, sin ningún ingreso – vivan en una permanente angustia que azota sus vidas hasta extremos inimaginables en un país que se autoproclama la décima potencia industrial del mundo?
¿Por qué arrojamos unas cifras de paro que superan a las del resto de los países de Europa hasta el extremo de duplicarlas? ¿Qué se está haciendo tan mal, quienes están obstaculizando el normal desarrollo de una ocupación laboral tan desastrosa, quienes son los culpables de nuestra peculiaridad con respecto al resto de los países de la Eurozona?
No hay respuesta. Bueno, sí, la de siempre, la crisis, ese ente abstracto tan machacado y tan recurrido por los de siempre, que se traduce en una realidad material que está ahogando las economías familiares y de tantas empresas que se ven abocadas al cierre por falta de financiación por parte de unas entidades financieras que han visto cómo el Estado tapaba primero y rellenaba después los agujeros que decían tener y que debería haberles obligado a que volvieran de nuevo a circular en forma de créditos y préstamos en lugar de especular como suelen hacer, comprándolo primero al uno por ciento e invirtiéndolo a renglón seguido al cinco por ciento en subastas que promociona el mismo Estado.
No preguntes lo que el Estado puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por el Estado. Esta expresión resulta humillante para un ciudadano que ve como cada día surgen nuevos escándalos y corruptelas – al igual que en un iceberg, apenas se ve la punta de ese inmenso bloque de corrupción que asola a este País – como los mismos directivos de determinadas entidades financieras atracan sus propias cajas a base de auto asignarse escandalosos sueldos y astronómicas jubilaciones y seguros de toda índole.
Tenemos la clase política que nos merecemos, y es así porque nosotros los hemos elegido y si no que se lo pregunten a determinadas comunidades autónomas, donde la corrupción, el derroche y el despilfarro que han ocasionado sus gobernantes, han dejado las arcas vacías y, sin embargo, siguen eligiendo a los mismos que han causado semejantes destrozos.
Triste y demoledora situación la de tanta gente que no pide sino trabajar, qué ironía, sin poderlo conseguir ni aún suplicándolo. Pero aparte de esas familias en las que ningún ingreso entra, desespera y espanta la desoladora situación de los jóvenes, sin futuro alguno al no vislumbrar la más remota posibilidad de encontrar un trabajo.
Vivir sin esperanza, sin ilusión, sin perspectiva de futuro es una condena.

miércoles, 18 de enero de 2012

LA JUSTICIA EN ENTREDICHO

Quizás recuerden aquella expresión “la justicia es un cachondeo”, que se atrevió a emitir en público el célebre desde entonces alcalde Pacheco y que le supuso importantes y serios problemas con la diosa Themis, asesora de Zeus, portadora de la balanza de la justicia y jueza de los dioses del Olimpo, donde tenía la facultad y el poder de juzgar y castigar a dichas divinidades, si a ello se hicieran acreedores.
Quizás se quedó corto, leo en algunos comentarios que aún pululan por ahí y que ante el espectáculo que esta institución nos depara de vez en cuando, consideran que la imagen de la justicia sigue estando en continuo precario en un País donde se acumulan los expedientes judiciales de tal manera que el efecto que pueda esperarse de la sentencia correspondiente – si es que ha lugar a ella – pierde todo su sentido y efectividad a causa del tiempo transcurrido.
Una justicia lenta no es tal, si se eterniza a la hora de resolver, si se politiza a la hora de dictaminar, si no está al día en cuanto a su funcionamiento interno, si posee importantes carencias tecnológicas, si los métodos burocráticos y administrativos están obsoletos, si adolece de falta de personal, si todas y cada una de estas trabas subsisten en el siglo XXI, entonces la justicia será además de vana e ineficaz, insoportable y dolorosamente injusta para el sufrido administrado que desearía confiar en uno de los tres poderes fundamentales del Estado.
Una justicia que discrimina en función del individuo, no es tal, ya que abomina del principio fundamental de la misma que es la de su aplicación igualitaria independientemente del sujeto al que se le aplica – la diosa Themis lleva los ojos vendados – y estamos demasiado acostumbrados a contemplar como segrega y excluye a quienes no tienen los medios pecuniarios suficientes para pleitear en igualdad de oportunidades con quienes gozan de fama – esto es especialmente grave – y fortuna – esto sobre todo – ya que pueden utilizar numerosos recursos y subterfugios de toda índole a los que el ciudadano de a pie, generalmente no puede acceder.
Una justicia que no es imparcial y ecuánime, - y la historia está llena de sentencias que se oponen frontalmente a la rectitud y la honradez que debería presidirlas – no se le puede aplicar el calificativo de justa, puesto que defrauda y desafía su esencia más elemental, sin la cual no cabe hablar de una de las característica que mejor define el estado de derecho y que constituye el pilar fundamental sobre el que se asienta una democracia consolidada.
Una justicia que no es independiente, porque esté al servicio de los otros poderes del Estado o de determinados grupos o poderes fácticos de diversa índole, no es tal, porque pierde el principio fundamental de autonomía y neutralidad que debe caracterizarla y que demasiadas veces y de forma muy sutil parece contemplarse a la hora de llevar a cabo determinados procesos – o de no llevarlos a término – contra determinados grupos o personas, logrando con ello despertar la sospecha, el recelo y la suspicacia de los ciudadanos.
En estas fechas se está celebrando el juicio que encausa a un conocido juez que ha destacado en su actividad incluso a nivel internacional. Su repercusión ha sido enorme, no solo en nuestro País, donde ha llevado a cabo procedimientos que han levantado ampollas en determinados sectores de la vida política nacional al sacar a la luz determinados procesos que se cerraron en falso tras la dictadura, sino también en otros países, donde es conocido por su intervención contra los integrantes de las dictaduras que tuvieron lugar en Chile y Argentina.
La justicia acusa ahora a un juez por luchar contra la corrupción. Juzguen ustedes.

jueves, 12 de enero de 2012

SOMOS HIJOS DE LAS ESTRELLAS

En una archiconocida y amable película donde se retrata la figura del personaje principal con un retraso psíquico que le acompañará toda su vida, pero que le permitirá desenvolverse en la misma con cierta soltura, incluyendo su incorporación a la guerra y su posterior ejercicio como modélico padre, en un momento determinado de su vida juvenil, cuando siempre estaba a la carrera, unas veces por que le perseguían quienes de él se burlaban y en otras porque era ya su habitual modo de desplazarse, alguien le preguntó por qué lo hacía y su contestación a medio camino entre la realidad, la fantasía y la filosofía fue: no lo sé, pero pese a que siempre estoy corriendo, no he visto que haya llegado a ninguna parte.
Brillante respuesta a una pregunta que nos hacemos con frecuencia a lo largo de nuestra vida y para la que no solemos obtener más respuesta que la que consigue nuestro protagonista, y que parece ser la única fiable aunque nos neguemos a admitirlo, después de analizar la frenética vida en la nos hallamos inmersos, aunque el tiempo que le dediquemos a dicha cuestión sea mínima, ya que de inmediato volvemos a la actividad que nos domina hasta tal punto que dejamos aparcadas esa consideraciones tan recurrentes como vacías de contenido, quizás porque inconscientemente nuestro cerebro así las trata con objeto de liberarnos de semejante dilema.
Somos manifiestamente incapaces de aislarnos por un momento de las tribulaciones en las que diariamente nos hallamos inmersos, de ese universo donde nos encontramos, del que formamos parte como una partícula infinitamente elemental, y vernos de esa manera a través de una ventana cósmica cuya visión nos depararía un hermoso planeta Tierra solitario, aislado del resto de los mundos, sin conexión alguna con ellos, donde la vida bulle en medio de la vorágine que amenaza con consumirnos.
Deberíamos concluir que somos inmensamente insignificantes, que no somos los dueños absolutos de una vida que, sin duda, prolifera y se manifiesta en infinidad de mundos que nos rodean, por lo que deberíamos limitar nuestra soberbia y contener nuestra capacidad de destrucción, no solo de nuestro entorno, que no nos pertenece, sino de nuestra integridad tanto física como moral para conseguir de este modo el respeto de una naturaleza que parece rebelarse contra nosotros en la misma medida que se ve agredida por una especie humana que hace tiempo se olvidó de sus orígenes cuando surgió en el mar.
Somos hijos de las estrellas, afirmaba Carl Sagan, de una energía formidable que puebla un universo ante el cual deberíamos recoger las velas de nuestra soberbia y contemplarlo como una majestuosa obra ante la que deberíamos elevar los ojos con frecuencia para contemplar la fantástica maravilla que nos rodena y que nos recuerda cada día que formamos parte de un cosmos que no se limita a un insignificante planeta como el nuestro, donde la vida se abrió camino con el propósito de poblar una naturaleza con la que convivir en perfecta armonía.
El nuestro es un viaje sin retorno, sólo de ida, con destino quizás a ninguna parte. Es por ello que deberíamos reflexionar, abandonar esa soledad en la que nos recluimos al considerarnos habitantes de este pequeño e insignificante mundo que habitamos y abrir nuestros ojos y nuestra mente a la idea de un universo que nos acoge, pese a nuestra hostil actitud, con los brazos abiertos.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LAS CUENTAS REALES

Si usted, estimado lector, se decide a teclear en un buscador de Internet el texto que se corresponde fielmente con el título de este comentario, obtendrá cerca de veintitrés millones de coincidencias, resultados o enlaces, todos los cuales – la inmensa mayoría, ya que es imposible examinar todos – relativos al área contable, ya que esa expresión se corresponde con una de las numerosas acepciones, en este caso de las cuentas, que se manejan en la contabilidad financiera.
No era mi intención penetrar en el farragoso e ininteligible mundo contable, ni siquiera por una mera curiosidad tratando de discernir, dada la expresión, entre las posibles cuentas virtuales y por oposición, las reales. No, en absoluto, aunque dado el hecho de que vivimos tiempos financieramente convulsos, tampoco hubiera tenido nada de excepcional que pretendiera tratar de aclarar las cuentas que simplemente ya de oído suenan fatal, provenientes de tanto ingeniero financiero, tanto siniestro banquero y tanto mangante de guante blanco y de tantos otros colores, como asolan el panorama que a río revuelto se crea.
Y no me ha extrañado gran cosa el resultado obtenido tras la oportuna consulta, ya que soy consciente de que nos encontramos en un país, dónde demasiados tabús, vetos y censuras varias persisten aún, lo cual, a estas alturas, no deja de ser un anacronismo y una deficiencia democrática bastante notable. Resulta inconcebible, el desconocimiento, la dejadez y la indolencia, ante un tema que debería interesarnos y al que casi nadie parece encontrar el atractivo suficiente para interesarse por él.
Es éste un País con un alto porcentaje de cortesanos, con la prensa a la cabeza – y en este caso concreto a los pies – junto con un elevado índice de políticos y personajes relevantes que conforman un coro de aduladores irredentos, patéticos y sumisos que de una manera absurda e irracional, se dedican a cantar las virtudes y a ocultar los defectos de personajes de la vida pública, cuyo comportamiento, vida y hacienda, nos incumben a todos los ciudadanos, por una sencilla razón: nosotros somos quienes pagamos sus facturas.
Hoy, veintiocho de diciembre, día de los santos inocentes, la Casa Real, ha decidido graciosamente, después de treinta y dos años y por primera vez, hacer públicas unas cuentas que deberían haberlo sido desde siempre y que inexplicablemente se han ocultado, haciendo honor a esa extraña y absurda actitud que gobiernos tanto de derechas como de izquierdas han mantenido y mantienen hacia una institución como es la Monarquía, que guste o no, nos ha sido impuesta.
Demasiado tiempo han tardado en publicar unas cifras, nada detalladas por cierto, considerablemente elevadas y más con la que está cayendo sobre los ciudadanos de a pie, que no obstante han sido difundidas tras el escándalo financiero de uno de sus componentes, de una forma un tanto precipitada y obligada por unas circunstancias que en nada favorecen a una institución que permanentemente vela por una imagen que por otra parte tanto nos cuesta a los contribuyentes y que miman hasta extremos que rayan en la obsesión por mantenerse en el pedestal donde se hallan.
Imposible e inimaginable resulta pensar que este ingenuo comentario de un ciudadano de andar por casa, pueda publicarse en un medio de comunicación. Sería una agradable sorpresa, que de vez en cuando pudiese entrar un poco de aire fresco en unos medios que, salvo honrosas excepciones, solo airean copiosa y abundantemente, los minutos de aplausos, los innumerables elogios y las infinitas bondades sin cuento a las que al Rey se le atribuyen.
He ahí el reto, por si algún medio de comunicación, tiene la gallardía de recogerlo.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

ESOS ODIADOS LÍDERES

De surrealista, irracional y degradante, puede calificarse el espectáculo proporcionado por las imágenes que hemos visto de Corea del Norte, en las que unos hundidos y apesadumbrados ciudadanos lloran desesperada y trágicamente, con una desgarradora impresión de desamparo y absoluta amargura la pérdida de su amadísimo benefactor padre de la patria, tienen más de patéticas, histriónicas y melodramáticas que de conmovedoras.
Da la impresión, a fuerza de resultar anacrónicamente irreales y kafkianas, que se trata de una singular y gigantesca dramatización montada a escala nacional en cada una de las ciudades y pueblos que componen esa triste, sombría, y enigmática nación Coreana, encerrada, encarcelada en sí misma, prisionera de los enloquecidos sátrapas que la dirigen con fiero y cruel puño de hierro tratando de ocultarla a toda costa al resto del mundo.
Nada traspasa sus fronteras, ni en un sentido ni en el otro, tan sólo algunas esporádicas noticias e imágenes tomadas con el riesgo de las vidas de quienes manifiestan semejante atrevimiento. En una de esas ocasiones, en un documental se contempla a un grupo de niños de tiernísima edad, repitiendo a coro las consignas que su fanática maestra les repite una y otra vez sobre el amado líder al que tanto deben, al que se le debe absoluto respeto y sumisión, en lo que constituye un continuo lavado de cerebro que les acompañará el resto de sus días.
No es extraño por lo tanto que aunque nos parezca un espectáculo tragicómico, los ciudadanos lo vivan con auténtico sentimiento, con lágrimas que no son de cocodrilo, sino de sincero pesar por la pérdida de un tirano que les ha anulado la voluntad y la capacidad de discernir y que ha sumido a ese pobre país en la miseria más absoluta que se traduce en continuas hambrunas que diezman la población, mientras mantiene un ejército de un millón de soldados – el cuarto del mundo – con una capacidad nuclear que mantiene en continuo jaque a los países limítrofes y al resto del mundo al que se permite amenazar en una continua locura que desafía la razón humana.
Resulta inconcebible a estas alturas una situación semejante de docilidad, esclavitud, y subyugante vasallaje hacia unos personajes – se trata de una monarquía comunista hereditaria – absolutamente despreciables que viven a cuerpo de rey mientras la ciudadanía pasa hambre y necesidades sin cuento, donde la penuria llega hasta extremos de carecer de combustible para calentar sus hogares en invierno.
Ciudades con avenidas inmensas sin tráfico alguno, estatuas del amado líder por doquier, consignas continuas de los comisarios vigilantes de la miserable revolución hacia una población que rinde culto hacia el amado y endiosado dirigente al que todo deben y que los ha empobrecido hasta límites inhumanos, reduciéndolos a meros supervivientes dedicados a adorar a un falso ídolo.
La historia demuestra que los enloquecidos déspotas como este tiranuelo, no siempre acaban siendo derribados, o si es así, no siempre reciben el castigo que merecen – me pregunto cómo podrían pagar todas sus atrocidades cualquiera de los innumerables autores de crímenes contra la humanidad que a lo largo de la historia han sido – lo cual es un claro y flagrante indicativo de la injusticia, la iniquidad y la sinrazón que golpea a la especie humana a la hora de juzgar los atropellos a los que con frecuencia se ve sometida. Afortunadamente estamos contemplando cómo han ido cayendo dictadores de todo signo en diferentes partes del Planeta, pero aún quedan demasiados.
Confiemos en que los que hoy adulan y reverencian a este despreciable y déspota personajillo, sean los que mañana lo derriben con todo el estruendo que merece. No sería la primera vez en la larga lista de los tiranos que asolaron a sus pueblos. Sin embargo, parecen no tomar nota de una historia que de todas formas los condenará. Pero está claro que con eso no basta.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA IDENTIDAD PERDIDA

Somos la inmensa mayoría de los humanos de a pie, y cada vez en mayor medida, un claro, diáfano y transparente libro abierto, con sus páginas desplegadas sin posibilidad de ocultar su contenido, con todo su material impreso al descubierto, listo para que cualquiera, ya sean instituciones públicas o privadas, ya sean individuos u organismos varios, ojeen en sus entrañas y su argumento penetrando en sus más íntimos vericuetos con el afán y la intención poco disimulados de conocer la vida, obra y milagros que dicho relato puedan depararles, aquellos, que más que desaprensivos, no son sino unos indefensos individuos.
No es necesario para ello que nos esforcemos en mantenerlo abierto de par en par, ni que proclamemos a los cuatro vientos su contenido, ya que basta con que poseamos una identidad pública, para que los organismos oficiales correspondientes extiendan sus numerosos brazos para mantenernos permanentemente conectados y atados a ellos para siempre, manteniéndose un flujo de información constante y efectivo, siempre desde nosotros hacia ellos, y así constituir con todos una inmensa red tejida con hilos invisibles que permitirá que el Gran Hermano nos controle, dirija e inspeccione, con el objeto de satisfacer sus necesidades que nunca se verán totalmente satisfechas.
El común de los mortales no puede escapar a este destino, salvo que se recluya en un apartado e inaccesible paraje, que no existe, se retire a un monasterio alejado del mundanal ruido, donde seguramente no lo van a admitir, o comunique que su vivienda habitual se localiza bajo un puente dada su condición de indigente, en cuyo caso tomarán nota de la superficie que ocupa, zona donde se halla ubicada su residencia y comodidades de las que dispone con el fin de incorporar sus datos al correspondiente fichero que emitirá puntualmente los correspondientes recibos catastrales.
Claro que hoy en día, nosotros solos, sin apenas darnos cuenta, nos damos a conocer sin necesidad de que esta condición sea impuesta por los poderes públicos. No me refiero, aunque también, a las conversaciones a gritos que ya sea en la calle, en el autobús o en cualquier lugar público, mantienen a través del móvil ese tipo de gente que no tiene escrúpulo alguno en proclamar a los cuatro vientos sus intimidades más recónditas, dándolas a conocer a cuantos se encuentran a cien metros a su alrededor.
Hablo de aquellos que de una ingenua forma se identifican en las redes sociales, haciéndolo en ocasiones de una manera exhaustiva, proporcionando no sólo su filiación, sino divulgando su historial tanto gráfico como textual, sin reparos, sin remilgos, sin pudor alguno, sin darse cuenta de que esa información puede ser no sólo conocida al instante por quienes quizás no desean, sino que sobre todo puede manipularse con oscuras intenciones por quienes medran por esas redes tratando de obtener inconfesables beneficios.
Y así, entre unos y otros, sin comerlo ni beberlo, sin haberlo solicitado sin creer en ello y sin vocación, nos vemos inmersos en la tupida red que nos han ido tejiendo y de la cual nadie puede escapar sin sufrir daños de algún tipo. Los unos friéndonos a impuestos, declaraciones, tasas, obligaciones, restricciones y crisis varias y los otros cotilleando y metiéndose en nuestras vidas, publicándolas y amplificándolas sin nuestro permiso. ¿Alguien puede sustraerse a esta situación? Por supuesto. Pero esa es otra historia.