jueves, 22 de marzo de 2012

LA MAGIA DE LA MEMORIA

La memoria es un portentoso almacén de recuerdos, donde se graban hechos, lugares, personas y acontecimientos que hemos atesorado durante toda nuestra vida y que nos acompañarán para siempre en algunos casos, en otros los olvidaremos con suma rapidez – aunque pueden aflorar más adelante – y el resto, desaparecerán, quedarán borrados, eliminados de nuestra existencia, como si nunca hubieran tenido lugar, desechados de nuestra mente por una selectiva acción de la misma, que o bien no los quiere rememorar por negativos, o no les concedió la suficiente relevancia como para pasar a formar parte de un patrimonio retentivo del que poder disfrutar en el futuro.
Y así, nos vamos configurando, sumando día a día nuevos hechos y experiencias que se van acumulando y que nos van aportando conocimiento y experiencia, indispensables ambas para la supervivencia del individuo y para la conformación de un futuro hacia el que nos dirigimos sin remisión, siempre hacia adelante, permanentemente apuntando hacia el devenir, sin posibilidad ni ocasión de volver atrás, hacia el pasado.
Comienzan nuestros recuerdos con la infancia primera, los tiernos años en los que nuestra memoria comenzó a guardar las primeras rememoraciones que somos capaces de recuperar ahora, que tantos años han pasado. Y nos encontramos en lugares donde nos desenvolvimos esos primeros tiempos, con nuestros padres siempre presentes, una casa, la nieve que parece siempre presente, el río, los intensos olores del campo en primavera, las blanquísimas y luminosas noches del cálido verano, la sierra, blanca en invierno, azul en verano, hermosa y altiva siempre, al fondo en la lejanía, formando un arco que parece abrazar la suave y verde llanura donde se encuentran los pueblecitos, que como el mío, se salpican el campo que su abrazo resguarda.
Todo un tanto difuso, muy lejano y querido, pero siempre recordado pese al tiempo pasado, que no obstante parece afianzar esa memoria impidiendo que semejantes tesoros celosamente guardados no nos abandonen jamás y podamos disfrutar de ellos mientras nuestra existencia y la correspondiente capacidad de retentiva nos lo permitan. Recuerdos de nuestros queridos padres, de los bondadosos abuelos, de amigos y familiares de los tiempos de la infancia.
Los juegos infantiles en las eras cubiertas de enormes montones de gavillas de cereal, la parva, la gente alventando, lanzando al aire la mezcla de paja y grano, para separarlos y obtener así el trigo, la cebada y el centeno. La gente en los campos segando a mano, desde el alba hasta el anochecer, para transportar después los haces en los carros tirados por las sufridas vacas, hasta el espacio que cada vecino tenía asignado en las verdes eras.
Los años en la deliciosa escuela, cantando las tablas, sentados en los pupitres con las pinturas de colores que tan felices nos hacían cuando los Reyes Magos nos los traían. Los recreos en invierno eran pura diversión. La nieve siempre estaba presente, eterna, de noviembre a marzo. Los muñecos de nieve, los carámbanos colgando de los tejados, Somosierra permanentemente nevada, el río helado, el agradable calor de la cocina al amor de la lumbre.
Mágica memoria que nos permite rememorar el cálido y dulce pasado de la infancia, recuerdos de aquel niño que fuimos y que llevamos dentro de nosotros para siempre, que tanto añoramos, que tanto echamos de menos, y al que podemos regresar visitando las indelebles páginas de nuestra memoria.

jueves, 15 de marzo de 2012

POR QUÉ HABLAN DE DEPORTE CUANDO QUIEREN DECIR FÚTBOL

Insoportable, omnipresente, molesto, cargante, pesado, insufrible, pedante y muchos calificativos más, podríamos aplicarle a ese deporte que todo lo llena, que está presente hasta en la sopa, que nos envuelve, rodea y empapa hasta el punto de irritar a cuantos escuchan la radio, ven la televisión o leen los periódicos - sobre todo los fines de semana - a la hora de ojear las noticias deportivas, donde este cargante deporte ocupa el noventa y cinco por ciento del espacio, con lo que los cada día más numerosos y sufridos ciudadanos que acaban odiando este deporte, se preguntan si estamos volviendo a la famosa época cuando se entretenía al personal con los goles de la selección española, cuando se presagiaba que podía haber conflicto laboral, protestas y otras movidas que pudiesen llevar a los ciudadanos a la calle.
Si encima sumamos a todo este panorama el hecho de que con los recientes éxitos de la selección, nadie se atreve a levantar la voz - después de tantos años de sequía - pues apaga y vámonos. Con el fútbol, pues, hemos topado. Un deporte que ha logrado – según dicen por ahí las malas lenguas – unir a los ciudadanos de este País, como nada ni nadie había logrado jamás, consiguiendo que los hinchas canten el himno nacional - aunque no tenga letra, lo cual tiene su mérito - y que las gentes tengan así un tema del que hablar en el trabajo, en el ascensor, y hasta en los pasillos de nuestro edificio, permitiendo con ello una comunicación con esos vecinos con los que llevamos conviviendo un montón de años, pero de los que no pasábamos habitualmente del hola y adiós diario.
Las futbolistas son en este País tan conocidos, famosos y notorios, que forman ya parte del saber popular, apareciendo con suma frecuencia en las revistas y publicaciones llamadas del corazón, o más bien del cotilleo puro y duro, donde suelen aparecer con su última conquista, luciendo su deportivo o mostrando al personal, como se las gastan cuando de juerga andan, mostrando en definitiva, que todo se lo pueden permitir dado su altísimo poder adquisitivo, que uno no puede llegar a explicarse teniendo en cuenta no sólo cómo está el patio, sino, lo poco que trabajan y la escasa preparación y formación que a todos los niveles demuestran.
Así las cosas, el empacho futbolero es absolutamente inaguantable. Enciendan ustedes la radio un sábado o domingo a partir de las doce de la mañana, y ya no oirán más que una canción machacona y demoledora, un programa de deportes – mentira porque ya verán que no se habla de otra cosa que del balompié – monocorde y vocinglero, que se hace inaguantable cuando empiezan los partidos, tanto de primera como de segunda, con un griterío ensordecedor y en un tono que resulta insoportable.
Me sorprende, intriga y asombra, todo lo que tenga que ver con la estadística en este mundo del fútbol, que ha llegado a alcanzar cotas tan altas, que ya quisiera conseguir el Instituto Nacional de Estadística. Realmente es increíble y nos les miento. Les ilustro este hecho con algunos datos estadísticos que citan con frecuencia. Hablo aquí sólo de algunos de ellos, porque se podrían añadir muchos más: el número de goles de cada equipo, de cada jugador, los anotados de falta, de penalti, los marcados con el pie izquierdo, derecho o de cabeza, las asistencias, los remates, el número de veces que cada jugador ha participado con su equipo, con la selección, las faltas cometidas, las expulsiones sufridas, los penaltis fallados, las lesiones y todo ello a lo largo de la vida deportiva tanto del club, como del jugador.
Absolutamente extraordinario, aunque no tanto como el hecho inaudito, increíble y demoledor, sobre todo en los tiempos que corren, que los equipos de fútbol de este País, tengan una deuda con Hacienda y con La Seguridad Social absolutamente descomunal, que nadie entiende ni comprende. Cifras que asustan y que de ninguna forma pueden ni deben permitirse y más teniendo en cuenta las astronómicas cifras que cobran sus estrellas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

LENGUAJE SEXISTA Y MUJER

Resulta absolutamente incomprensible, definitivamente agobiante y siempre demoledor, que hoy en día, en pleno siglo XXI, continúen existiendo de hecho situaciones que nos obligan a reconocer que la mujer sigue encontrándose en un segundo plano con respecto al hombre, que se le sigue minusvalorando a la hora de reconocerle sus derechos, sobre todo laborales, impidiéndole acceder a determinados puestos de responsabilidad que se les sigue negando en beneficio del hombre, lo cual supone la no aceptación por parte de la sociedad del reconocimiento de su capacidad para ejercer dichos cargos.
Sobran palabras para rebatir esas situaciones aberrantes que no deberían tener cabida en una sociedad donde la mujer tiene que estar demostrando continua y exhaustivamente una capacidad que al hombre se le supone y que a las mujeres se les niega por el hecho de serlo, contribuyendo con ello al mantenimiento de una situación que ya dura demasiado y que no tiene justificación alguna, ni cabida en una sociedad que hace ya mucho tiempo debería haber desterrado esta injustificable sinrazón.
Sería por lo tanto el momento de pasar a la acción, cabe pensar, llegados a este punto, pero eso es algo que la mujer lleva haciendo muchos años en nuestro País y, por supuesto, a nivel internacional en los países más desarrollados, donde la reivindicación es permanente, habiéndose conseguido grandes logros en términos relativos pero donde en términos absolutos queda mucho por conseguir a la hora de alcanzar las mismas cotas de igualdad con el sexo opuesto que es de lo que se trata.
Si la mujer del mundo occidental, más desarrollado, tiene motivos de queja, ¿qué cabe pensar, qué podemos decir, qué podemos hacer a la hora de ayudar a la sufrida, vejada, oprimida y sometida mujer del tercer mundo, esclava de una situación en la que en muchos casos no es sino un objeto a las órdenes de la tiránica dominación del varón, amparado por unas leyes que la subyugan y encadenan a sus deseos y caprichos, obligándola a permanecer en silencio en su casa sin derecho a las más elementales libertades a las que todo ser humano tiene por el hecho de serlo?
Ni una ni otra situación debe darse. Ni aquí en el mundo libre debe permitirse la desigualdad entre los sexos, ni allí en el tercer mundo es de recibo para el nuestro permitir que las mujeres sufran las humillaciones a las que se ven sometidas cada día de sus deplorables existencias. Debemos aspirar a resolver ambas situaciones simultáneamente, con preferencia, a ser posible, a reclamar lo más alto y claro posible, una digna y justa vida para ellas, cuya situación supone una atroz tragedia para esas mujeres y una deplorable vergüenza para el resto de la humanidad.
Leo en diversos medios de comunicación, la controversia surgida, no hoy, sino hace ya mucho tiempo y que siempre está latente, del lenguaje sexista, en cuanto puede suponer una ofensa más para el sexo femenino, que no soporta esta nueva forma de discriminación a la hora de utilizar el lenguaje. Es una ofensa más, algo que se ha tomado a la ligera, en lo que no se había reparado.
No valen disculpas. Supone una marginación que debe tenerse en cuenta y que no supone esfuerzo alguno. El mismo esfuerzo que debe exigirse para la reparación de tanta y tan anacrónica discriminación que ya dura demasiado tiempo.

jueves, 1 de marzo de 2012

ENTRAÑABLE JOAN MANUEL

Abrumado por la insoportable carga mediática plena de cifras y números de valores tales que causan asombro, perplejidad y desasosiego – léase recortes, déficits, deudas y otras zarandajas diversas - y que ni queremos ni estamos por la labor de traducir a nuestra antigua moneda, porque nos llevaríamos un sobresalto aún mayor, del que reponernos, angustias varias nos costarían. Y como ya tenemos bastante cada hora, cada día con la carga que han depositado sobre nuestras espaldas, apaga la radio, cierra el periódico, desconecta el ordenador, y aparta la vista del pedante televisor para buscar otra ubicación mental que le permita a uno un rato de tranquilidad y sosiego.
Nada mejor que un paseo relajante alejado del mundanal ruido del tráfico de la ciudad para tratar de encontrar un poco de paz, donde poner la mente en blanco y dejarla que busque en su memoria los lugares, hechos, gentes, sensaciones, olores, canciones, imágenes, que nos hicieron y hacen la vida agradable de vez en cuando y adonde nos gusta regresar con frecuencia con el objeto de disfrutar esos ratos de soledad que nos alejan del resto del mundo.
Y así, acuden a mi mente melodías miles de veces recreadas que en tantas ocasiones hemos cantado, susurrado o tatareado, pertenecientes a una determinada época quizás, o más bien como es el caso, a toda una vida. Y comienzo sin apenas ser consciente de ello a cantar esas canciones que forman parte de nuestro acervo cultural personal, correspondientes a un determinado cantautor que nos marcó profundamente y al que seguimos admirando, considerando y respetando, agradecidos por los buenos momentos que nos ha regalado durante tantos años.
Pocos personajes públicos, queridos y admirados por casi todo el mundo, independientemente de la formación, la cultura, e incluso la ideología de las gentes, han gozado de la popularidad y el respeto como el entrañable Joan Manuel Serrat. Estamos tan acostumbrados a su aspecto de buena persona, a su sonrisa sincera, franca, contagiosa, a su peculiar voz, a sus temas llenos de poesía cuando eran propios y a la música compuesta para cantar a los grandes poetas, que lo hemos ya un poco nuestro.
Los poemas de Machado, de Miguel Hernández, de Lorca, Alberti, Cernuda, Benedetti y otros, llenaron de luz nuestros ojos y regalaron nuestra sensibilidad y nuestros oídos con la belleza de una música para la cual parecían estar compuestos. Quién no ha cantado, al menos alguna vez, temas como, Mediterráneo, La Saeta, Nanas de la Cebolla, Elegía, Para la Libertad.
Dudo mucho que alguien pueda censurar a Serrat, acusándole de algún tipo de desvarío que pueda haber llevado a cabo a lo largo de su dilatada vida de cantautor. Siempre ha hecho gala de una elegancia y una moderación exquisitas a la hora de pronunciarse en cualquier sentido, sin que haya habido lugar a que alguien pueda haberse sentido molesto por ello.
En este país tenemos la ingrata y desagradecida costumbre de homenajear a la gente una vez que ha desaparecido del mapa. En realidad es pura hipocresía y no refleja sino la mala educación y la insoportable manía de halagar falsamente cuando ya no puede darse por aludido.
Seguro que Joan Manuel no tiene problemas con esto. Y es que él, nació en el Mediterráneo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

CAPÍTULOS SIN CERRAR

Sobre este País, pesan aún dos tragedias colectivas que no pueden ni obviarse ni mucho menos olvidarse y que continuarán presentes en la memoria de las gentes mientras no se cierren definitivamente. No valen las salidas en falso, ni las miradas hacia otro lado. No se puede dejar que pase el tiempo, con la malvada y oscura intención de que él sea el protagonista, el siniestro e inmaterial autor que se encargue de borrar la tragedia, el dolor y el sufrimiento de tanta gente, siempre inocente, durante tanto tiempo abandonada a su soledad y a la incomprensión, ante unos hechos que siguen atormentando a tantos ciudadanos de una España que necesita reconciliarse consigo misma a través de la justicia, la comprensión y el perdón necesarios para suavizar su sufrimiento.
El final anunciado por el terrorismo que durante casi cincuenta años asoló nuestro País, con un devastador balance de más de ochocientos muertos y un elevado número de ciudadanos inocentes a los que mutiló, vejó y destrozó sus vidas para siempre, continúa hoy amenazante, pues continúan armados y ocultos tras sus siniestras máscaras, sin el menor atisbo de arrepentimiento por su atroz, cruel, y tétrico desfile de asesinatos que durante medio siglo han llenado de angustia, dolor y desconsuelo a tantas familias que seguirán por siempre preguntándose el por qué de tanto odio sin sentido.
La estupidez más absurda, el fanatismo más acendrado y la sinrazón e incredulidad sin paliativos, son argumentos que apenas nos sirven para calificar esta barbarie, que en última instancia nos les ha servido para conseguir sus fines, no han logrado nada, sólo un rastro de dolor y muerte que han dejado a su paso, estos que se dicen valientes luchadores, que acabaron con la vida de tantos inocentes, de tantos niños por cuyo asesinato jamás manifestaron el más remoto arrepentimiento en su momento y que tampoco ahora parecen estar dispuestos a ello.
Imposible cerrar este tenebroso capítulo, como sus acólitos políticos piden sin sonrojo alguno, demandando prebendas y negociaciones varias, sin una satisfacción mínima a las víctimas, mediante la expresión pública, manifiesta y sincera del perdón irrenunciable y exigible, sin el cual, la reconciliación y las medidas paliativas aplicables, son de todo punto inviables.
Por otro lado, persisten las heridas sin cicatrizar de una postguerra, que quien lo iba a decir, persisten y continuarán latentes mientras no se les dé una satisfacción a todos los familiares cuyos seres queridos continúan sin ser identificados ni reconocidos, y mucho menos exhumados, contribuyendo con ello a una situación que en circunstancias normales debería constituir una pesada carga para cualquier País, pero que aquí se está intentando por todos los medios aparcarlo con el objeto de que quede en el olvido, que el paso del tiempo lo borre poco a poco de la memoria colectiva.
Y no es ni será así. El paso del tiempo sólo está demostrando que no hay olvido posible, que es un error y una maldad, que no se puede cerrar una tragedia de tal magnitud haciendo como que nunca pasó nada. El Estado tiene una irrenunciable deuda con estos ciudadanos, sean sobrinos, nietos, biznietos o tataranietos. Su responsabilidad, como el olvido, nunca caducará.

jueves, 16 de febrero de 2012

SÁLVESE QUIÉN PUEDA

Desolador el panorama que se nos presenta en general, tanto a los ciudadanos a título particular, como a pequeñas y medias empresas en general, que contemplan un futuro incierto, oscuro, y descorazonador a la vista de la que se nos está viniendo encima desde hace ya demasiados años, con una crisis inacabable, persistente y omnipresente que no nos da ni un respiro, que nos asfixia cada día, que nos acompaña siempre, sin que podamos aislarnos o alejarla de nuestras vidas.
Está presente en los comentarios diarios, en las conversaciones de pasillo, en los trabajos, en casa y no digamos en los medios de comunicación que nos despiertan cada mañana con la misma canción desesperada y desesperante con cifras y más cifras mareantes, con calificaciones de la deuda, con impagos de las Autonomías, con nuevas corruptelas, con nuevos sacrificios que se le piden, como no, siempre a los mismos, y ahora, para rematar la faena, con una durísima reforma laboral que viene a colmar un vaso lleno de angustia y desesperación para tanta gente que, es necesario insistir en ello, no tiene ni ha tenido culpa alguno en este desastre.
Admira la capacidad de la gente para sobrellevar tanta carga, tan dura, injusta y desigual como lleva soportando estos duros y crueles años que van dejando una huella de un dolor y una amargura tales, que tardará, primero en remitir, después en desaparecer y por último y sobre todo en cicatrizar y en olvidar y reconstruir cuanto se ha destruido en estos años de sufrimiento para tanta gente que ha visto cómo todas sus ilusiones, anhelos y esperanzas se han ido abajo, como se ha visto oscurecido su presente, y, sobre todo, cuán incierto se presenta su futuro.
Sorprende, enoja y exaspera, la persistencia de los gobiernos, sean cuales fueren, en continuar con las durísimas medidas que parecen no acabar nunca y que jamás afectan a los que propiciaron el actual estado de cosas, comenzando, sobre todo por la banca, y terminando por las grandes corporaciones financieras, nacionales y multinacionales, así como por las corruptelas y derroches a todos los niveles y escalas imaginables que han asolado una sociedad de ciudadanos cada día más indefensos.
Asusta comparar las cifras del paro en España, comparadas con las del resto de los países europeos a quienes duplicamos como mínimo dichos valores, lo cual es incompatible con un estado de derecho que se precie de serlo, que de ninguna forma puede permitir que uno de cada cuatro ciudadanos se encuentre sin trabajo y que más de un millón de familias vean con desesperación creciente como todos sus componentes se encuentran desempleados.
Sobrecoge contemplar cómo diariamente muchas de esas familias con hipotecas, facturas y pagos diversos a los que no pueden hacer frente, ven con una estremecedora desesperación como pierden la propiedad de su casa, que para más inri tendrán que seguir pagando durante años, lo cual da una idea más de la exasperante e insoportable injusticia de esta sociedad que muestra toda su fría crueldad en hechos como éste y tantos otros a los que los poderes públicos deberían hacer frente de inmediato.
Salgamos a la calle. Nos dejarán, sin duda. Es un país libre. Grita cuan alto puedas. Ya callarás.

jueves, 2 de febrero de 2012

COMO EL QUE OYE LLOVER

Apenas un mes de estancia en el poder del nuevo gobierno y ya se van perfilando las líneas maestras que van a seguir y que no están defraudando en absoluto a quienes, como yo, no esperaba otra cosa que lo que está sucediendo, al contrario de tanta gente como veo que muestran cara de cierto asombro teñida de una mal disimulada sorpresa ante lo que están viendo - pese al poco tiempo transcurrido – que quizás no esperaban o, en todo caso, pensaban que llegaría bastante más tarde.
Partamos de la base de que quién les habla, lleva absteniéndose ya varios años a la hora de votar, por razones que no creo vengan a cuento, y, que en todo caso, es un derecho que me acoge como a quiénes deciden lo contrario y disfrutan introduciendo el papel en la urna, o simplemente, lo consideran una obligación o incluso, que haberlos haylos, que son eminentemente prácticos y desde ese punto de vista emiten su veredicto premiando a unos y castigando a otros e incluso con el voto en blanco a modo de queja, protesta o deseo de dejar constancia de su protesta ante unas circunstancias con las que no congenia.
Defiendo ese derecho a manifestarse libremente y ni me molesto en analizar una u otra posición. No soy quién para ello, cada uno puede ejercer el supuesto de equivocarse o no, pero lo que me solivianta en extremo es que después, vistos los hechos, se lleven la mano a la cabeza ante la que se le viene encima, al contemplar cómo se ven defraudadas todas sus expectativas y echadas por tierra todas sus ilusiones de cambio, nuevos aires o rumbos diferentes a los últimos seguidos por el equipo anterior que, se supone, también le defraudó y a ello se debe el cambio de orientación de su voto.
Considero que la democracia, como quizás no pueda ser de otra manera, es alternancia, bocanadas de aire fresco de vez en cuando con el objeto de refrescar las poltronas con frecuencia, para que nadie se acomode a ellas de tal manera, que se convierta en un vegetal, mero gestor de su puesto, cuya meta suprema es, precisamente, la de conservarlo a perpetuidad.
Es por ello que mantengo discusiones de vez en cuando en este sentido, cuando partidarios de uno de los dos partidos, digamos únicos, desearía que se mantuviera eternamente en el poder, inasequible al desaliento al contemplar cómo llevan a cabo su labor de una forma desastrosa, siendo conscientes de que lo están haciendo rematadamente mal, pero no por ello dan su brazo a torcer prefiriéndolos a los otros, a los opositores a los cuales, más que contrincantes, consideran los enemigos a batir y a permanecer en el ostracismo por los siglos de los siglos.
Pero esto no es ni lógico ni razonable y mucho menos deseable. En esos casos, el corazón se impone a la razón y son capaces de votar a los suyos indefinidamente, por no dar su brazo a torcer. La derecha contra la izquierda, los buenos contra los malos, los míos contra los otros, la obcecación y la subjetividad más acendradas contra la objetividad lógica y razonable.
Llegados a este punto, hemos de reconocer que los hay que sí reconocen los defectos propios, y, en consecuencia, saben que no deberían mantenerles su confianza, pero es superior a ellos y se abstienen, no dan su brazo a torcer y no permiten que un poco de aire fresco penetre por la ventana, nada de cambios.
Y, definitivamente, otros en el mismo caso, deciden cambiar el sentido de su voto y traicionando a los suyos, se lo dan al contrincante, en la esperanza de que algo cambie, ya que peor que estamos es imposible, castiguémosles y otorguemos nuestra confianza a aquellos que nunca pensamos podríamos votar, que se enteren, que sepan que lo han hecho mal, que hasta es posible que los otros lo hagan mejor.
Después de tantas tribulaciones, el sufrido votante analiza la labor del nuevo gobierno después de un mes en el poder. Se encuentra con la consabida subida de impuestos cuando juraba y perjuraba que no lo haría, con recortes sobre los recortes ya establecidos, la Ley del Aborto vuelve a sus orígenes de hace un millón de años, la asignatura de Ciudadanía al cesto, y queda tal como la querían los obispos y la derecha más reaccionaria. Y paro de contar, porque para treinta días ya tenemos más que bastante.
Sus votantes, a callar, y apretarse los machos, que para eso el suyo es un voto cautivo. Los de la parte contraria, el consabido, ya lo sabían, o es que se podía esperar otra cosa, mientras los que como yo, se han abstenido, a contemplar los acontecimientos desde la galería, como el que oye llover.
Quedan por fin los que cambiaron el sentido de su voto, perplejos ellos, arrepentidos y cabreados, exhibiendo la indefinible cara de incredulidad que se les ha quedado después de tamaña aventura al cambiar su voto e ir comprobando – porque aún queda mucho por ver – que su cambio de aires, o de chaqueta, les dirán algunos - de nada les ha servido.

viernes, 27 de enero de 2012

CINCO MILLONES DE CONDENAS

La ironía queda a la vuelta de la esquina cuando en tiempos nos afirmaban que el trabajo era un castigo al cual se veía condenado el hombre por sus pecados, que el trabajo nos haría libres, que el trabajo dignifica al hombre – suponemos que también a la mujer, que al fin y al cabo, decían, fue la culpable de la expulsión del Paraíso - que el trabajo es un derecho, una obligación, un deber.
Y aquí estamos, con unas cifras que ofenden e insultan a la inteligencia, a la buena voluntad y a la estabilidad física y emocional de cinco millones de ciudadanos, que aceptarían encantados esa condena a la que desearían ser sometidos de buen grado consiguiendo un trabajo, una actividad remunerada que les permita afrontar el día a día en este absurdo mundo, donde para sobrevivir se llega hasta la súplica y más allá si con ello te asignan una labor a desempeñar que justifique el salario a percibir.
Me atrevo a calificar de espantosa la situación de tanta gente con mucha experiencia laboral y demasiada edad cronológica, ya que según los más recientes cánones, pasar de los treinta y cinco supone entrar en la ancianidad laboral y no llegar a esa cifra, se considera rozar demasiado cerca la adolescencia en cuanto a producir se refiere, por lo que se entra en un bucle, en un círculo viciosos, tendencioso y absurdo, del que es imposible salir.
¿Cómo es posible que en una sociedad opulenta, tecnológicamente avanzada y en pleno siglo XXI, se esté dando una situación en la que más de cinco millones de personas - entre ellas familias enteras, un millón seiscientas mil, que sobreviven no se sabe cómo, sin ningún ingreso – vivan en una permanente angustia que azota sus vidas hasta extremos inimaginables en un país que se autoproclama la décima potencia industrial del mundo?
¿Por qué arrojamos unas cifras de paro que superan a las del resto de los países de Europa hasta el extremo de duplicarlas? ¿Qué se está haciendo tan mal, quienes están obstaculizando el normal desarrollo de una ocupación laboral tan desastrosa, quienes son los culpables de nuestra peculiaridad con respecto al resto de los países de la Eurozona?
No hay respuesta. Bueno, sí, la de siempre, la crisis, ese ente abstracto tan machacado y tan recurrido por los de siempre, que se traduce en una realidad material que está ahogando las economías familiares y de tantas empresas que se ven abocadas al cierre por falta de financiación por parte de unas entidades financieras que han visto cómo el Estado tapaba primero y rellenaba después los agujeros que decían tener y que debería haberles obligado a que volvieran de nuevo a circular en forma de créditos y préstamos en lugar de especular como suelen hacer, comprándolo primero al uno por ciento e invirtiéndolo a renglón seguido al cinco por ciento en subastas que promociona el mismo Estado.
No preguntes lo que el Estado puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por el Estado. Esta expresión resulta humillante para un ciudadano que ve como cada día surgen nuevos escándalos y corruptelas – al igual que en un iceberg, apenas se ve la punta de ese inmenso bloque de corrupción que asola a este País – como los mismos directivos de determinadas entidades financieras atracan sus propias cajas a base de auto asignarse escandalosos sueldos y astronómicas jubilaciones y seguros de toda índole.
Tenemos la clase política que nos merecemos, y es así porque nosotros los hemos elegido y si no que se lo pregunten a determinadas comunidades autónomas, donde la corrupción, el derroche y el despilfarro que han ocasionado sus gobernantes, han dejado las arcas vacías y, sin embargo, siguen eligiendo a los mismos que han causado semejantes destrozos.
Triste y demoledora situación la de tanta gente que no pide sino trabajar, qué ironía, sin poderlo conseguir ni aún suplicándolo. Pero aparte de esas familias en las que ningún ingreso entra, desespera y espanta la desoladora situación de los jóvenes, sin futuro alguno al no vislumbrar la más remota posibilidad de encontrar un trabajo.
Vivir sin esperanza, sin ilusión, sin perspectiva de futuro es una condena.

miércoles, 18 de enero de 2012

LA JUSTICIA EN ENTREDICHO

Quizás recuerden aquella expresión “la justicia es un cachondeo”, que se atrevió a emitir en público el célebre desde entonces alcalde Pacheco y que le supuso importantes y serios problemas con la diosa Themis, asesora de Zeus, portadora de la balanza de la justicia y jueza de los dioses del Olimpo, donde tenía la facultad y el poder de juzgar y castigar a dichas divinidades, si a ello se hicieran acreedores.
Quizás se quedó corto, leo en algunos comentarios que aún pululan por ahí y que ante el espectáculo que esta institución nos depara de vez en cuando, consideran que la imagen de la justicia sigue estando en continuo precario en un País donde se acumulan los expedientes judiciales de tal manera que el efecto que pueda esperarse de la sentencia correspondiente – si es que ha lugar a ella – pierde todo su sentido y efectividad a causa del tiempo transcurrido.
Una justicia lenta no es tal, si se eterniza a la hora de resolver, si se politiza a la hora de dictaminar, si no está al día en cuanto a su funcionamiento interno, si posee importantes carencias tecnológicas, si los métodos burocráticos y administrativos están obsoletos, si adolece de falta de personal, si todas y cada una de estas trabas subsisten en el siglo XXI, entonces la justicia será además de vana e ineficaz, insoportable y dolorosamente injusta para el sufrido administrado que desearía confiar en uno de los tres poderes fundamentales del Estado.
Una justicia que discrimina en función del individuo, no es tal, ya que abomina del principio fundamental de la misma que es la de su aplicación igualitaria independientemente del sujeto al que se le aplica – la diosa Themis lleva los ojos vendados – y estamos demasiado acostumbrados a contemplar como segrega y excluye a quienes no tienen los medios pecuniarios suficientes para pleitear en igualdad de oportunidades con quienes gozan de fama – esto es especialmente grave – y fortuna – esto sobre todo – ya que pueden utilizar numerosos recursos y subterfugios de toda índole a los que el ciudadano de a pie, generalmente no puede acceder.
Una justicia que no es imparcial y ecuánime, - y la historia está llena de sentencias que se oponen frontalmente a la rectitud y la honradez que debería presidirlas – no se le puede aplicar el calificativo de justa, puesto que defrauda y desafía su esencia más elemental, sin la cual no cabe hablar de una de las característica que mejor define el estado de derecho y que constituye el pilar fundamental sobre el que se asienta una democracia consolidada.
Una justicia que no es independiente, porque esté al servicio de los otros poderes del Estado o de determinados grupos o poderes fácticos de diversa índole, no es tal, porque pierde el principio fundamental de autonomía y neutralidad que debe caracterizarla y que demasiadas veces y de forma muy sutil parece contemplarse a la hora de llevar a cabo determinados procesos – o de no llevarlos a término – contra determinados grupos o personas, logrando con ello despertar la sospecha, el recelo y la suspicacia de los ciudadanos.
En estas fechas se está celebrando el juicio que encausa a un conocido juez que ha destacado en su actividad incluso a nivel internacional. Su repercusión ha sido enorme, no solo en nuestro País, donde ha llevado a cabo procedimientos que han levantado ampollas en determinados sectores de la vida política nacional al sacar a la luz determinados procesos que se cerraron en falso tras la dictadura, sino también en otros países, donde es conocido por su intervención contra los integrantes de las dictaduras que tuvieron lugar en Chile y Argentina.
La justicia acusa ahora a un juez por luchar contra la corrupción. Juzguen ustedes.

jueves, 12 de enero de 2012

SOMOS HIJOS DE LAS ESTRELLAS

En una archiconocida y amable película donde se retrata la figura del personaje principal con un retraso psíquico que le acompañará toda su vida, pero que le permitirá desenvolverse en la misma con cierta soltura, incluyendo su incorporación a la guerra y su posterior ejercicio como modélico padre, en un momento determinado de su vida juvenil, cuando siempre estaba a la carrera, unas veces por que le perseguían quienes de él se burlaban y en otras porque era ya su habitual modo de desplazarse, alguien le preguntó por qué lo hacía y su contestación a medio camino entre la realidad, la fantasía y la filosofía fue: no lo sé, pero pese a que siempre estoy corriendo, no he visto que haya llegado a ninguna parte.
Brillante respuesta a una pregunta que nos hacemos con frecuencia a lo largo de nuestra vida y para la que no solemos obtener más respuesta que la que consigue nuestro protagonista, y que parece ser la única fiable aunque nos neguemos a admitirlo, después de analizar la frenética vida en la nos hallamos inmersos, aunque el tiempo que le dediquemos a dicha cuestión sea mínima, ya que de inmediato volvemos a la actividad que nos domina hasta tal punto que dejamos aparcadas esa consideraciones tan recurrentes como vacías de contenido, quizás porque inconscientemente nuestro cerebro así las trata con objeto de liberarnos de semejante dilema.
Somos manifiestamente incapaces de aislarnos por un momento de las tribulaciones en las que diariamente nos hallamos inmersos, de ese universo donde nos encontramos, del que formamos parte como una partícula infinitamente elemental, y vernos de esa manera a través de una ventana cósmica cuya visión nos depararía un hermoso planeta Tierra solitario, aislado del resto de los mundos, sin conexión alguna con ellos, donde la vida bulle en medio de la vorágine que amenaza con consumirnos.
Deberíamos concluir que somos inmensamente insignificantes, que no somos los dueños absolutos de una vida que, sin duda, prolifera y se manifiesta en infinidad de mundos que nos rodean, por lo que deberíamos limitar nuestra soberbia y contener nuestra capacidad de destrucción, no solo de nuestro entorno, que no nos pertenece, sino de nuestra integridad tanto física como moral para conseguir de este modo el respeto de una naturaleza que parece rebelarse contra nosotros en la misma medida que se ve agredida por una especie humana que hace tiempo se olvidó de sus orígenes cuando surgió en el mar.
Somos hijos de las estrellas, afirmaba Carl Sagan, de una energía formidable que puebla un universo ante el cual deberíamos recoger las velas de nuestra soberbia y contemplarlo como una majestuosa obra ante la que deberíamos elevar los ojos con frecuencia para contemplar la fantástica maravilla que nos rodena y que nos recuerda cada día que formamos parte de un cosmos que no se limita a un insignificante planeta como el nuestro, donde la vida se abrió camino con el propósito de poblar una naturaleza con la que convivir en perfecta armonía.
El nuestro es un viaje sin retorno, sólo de ida, con destino quizás a ninguna parte. Es por ello que deberíamos reflexionar, abandonar esa soledad en la que nos recluimos al considerarnos habitantes de este pequeño e insignificante mundo que habitamos y abrir nuestros ojos y nuestra mente a la idea de un universo que nos acoge, pese a nuestra hostil actitud, con los brazos abiertos.