lunes, 23 de mayo de 2016

CERVANTES EN EL OLVIDO

Solemos pecar de excesos en esta nuestra vieja patria, con inusitada y continua frecuencia, tanto en un sentido como en el otro, si de solo dos hablamos, porque si los posibles fueran tan numerosos como erráticos nuestros despropósitos, las descalificaciones superarían de tal forma a los reconocimientos, halagos y alabanzas que debieran reconocerse, que el término gratitud y todos sus sinónimos desaparecerían de nuestro lenguaje, para dejar paso a la negación y la indiferencia hacia todo valor humano, material o inmaterial que objetivamente fuera merecedor del más estricto reconocimiento.
Así pasen cuatro días o cuatrocientos años, no tenemos inconveniente ni pudor alguno en tornarnos olvidadizos y remolones a la hora de cantar las alabanzas y aleluyas debidas hacia quien haya hecho los méritos suficientes para ser públicamente cantados de viva y sincera voz, pues ello parece escarnecer dolorosamente a quienes les pesa en exceso, no solamente su capacidad de valorar lo ajeno, sino su incapacidad para hacerse merecedor de los méritos cuyo reconocimiento deniegan.
No siempre estos comportamientos son debidos a ese vicio nacional tan negativo y persistente en el tiempo, que hemos dado en llamar envidia, sino a una desidia injustificable y consciente, casi siempre llevada a cabo por personas e instituciones que debieran tomar la iniciativa en determinadas y puntuales ocasiones, y que parecen mantenerse ajenas a toda responsabilidad que pudieran tener, y de la que suelen deshacerse con ese otro defecto, tan recurrido como necio e hipócrita, que es pasarle la pelota al de al lado, en un gesto que nos conduce al origen de toda esta maraña de despropósitos, que no es otro que la falta de una seriedad exigible, origen de tantos males.
Algo que nada ni nadie puede permitirse, y que nos ha perseguido a lo largo de toda nuestra procelosa y dilatada historia, que pese a nuestra indudable huella cultural en todos los órdenes, que nos acerca y ancla por un lado al mundo occidental, y por el otro, la picaresca, la chapuza y la desidia, nos han procurado una bien ganada fama de país de charanga y pandereta, que tanto daño nos ha hecho, y de lo que no tenemos obstáculo en reconocer, hasta el punto de hacer chanza y chirigota a su costa, en un gesto más de una insensatez y falta de conciencia histórica.
Ni siquiera ahora, cuatrocientos años después de la desaparición del más ilustre representante de la literatura española y universal, Miguel de Cervantes, hemos sido capaces de honrar en su justa medida a quién ya entonces dejó entrever en sus escritos algunos de los aspectos más característicos que siempre han acompañado al temperamento hispánico, que no parece haberse visto modificado sustancialmente desde entonces. “Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes”.
En sus obras, y sobre todo en su inmortal Quijote, Cervantes deja constancia de la ligereza, la desidia, la desmesura, y la ausencia de una seria y trascendente actitud ante determinados actos humanos que se suelen sustanciar con una frívola y negativa manera de afrontarlos mediante la burla, la chanza y la ridiculización de hechos y personas, como en el caso de Don Quijote, ingenioso personaje, cuya bondad e ingenua actitud, siempre dispuesto a hacer el bien y a deshacer entuertos, es tomado como objeto de burla y diversión, donde los más bajos instintos humanos, como la crueldad y el afán de ridiculizar y despreciar al indefenso, alcanzan su más alta amplia y alta expresión.
Dos genios de la literatura universal, Cervantes y Shakespeare, son celebrados en sus respectivos países, con motivo de los cuatrocientos años transcurridos desde su muerte, con muy desigual empeño. En Inglaterra, hay programados una inmensidad de actos y acontecimientos diversos que se desarrollarán a lo largo de todo el año, por todo el país, y en numerosos escenarios que alcanzan a todas las instituciones y organismos sociales, culturales y educativos.
Sin embargo en nuestro país, las críticas alzan su voz ante la indiferencia y la cicatera y manifiesta falta de interés por parte de las instituciones oficiales y culturales a la hora de exaltar y divulgar la vida y obra de nuestro más insigne escritor, algo que solo puede surgir de las insensatas y despectivas instancias encargadas de desarrollar y divulgar una cultura que ahora, más que nunca, ahora se hallan bajo mínimos.
Piensa Unamuno, que es mejor tener ideales, aunque no sean los más pertinentes, que no tenerlos, lamentándose de que la España de Sancho Panza haya perdido su fe en don Quijote y su esperanza en la ínsula Barataria.
Un genio de la literatura, que hace cuatrocientos años, escribió el texto que sigue, acerca de un bien que el ser humano ha perseguido siempre con denuedo y por el que tantas vidas y se han sacrificado, merece nuestra más absoluta y total dedicación, algo que hasta ahora, de forma inexplicable, le estamos en gran medida negando.
"La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida".

lunes, 16 de mayo de 2016

LA LETRADA ESPELUZNADA

Se acercaba la señora letrada a la sala donde se desarrollaba el juicio, donde ella forma parte de la acusación, en un conocido proceso que dada su popularidad y resonancia mediática que tiene lugar en un juzgado de cuyo nombre todos tenemos constancia y que en todo caso resultaría harto sencillo su localización, para cualquiera que se lo propusiese, dadas las  considerables facilidades que hoy en  día pone a nuestra disposición el mundo digital en el que vivimos.
Caminaba con paso firme y decidido, que diríase, parecía más bien apresurado, dispuesta a no hacerse esperar por el resto de los miembros de la mesa, con las carpetas de documentos en ristre, y con una sonrisa de circunstancias que exhibía a su paso entre las dos filas de periodistas que flanqueaban la entrada a los juzgados.
Uno de ellos le hizo una pregunta sobre una cuestión que ella no debía ignorar, dada la importancia de la cuestión planteada, que atañía a su gabinete, que además era de dominio popular, y que podía poner en cuestión su continuidad como letrada representante del mismo en el susodicho proceso, en principio no por causa achacable a ella – aunque a última hora, están surgiendo dudas al respecto -  sino por un posible delito del más alto representante del gabinete al que ella pertenece.
La respuesta que dio al representante de la prensa y que no se hizo esperar, siempre con una cara de sorpresa, que no podemos saber si era impostada o no, pero que por su tono y timbre, daba la impresión de ser absolutamente sincera, ya que según ella era la primera noticia que tenía fue la que sigue: "estoy espeluznada”.
Sorprendido ante el inesperado vocablo, de inmediato analicé la expresión, que me pareció de una oportunidad impropia y excesiva, y de una rotundidad pretendida, que lejos de conseguir su objetivo, que no era otro que el de impresionar vivamente en el auditorio, juzgué, con perdón, constituía un despropósito inapropiado en una letrada acostumbrada a hablar en público, y que debiera hacer honor al nombre que su cargo representa.
Ignoro si en las intervenciones en las fases orales de los procesos en los que actúa, suele utilizar estos desfases lingüísticos que aunque tuviesen cabida dentro de un uso admitido por la lengua y los órganos que la cuidan y rigen, suponen en todo caso, un empleo desproporcionado y excesivamente burdo y rudo de expresión, que en este caso hubiese bastado con "estoy asombrada, sorprendida, anonadada, estremecida, horrorizada”, y tantos otros a los que hubiera podido recurrir, dada su supuesta preparación cultural, que debiera ser más que suficiente para capear estos imprevistos.
Y no es que no pueda utilizarse dicho término, "espeluznada", sino que no debiera recurrirse a semejante improperio, cuando se utiliza en un contexto, como en el que se daba en este caso, algo que no siempre tienen en cuenta tantos personajes públicos y representantes de los medios de comunicación, que nos tienen acostumbrarnos a frecuentes dislates lingüísticos, que en este año del cuatrocientos aniversario de la muerte de Cervantes, golpean con más fuerza aún en nuestros ya maltratados oídos, por parte de aquellos que más debieran velar por la pureza de la lengua, ya que de ella se valen al utilizarla como herramienta de un trabajo que los dignifica, cuando de ella hacen un correcto, preciso y precioso uso.
Espeluznantes - ahora mejor empleado el vocablo - resultan estas traumáticas incursiones lingüísticas, que suelen maltratar continua y persistentemente nuestra lengua cervantina, que tenemos el deber, la obligación y la satisfacción de velar por ella y por su pureza, con el ánimo siempre dispuesto para dar cabida a nuevos términos, con una flexibilidad lógica y razonable, que los nuevos tiempos demandan.

lunes, 9 de mayo de 2016

LA MALA GENTE

No siempre resulta fácil calificar determinados comportamientos humanos, sobre todo a nivel de grupos de diferente signo, y entidades se refiere, cuando la responsabilidad se ampara en lo corporativo, aunque de hecho siempre reside en una persona o grupo de personas físicas, que son de las que en definitiva emanan las oportunas órdenes, ideas y tomas de decisión.
Y así nos encontramos con escándalos, y despropósitos varios, fundamentalmente a nivel político, dónde las consecuencias de los correspondientes estragos causados, merced a la inapelable e imperiosa decisión del responsable de turno, quedan camuflados y ocultos tras un mar de difusos, oscuros e intrincados intentos de confundir y desviar la atención, algo que consiguen lograr con frecuencia, con sorprendente y relativa facilidad.
Se intenta así diluir toda posible autoría en un mar de inconfesables desatinos, que a modo de intrincadas y laberínticas excusas, tratan de desviar las culpas, alejándolas de sus verdaderos autores, y depositándolas en los brazos del grupo, que al final eludirá toda responsabilidad, sobre la base de su mole administrativa, ante la que los órganos competentes de la administración y la justicia, poco suelen y a veces pueden hacer.
Son maniobras  que conllevan una indudable dosis de maldad, muchas veces permitidas por quienes deben velar por la ética y la limpieza de unos actos que tienden a ocultar inconfesables decisiones llevadas a cabo por parte de quienes tienen un ineludible y determinante compromiso con la legalidad y la limpia ejecución a las que su cargo obliga.
Todas estas circunstancias, suelen darse no solamente en corporaciones bien oficiales, bien privadas, de mayor o menor entidad y tamaño, sino que en ocasiones, el nivel del listón se halla a una mayor y más importante y determinante altura, que suele ser intocable.
Es el caso de los responsables políticos situados al máximo nivel, llegando incluso a su más alta expresión, que llegado el caso, se blinda tras la muralla del ejército de subordinados y de obstáculos administrativos y jurídicos de todo orden y condición, para desviar la carga culpable hacia ellos, cuando toda la responsabilidad última es única y exclusivamente suya.
Casos tenemos en nuestro país en los que el que debiera dar la cara y afrontar las oportunas consecuencias, se evade de las mismas, alegando un desconocimiento no creíble, de lo que está sucediendo en su propia casa, llámese despacho, departamento, ministerio o zonas nobles del más alto y decisivo nivel.
Despilfarros vergonzantes, corruptelas miserables, sobres que se pasean por los despachos, mordidas y porcentajes del tres y cinco por ciento, cantidades que van en negro y retornan en blanco, discos duros que desaparecen en diferido y formateos en directo, whatsapp animando al personal a ser fuerte, correos obscenos en las inmediaciones de palacio, y en fin, toda clase de desvaríos imaginables, que denotan una picaresca subida de tono, que denotan una absoluta falta de control de tal entidad, que no se corresponde con un país serio.
Y sin embargo, aquí nadie dimite, nadie reconoce sus errores, nadie toma las decisiones que debiera por mor de su posición, nadie quiere enfrentarse a sus responsabilidades.
Y es que eso de dimitir, aquí, y desde siempre, nunca ha estado bien visto.

martes, 3 de mayo de 2016

LA SOSEGADA COCINA DE LAS ABUELAS

Un precioso día de invierno, como tantos suelen darse por allí, llamo a la casa del pueblo: madre, vamos este fin de semana, no se te olviden las alubias, las mejores del mundo, las tuyas, las que pones a cocer en el puchero de barro desde primera hora de la mañana.
Claro, hijo, me responde la tía María, como yo la llamo.
No te preocupes, en cuanto me levante, enciendo la cocina y las pongo en la placa a fuego lento hasta que lleguéis.
Encargaré un cuarto lantero de cordero, y lo aso en el horno de la cocina económica.
Gracias, madre, seguro que estará todo buenísimo. Tú asas como nadie en el pueblo, y tus judías, son las mejores, con ese toque que sólo tú le sabes dar
Ay qué hijo. Cuanto me alegra que vengáis.                     
Tened cuidado, que hay bastante nieve, y desde Somosierra a Cerezo, dicen que está mal la carretera. Venid despacio.
Tranquila, estaremos allí a la hora de comer. Un beso, tía María. Hasta mañana.
            Adiós hijo. Un beso para las niñas.
            ¡Cuantas veces he disfrutado con esta conversación hablando con mi madre!
Se fue para siempre hace años, que no parecen haber transcurrido, que no han pasado, porque la tengo en mis recuerdos permanentemente, junto con mi padre.
Ambos yacen juntos y para siempre en el pequeño cementerio de Duruelo, el pueblecito de Segovia donde nací, y al que regreso de vez en cuando.
            Como vuelvo también, con el recuerdo, a sus sencillos y deliciosos platos, cocinados en la acogedora y encantadora cocina de la casa del pueblo.
Las alubias eran espectaculares. El cordero un auténtico festín para el paladar, maravillosamente asado, sin más añadidos que un poco de agua y un ligero toque de manteca, y todo ello elaborado en un horno sencillo como el que tenían las cocinas económicas de entonces.
Son los platos que más recuerdo, aunque mención especial merecen también otros, como el cocido, las patatas guisadas, la tortilla, las sopas de ajo, la sopa castellana, el arroz con leche, los flanes, enormes y deliciosos, y tantos otros platos y postres que hacían las delicias de todos.
Una cocina basada en la natural sencillez de los ingredientes, en la autenticidad de los alimentos empleados, en la infinita paciencia y el tiempo empleado para cocinarlos, así como en el amor y la dedicación que nuestras madres ponían a la hora de condimentarlos.
            Uno de los grandes placeres de este terrenal mundo, lo constituye sin lugar a dudas el disfrute de la buena mesa, la tradicional, la que excita los sentidos sólo con el disfrute de su sugerente visión, y todo ello, pese a la existencia y el auge de la denominada cocina minimalista, que parece oponerse a semejante y celestial disfrute, que no obstante jamás podrá competir con el deleite que proporciona la cocina clásica.
No se trata tampoco, de la mesa ampulosa, cara y  sofisticada, al alcance de tan sólo unos cuantos, que disfrutarán sumamente de la exquisitez de unos productos de primera categoría, regados por unos fabulosos caldos, rodeados por cubertería de plata y envueltos en manteles de exquisitos tejidos, sino de la cocina sencilla, natural, ingeniosa y audazmente cotidiana que siempre elaboraron en nuestras casas nuestras madres, a base de legumbres, patatas, alubias y ensaladas, regadas con un buen aceite de oliva.
Metidos en faena, merece la pena recordar, yo que soy de Segovia, cómo se celebraban las bodas en los tiempos de mi infancia, en los pueblos. Se habilitaba el corral, allí donde se guardaban el carro y los aperos de labranza, se disponían unas borriquillas de madera y encima unos largos tablones de madera.
Sobre ellos se disponían  las tarteras de barro, cada una de ellas con un par de cuartos de asado, uno lantero y otro trasero, los platos de ensalada, el pan y las jarras de vino. Eso era todo. Casi nada.
            Y hoy contemplamos con sorpresa y un poco de hartazgo, cómo proliferan en los medios de comunicación los programas de cocina, algunos excesivamente  sofisticados, mientras surgen chefs a diestro y siniestro, incluidos los infantiles, lo cual resulta en ocasiones un poco excesivo y desproporcionado.
Un despropósito que en ocasiones tiene más de espectáculo que de auténtico, pero que puede servirnos para tomar didácticas notas, y nunca mejor dicho, porque no estaría nada mal que se introdujera en la escuela  la gastronomía y la cocina.
Aprender a cocinar desde pequeños, chicos y chicas. Una práctica y divertida asignatura.

jueves, 28 de abril de 2016

LA HORA DEL ÁNGELUS

Afloran con inusitada frecuencia, a la vez dulces y sutiles, los evocadores recuerdos que se apoderan de mi, cada vez que regreso a la casa del pequeño y encantador pueblo segoviano donde di en nacer hace ya demasiados años, situado en la falda de la cara norte de Somosierra.
Un encantador lugar, dominado por un arco de sierra de casi ciento ochenta grados, cubierta de un manto blanco durante el duro y largo invierno, y de una capa de un ligero y gris azulado, el resto del año, salvo en la explosiva y radiante primavera, que todo lo inunda de un luminoso color verde.
Abandonar la carretera que conduce a Sepúlveda, Segovia capital, Cantalejo, y otros pueblos de la provincia, supone adentrarse en  un pequeño trecho de apenas quinientos metros, flanqueados por pequeños y delicados huertos, plantíos de chopos y álamos, que nos dan la bienvenida a uno de los encantadores pueblecitos de la comarca y tierra de Sepúlveda, que en su tiempo dieron en denominar Duruelo.
La entrada nos regala la visión de las primeras casas, todas ellas dispuestas a la izquierda de una carretera que camina en dirección a Duraron y sus Hoces, serpenteando desde el comienzo al final, dejando a su derecha las verdes praderas y tierras de labor, que llegan hasta el río Duratón, el monte, y al fondo, omnipresente y vigilante, la sierra que todo lo preside y domina, con sus brazos abiertos, en un gesto de protección hacia los campos, los pueblos y las gentes que se hallan en sus estribaciones.
Apenas entramos en el pueblo, giramos a izquierda por una de las primeras calles, bordeadas por casas de una planta, de un blanco impoluto, de recia figura, de aspecto sólido y firme, bien cuidadas, de recios y pétreos muros, siempre dispuestas para acoger a sus fieles moradores.
Llegar a la casa que construyeron mis padres hace sesenta años, es entroncar con mi más tierna infancia. Recuerdo vagamente, como se empezó su construcción, cómo los albañiles de Santa Marta del Cerro, un pueblecito próximo, se afanaban en los cimientos de la fachada, y cómo los gruesos muros iban ascendiendo en su viaje vertical, abriendo a su paso las ventanas y el balcón, orientado hacia la imponente Somosierra, cuyas espléndidas vistas constituyen todo un privilegio para quién quien tiene la suerte y la fortuna de disfrutarlas.
Entrar en ella, después de pasar através de la verja que da paso al espacio verde y deliciosamente ajardinado que preside toda la fachada, supone contemplar la escalera, al pie de la cual tengo la inefable foto de la comunión, que conservo como un pequeño tesoro, vestido de etiqueta, con el riguroso y elegante traje que entonces se llevaba para tan solemne ocasión.
Es la imagen más nítida que mantengo de aquel tiempo tan pleno de magia e ilusión como de permanente felicidad que nos regala la infancia durante esos entrañables e irrepetibles años, que son un regalo que la vida nos hace, y que jamás nos volverá a dedicar, ya que es un terreno que pisamos una sola vez en nuestra existencia, que deja unas huellas indelebles para el resto de nuestros días.
Recorro cada una de las estancias, comenzando por la planta de arriba, que conserva intacto, pese al paso de los años, un suelo de madera, sin brillo, pero con toda su natural y robusta nobleza, de la que no parece haber perdido ni un ápice pese al largo e inexorable transcurrir de los años.
Abro las puertas que dan acceso al pequeño y en apariencia frágil balcón, suspendido sobre el jardín, y contemplo las maravillosas vistas que la visión de la sierra y de los bosques de encinas y robles depara, a la par que respiro honda y profundamente, en un gesto que tiene más de pulso instintivo que de acción voluntaria, pues el aire fresco y puro tiende a desatar los más naturales y espontáneos gestos humanos, ante la contemplación y deleite de la naturaleza en estado puro.
Un paseo por la amplia cámbara, término con el que se designa por estos lares al desván o sobrao, como por otros lugares se conoce, es llevar a cabo un viaje por el tiempo transcurrido en estos sesenta años. Algo que hago con frecuencia, y que me sigue sorprendiendo, como si el tiempo se hubiera detenido, como si tantos objetos y muebles que anduvieron por la casa, se hubieran retirado allí a descansar.
Allí se pueden encontrar numerosos libros relacionados con la profesión que ejerció mi padre, que fue secretario de ayuntamiento de Duruelo y de varios pueblecitos más de los alrededores. Libros de administración local, de lecturas diversas, y algunos ejemplares muy antiguos, que he decidido restaurar. Merecían la pena. Todos ellos en estanterías cubiertas de polvo, en cajones y en muebles que aún se mantienen en pie.
Ollas enormes de cobre, dónde se cocían las morcillas de la matanza, aperos de labranza y objetos de todo tipo, que se han conservado, más por inercia que por la utilidad que dudosamente puedan a estas alturas deparar, a quien no obstante se deleita con su visión.
Baúles de varios tamaños, con objetos de todo tipo y condición, ya sea ropa, más libros, revistas, cajas de metal y de madera. Arcas y arcones, que debidamente restaurados, harían las delicias de los amantes a los muebles antiguos, para espacios, ambientes y casas rurales, fundamentalmente, dónde sin duda, cobrarían nueva, radiante y desbordante vida.
Bajo de nuevo y entro en la acogedora cocina, el aposento de la casa del que más  recuerdos atesoro, porque allí pasábamos casi todo el día, en compañía de mis recordados padres, a los que sigo viendo allí, sentados al amor del brasero, sobre todo en las largas noches del interminable y helador invierno, con la cocina económica proporcionando un agradable y tibio calor gracias a los leños de roble y encina que la alimentan.
Instintivamente dirijo la mirada hacia arriba, hacia una de las esquinas, hoy vacía y entonces el lugar dónde encontraba acomodo el aparato de radio, todavía hoy en perfecto estado de uso. Sustentado en un poyete de madera, y cubierto por el pañito de encaje que mi madre amorosamente tejió a mano.
Presidía desde su privilegiado lugar la acogedora estancia, siempre dispuesta para hacerse oír, a casi todas las horas, ya fuera el diario hablado de las catorce treinta, las radio novelas de parte tarde, y tantos otros programas habituales que lograban entretener y deleitar a la pequeña y agradecida audiencia que los seguía cada día de forma incondicional.
Recuerdo de una forma un tanto especial uno de ellos, que apenas duraba un par de minutos, pero que se me ha quedado grabado, quizás por lo que de recogimiento tenía, que lograba sobrecogernos, al tiempo que alteraba la tranquilidad diaria con su mensaje inalterable a lo largo de tantos años. Era de contenido religioso e interrumpía la programación siempre a la misma hora: La hora del Ángelus.

jueves, 21 de abril de 2016

LA COBARDÍA EN POLÍTICA

Se agotan ya los adjetivos con los que se ha calificado hasta ahora el presente proceso político que, si alguien no lo remedia, culminará con la convocatoria de nuevas elecciones, lo cual no es sino la expresión de la incapacidad humana para el entendimiento en nuestro País, tan acostumbrado a intentar auto destruirse, tal como dijo en su momento el llamado Canciller de Hierro, Otto Bismark, y que nos convertía, según él, en el país más fuerte del mundo, pues llevamos siglos intentándolo, sin haberlo conseguido.
No es mérito alguno, sino más bien todo lo contrario, un peligroso juego, inaceptable y sumamente delicado, que deberíamos rechazar con todas las energías posibles. Pero no anda muy lejos el susodicho personaje cuando nos considera capaces de terminar con esta España tan acostumbrada a verse maltratada de obra y palabra, no solamente por nosotros, sino por el resto del mundo civilizado.
No suena en mis oídos a alabanza alguna el susodicho comentario, ni deseo alguno albergo de que un aciago día pueda convertirse en realidad, pese a que nuestros denostados políticos parecen empeñados en ello, en llevar a término tan perniciosa y negativa hazaña, en el día a día insoportable que nos suelen regalar desde el comienzo de los tiempos.
Algo que en el presente han logrado superar con creces, alcanzando la cima más alta posible, dando lugar a una situación que promete arrancar nuevos epítetos cada día menos poéticos y más agresivos y lacerantes por parte de unos medios de comunicación a los que les faltan ya páginas y horas para dar cuenta de un escenario que no da respiro alguno.
Cada día un nuevo acontecimiento nos despierta, que los profesionales de los medios tratan de interpretar de inmediato como un giro de noventa grados unas veces, de ciento ochenta en otras, que suelen quedarse en maniobras de trescientos sesenta grados las más, es decir, de volver al mismo punto de partida, de donde no debieron salir nunca, visto ahora desde una perspectiva que nos permite visualizar la historia de un despropósito monumental de proporcionas cuasi bíblicas.
Tertulias, coloquios, debates, discusiones, mesas redondas, alocuciones, charlas y entrevistas están proliferando por doquier, siempre con el mismo tema, con los mismos argumentos y cómo no, con las mismas conclusiones, cada uno enrocado en su rico mundo interior. Día tras día, así llevamos todo un precioso tiempo perdido, que pese a todo y a todos, no tiene explicación razonable alguna.
Un mundo de opiniones que visualizamos, leemos, oímos, y que se convierten a su vez, en auténticas peleas dialécticas entre amigos, vecinos, compañeros de trabajo, que están convirtiendo a este País en un descomunal plató, dónde se escenifica un gigantesco y plural debate que no lleva a ninguna parte, con tantas y tan diversas opiniones como grupos y subgrupos surgieron de unas elecciones que seguramente habrá que repetir, para  regresar a la misma desdichada representación teatral que hoy contemplamos.
Pero hay un adjetivo que aún no he escuchado acerca de esta absurda y aburrida comedia, dónde los diálogos de sordos y los egoísmos personales y de partido, han prevalecido muy por encima de la lógica, la sensatez y la razón que se les exige a los que han recibido el mandato ciudadano.
Dicho adjetivo se infiere y declina en todas sus formas, aplicándolo a una manifiesta, pertinaz y perversa cobardía mostrada por nuestros representantes políticos, incapaces de mostrar la valentía necesaria para llegar a los necesarios y urgentes acuerdos, olvidando sus rencillas, sus inconfesables y a veces oscuros intereses, que están llegando al terreno de la ofensa personal, y a la actitud manifiesta de una enemistad que los desacredita definitivamente a los ojos de la ciudadanía.
Para ello se exige un punto de coraje, arrojo y audacia, que son capacidades manifiestamente ausentes en los actuales responsables, y que deberían determinar quienes pueden y deben representarnos y quienes habrían de dejar paso libre a aquellos que valiente y responsablemente tengan el valor de llegar a acuerdos que hagan gobernable este País.

jueves, 14 de abril de 2016

LA SOCIEDAD DEL MIEDO

Condenados a una inseguridad permanente, los ciudadanos del mundo se preguntan por qué han de sentirse inmersos y  continuamente en un estado de alerta, si ellos no han procurado ni mucho menos provocado una situación que se está convirtiendo en una insoportable obsesión, ante la cual se sienten profundamente indefensos, hasta el extremo de tener siempre presente la posibilidad de poner en riesgo sus vidas, en determinadas circunstancias, cuando hace no muchos años, esto era completamente impensable.
La histeria colectiva que se desata con frecuencia ante determinadas situaciones de aparente peligro, que en realidad es inexistente - baste citar casos en los que un simple objeto abandonado, o un estentóreo ruido en un lugar público, han sembrado el pánico - muestran con toda su crudeza e intensidad, el miedo y la constante tensión en la que vivimos desde hace ya demasiado tiempo.
Buscar las motivaciones y orígenes que han dado lugar a estos comportamientos, es desenredar la madeja que quedó descompuesta hace lustros, cuando occidente se empeñó en intervenir en una civilización muy diferente a la nuestra.
Lo hicieron con la excusa de liberar a los ciudadanos de los tiranos que supuestamente los oprimían, cuando las verdaderas y oscuras razones, no solían ser esas, sino otras sumamente inconfesables, que necesariamente no coincidían con los intereses de los habitantes, que en cualquier caso no habían solicitado ayuda alguna y menos aún en forma de intervención armada con la que actuaron los supuestos libertadores.
Y de aquellos polvos, estos lodos, ya que si a esas desafortunadas e innecesarias acciones que tanto dolor y sufrimiento causaron en la inocente población civil, sumamos el fundamentalismo y la radicalización de quienes siempre han odiado, despreciado y vilipendiado el estilo de vida occidental, sembrando el odio y la intolerancia más fanática, el cóctel de odio, violencia y muerte, está desgraciadamente servido.
Lo hacen en forma de atentados indiscriminados que causan el terror y el pavor en una sociedad occidental, que no sabe cómo combatir a un ejército invisible cuyos componentes no dudan en inmolarse en aras de unas creencias religiosas que les prometen el paraíso tras su mortífero y cruel martirio.
Pretender justificar estas acciones como una justa venganza, es una posición irracional y profundamente injusta, que no cabe en una mente lógica y sensata, que nadie debería concebir, y mucho menos tratar de divulgar, como explicación a estas acciones, que por indiscriminadas y crueles, no tienen cabida en la ética de los seres humanos.
Menos aún cuando las víctimas suelen ser siempre ciudadanos de a pie que ven truncadas sus vidas, como hemos comprobado recientemente en diferentes capitales de Europa y del resto del todo el mundo, aunque en éste último caso, la resonancia que solemos dar en occidente, sea menor, como si esas víctimas, no tuvieran la misma consideración que el resto de los seres humanos.
Una funesta y trágica consecuencia de esta endiablada situación, es la del poder de atracción que sobre los jóvenes de las democracias occidentales están teniendo los autores de estas terribles acciones. Son atraídos por ellos a través de las redes sociales y de otros medios con el objeto de captarlos y ganarlos para sus acciones fanáticas y violentas.
Todo ello en un proceso que nos puede parecer increíble dadas las circunstancias que concurren en todos los aspectos y que llevan a estos jóvenes a abandonar sus hogares e incorporarse a un oscuro y siniestro mundo, donde son utilizados para sus conocidos fines.
No vamos a tener más remedio y opción, que sacrificar parte de nuestras libertades en aras de conseguir una mayor seguridad para nuestra existencia. Al mismo tiempo, las potencias occidentales, deberían cejar en sus continuos intentos de intervenir en una civilización tan diferente a la nuestra, salvo que sea estrictamente necesario como medio de salvaguardar nuestra integridad y seguridad en todos los aspectos.

sábado, 9 de abril de 2016

LA OBSOLESCENCIA POLÍTICA PROGRAMADA

Esta estrategia comercial, también denominada obsolescencia planificada, tiene sus orígenes en el año 1932, cuando un empresario, quiso acabar con la llamada gran depresión, lucrándose con la utilización de esta técnica malvada, que consiste en una sistemática programación llevada a cabo en la etapa de producción.
Durante esta fase, los productos objeto de obsolescencia, se diseñan de tal modo, que se calcula su vida útil, en función de los intereses de la empresa, para que en lafase de producción, se lleven a cabo los procesos necesarios en el empleo de los materiales, tanto en su calidad, como en su cantidad y montaje, para que el resultado final sea el esperado.
Que no es otro que el de la reducción de la vida útil del producto obtenido,siempre con vistas a su reposición temprana, generalmente muy acortada con respecto a una duración, que por las características del bien de consumo adquirido, podían y debían ser más alargadas y duraderas en el tiempo.
Sin duda el gran beneficiado de esta táctica, es el productor, la empresa fabricante, que ve complacido como sus productos son repuestos con mayor frecuencia por un consumidor que no sale de su asombro ante la corta existencia de su bien de consumo, que ha de reponer necesariamente por completo, entero, nuevo, sin posibilidad alguna, o muy escasa y rara, de arreglarlo, reponiendo el componente, a veces insignificante, mínimo y hasta poco costoso a la horas de su reparación.
Nadie se molestaba en reparar nada. Unos porque pensaban que no merecía la pena - preferían otro nuevo, y además pensaban que arreglarlo saldría más caro - y otros porque ni el mercado lo demandaba, ni en todo caso su rentabilidad merecía la pena tal empresa.
Hasta que llegó la crisis, y las penurias económicas, obligaron por pura y urgente necesidad, a no tirar lo estropeado a la primera de cambio, sino a tratar de solucionar el problema, bien mediante la clásica chapuza casera, o bien buscando a quien pudiera, supiera y quisiera desarrollar una labor cuasi artesanal, que conservase la habilidad y el temple necesarios para solventar el caso, desarmando, reparando y/o cambiando los elementos y componentes deteriorados, para volverlo a montar, prolongando así su vida útil, que la dichosa obsolescencia programada, había obligado a reducir sin más lógica y razón que la desaforada ambición del fabricante.
Aplicada a la política y a los políticos, la obsolescencia está servida desde el principio de los tiempos, por muy inmemoriales que estos puedan llegar a ser, así alcancen a la época de los neandertales, con los que los políticos actuales guardan considerables semejanzas que se empeñan en ocultar ante una ciudadanía a la que no consideran más que para lograr alcanzar sus inconfesables metas.
Obsoletos, Anacrónicos, inamovibles dinosaurios, profundamente instalados en las cavernícolas posiciones de donde salieron hace milenios, permanecen inalterados e inalterables, como si nada hubiera cambiado a su alrededor, amarrados como están a su desgastada y sufrida poltrona.
A estos auténticos usurpadores de la obsolescencia, había que aplicarles esta medida desde el mismo momento en que tomasen posesión de su cargo, programando y planificando cuidadosamente su final de ciclo, sin posibilidad alguna de arreglo o reposición de sus componentes defectuosos, con objeto de apartarlos  de la vida pública, salvo unidades muy especiales, que hayan sido reclamados por aclamación, sobre la base de un eficaz y demostrado servicio en pro de la Comunidad a la que sirven. No serían muchos que acogerse pudieran a este bien tan escaso, pero hemos de reconocer, que haberlos haylos. Bienvenidos serían a ese privilegiado y reducido club de la no obsolescencia, política en este caso.

miércoles, 6 de abril de 2016

DOS JOYAS EN INVIERNO

Contemplo fascinado dos bellísimas estampas de mi admirada y hermosa Segovia, pertenecientes a este invierno tan atípico, tan remiso a mostrar su frío y blanco rostro, tan tardío en el tiempo y tan corto en el espacio, algo a lo que no nos tiene acostumbrados.
Se trata de dos fotografías magníficas, tomadas desde el aire, maravillosamente concebidas y perfectamente enfocadas, y resueltas en unas instantáneas dignas de contemplar por su indudable belleza. Una de ellas, muestra toda la inmensa y majestuosa belleza del incomparable y sin par Acueducto, nevado, soberbio, grandioso en su prodigiosa y mágica verticalidad.
Esta admirable construcción, que sigue maravillando a quien lo contempla desde hace dos milenios, constituye un homenaje al ingenio y la capacidad creativa de un ser humano, que ve redimida así, con esta y tantas exquisitas e impresionantes obras de arte, sus errores y numerosos desmanes cometidos a través de su corta historia, jalonada de altibajos a lo largo de toda su existencia.
La segunda fotografía, corresponde a la hermosa y escultural catedral, la dama de las catedrales españolas, en una instantánea que sobrecoge por su espectacular visión cenital, en la que destacan sus estilizados y delicados arbotantes, nevados, de un primoroso color blanco, abrazando las paredes de la nave del imponente y hermoso templo, con el objeto de descargar la presión que ejerce sobre los contrafuertes, culminados por unos afilados y esbeltos pináculos.
Son dos formidables imágenes, que impactan poderosamente en la mente y en la retina del observador, que agradecido, experimenta un inmenso y sutil placer ante la contemplación de tanta belleza, hasta el punto de que la naturaleza, movida por tanta belleza, y en espontánea y fresca actitud, decide colaborar cubriendo estas dos magníficas expresiones del arte creado por el ser humano, con un tibio e inmaculado color blanco.
Solamente el amor por la belleza, la dedicación completa por el arte, y la infinita y agradecida paciencia de los maestros constructores, y de todos los obreros de los múltiples oficios artesanos, integrantes del conjunto humano a lo largo de los siglos, explica el hecho de que generación tras generación, hayan ido pasando de padres a hijos, traspasando sus valiosos conocimientos, en una ceremonia de un profundo contenido ético y estético, que los ciudadanos de los siglos y milenios posteriores, agradeceremos eternamente.
Resulta por ello descorazonador, contemplar cómo una enorme cantidad de preciosas y valiosísimas pequeñas y grandes obras de arte de aquellos sabios y pacientes artesanos, colapsen cada día en una ruina permanente, bajo una intemperie que no tiene piedad alguna con ellas, bajo nuestra mirada desatenta.
 Culpables somos de permitir semejantes desmanes por parte de quienes deberían velar por un legado artístico y patrimonial que nos pertenece a todos y que no merece tamaño desafecto, que raya en el desprecio, al contemplar cómo se construyen auténticos despropósitos, vulgares y espantosamente monótonos.
Emplean para ello, ingentes cantidades de dinero, utilizando el cristal y el acero como únicos materiales, que no parecen tener ni el alma ni la nobleza de la dura y agradecida piedra, todo ello a cargo de supuestos genios constructores, que sin embargo parecen no tener más meta y destino final que lograr el edificio más alto, en una lucha competitiva, absurda y trivial, que salvo honrosas excepciones, no destacan ni por su belleza, ni por su estética, más que dudable, cuya contemplación no consigue, sino una primera y única mirada, que jamás llegará a impactar al observador frustrado ante tanta monotonía.
Recientemente asistí a una conferencia dictada por un arquitecto, profesor a la vez de un instituto de enseñanza secundaria, que logró atraer a un interesado auditorio que llenó con creces la sala donde la intervención tuvo lugar. El título de la charla era muy clarificadora: “la construcción de las catedrales”
Durante una hora, expuso con clara, amena y rotunda sencillez, los aspectos técnicos más interesantes acerca de la construcción de estos soberbios templos, que en algunos casos llegaban a durar varios siglos. Al final, destacó primorosamente el trabajo de los maestros artesanos que trabajaban, modelaban y daban vida a la piedra, mostrando con todo detalle algunas esculturas, nervaduras de las bóvedas, imágenes de las arquivoltas, y tantos otros detalles de diferentes catedrales.
Su lamento final, que fue algo más que el comentario de un profesor arquitecto, fue que le parecía increíble, que hoy en día, con los avanzados medios técnicos existentes, se cometan las barbaridades que a veces contemplamos a la hora de observar una pieza restaurada, fruto de una completa y total ausencia de la exquisita sensibilidad de la que estaban dotados aquellos sabios maestros constructores.

lunes, 4 de abril de 2016

AQUEL AÑORADO COCHE DE LÍNEA

Procedente de Sepúlveda, donde tenía su base y origen, de dónde partía en su lento recorrido a través de los pueblecitos como el mío, Duruelo, llegaba La Rápida, el coche de línea, que tenía como destino Segovia capital, y que diariamente, sin faltar un sólo día, iba por la mañana y regresaba por la tarde, siempre puntual, siempre con el toque de bocina que avisaba de su entrada en el pueblo.
Pese a las frecuentes nevadas y abundantes heladas que teñían de blanco las descarnadas y polvorientas carreteras que por aquel entonces sembraban los campos de Castilla, jamás faltaba a su cita. Era un viejo autobús, de morro prominente, dónde se alojaba un incansable motor que no recuerdo llegase a fallar en ningún momento, lento y ruidoso, con un rugir tan peculiar, que después de tantos años como han pasado, lo mantengo en mi memoria, en el archivo de los sonidos de mi infancia.
Renqueante, el viejo y pesado autobús entraba en el pueblo después de pasar por unas aldeas y pequeños pueblos como Sotillo, a pocos kilómetros de Duruelo. Se hacía notar su llegada, con el ruido característico de su motor diesel, que despedía un penetrante olor, que a los más pequeños nos encantaba, nos embriagaba hasta tal punto, que lo seguíamos por la travesía del pueblo, hasta que desaparecía, camino de la siguiente parada, en su decidido camino hacia Segovia.
La parada en el pueblo, siempre constituía un pequeño acontecimiento, o al menos, así nos lo parecía a los pequeños, que siempre estábamos allí a la hora de la vuelta por la tarde. Era un motivo para reunirse, ya que además, la parada tenía lugar en la puerta de un pequeño bar, donde casi siempre había gente ya fueran clientes del mismo, ya fueran curiosos lugareños que acudían cada tarde con el objeto de ver a los contados viajeros que bajaban, o bien porque fueran a recoger algún paquete que esperaban de la ciudad o de cualquier pueblo del recorrido, o algún encargo particular hecho al conductor, algo bastante frecuente.
Viajar hasta Segovia, poseía un encanto muy especial - Manolo, el conductor, siempre me ponía a su lado, en el primer asiento, cuando iba a examinarme al instituto - sobre todo en invierno, en aquellos inmensamente largos inviernos, eternos, intensamente fríos y hermosamente blancos, que comenzaban en octubre y llegaban hasta finales de marzo e incluso abril, mes en el que recuerdo haber contemplado alguna nevada, algo que hoy resulta extraordinariamente raro, en una estación, que entonces ocupaba la mitad del año.
El viaje desde Sepúlveda a Segovia, solía durar más de dos horas, con entradas y salidas de la carretera principal a recoger a los posibles viajeros, si es que el pueblo quedaba alejado, por infames carreteras, caminos más bien, que maltrataban a la máquina y a los viajeros, que no obstante disfrutaban en santa compaña, pues solían conocerse entre ellos, a base de ser habituales del trayecto y de proceder de pueblecitos, que en ningún caso superaban los cien habitantes.
Después de Duruelo, pasaba por Tanarro y Perorrubio, San Pedro de Gaíllos, La Matilla, La Velilla, y otros, dónde solía recoger por la mañana y devolver por la tarde, a las pocas gentes que decidían ir a la Capital, a resolver asuntos administrativos, a citas hospitalarias, a hacer compras diversas, que tan sólo allí podían encontrarse, a visitar a familiares o a coger La Sepulvedana o la Serrana, con destino a Madrid, pasando por el puerto de Navacerrada, que en invierno casi siempre había que subirlo con las cadenas montadas, en un viaje épico, que yo hice en numerosas ocasiones, de los que mantengo un recuerdo imborrable.
No obstante, para la mayoría de la gente, era un viaje de ida y vuelta en el mismo día, que daba para mucho, sobre todo para quedarse a comer en los numerosos, deliciosos y económicos restaurantes que como siempre han poblado nuestra bella ciudad.
Qué maravilla comer entonces en Segovia, a base de lo que hoy denominaríamos plato del día, auténtico, sabroso, verdadera comida casera servida en platos y cuencos de barro, como la inigualable sopa castellana que degustaba cuando iba con mi padre y comíamos en un restaurante a escasos metros de nuestro majestuoso y soberbio Acueducto.
Muchos de estas casas de comida, aún permanecen abiertas, pese a que son más los que no han resistido el paso del tiempo y han desaparecido del entorno de la ciudad, que no de nuestra memoria. Como aquellos coches de línea, auténticas reliquias hoy, que tuvieron su tiempo y su lugar en una España que comenzaba a despertar de un largo y duro letargo, y que hoy recordamos aquí, en lo que deseo y espero constituya un homenaje a aquellas gentes que poblaban aquellos campos de nuestra hermosa Castilla.