jueves, 25 de marzo de 2010

VAMOS A CONTAR MENTIRAS

La historia de la humanidad está plagada de errores: unos intencionados, otros por desconocimiento, falta de documentación o por precipitaciones varias, abundando, asimismo, las falsedades intencionadas, las mentiras interesadas y las invenciones inverosímiles, contribuyendo todas ellas a configurar una historia que dista mucho de la objetividad que todos desearíamos, reduciéndose a una visión subjetiva de quien se encarga de contarla – nunca mejor dicho - supeditando la verdad de los hechos narrados a los oscuros, siniestros e inconfensables intereses de quienes se encargan de relatar los hechos, en demasiadas ocasiones supuestos, o simple y llanamente, intencionadamente tergiversados.
Podríamos citar aquí innumerables casos de cómo la historia se ha falseado en aras de la supuesta dignidad de un personaje, una institución o todo un Estado, pero la lista sería tan larga, tan interminable, tan ominosa, que tendríamos que dedicar varios, prolijos y voluminosos tomos para poder plasmar tanta mentira, falsedad y desvergüenza como la historia nos depara desde el comienzo de la civilización, - y esa es otra historia -, ya que tampoco los historiadores mantienen una posición común en cuanto a los orígenes y antigüedad de la misma.
Y es que sin ser especialista en historia, ni licenciado en el tema, uno lee de vez en cuando, se informa, y siente una irrefrenable pasión por el conocimiento de los hechos, personaje y sucesos que nos precedieron y que tuvieron lugar en el pasado, y en una rápida – y por tanto incompleta – visión de la historia del hombre – y de la mujer, aclarémoslo - desfilan ante los ojos del lector, tantos supuestamente gloriosos y excelsos personajes que se ha demostrado después que no se les podía aplicar ninguno de los adjetivos, ya que en realidad se revelaron como perversos unos, crueles otros, pervertidos, fanáticos y soberbios casi todos y, en general, absolutamente nefastos, pese al aura de grandeza y otras erradas lindezas con que la historia los rodeó y rodea aún en algunos casos.
En cualquier caso, no deja de sorprenderme el hecho de que la documentación que tengamos a nuestro alcance, abarque un espacio de la historia tan reducido, y, que por lo tanto, seamos tan incapaces a veces de reconstruirla con la mayor fidelidad posible – aunque, evidentemente, esto no sería definitivo para preservar la verdad y narrar los hechos tal como sucedieron – y vernos de esta manera obligados, con demasiada frecuencia, a suponer los acontecimientos que pudieron tener lugar, a la imprecisión de las fechas y a otros datos que aparecen sumamente confusos, y me refiero, fundamentalmente, a documentos escritos que podamos manejar, estudiar y conservar y que se remontan a pocos siglos, salvo los que quedaron grabados en piedra y que afortunadamente han llegado hasta nuestros días y que nos hablan desde hace varios milenios.
En cualquier caso, en la historia reciente abundan multitud de episodios oscuros que se remontan a no muchos decenios, que siguen manteniendo la controversia y que varían en función de la fuente origen de los mismos. Sin esa cámara de televisión del Congreso de los Diputados que los golpistas del 23-F creyeron inutilizada y que sin embargo estaba grabando, jamás se hubiera podido demostrar fehacientemente que lo que ocurrió allí fue un golpe de estado en toda regla y no una broma de unos militares desalmados con ganas de juerga; hubiera sido la palabra de los congresistas y senadores contra la de los golpistas y, quizás, la historia que se desarrolló después con el proceso que tuvo lugar, hubiera tenido un desenlace diferente.
Sin lugar a dudas, la historia irrefutable, se escribe, esencialmente, con imágenes –que también se pueden trucar, claro está – y esto ha sido posible desde hace apenas un siglo. Hubiésemos visto entonces al Napoleón soberbio y dictador tan diferente a como le honran los franceses, a muchos Papas de moral distendida, y de reputada crueldad, en lugar de a los santos que ahora veneran en los altares, o a la famosa Armada Invencible dirigida por mandos inexpertos, en lugar de aquello que siempre nos contaron en cuanto a que había sido vencida por los elementos, de tantos reyes y reinas, nobles y virtuosos/as, que carecían por completo de semejantes virtudes, y, como no, de tantos políticos honrados, enfangados hasta el cuello de soberbia, crueldad y corrupción a manos llenas.
En el futuro, cuando corresponda narrar la historia presente, los ciudadanos disfrutarán de una documentación audiovisual exhaustiva como nunca hemos podido disfrutar las generaciones actuales. Tendrán a su alcance una visión que debería de ser plenamente objetiva de nuestra civilización. Me gustaría vivir entonces en un mundo paralelo para poder contemplar los hechos narrados. Seguro que tendría que intervenir más de una vez para desdecir a los historiadores de la época.

viernes, 12 de marzo de 2010

SEMBLANZA ÚLTIMA DE UN HOMBRE DE CASTILLA

Nos ha dejado Miguel Delibes y sin él han quedado desiertos y tristes sus campos de Castilla, su Valladolid natal, las llanuras de la Tierra de Campos, los Montes Torozos, la tierra de pinares, el Pisuerga, el Duero, sus gentes, sus libros, la escopetilla que de niño le pedía a su padre cuando iban de caza, una de sus grandes pasiones, su bicicleta, y aunque hace ya tiempo sin ella, su adorada esposa, sin la cual, dijo, tanto le costaba seguir adelante.
Un hombre bueno, un escritor para la eternidad, una persona querida y admirada por cuantos le conocen y han tenido el inestimable placer e inmenso honor de disfrutar de sus maravillosos relatos llenos de personajes de la tierra profundamente humanos, sensibles y auténticos como lo es su literatura, abierta a todo el mundo a todos los lectores y sensibilidades, directa, clara, amena y con una capacidad crítica y de denuncia siempre en defensa de los desheredados, que le hacen merecedor de los más sinceros y merecidos elogios.
Con él comenzamos una gran mayoría de españoles a amar la literatura, la pasión por la lectura, el amor por los libros y la cultura, nos descubrió con toda su crudeza el mundo rural de una Castilla donde nos encontrábamos y que nos sirvió de espejo ante el cual veíamos reflejados con sorpresa y asombro el mundo en el que vivíamos, la realidad cercana, y lo hizo en novelas tan celebradas como las ratas, los santos inocentes, el disputado voto del Sr. Cayo y otros que podríamos citar.
Trazó en sus obras de forma magistral las contradicciones de la sociedad en la que vivía, otras contienen un fondo filosófico y crítico, otras existencialista, siempre vital próximo, y así nos encontramos con la sombra del ciprés es alargada, cinco horas con Mario, la hoja roja, el camino, de sus grandes aficiones como diario de un cazador, históricas como el hereje y tantas otras que configuran una obra extensa, prolífica y siempre con el aliciente de su directa y entrañable lectura asequible a todos los lectores que tuvieron la suerte de encontrarse con Delibes.
Comenzó como periodista del Norte de Castilla del que con el tiempo sería director. Tuvo problemas con la omnipresente e intransigente censura de entonces y tuvo que dimitir. Posee múltiples premios y fue nominado en varias ocasiones para el premio Nobel de literatura. Viajó por Iberoamérica y Estados Unidos, donde fue profesor visitante en la universidad de Maryland.
Los defensores de la naturaleza tienen en él a una persona que siempre se erigió en defensor de la integridad del medio y del hombre que lo habita. Su pasión por la caza y la pesca de se integran perfecta y respetuosamente con el respeto por el medio natural y el equilibrio y armonía necesarios para la conservación de la naturaleza que amaba profundamente y que en tantas ocasiones retrata y tan presente está en su obra.
Siempre quise dedicarle unas líneas a Miguel Delibes. Le admiro profundamente, le estoy agradecido de corazón y le deseo lo mejor en éste su último, y estoy seguro, su desde hace ya tiempo ansiado viaje. He tenido la suerte de leer todos sus libros. Su lectura me ha proporcionado siempre alegría, paz, y una agradable sensación de proximidad que me ha hecho vivir más intensamente la hermosa sensación que proporciona el amor por la lectura.

viernes, 5 de marzo de 2010

LA VUELTA AL RUEDO DE ESPERANZA

No lo puede evitar, y es que ella es así de impulsiva, exaltada, fogosa y siempre mediática, alguien a quien le gusta destacar, sobresalir y figurar, que se esté hablando de ella continuamente, aunque sea peyorativamente, con su sí pero no, con el por qué no o por qué sí, de vez en cuando con el depende, según o vaya usted a saber. Doña relativa parece según esto, pero doña absoluta cuando se trata de imponer sus criterios y de dejar clara y rotundamente quién manda en sus dominios..
Con su eterna sonrisa y su capacidad camaleónica para desenvolverse en cualquier ambiente, no deja títere con cabeza cuando la ocasión lo requiere, según ella, claro, improperios varios incluidos, para después, rematar la faena con quiebros y requiebros que descolocan al más pintado y todo ello sin inmutarse ni despeinarse lo más mínimo, aunque se trate de salir por la panza de un helicóptero que, en pleno vuelo, después de despegar precisamente de una plaza de toros, se desploma estrepitosamente en el suelo, permitiéndose incluso echar una manita a los compañeros del tremendo susto que ella parece llevar como si de una faena política más se tratara.
La penúltima faena tuvo lugar cuando calificó a – todos nos imaginamos a quién se refería, aunque ella no lo admita – un compañero de partido con uno de los peores calificativos con los que se puede obsequiar a un ciudadano español, cuando se acuerdan de su madre en los términos que ella lo hizo. Con su habitual sonrisa y su mano izquierda – con perdón - señaló al primero que se le pasó por la mente, sabiendo que, de todas formas, nadie la iba a creer.
Y la última, la más inesperada de sus imprevisibles salidas de tono que siempre parece tener controladas, tiene que ver con el mundo de los toros, con la tan traída y llevada y siempre mal llamada fiesta nacional, con una tradición que unos defienden – nunca peor dicho - a capa y espada, como un valor nacional, como un espectáculo con categoría de arte – con perdón por el improperio - .
Para otros, no es más que una demostración más de la barbarie, el mal, gusto, la ordinariez, y la vulgaridad de un sector de la ciudadanía española que sigue anclado en el pasado y con unos valores tales que adjudican el calificativo de arte al espectáculo de dolor y sangre vertida por un animal en una demostración de maltrato y tortura aplaudida por los espectadores que se encuentran en un recinto cerrado, al lado posiblemente de un museo, una hermosa catedral o una biblioteca, templos todos ellos de la belleza, la sensibilidad y la cultura, que contrastan con la demostración de la incultura más profunda que supone el mantenimiento de un espectáculo basado en la crueldad y la violencia.
En el último de sus imprevisibles y vertiginosos arranques, la inefable Esperanza ha declarado “Bien de Interés Cultural” – con mayúsculas – las corridas de toros, para que así queden al mismo nivel que los museos, los teatros, las bibliotecas, etc., argumentando su soberana decisión con los razonamientos siguientes: los toros son una tradición, refrendada además por los testimonios de Goya, Hemingway y otros conocidos personajes de las artes, como reflejaron la crueldad de las guerras, la barbarie de la violencia y el dolor de las miserias humanas en sus cuadros y en sus escritos, y no por ello la guerra, la violencia y la miseria son respetables hasta el punto de declararlas bien cultural.
En cuanto al respeto a la tradición, tradiciones mantenemos en este País, muchas de ellas basadas precisamente en los toros, que nos hacen retroceder en el tiempo a un estado de violencia y primitivismo que no corresponde a una sociedad del siglo XXI.
Menos tradiciones patrias y más cultura. En lugar de declarar bien cultural la denostada fiesta de los toros, propongo una ley de defensa de los animales en general, para que el maltrato sea constitutivo de delito y los proteja contra los energúmenos que no sienten el menor respeto por unos seres que sufren a causa de la violencia desatada contra ellos.
Dé la vuelta al ruedo, Sra. Aguirre, cuando haya solucionado los múltiples problemas que encuentran los ciudadanos a la hora de acceder a una vivienda, a la sanidad, a un trabajo digno, a la ley de dependencia, que miles de madrileños llevan años demandando.
Mientras tanto, recuerde que la tortura de un animal, nada tiene que ver con la cultura y sí con la crueldad.

jueves, 4 de marzo de 2010

PARA LA LIBERTAD

Cien años tendría hoy Miguel Hernández, poeta, nacido en Orihuela, cuyos versos siguen hoy, y para siempre, recordándonos al escritor del compromiso social y político de su tiempo, dotado de una exquisita y profunda sensibilidad, entregado al pueblo y a su causa, a la denuncia de los oprimidos y desheredados de la tierra: “no vayas a ser esclava con todos tus olivares”, le recordaba a la tierra andaluza, como lloraba a su amigo Ramón Sijé en una de las más hondas y sentidas odas que se han escrito jamás, como cantaba a su hijo recién nacido en la bellísima “nanas de la cebolla” o como en “para la libertad”, convertía en un delirante y hermoso himno el más anhelante y elemental de los deseos y aspiraciones del ser humano.
Autodidacta, pronto destacó pos sus aficiones literarias. Sus primeras composiciones estuvieron profundamente influidas por algunos clásicos, con un estilo muy recargado, que fue evolunionando poco a poco, sobre todo con motivo de su traslado a Madrid, donde conoció a los poetas más importantes de su época como Machado, Lorca, Aleixandre, Rubén Darío y Neruda.
En esos momentos y con el triunfo del Frente Popular, sus versos adquieren un destacado signo social, que le hace afrontar un compromiso beligerante de defensa de los más débiles y denuncia de las injusticias que asolaban a un país que se encontraba en una trágica encrucijada que desembocaría en unas tremendas consecuencias para el futuro de España y de Miguel Hernández, que, encarcelado, murió a los treinta y dos años en plena producción literaria.
Dotado de una generosa vitalidad, una vez iniciada la guerra civil, se alista en el ejército republicano y ofrece recitales a los compañeros del frente, y colabora con otros escritores de la época en varias revistas. Su poesía, vital, auténtica y dotada de una profunda sensibilidad, no está exenta de la energía suficiente como para denunciar a quienes dan la espalda a sus compañeros en el frente, y así, en “los cobardes”, grita a los cuatro vientos con una indignación que asombra y conmueve al mismo tiempo: “hombres veo que de hombres / sólo tienen, sólo gastan / el parecer y el cigarro / el pantalón y la barba”.
Escribe fundamentalmente poesía, aunque entre su obra figura también el teatro, como “el labrador de más aire”, “quién te ha visto y quién te ve”, “el torero más valiente”, por citar algunas de ellas, pero es en la poesía donde alcanza su más alto nivel literario hasta el extremo del desconocimiento por gran parte de sus lectores de la obra dramática, menos divulgada y conocida.
Al terminar la guerra civil comienza una penosa y dramática peregrinación por diversas cárceles del país. Consigue primero llegar a Portugal, pero la policía del dictador Salazar lo entrega a España donde lo encarcelan. Consigue ser liberado gracias a la intervención de Pablo Neruda para después, al ser delatado en su Orihuela natal, es detenido para a continuación comenzar un rosario de traslados de una a otra cárcel, hasta llegar a Alicante donde compartió celda con Buero Vallejo que le haría uno de los retratos más conocidos del poeta.
Enfermo, no le quisieron trasladar al hospital. Murió Miguel Hernández, el veintiocho de marzo de mil novecientos cuarenta y dos, a los treinta y dos años, con la mirada vuelta hacia la ventana, hacia la libertad que tanto amaba, con los ojos inmensamente abiertos. No se los pudieron cerrar.
Poseo un ejemplar de sus obras completas que me trajeron de Argentina y que guardo como oro en paño. Aquí las tenían prohibidas los herederos de aquellos que acabaron con su vida porque odiaban y temían la libertad, la cultura y la sensibilidad que a raudales poseía Miguel.
Para la libertad, sangro, lucho, pervivo.

lunes, 22 de febrero de 2010

XENOFOBIA Y VELO ISLÁMICO

Considero absurdo, desmesurado, injusto y fuera de lugar, el planteamiento radical y fanático de oposición al velo que las mujeres musulmanas deciden libremente llevar. No tenemos ningún derecho, ninguna capacidad de objeción, ninguna legitimidad de tipo alguno para criticar, y mucho menos impedir, que una prenda tan sencilla, inocua e insignificante, pueda lucir sobre la cabeza de una mujer, porque ¿quien diablos somos nosotros para demonizar una prenda y a su portadora por el simple hecho de cubrir su cabello, si no oculta su rostro y todo su cuerpo como lo hace el ominoso y espantoso burka, al que me opongo con absoluta, diáfana y clara rotundidad?.
Ambas prendas no tienen nada en común, no tienen parecido alguno, no representan lo mismo. Es una prenda que pretende aportar un significado de identidad cultural que en absoluto supone sumisión y oprobio como simboliza el burka, señal de esclavitud para las mujeres que lo portan y que no puede justificarse con razonamientos de tipo cultural o identitario alguno y que repele a la más elemental de la sensibilidad y conciencia humanas.
Su uso, manifiesta expresamente el reconocimiento de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, y esta premisa anula cualquier respeto, consideración y legitimidad hacia una prenda que rebaja a la mujer y la ningunea vergonzosamente. Ni comprensión ni tolerancia hacia una situación que de forma incomprensible se sigue manteniendo en determinadas zonas del mundo y que de ninguna manera debemos permitir en el mundo occidental.
Pero el ensañamiento con el velo, me parece ridículo, exagerado y absurdo, síntoma de un cierto fanatismo que ofusca la mente y anula la inteligencia más elementales, hasta el punto de permitir que el árbol no nos deja ver el bosque. No es nada raro ver como en nuestras ciudades, no digamos en el ámbito rural, como hay mujeres que se adornan la cabeza con un velo, pañuelo o prenda similar – más aún si es la época de invierno- y no solamente en occidente, sino en otros países, no necesariamente musulmanes, por lo que esta actitud, con tintes xenófobos, no tiene justificación alguna.
Leo en un diario de ámbito nacional, un artículo sobre una joven mujer musulmana que ha vivido en Francia desde los tres años de edad, integrada en un nuevo partido político anticapitalista, que defiende a capa y espada la utilización del velo. Por su ideología, es abiertamente demócrata y feminista, opuesta a todo fanatismo que pueda suponer la sumisión de la mujer, apuesta por su liberación y se rebela contra las ataduras que la oprimen, pero, confiesa, que no está dispuesta a renunciar a un velo que no supone en absoluto, en su caso, ninguna imposición por parte de nadie. Para ella es una opción personal, que debemos respetar y a la que nadie puede oponer ningún obstáculo, salvo que se inviertan los términos y seamos nosotros los que pongamos límites a una libertad a la que tiene pleno derecho.
Pero el asunto va mucho más allá. En el mismo artículo, la Secretaria de Estado para asuntos periféricos, declara indignada – y esta declaración va a título oficial – y cito textualmente, “que ese pañuelo no son simplemente diez centímetros de tela, sino el símbolo de un proyecto político de la opresión de las mujeres y de la confiscación de sus derechos; su manera de defender las libertades individuales, simplemente me horripila ”.
Y yo me pregunto.: ¿Cómo es posible que una representante oficial, mujer por más señas, ponga en duda y en solfa, con una saña inaudita, casi con rabia, a las mujeres, musulmanas o no, que libremente deciden cubrir su cabeza con esos diez centímetros de tela?. ¿Con qué derecho puede ejercer una crítica tan feroz por algo tan insignificante?. ¿No hay acaso, casi odio en su expresión?. ¿Acaso esto no es fanatismo xenófobo o más bien, hablando con más propiedad, Islamofobia?.
En el mismo diario, y en un artículo de opinión, un conocido escritor francés apuesta por la prohibición burka en Francia – yo diría que en todo lugar - con lo cual estoy totalmente de acuerdo, pero son muchos, diría que la mayoría los que sitúan el velo al mismo nivel del burka. Para ellos las dos prendas están a la misma altura en cuanto al significado, es decir, esclavizan a la mujer musulmana, la someten, la oprimen. Craso error, pues ambas prendas, no son comparables ni física ni estética ni éticamente hablando; sencillamente no tienen nada en común.
Estamos llegando a unos extremos que difícilmente pueden justificarse si aplicamos el sentido común y la capacidad de raciocinio que se nos atribuye a los seres humanos. No se puede desatar el odio y el racismo por una cuestión tan nimia. El velo nada tiene que ver con el repulsivo burka que convierte a la mujer en un objeto encerrada en su ignominiosa prisión.
Decididamente no encuentro motivo alguno para repudiar a quien decide libremente portar el velo, que por cierto, es una prenda de origen universal. Nadie está a salvo de caer en el fanatismo. Nos creemos a veces tan cargados de razón, que no nos lo pensamos dos veces y cometemos así imperdonables errores. La historia de la humanidad está llena de infames e infamias cometidas por fanáticos cargados de “su” razón. El que esté libre de culpa, que tire la primera piedra.

jueves, 18 de febrero de 2010

INMERSOS EN LAS REDES SOCIALES

Solos, aislados, inmersos en una soledad que nos obliga a mantener un continuo diálogo con nosotros mismos, sin poder delegar nuestros pensamientos, estamos obligados, condenados, reducidos a vivir nuestro mundo interior al margen de los demás en un eterno monólogo indescifrable para los demás, que nos aísla de cuanto nos rodea, convirtiéndonos en mundos individuales que se reinventan cada segundo que pasa, en un continuo y cíclico comenzar de nuevo que nos aleja del pasado y nos conduce hacia un futuro inmediato e impredecible.
Afortunadamente somos seres sociales que convivimos, lo que nos permite comunicarnos y establecer relaciones de todo tipo, lo cual nos libera en parte de la carga emocional y solitaria, individual e intransferible a que estamos sujetos y atados los seres humanos.
A través de los siglos, esta comunicación ha ido desarrollándose a medida que los individuos fueron tomando conciencia de que eran algo más que seres-objeto del destino que los dioses les habían marcado desde el principio de los tiempos, que eran libres y que podían, mediante la utilización del conocimiento al que poco a poco fueron accediendo, interpretar los fenómenos naturales de toda índole, como sucesos explicables mediante el uso de la razón y no como castigos divinos a los que estaban ineludiblemente destinados.
En la baja Edad Media el raciocinio medieval evoluciona hacia el Humanismo, el hombre se descubre a sí mismo y comienzo a valorarse y a confiar en su razón y en su capacidad para cultivar las ramas de la sabiduría. El Renacimiento y la Ilustración conducirían al hombre, a través del conocimiento científico y cultural, hacia la modernidad, con una época brillantísima, fundamentalmente en el terreno de las artes, como no se ha vuelto a experimentar jamás.
Con la llegada de la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII, se experimentó un cambio económico, social, científico y político de tales dimensiones que sus consecuencias, en estos doscientos años, han cambiado la faz del planeta, en todos los órdenes, más que en toda la historia pasada de la humanidad.
Instalados ya en el presente, a comienzos del siglo XXI, una nueva revolución, en este caso tecnológica, está cambiando, casi sin darnos cuenta, las relaciones sociales, con un auge tal de los medios de comunicación, que afecta día a día y cada vez más a las relaciones interpersonales de tal modo que la sociedad en su conjunto se ve afectada y condicionada por unos cambios que modifican hábitos, costumbres y actividades que hasta hace poco no podíamos vislumbrar.
Internet ha llegado a revolucionar nuestro mundo y el concepto que de él teníamos hasta ahora. Las denominadas Redes Sociales han logrado trastocar por completo la sociedad con un empuje tal que hace tan solo unos pocos años no podíamos ni soñar, pues nos hubiera parecido ciencia ficción el potencial de este poderosísimo medio, cuyos límites, según afirman los expertos, ni se vislumbran aún, ya que, de hecho, apenas acaba de comenzar.
Estamos tan inmersos en este mundo tecnológico, que apenas nos damos cuenta, acostumbrados como estamos a un ritmo infernal en nuestra actividad diaria, de la capacidad creadora y generadora de nueva tecnología que supera los ámbitos de los estados y de muchos gobiernos que se ven incapaces de someter a su control a una enorme capacidad de trasiego de información que no conoce ni idiomas, ni límites ni fronteras.
La revolución positiva que ha supuesto Internet en la sociedad, y, por lo tanto, en nuestras vidas, es innegable. Es una maravilla que nos abre una inmediata y portentosa ventana al mundo, pero que, como todos los grandes descubrimientos, el ser humano debe aprender a controlar para asumir correctamente su doble vertiente.
El efecto que tiene, fundamentalmente en nuestros jóvenes, absortos e inmersos en este mundo, hasta extremos que no podíamos ni imaginar hace apenas unos pocos años es innegable. Les absorbe de tal forma, que consumen Internet y todos los servicios que este fenómeno les procura, con fruición y pasión desmedidas.
Así permanecen horas y horas atados al móvil, al ordenador, al ipod, al ipad, al notebook, a la consola y a todos los servicios que ofrecen estos portentos tecnológicos, es decir las archiconocidas Redes Sociales, de tal forma, que sus consecuencias a largo plazo, nos son aún desconocidas.
Quizás, con esta comunicación permanente, pretendan aislarse del mundo que les rodea y de la soledad y diálogo íntimo y continuo que, aunque no queramos estamos destinados a interiorizar con nosotros mismos.
En cualquier caso, posiblemente estemos en los albores de una nueva revolución, muy lejos ya de aquel Renacimiento que alumbró a un hombre nuevo con una ilusionante capacidad creadora, amante del arte y la belleza, cuyo hermoso legado disfrutamos las generaciones actuales.

lunes, 8 de febrero de 2010

LA MIRADA QUE NOS ACUSA

Con frecuencia me persigue la mirada de la niña colombiana Omayra, de trece años, atrapada en el barro, con su cuerpo hundido hasta el cuello y aferrada a unos troncos tratando de sobrevivir. Estuvo tres días atrapada en el charco, tiritando de frío, mientras decía que la sacaran, que no quería llegar tarde al colegio. Con unos ojos oscuros, a punto de apagarse, parece preguntarse por qué la abandonamos a su suerte. No la rescataron, dijeron, porque no pudieran hacer nada, pero no puede entenderse cómo podemos poner los pies en la luna, construir inmensos edificios en cuestión de meses, salvar a enormes ballenas varadas en la playa o tantos ejemplos que podríamos poner aquí y dejar morir de inanición a una pobre niña enterrada en el barro.
He vuelto a ver esa mirada en una revista con motivo de la tragedia que está sufriendo Haití. Confieso que, al principio, no he podido sostenerla, me ha costado mantener la mirada, me causaba tanto horror, tanta espanto, tanta angustia, tanta culpa, que no he podido evitar volver los ojos hacia otro lado. Nos acusa a todos, representa el dolor, la miseria y el sufrimiento que sufre medio mundo a causa del abandono y la dejadez de la otra mitad que prefiere volver la vista ante tanta tragedia.
Me vienen a la mente otras imágenes terriblemente espeluznantes, como la de la niña que huye desnuda, aterrorizada, por una carretera de Vietnam, con su cuerpo quemado por el napalm del ejército americano, la de la horrible, escalofriante y vergonzosa imagen del niño de un desventurado país africano, tremendamente desnutrido, con los buitres merodeando a su alrededor, como tantas y tantas que podríamos ver cada día si nos mostrasen la miseria que ese medio mundo vive.
Pero preferimos no verlas, obviarlas, olvidarlas, rechazarlas, pensar que no existen, que no somos culpables, que no va con nosotros. Es la historia de siempre, es irremediable, el mundo es así, nada podemos hacer. Pero sí podemos, claro que podemos si dejamos de lado nuestro ominoso egoísmo, el estúpido, voraz y desenfrenado consumismo que nos esclaviza sin que apenas nos demos cuenta.
No creo en castigos divinos ni en zarandajas por el estilo. La naturaleza es cruel y se ensaña con los más pobres, los más miserables pero no por ninguna maldición sobrenatural, sino porque la miseria ocasiona, necesariamente, más miseria al poseer menos medios, menos infraestructuras, menores posibilidades económicas para prevenir estas catástrofes. El mundo desarrollado podría poner remedio en gran parte a todo esto, pero está demasiado ocupado en no perder ni un ápice de su alto nivel de vida.
Abomino de la superabundancia que nos rodea en Occidente, donde el afán de poseer más, de vivir mejor, es la única motivación que nos mueve, y donde el poder de ostentación es un valor en sí mismo. Aborrezco las inmensas superficies llenas hasta la extenuación de todo tipo de artículos de consumo, los inmensos e inmorales supermercados abarrotados de alimentos, mientras los compulsivos consumidores nos movemos como hormiguitas con los carros llenos a rebosar.
Son auténticos templos de la superabundancia, y la estupidez, donde nos movemos con una especie de locura colectiva por consumir más y más, mientras que en los pocos ratos de ocio que nos deja la febril actividad a que nos obliga la trepidante vida diaria, nos quejamos de lo mal que andamos, de la crisis que nos azota, de la perra vida que vivimos.
Este lamento, no es más de lo mismo. No podemos renunciar a la permanente denuncia de esta pavoroso situación. El día que dejemos de hacerlo, habremos renunciado definitivamente a nuestra condición de seres humanos.

viernes, 5 de febrero de 2010

TODOS A REZAR

Con el País echo unos zorros, con un paro galopante, que, afortunadamente, y según nos aseguran, pronto tocará techo, es decir, que solamente llegaremos hasta casi los cinco millones, lo cual nos tranquiliza una enormidad, con una crisis interminable, una recesión que no se acaba – y somos casi los únicos en Europa – y con un déficit que asusta, pues, bien con todo este arsenal de buenas noticias, nuestro presidente tuvo la genial, solidaria y beatífica idea de ir a ver a Obama – que no le dedicó ni un minuto -, con el objeto de, juntos, ponerse a rezar, a ver si así escampa.
Y pús
ose a recitar unos versículos de la Biblia que hablan de solidaridad con los más desamparados, él, agnóstico que lo es – yo también, y confieso que le di el oportuno y egoísta abrazo a Santiago para que eche una mano- pero que continúa con las mismas costumbres que los anteriores presidentes, es decir, cuando atruena, o bien se recluyen en su haima – léase La Moncloa – o se van de gira por los países sudamericanos, o, como en este caso, a leer un fragmento de la Biblia y hacerse la foto con el reciente premio Nobel de la Paz – por cierto, una vergüenza, teniendo, entre otros, a un Vicente Ferrer, para quien vuelvo a pedir dicho premio, y tantos otros y otras que de verdad se lo merecen.
Y es que no me extraña nada que se fuera de rezos en vista de que la tormenta se prolonga y no deja de granizar. Yo que he sido monaguillo en mis tiernos años de infancia, recorrí muchos kilómetros al lado del cura, seguido por toda la vecindad, por los caminos del término municipal y entre los campos de cereales, mientras el sacerdote vaciaba el hisopo de agua bendita, con la que regaba los campos – y a los que estábamos a su alrededor – con el objeto de proteger la cosecha del pedrisco que de vez en cuando arruinaba la cosecha de los sufridos hombres y mujeres que labraban la tierra, y digo bien, ellas y ellos, porque ambos trabajaban lo mismo; ellas, por supuesto, también faenaban en casa.
Eran las denominadas rogativas, que, generalmente, eran poco escuchadas por los cielos, que a veces desataban toda su furia con un atroz y devastador efecto que causaba el temido granizo sobre los campos, haciéndolo de una manera desatada y cruel. Para contrarrestarlo, se volteaban las campanas a arrebato para tratar de alejar las terribles tormentas, que, casi siempre, eran desoídas por la naturaleza que se empeñaba en cegarse con los campos hasta arrasar sus cereales.
No nos merecemos esto. No es ni lógico, ni justo, ni necesario que siempre paguen el pato los mismos, los de a pie, los que desde el comienzo de los tiempos han levantado todo, han producido todo, han generado toda la riqueza de aquellos a quienes han hecho lo suficientemente poderosos para que se vuelvan contra ellos.
Y ahora, en el colmo de la desfachatez, quieren prolongar la vida laboral hasta los setenta años – no se han atrevido a tanto – calcular la jubilación no en los últimos quince, sino en los últimos veinte años, de tal forma que nos queden cuatro pesetas para los últimos cuatro años de nuestra vida. No se atreven a poner firmes a los banqueros que nos roban miserable e impunemente, modernos usureros del siglo veintiuno, culpables en gran medida de la crisis que no les afecta a ellos, que siguen con sus abultadas ganancias, sino a los de siempre, a los más débiles, a los trabajadores.
No puedo, ni quiero, ni debo cargar las tintas exclusivamente con el gobierno, aunque suya es la máxima responsabilidad. Sufrimos el azote de una oposición, que entiendo que por su propia naturaleza debe oponerse a quienes gobiernan y controlar su labor, pero que en los momentos críticos que vivimos debería adoptar una actitud en parte solidaria con el gobierno. Pero poco se puede esperar de quienes mantienen unas posiciones harto cavernarias, retrógradas y cansinamente beatas hasta extremos que aburren hasta el más pintado.
Después de este sombrío panorama, ya sólo nos queda rezar.

jueves, 4 de febrero de 2010

DE CURAS Y MONAGUILLOS

En mis añorados años de la infancia disfrutados en un pequeño pueblecito de la sierra de Segovia, todos los chicos – las chicas nunca han sido monaguillas – sin exclusión alguna éramos seleccionados a dedo y sin excepción por el cura párroco para desempeñar tan singular oficio, es decir, llevar a cabo las arduas, fieles y variadas tareas de ayudante del sacerdote, que, como verán, no se reducían simplemente a, como se decía entonces, ayudar a misa.
Era una labor no siempre retribuida, aunque dependiendo del Sr. Cura, como respetuosamente le decíamos, teníamos un sueldo que en algunos casos llegaba a la vertiginosa y abultada cifra que en aquellos tiempos suponía una peseta, que cobrábamos puntual y religiosamente los dos monaguillos – dos pesetas si sólo ayudaba uno – y no a la semana ni al mes, sino cada día al terminar nuestro trabajo después de la misa.
Con aquel sueldo fijo, con siete u ocho añitos y con el resto del día libre para buscarme algún otro trabajillo, conseguí, con el tiempo, comprarme mi primer reloj de pulsera y acumular unos ahorrillos que me daban para los onerosos gastos que ocasionaban las fiestas del pueblo y los fines de semana que unidos a la paga de mis padres, me colocaba en una situación económica como jamás he vuelto a disfrutar.
Éramos unos privilegiados, que, sin embargo, abusando de nuestra condición, nos bebíamos de vez en cuando las vinajeras – sin consagrar, por supuesto, eso nos aterraba – lo cual suponía, cuando éramos descubiertos, un severo castigo por parte del cura – entonces nadie le llamaba sacerdote – que iba desde un par de sonoras bofetadas, a la pérdida de la asignación semanal, que, sin duda, nos dolía bastante más.
Nuestras funciones no consistían exclusivamente en la sencilla, cómoda y rutinaria tarea de ayudar a misa – aprendí un montón de latín que no obstante de poco me sirvió en el bachiller, pero que aún recuerdo – sino que debíamos asistir al rosario cada tarde – nunca entendí todo aquello de los misterios gozosos y dolorosos que nos llevaban media hora de rezos diarios – debíamos también tocar a misa, eran tres toques de campanas, y si nos olvidábamos de alguno de ellos, la reprimenda estaba asegurada.
Sin lugar a dudas, la función más singular por su naturaleza, era la de acompañar al cura en los entierros así como darle a los enfermos graves la extremaunción y los santos óleos. La comitiva formada por todos los vecinos del pueblo, con el cura y los monaguillos al frente, iba a la casa del finado, el cual se encontraba postrado en el ataúd, por supuesto descubierto; el celebrante rezaba unas oraciones, le rociaba con el hisopo y nos lo llevábamos a la iglesia, y por fin al cementerio, pequeñito y acogedor – permítaseme semejante licencia – anexo a la iglesia, y unido a ella por el extremo del campanario, donde las campanas entonaban un profundo lamento que, ahora que vienen a mí tantos recuerdos, reflejaban a la perfección el dolor de aquellos momentos con su lento y triste tañido.
Inenarrables eran las rogativas, en las que la comitiva formada por el cura, los monaguillos y todo el vecindario, recorríamos los caminos alrededor del pueblo, mientras regaba los campos, y de paso a los que más cerca nos encontrábamos, con el agua bendita del hisopo y pronunciaba unos rezos repetitivos que siempre los acompañantes terminábamos con el “ora pro nobis” unas veces y otras “orate pro nobis”. Todo ello se llevaba a cabo con el objeto de lograr buenas cosechas y alejar a los nublados y el pedrisco que de vez en cuanto destrozaban los cereales de todo un año, lo cual suponía un desastre absoluto para lo esforzados labradores.
Por entonces los susodichos pedriscos eran frecuentes y el desarrollo de las tormentas francamente espectaculares y siempre aterradoras. Los mozos y monaguillos subían entonces al hermoso campanario de espadaña de la iglesia – Duruelo es el nombre de mi pueblo - , y volteaban todas las campanas luchando con la feroz tormenta. El espectáculo era realmente dantesco: el cielo de un amenazante y plomizo color oscuro, se resolvía de improviso en una serie de espeluznantes truenos y relámpagos acompañados de un granizo de increíbles dimensiones, todo con el objeto de detener a los elementos que, no obstante, casi nunca lográbamos ahuyentar.
En Las fiestas de mayo y septiembre, acontecimientos por aquel entonces que lograban reunir a todos los pueblos de los alrededores, la misa mayor, de gala, con varios sacerdotes, y la procesión alrededor del pueblo con los pendones y estandartes y la imagen de la virgen en andas, era todo un espectáculo celebrado por todos. La chiquillería disfrutábamos de los puestos de caramelos con los primeros chicles – gallina blanca- las enormes garrotas de caramelo, los fósforos y los primeros cigarrillos – todas las fiestas nos fumábamos una cajetilla entera de celtas cortos, hasta que la terminábamos, sin parar, en un cobertizo que hicimos entre las zarzas en el huerto de mis padres- . No se lo creerán, pero si no teníamos cigarrillos, liábamos unos enormes cigarros con la estopa de las estepas. Ahora pienso que aquello podía ser alucinógeno teniendo el cuenta el mareo que nos ocasionaba.
Con el tiempo, nos trasladamos a un pueblo también segoviano llamado Muñoveros, adonde destinaron a mi padre, secretario de ayuntamiento. El sacerdote, se llamaba D. Basilio, una buena persona, pero con un imponente mal genio. Cuando llegué, como no, me reclutó de inmediato para el noble trabajo de ayudante. Yo, acostumbrado a cobrar por el desempeño del oficio, le pregunté cuales eran mis honorarios; respondióme que semejante labor era oficio de ángeles, por lo que me podía despedir del sueldo. Les juro que no acepté las condiciones y, por supuesto, ahí acabó mi oficio de monaguillo. Tenía, a la sazón, doce años.
El inefable D. Basilio tenía la costumbre de interrumpir la misa de vez en cuando para llamar la atención de los feligreses que, a veces, organizaban jaleo al fondo, o se dedicaba a pegarle una patada al reclinatorio cuando su propietaria no había dejado alguna monedilla. Como tenía por costumbre cerrar las puertas de la iglesia pasados cinco minutos del comienzo de la misa, recuerdo que en una ocasión, el día uno, es decir el día de año nuevo, yo, el alcalde y algún vecino más nos quedamos sin poder entrar en misa, por lo que decidimos irnos al bar a rezar nuestras peculiares oraciones.
En mis años de servicio como monaguillo, tuve diversos y muy variados patronos. No puedo hablar bien de todos ellos. Para que se hagan idea, uno de ellos recibió una monumental bronca de su padre que todos oímos y contemplamos al salir de misa, porque en el sermón, un día festivo, al ver la iglesia casi vacía - era pleno verano cuando la sufrida gente estaba segando a mano en el campo - pronunció unas terribles palabras que nunca se me olvidarán: “ojalá caiga un pedrisco que destroce todas las cosechas”. Este cura, nos obligaba a confesar, día sí, día no, a toda la chiquillería, haciéndonos unas preguntas que no voy a citar aquí, pero que les causarían sonrojo. Estuvo de maestro sustituto un par de semanas en la escuela. El maltrato a los alumnos, palizas y castigos incluidos llegó a tal nivel, que nuestros padres decidieron que no volviésemos hasta que regresara el maestro. Por el contrario mantengo un agradable recuerdo de otros dos párrocos, buenas personas, integradas en el pueblo y entregadas al servicio de sus gentes.
Me veo y no me reconozco cuando pienso que desde muy joven he sido y soy un agnóstico sin remisión, un crítico impenitente de la iglesia, y que sin embargo he de admitir que mis primeros pasos laborales – espero que los años de servicios prestados, me sirvan para el cálculo de la antigüedad, ahora que las pensiones están en precario - los anduve en una institución con dos mil años de historia y que no despierta precisamente mis simpatías, salvo cuando visito las espléndidas y majestuosas catedrales, las hermosas abadías, las bellísimas iglesias, ermitas, colegiatas y esos lugares de paz y sosiego que desprenden los conventos y monasterios que salpican la geografía de este País.
Son historias que forman parte de mi infancia, una hermosa e irrepetible etapa de la vida que siempre añoraremos. Dicen que en la vejez se retorna a ella. Lo dudo, pero merecería la pena volver a disfrutar de la magia de aquellos maravillosos años.

miércoles, 27 de enero de 2010

VOLVER A SANTIAGO DE COMPOSTELA

No es fácil que el tiempo, la lejanía, la separación física en suma, borre los recuerdos con su telón de ausencias y añoranzas que impone cuando se cierra detrás de nosotros al volver a nuestro lugar de origen, después de llenar los ojos y el corazón de esos lugares, caminos, ciudades y paisajes que nos enamoran con sus aromas, sus colores, sus silencios y sus rincones. Nos dejan una huella indeleble en la retina, que nos llenan de una dulce nostalgia que nos obliga a volver la vista atrás a la hora de partir, para decirle el último adiós, y comprometernos con un rotundo y sincero deseo de volver.
Existen lugares que nos atrapan profundamente, que nos marcan para siempre con ese misterioso encanto que no puede traducirse en palabras, al que ansiamos regresar cada vez que nuestra mente, por su cuenta, decide viajar, evadiéndose de la tediosa rutina diaria que nos esclaviza y nos ata a una realidad de la que somos prisioneros, indefensos ante ella e incapaces de romper las ligaduras que sus invisibles rejas tejen a nuestro alrededor.
Tanto más las añoramos cuanto más lejanos se encuentran. La lejanía supone una carga emocional que nos pesa hondamente, y que intensifica el recuerdo, el deseo de volver. La proximidad lo suaviza todo, lo relativiza, nos llena de una leve ausencia que nos alegra el corazón ante la inmediatez de su presencia que nos hace mantener la esperanza de su visión inmediata, de que la distancia no es un obstáculo ni el tiempo supone una barrera que pongan límites a nuestros deseos de volver, de regresar otra vez.
Volver a Santiago de Compostela es una constante para el viajero. Siempre se vuelve otra vez, seas peregrino o no. No es una cuestión de fe, sino de un magnetismo tan especial que logra atraernos hacia esa ciudad universal donde convergen ciudadanos de todo el mundo movidos por un sentimiento que necesariamente no es de índole religiosa, como Lourdes o Fátima, sino más bien cultural, histórico, tradicional, con ese carácter indeleble y mágico que dan los siglos a un evento que ha logrado a través del tiempo reunir a ciudadanos de todo el mundo en la plaza del Obradoiro, a los pies del bellísimo Pórtico de la Gloria de la hermosa catedral que nos legó el Maestro Mateo.
Desde Nájera, pasando por Santo Domingo de la Calzada, hasta Burgos, he contemplado la figura de los peregrinos recorriendo el Camino de Santiago, en grupos pequeños, grandes, solitarios, a pie unos, en bicicleta otros, siguiendo una senda perfectamente clara y definida, atravesando campos, bosques, ciudades y pueblos, reposando aquí o allá, durmiendo en sus albergues, compartiendo sus enseres y pertenencias con gentes de otras culturas, de otras nacionalidades con otras lenguas y costumbres, pero todos con el mismo destino y la misma ilusión, llegar, divisar el Monte do Gozo y entrar en Santiago, meta y destino que marca el final del Camino.
En cuanto acabe estas líneas parto para Santiago una vez más. No lo hago como un peregrino, no recorro el Camino. Apenas tardaré una cuantas horas, no las semanas que emplean quienes lo recorren a pie. Pero no por ello dejo de sentirme como si lo fuera. A mi regreso continuaré con este relato. Mientras tanto contaré las horas que me quedan para el nuevo encuentro con Santiago de Compostela.
Salgo de madrugada al encuentro de Santiago. Unos indicadores con la imagen de la concha peregrina, nos recuerdan que pasamos por lugares que forman parte del camino denominado Sanabrés, pasando entre otros por Medina del Campo, Tordesillas, Rueda, Benavente, Puebla de Sanabria, Ourense, hasta llegar a nuestro destino.
Entramos por fin en Santiago. Desde lejos se divisan las torres de la catedral que no nos cansaremos de visitar. Entramos en la plaza del Obradoiro a través de una de las hermosas calles del casco antiguo, todas ellas cargadas de historia y lo hacemos desde el monumento a San Francisco de Asís, frente a la iglesia del mismo nombre, precioso ejemplo de una hermosa mezcla del gótico, neoclásico y barroco.
Entramos en la plaza y ascendemos por la escalinata de la fachada principal para, extasiados, contemplar la mayor de las maravillas existentes del románico, obra cumbre de este estilo arquitectónico de toda la edad media: el pórtico de la gloria.
Entrar en la catedral, extasiarse con la belleza de sus tres naves, bajar a la cripta donde se encuentra el sepulcro de Santiago y, por fin, encontrarse con él y, como manda la tradición abrazar al apóstol, rito que siguen cuantos peregrinos entran a través de cualquiera de las cuatro imponentes y bellísimas fachadas que integran este templo universal y que después de salir por la puerta santa, recorremos una a una, maravillados y agradecidos a los maestros artesanos que con su maestría, paciencia y talento crearon tanta belleza para disfrute de las generaciones venideras.
Volvemos a visitar la catedral en cuanto tenemos ocasión, Santiago es pequeño y hermoso y las distancias no existen. El casco antiguo alrededor del templo te atrapa con sus edificios de nobles piedras que te trasladan a épocas pasadas en las que el tiempo se ralentizaba, el arte se valoraba por encima de todo y la belleza se amaba profundamente.Tenemos que regresar a nuestro lugar de origen, pero nunca lo haremos del todo. Una parte de nosotros permanecerá para siempre allí, en Santiago de Compostela.