viernes, 28 de enero de 2011

EL QUINTO PODER

Apenas posee dos décadas de vida desde que nació y ya se ha convertido en uno de los fenómenos más importantes y trascendentales de la historia de la humanidad. Nació como una red privada, interna y militar del ejército de los Estados Unidos y surgió como un proyecto destinado a proteger la seguridad nacional frente a un ataque nuclear. Hablamos de una poderosa herramienta que ha ido extendiendo sus tentáculos a lo largo y ancho de un mundo que ha visto cómo éste se transformaba para siempre merced a las portentosas posibilidades que lo erigen en un auténtico quinto poder. Hablamos de Internet.
Sus creadores, no sospechaban entonces, ni por asomo, que su invento iba a suponer para una civilización acostumbrada ya a los ordenadores, limitados entonces a una gestión y trabajo local que podía estructurarse en redes de computadoras unidas entre sí, compartiendo información, pero siempre a un nivel contenido, discreto y limitado en la capacidad de transmitir información muy concreta y determinada.
No vamos a descubrir aquí sus méritos y, cómo no sus deméritos, que también los tiene, ya que todo progreso supone de una forma automática y sin exclusiones, que un pago ha de hacerse como compensación al vertiginoso avance a la que las modernas tecnologías nos tienen acostumbrados.
Son no obstante muchas más las ventajas que los inconvenientes, y así maravilla la utilización del correo electrónico, la ventana multimedia, inmediata y permanentemente abierta al mundo que nos permite echarle un vistazo a cualquiera de sus rincones y comunicarnos en el momento mediante la utilización de las Redes Sociales, permitiendo así un intercambio a todos los niveles que ya apenas nos deslumbra, pero que hace apenas unos años, no lo vislumbrábamos ni remotamente.
Su influencia es tan grande, su enorme capacidad para remover conciencias, de alterar creencias, de modificar criterios, de crear estados de opinión y debate, son tales, que traspasando los umbrales del mero instrumento de comunicación, se ha erigido por méritos más que sobrados en una potente arma capaz de traspasar fronteras a lo largo y ancho del Planeta, influyendo en organizaciones de todo el mundo, instituciones de todo tipo y en última instancia en los gobiernos de las naciones más poderosas, en las más cerradas, en las más dictatoriales, que ven en Internet un peligroso instrumento a combatir.
Así, nos encontramos con que dichos Poderes, tratan de limitar su poderosa influencia, limitando o impidiendo el acceso de su población a las Redes Sociales, con el objeto de ocultar las miserias de todo tipo que le acucian, propios de las tiranías que siguen azotando el mundo y que se empeñan en cercenar la libertad de expresión impidiendo que sus ciudadanos abran esa ventana a través de la cual puedan gritar al mundo cuanto en su país sucede, cuyos gobernante quieren ocultar, al tiempo que evitan el posible contagio de las libertades y las bondades de una sociedad libre que contemplan a través de dicho espacio de libertad.
Pero el afán de bloquear e impedir el acceso a Internet no procede sólo de esos países. También los más ricos y poderosos tratan de recortar la influencia de dichas Redes Sociales en su población. No les interesa que se sepan las numerosas mezquindades que albergan los gobiernos de esas naciones y que a través de Internet se propagan por todo el mundo. En los documentos aireados por Wikileaks tenemos un soberbio ejemplo.
No debemos olvidarnos, que no solamente tratan de ejercer una limitación sobre la información que nos pueda llegar, si no que tratan de saber cada día más y mejor sobre nosotros los ciudadanos, y que es mucha y variada, ya que lo saben todo sobre nuestras vidas y haciendas.
He sido profesor durante muchos años. Un puñado de mis antiguos alumnos, a los que perdí la pista hace mucho tiempo, han conseguido dar conmigo gracias a las Redes Sociales de las que estamos hablando. Gracias a ellas nos comunicamos, intercambiamos opiniones, recuerdos de entonces y vivencias de ahora. Me enviaron fotos de aquella época en las que me encuentro entre mis alumnos. Enternecedor sentir que aún se acuerdan de ti, que te han buscado y han logrado encontrarte. Y todo gracias a Internet.
Mientras escribo estas líneas, escucho que en Egipto el ejército ha sacado los tanques a la calle para acallar a la población. Han cortado todas las conexiones de Internet con el exterior, así como las líneas de telefonía móvil como antes lo hicieron en otros países donde se halla instalada la tiranía empeñada en cercenar la libertad de expresión.
He ahí una prueba del poder de este medio y del miedo que los gobiernos totalitarios le profesan. Pronto o tarde, esa ventana al mundo libre que se empeñan en cerrar, se abrirá de nuevo y un soplo de aire fresco penetrará a través de ella inundando de luz y de libertad los espacios y las gentes que los déspotas se empeñan en ocultar al mundo libre.

viernes, 21 de enero de 2011

LA CEREMONIA DE LA CONFUSIÓN

Hace treinta mil años, nuestros ancestros, con la aparición del Homo Sapiens, ya poseían un nivel elemental de lenguaje que les permitía comunicarse. A partir de entonces fue perfeccionándolo hasta llegar a hace aproximadamente cinco mil años en que las diversas oleadas de poblaciones diversas, procedentes del centro de Asia, se extendieron por el resto del mundo conocido, entrando en contacto la multitud de lenguas existentes, iniciándose un intercambio entre ellas, que merced a los préstamos, cesiones y cambios lingüísticos habidos, originó las lenguas Indoeuropeas, que dieron lugar a los diferentes idiomas modernos tanto de Europa como de Asia meridional.
Desde esos comienzos, multitud de lenguas, hablas y dialectos han surgido, experimentando cambios, y desaparecido a un ritmo vertiginoso tal, que se calcula que hoy en día se hablan alrededor de seis lenguas y dialectos en todo el mundo. Para un planeta con más de seis mil millones de habitantes, la cifra es abrumadora y hasta cierto punto inexplicable, si tenemos en cuenta la moderna civilización que permite un comunicación permanente e instantánea entre la población de una sociedad cada día más mezclada y por lo tanto más necesitada de entenderse, de comunicarse, de poder transmitir sus emociones, sus deseos y sus vivencias al resto de los ciudadanos con los que conviven.
Pero parece que no estamos muy interesados en ello, pese a que en este empeño mucho nos jugamos, ya que las sociedades, sobre todo las europeas, cada día son más cosmopolitas, están más inmersas en un mar de lenguas que los integrantes de los diferentes países que nos visitan – no precisamente por placer, sino por necesidad – traen consigo, configurando así un panorama lingüístico realmente complicado.
De abrumador y hasta desolador podríamos calificar esta situación, si tenemos en cuenta los tremendos problemas de comunicación que se plantean y que impiden el entendimiento y la comprensión hacia estas gentes, y con ello la ausencia de malos entendidos e indeseadas suspicacias que se originan y que podrían desaparecer dando lugar así a la solidaridad, a la comprensión y a una postura más afecta hacia ellos, y que en estos momentos suele brillar por su ausencia.
Y en este punto nos encontramos, cuando en medio de mis reflexiones contemplo con estupor, como el Senado de nuestro País - con doscientos sesenta y cuatro miembros – ha decidido que se hablen cuatro lenguas, lo cual supone que tocan a un idioma por cada sesenta y seis senadores – en el planeta Tierra tocamos a un millón de habitantes por cada lengua – y algunos nacionalistas catalanes se permiten el lujo de manifestar que esto es sólo el principio, es decir, que con el tiempo se llegará a aceptar también en dicha Cámara al Ardanés Catalán, el Berciano Leonés y la Gacería de Cantalejo (Segovia) - con todo respeto y consideración hacia estos dialectos - y algún otro que de paso se les ocurra y que logre configurar la Babel más absurda, anacrónica e ininteligible que pueda imaginarse.
Todo esto me recuerda que hace una treintena de años se aventuraba cómo en el mítico año dos mil la sociedad, a la que denominaban la sociedad del ocio – imagino que querrían decir del aburrimiento – dispondría de tanto tiempo para no hacer nada – pensaban que las máquinas trabajarían por nosotros - que no sabríamos cómo disponer de tanto tiempo libre.
Adivinos ellos, no dieron una en el clavo, ni en éste aspecto ni en las supuestas ciudades fantásticas que diseñaban con los coches voladores y demás zarandajas con las que nos machacaban los aprendices de brujo. Contemplamos ahora como aceptaron de pleno, – salvo que se refirieran a los parados, aunque creo que no llegaran a tanto acierto - pues estamos mucho más ocupados – los que pueden estarlo, claro está – y pese a ello, bastante más abrumados económicamente que entonces.
Pues eso, que en el asunto que nos ocupa, pasa lo mismo. En lugar de simplificar, de hablar una sola lengua, de evitar con ello mal entendidos, de facilitar en suma la comunicación – y no hablamos del derroche económico que los gastos de las traducciones conlleva – montamos una moderna torre de babel, que choca frontalmente con la modernidad en la que nos desenvolvemos.
Las estadísticas mienten cuando afirman que en este País no hablamos idiomas. Sólo en un edificio de Madrid, en concreto en el Palacio del Senado, se hablan cuatro.

miércoles, 19 de enero de 2011

REBELIÓN A BORDO

No es éste un País que se distinga en exceso por su capacidad de autodisciplina, su espíritu de sacrificio ante determinadas situaciones que exijan un posicionamiento restrictivo ante las circunstancias negativas que puedan afectarle, su grado de unidad nacional, de solidaridad y de unión a la hora de defender valores comunes que afectan a la comunidad, salvo si se trata de celebrar los triunfos futboleros, las corridas de toros, las procesiones de semana santa, los innumerables puentes y fiestas de todo tipo que abundan por doquier y otros valores patrios que puedan afectar a la intocable individualidad que siempre nos ha caracterizado.
No obstante, es de justicia manifestar que seguimos siendo un tanto Quijotescos en determinadas situaciones, a la hora de defender causas perdidas – sobre todo si ello no nos afecta al bolsillo - , y, y así, somos solidarios con las desgracias ajenas ante las cuales mostramos un alto grado de capacidad de ayuda humanitaria como hemos demostrado en varias ocasiones ante diversas calamidades públicas que han asolado nuestro territorio y otras que afectan y han afectado a otros países.
Somos los primeros a nivel mundial en donar órganos y en la capacidad organizativa necesaria por parte de las instituciones sanitarias que llevan a cabo dicha labor, lo cual nos honra a todas luces vista. En otro orden de cosas, también hemos sido pioneros en legalizar las bodas gay, en tomar al asalto el islote Perejil y en declarar los toros Bien de interés Cultural, equiparándolos así al Museo del Prado, al acueducto de Segovia o a la Catedral de Burgos, por citar unos pocos ejemplos que muestren a las claras la desfachatez de semejante medida. Así de contradictorios nos mostramos con frecuencia, lo cual no puede ser un buen síntoma, pues denota o bien cierta inseguridad, o bien cierta anarquía o quizás cierta incapacidad para dilucidar entre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo oportuno y lo inconveniente.
Y es que en este País, somos asín.
Pero lo que ya resulta incalificable es la rebelión a bordo que se está gestando por parte de los afectados – según ellos, aunque en mayor grado lo son los clientes – por la reciente ley antitabaco, que ha llevado a muchos propietarios de hostelería a declararse en rebeldía haciendo frente a una medida que hace años debería haberse puesto en marcha y que en Europa funciona a la perfección desde hace tiempo.
Claro que aquí, somos diferentes. Que nos suben la gasolina, la luz, el teléfono y otros productos de primera necesidad, pues oiga, no pasa nada, a aguantar. Nos congelan el sueldo – si no nos lo bajan como a los funcionarios – nos paralizan las pensiones, nos jubilan a los setenta años, pues muy bien, aquí no se mueve nadie, que me lo resuelva el vecino.
Ahora bien, que no nos dejan fumar en lugares públicos, que me impiden contaminar a los demás, que tengo que tomarme una cerveza sin el oportuno pitillo; pues no señor, de eso ni hablar, monto en cólera, me declaro insumiso en abierta desobediencia ciudadana y decido no respetar la ley, faltaría más.
Eso los clientes, que los propietarios, amparándose en la lentitud de la justicia – hay locales que se han declarado abiertamente rebeldes y no han sido ni multados – hasta rotulan sus locales declarándose en rebeldía y recabando firmas en contra de una norma que debería cumplirse con absoluto rigor.
La cultura del esperpento nacional, llega en este caso a tachar de chivatos a quienes denuncien a aquellos que incumplan, no lo olvidemos, una norma con rango de ley. Está claro que, desgraciadamente, siguen aún vigentes algunos idearios patrios que confunden la integridad y la dignidad con la estúpida desfachatez de la solidaridad mal entendida.

martes, 28 de diciembre de 2010

NO ESTAMOS SOLOS

A la eterna y nunca respondida cuestión múltiple de quienes somos, de dónde venimos y adónde vamos, a estas alturas del conocimiento humano, deberíamos añadir un nuevo elemento para completar dicha pregunta: con quién estamos. Y es que si abrimos un poco el plano de nuestra mente, aunque sólo sea mínimamente, deberíamos concluir que habitamos un planeta que no está aislado, que forma parte de un todo, de un universo inmenso, infinito quizás, pero al que necesariamente pertenecemos.
Nuestras limitaciones humanas son tan grandes que rechazamos cualquier idea o pensamiento tendente a identificarnos como habitantes del universo. Nuestra tecnología, que tanta soberbia despierta en nosotros, no está ni remotamente preparada para intentar navegar por el cosmos en busca de vida inteligente, que sin lugar a dudas existe ahí afuera y que se desarrolla paralela a la nuestra con grados de civilización sin duda dispares en el sentido de estar más o menos adelantadas con respecto a nosotros.
Pobres humanos, que en cinco milenios de existencia, no hemos logrado desterrar la violencia siempre presente a lo largo de una historia plagada de desigualdades y atropellos de toda índole que han ocasionado que media humanidad sufra lo indecible a causa de la otra mitad que vive en la opulencia si la comparamos con el resto, pero donde igualmente el hombre sigue siendo depredador de sí mismo en la lucha por sobrevivir.
Resulta extremadamente inquietante, para quién de vez en cuando deje volar su imaginación basada siempre en el conocimiento científico que hoy poseemos y vagar por esos mundos desconocidos de cuya existencia cada vez más segura está la ciencia y los científicos, cuya mayoría, en progresión constante, afirma que un veinticinco por ciento de las estrellas del universo poseen planetas con condiciones similares a las de nuestro planeta Tierra, que por lo tanto podrían albergar vida.
Si consideramos que nuestra galaxia, la Vía Láctea, a la que pertenece nuestro pequeño sistema solar, está integrada por cien mil millones estrellas y que dicha galaxia es una de las miles de miles de millones que el universo posee, la conclusión es que la posibilidad de que exista vida es adquiere una consistencia absoluta y que dicha vida sea inteligente, supone una posibilidad enorme habida cuenta de la infinita cantidad de planetas que podrían alojarla.
Ingenuos nosotros los humanos, hemos enviado alguna pequeña nave a deambular por el universo en busca de alguien que pueda recogerla y entender los mensajes que contiene sobre la vida en nuestro planeta, tratando de darles a conocer nuestra civilización a todos los niveles. Esperemos que sólo hablen de lo positivo, de la capacidad del hombre para crear, para amar, para mostrar su cara amable y no la terrible y espantosa capacidad que posee para destruir, y sembrar el horror y la violencia como viene haciendo a lo largo de los milenios de su existencia en un planeta que hace tiempo que empezó a dar signos de cansancio ante tanta agresión y desamparo a la que la sometemos cada día.
Estamos condenados a vivir en un planeta que maltratamos sin compasión, sin posibilidad alguna de abandonarlo emigrando a otros planetas, como ingenuamente aventuran quienes ignoran y desprecian la maravillosa e inmensa majestuosidad del universo y nuestra absoluta incapacidad técnica para semejante desafío. En cien años de desarrollo industrial lo hemos dejado irreconocible. La contaminación, destrucción y acoso permanente al medio físico y la barbarie e injusticia social, nos auguran un futuro incierto.
Posiblemente nunca entremos en contacto con nuestros desconocidos compañeros de viaje espacial que, en todo caso, estaría a cargo de ellos, dada nuestra ridícula capacidad tecnológica para semejante intento. Quizás para entonces ya nos hayamos extinguido. Pero de lo que no me cabe duda alguna es que si efectivamente llegaran a visitarnos, antes de encontrar en contacto, tratarían de conocernos, de saber quiénes somos.
Seguramente no tardarían en descubrirnos y en cambiar el rumbo en busca de otros mundos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

EL SUEÑO DE LA LIBERTAD

En pocos días hemos podido comprobar cómo la libertad de diversos intelectuales de lugares tan dispares del mundo como China, Cuba e Irán, ha sido ultrajada, vilipendiada y maltratada ante los atónitos ojos de los ciudadanos libres del resto del mundo que contemplan estos hechos con estupor e incredulidad no exenta de ingenuidad, al pensar que estos hechos ya no formaban parte del siglo veintiuno, sino más bien de un pasado que creíamos olvidado por obsoleto, anacrónico y simple y llanamente injusto.
Y digo bien cuando hablo de ingenuidad pensando en los que se llevan las manos a la cabeza asombrándose ante la contemplación de estos hechos – más bien de estas fechorías – llevadas a cabo por los regímenes dictatoriales de esos tres países que cito y que no son los únicos, ya que podrían incluirse algunos más. Nos centraremos en los citados, y en los tres personajes afectados, cada uno de un país diferente y que son conocidos y reconocidos a nivel mundial: Liu Xiaobo de China, Yoani Sánchez de Cuba y Jafar Panahi de Irán.
El más conocido quizás, Liu Xiaobo, recientemente designado premio Nobel de la Paz, disidente Chino, condenado a once años de cárcel y firmante de un manifiesto en el que se piden reformas democráticas, ha visto cómo se le prohibía salir de su país – tampoco se lo han permitido a su esposa - con el objeto de recoger dicho premio en un gesto más de férrea dictadura comunista China, de la mano de hierro con la que gobiernan una nación, cuyos ciudadanos nunca han tenido la oportunidad de elegir a quienes han de ostentar las tareas de gobierno. Como en todas las dictaduras, se erigen en salvadores de la patria.
El caso de Yoani Sánchez, es aún más sangrante si cabe. La escritora y disidente cubana, ha visto en estos últimos años, en los que le han concedido múltiples premios internacionales, como el corralito cubano de los Castro y compañía le ha prohibido una y otra vez la salida del país para recoger dichos premios. El último, en Holanda, el premio Príncipe Claus para la cultura y el desarrollo.
Exactamente en dieciséis ocasiones le han impedido abandonar el país, su país, conculcando uno de los derechos más elementales como es el de la libertad de viajar, de residir y de trasladarse a cualquier parte del mundo. Este derecho como todos los demás derechos humanos, están pisoteados en una Cuba sumida en la miseria, hasta el punto de tener que reconoce públicamente que van al desastre si no hay cambios, según palabras textuales del dictador de turno Raúl Castro, aunque eso sí, sin abandonar los principios comunistas que los han llevado a esta situación y sin permitir que los ciudadanos elijan a sus gobernantes. Hasta ahí podríamos llegar.
Y por último, el caso del director de cine Iraní, Jafar Panahi, premio León de Oro en el festival de Internacional de cine de Venecia y premio Oso de Oro en el festival Internacional de cine de Berlín, entre otros, que ha sido condenado a seis años de prisión, y a una inhabilitación de veinte años, durante los cuales no podrá llevar a cabo ninguna realización creativa. Sencillamente pavoroso, esperpéntico y denigrante. Este país sufre las consecuencias de un gobierno teocrático y de un fanatismo religioso tal, que causa indignación e incredulidad al considerar que estos hechos tienen lugar en el siglo veintiuno.
Son sólo tres ejemplos de los incontables atentados contra la libertad que miles de seres humanos sufren en este planeta cada día. Inconfesables intereses de todo tipo llevan a los gobernantes de las democracias occidentales a no actuar. Sólo nos queda la denuncia permanente, constante e irrenunciable. Los modernos medios tecnológicos ponen a nuestro alcance los medios necesarios para ello, los cuales intentan torpedear, bloquear y anular los países causantes de tantos destrozos contra los derechos humanos. La libertad nunca puede reducirse a un sueño. Es un derecho irrenunciable.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

EL PERVERSO HÁBITO DE LA LECTURA

Afirma el escritor Peruano Vargas Llosa en su discurso de aceptación del Premio Nobel de literatura, que el hecho de aprender a leer, ha sido sin lugar a dudas, lo más importante que le ha sucedido en la vida. Con cinco años de edad aprendió a traducir las palabras de los libros en imágenes, en Cochabamba, Bolivia, donde el hermano Justiniano fue el encargado de descubrirle un mundo nuevo del que ya no se desprendería jamás y en el que se ha desenvuelto desde entonces con la soltura, la ilusión y la alegría de quién vive permanentemente instalado en un mundo mágico, mezcla de realidad, ficción y fantasía.
Y ahí sigue, con el mismo entusiasmo de sus primeros años, legándonos desde entonces su obra, como la de tantos escribidores que diría él, desde los primeros textos Sumerios, que se remontan a dos mil años antes de Cristo, pasando por los poemas épicos de la literatura India hasta llegar a la Ilíada y la Odisea de Homero, que marcan los comienzos de la Antigüedad Clásica, para llegar a la primera mitad del siglo XV, cuando la invención de la imprenta supuso un formidable paso de gigante al pasar a papel impreso los textos manuscritos y de tradición oral que hasta entonces y casi en exclusiva, los monjes en sus monasterios habían conseguido copiar.
Y hasta ahora, cuando la tecnología del siglo XXI, ha puesto a nuestra disposición los libros digitales electrónicos, que suponen un paso de gigante en la difusión de la lectura y que sin embargo tantos detractores encuentra a su paso. No entienden, dicen quienes así piensan, que pueda disfrutarse la lectura cuando se lleve a cabo en un artefacto frío, estático, donde no pueda apreciarse ni su olor, ni su calor ni su tacto singular cuando de pasar las hojas se trata, de abrirlo, cerrarlo, tocarlo con las manos, sentir que tiene vida propia, que los personajes, las situaciones y los hechos van a desbordar el papel y van a salir a la luz tomando vida propia.
No podemos descartar en absoluto esta moderna tecnología, que nos brinda un mundo de comodidades que debieran facilitan el placer de la lectura. Posiblemente estas personas lo descartan a priori, sin haberse tomado la molestia de tomar uno entre sus manos, de pasar las páginas con un simple gesto de la mano, de volver atrás, adelante, de cambiar el tamaño del texto, el tipo de los caracteres, de ajustarlo, en fin a su capricho y, sobre todo, de disponer en un espacio equivalente al de un libro clásico, miles de títulos, de cientos de autores; en suma, una pequeña gran biblioteca en un solo tomo.
Pero por encima de todas estas consideraciones, están todas aquellas que predisponen al lector a disfrutar de la magia de traducir las palabras en imágenes, de introducirnos en mundos irreales, fantásticos, imaginarios o de potenciar nuestros conocimientos, nuestro afán de saber, de conocer, de perfeccionar lo que ya sabemos y de introducirnos en mundos nuevos, apasionantes, que la lectura nos descubre para deleite, disfrute y satisfacción del saber y conocer de quienes se acercan a ellos, los abren, los leen y los cierran cada día, marcando la página donde quedaron, con la ilusión puesta en su continuación que ya se demora demasiado.
No es éste un País donde se lea mucho, es más, se lee poco. Un botón de muestra, nos lo da el hecho de que el periódico más leído, por encima de los grandes diarios de información general, es un conocido periódico deportivo. Un poco triste este panorama, que se agrava cuando comprobamos que las jóvenes generaciones apenas leen, que se encierran en su mundo tecnológico, permanentemente comunicados mediante los móviles y las numerosas Redes Sociales, que por cierto, son un vehículo fantástico para compartir, comentar y divulgar la lectura.
Pero no lo utilizan para estos fines, sino, en general, para otros temas intrascendentes, que en nada fomentan el hábito de la lectura, perdiendo con ello no sólo el disfrute que conlleva, sino la divulgación del conocimiento que supone leer un libro, así como la adquisición de una cultura de la que carecen la mayoría y que nos sitúa, según las últimas estadísticas de la Comunidad Europea, a niveles que inducen al sonrojo al conocerlas.
Navegando en esa maravillosa herramienta que es Internet, encuentro con sorpresa y alegría mal disimulada, que siguen editando Selecciones del Reader´s Digest. No recuerdo cómo ni donde los conseguía, pero sí que desde muy pequeño, tendría diez años, leía con fruición esta publicación todos los meses. Quizás algunos la recuerdan. Contenía numerosos relatos de todo tipo que no eran sino extractos de artículos literarios, científicos y divulgativos en general, publicados en revistas y periódicos de todo el mundo.
Para mí, supuso la iniciación a la lectura, hábito perverso como pocos, porque te absorbe, te esclaviza y te ata de tal forma, que de sus garras no puedes escapar. La lectura nos hace libres, cultos e informados y tiene la virtud de cambiar nuestro mundo y de confundir realidad con fantasía, a imagen y semejanza del inefable Alonso Quijano trocado en Don Quijote de la Mancha.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA SOLEDAD EN INVIERNO

Con la hermosa, imponente y nevada vista de Somosierra en la lejanía, casi rozándola con la mano, se alza mi pequeño pueblo centenario, adonde regreso de vez en cuando para echarle un vistazo a la casa que edificaron mis padres hace ya más de cincuenta años y que hoy se erige solitaria en invierno, como tantas otras, cuando sólo el intenso frío y las copiosas nevadas recorren sus ausentes calles, desangeladas, tristes y heladas pero que conservan su encanto rural, tranquilo, silencioso y que desatan en mí los recuerdos de los años de la infancia, del lugar donde nací y viví los primeros y más felices años de mi existencia.
Recorrer sus calles y callejuelas constituye un auténtico deleite para la vista y el espíritu siempre añorante. La memoria se desborda en recuerdos constantes de los lugares, los múltiples rincones, los espacios que me evocan tantas situaciones vividas, las casas de tanta gente que ya no está, que se han ido para siempre como mis queridos padres y tantos y tanta buena gente que recuerdo fielmente aún y que con profunda tristeza sé que jamás volveré a ver.
Paseo y me detengo en cada casa, en cada puerta que se hallan cerradas a cal y canto y atravieso sus gruesas y viejas paredes de piedra blanca y recorro sus estancias hoy lóbregas, frías y solitarias. Las recuerdo pese a los años transcurridos, por haberlas visto muchas veces en mi infancia. La casa de la Tía Julia y el tío Eufemio – utilizábamos ese tratamiento para todos los vecinos – a los que recuerdo siempre sonrientes, ella bajita, con el sempiterno vestido negro y pañuelo a la cabeza, él alto y desgarbado con un eterno sonreír. Siempre los saludaba, siempre entraba en su casa
De una sola planta, bajita, de gruesas paredes y pequeñas ventanas, con una pequeña entrada a modo de distribuidor. A la derecha la cocina, casi la habitación más grande de la casa, como en todas las casas antiguas, donde se pasaba la mayor parte del tiempo, sobre todo en invierno, con la lumbre baja que presidía la estancia. Un enorme arcón de madera donde se guardaban las hogazas de pan, una mesa con sus sillas y un armario. Al fondo la puerta de la escalera que llevaba a la cámbara o desván, a la izquierda la puerta del corral y a su derecha un saloncito y las alcobas. No se me olvidará jamás, como la casa de tantas otras gentes.
Mis recuerdos se detienen cuando paso por delante de una casa, que aún hoy sigue en ruinas, y que constituía para mí una obsesión invencible. Me paralizaba el miedo transitar por allí camino de la mía. Mi abuelo Pablo, me llevaba siempre. Me cogía de la mano y me iba hablando por el camino para darme ánimos. Tardé en superar aquellos miedos. No sé qué podía imaginar, qué pasaba por mi mente infantil, que fantasmas inventé que pudieran habitarla. Hoy sigo posando mi mirada en ella cuando a su lado paso y sonrío con nostalgia.
Siendo ya maestro de escuela, con poco más de veinte años me destinaron a mi querido pueblo, Duruelo – de Segovia, no de Soria, donde existe uno con el mismo nombre - Qué deliciosa ironía, volver a mi pueblo, a la misma escuelita, pero esta vez no de alumno sino de Maestro. Tenía ocho o diez niños con los que, en invierno nos sentábamos alrededor de la estufa y allí les daba las lecciones. Imborrables y hermosos recuerdos que me acompañarán siempre.
Mis padres ya no vivían allí, por lo que me alojé en casa de unos tíos míos, Fabiana y Virgilio a quienes recuerdo con verdadero cariño cuando paso por su casa, muy cerca de la mía. La tía Fabiana, delgada, nerviosa, siempre corriendo, el tío Virgilio, simpático, inteligente, irónico y mordaz, con una tremenda capacidad para recordar hechos y lugares de la historia de España, que me dejaban asombrado.
Nos sentábamos los dos en la llamada Casa de los Pobres. Era y es, una pequeña estancia con un horno de leña, donde antaño cocían el pan y hasta no hace mucho asaban el cordero asado en las fiestas del pueblo. Al amor de la lumbre baja nos sentábamos mi tío y yo. Liaba él su cigarro de Caldo y yo mi Ducados y nos tirábamos horas de charla atizando la lumbre de vez en cuando. Con él, aprendí más historia de España que en toda mi carrera de estudiante.
Tenía un gran poder de seducción. Cuando su padre y el mío, el tío Marcelo, Secretario de Ayuntamiento como aún reza una tarjetita metálica a la entrada de la casa, la distracción estaba asegurada. Así sucedía en las matanzas cuando nos reuníamos todos y empezaban los dos a contar historias de sus tiempos mozos. Unas eran ciertas, otras inventadas, pero todas nos hacían reír sin parar durante horas.
Es la hora de volver a la tumultuosa y ruidosa ciudad. La nostalgia me abruma. Visito antes el cementerio, pequeñito, adosado a la iglesia donde reposan mis queridísimos padres cuya ausencia tanto lamento. El tío Marcelo y la Tía María. Es de bien nacidos ser agradecidos me decía mi madre, la persona más buena del mundo y la madre más querida. Les doy un beso y me despido una vez más de ellos. Me consuela saber que los tengo cerca, en su querido pueblo, adonde pronto regresaré. Allí siempre me siento un poco más niño, aquel que nunca desearía haber dejado atrás.

jueves, 18 de noviembre de 2010

LA MISERIA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

En un mundo tan necesitado de de padrinos que brinden su ayuda a tanta desolación, tanta miseria y tanta desesperación, donde unos cuanto miles poseen y acaparan un patrimonio equivalente al de millones de seres humanos que sufren del abandono y la marginación al que les sometemos el resto de los seres que habitamos este patético planeta, leo con una mezcla de asombro e incredulidad, cómo se declara a bombo y platillo que los Castells catalanes, el Flamenco andaluz, el canto mallorquín de la Sibila y la Dieta Mediterránea, son declarados Patrimonio de la Humanidad.
Este hecho, supone que las citadas expresiones culturales, que supongo que así se las podrá denominar, gozan a partir de ahora de la protección a todos los niveles, de los privilegios oportunos y de todo tipo de ventajas y ayudas que semejante título les reporta por parte de la UNESCO y demás instituciones internacionales que son las encargadas de otorgar estas distinciones tan prestigiosas siempre, tan caprichosas unas veces y tan sorprendentes otras.
Quién no conoce una hermosa ermita centenaria a punto de derruirse, un delicioso palacete con siglos de historia en sus muros, una naturaleza que está pidiendo a gritos su protección antes de que sea devastada, y tantos ejemplos que podríamos citar de bienes tanto materiales como inmateriales que deberían ser declarados Patrimonio de la Humanidad, según los cánones y las reglas establecidas actuales y que sin embargo no gozan de esa protección.
Cualquiera de éstas últimas poseen más méritos que cualquiera de las cuatro que nos ocupan, pero aún así, los organismos internacionales deberían ocuparse y estar más pendientes del dolor y el sufrimiento que padece medio mundo y deberían, volviendo los ojos hacia ellos, declararlos Patrimonio Perpetuo y Preferente de la Humanidad, dedicándolos todos los esfuerzos, privilegios y consideraciones de las que no disponen.
Cito a continuación algunos de los criterios que se aplican para declarar un bien material ó inmaterial como Patrimonio de la Humanidad. Son sólo algunos y ninguno de ellos recoge el lado opuesto, donde el sufrimiento, el dolor, el hambre, la opresión, la sumisión y la humillación humanas se hallan presentes cada día.
• Representar una obra maestra del genio creativo humano.

• Aportar un testimonio excepcional de una tradición cultural o de una civilización existente o ya desaparecida.

• Contener fenómenos naturales superlativos o áreas de excepcional belleza natural e importancia estética.

• Ser uno de los ejemplos representativos de importantes etapas de la historia del planeta Tierra.

• Testimoniar un importante intercambio de valores humanos a lo largo de un período de tiempo o dentro de un área cultural del mundo.
Las miserias humanas son Patrimonio de la Humanidad desde siempre. Sin embargo, ateniéndonos a los criterios arriba expuestos, nunca podrán acogerse a los privilegios correspondientes ya que: No representan una obra creativa, sino más bien destructiva acorde con la maldad humana. No contiene ningún valor de excepcional belleza natural o estética. No suponen un ejemplo representativo de una importante etapa de la Tierra. No Testimonian intercambio alguno de ningún valor humano.
Por lo tanto, la miseria humana, no posee valor alguno digno de mención. No puede por lo tanto declararse Patrimonio de la Humanidad y sí, por ejemplo, la Dieta Mediterránea. Qué ironía, en lugar de tanta preocupación por protegerla para nuestro disfrute, podríamos primero distribuirla entre tantos hambrientos que la necesitan y que no preguntarían, ni falta que les hace, si está declarada o no como Patrimonio de la Humanidad.

lunes, 15 de noviembre de 2010

POR LOS CERROS DE ÚBEDA Y BAEZA

Entre un mar de olivos dispuestos sobre cerros ondulantes que lo llenan todo, que lo cubren hasta donde la vista alcanza, donde el horizonte se encuentra con la Sierra de Cazorla, se alzan dos joyas del Renacimiento. Baeza, chiquita como un dedal, que dijera D. Antonio Machado que allá estuvo y que conserva su aula donde impartió Francés, tal como la encontró él, hace cien años. Y Úbeda, la Salamanca de Andalucía, más grande y más extensa que Baeza, las dos hermosas, cálidas y acogedoras plenas de arte e historia.
Asentadas sobre sendos cerros, rodeadas, sitiadas y protegidas por un ejército de centenarios olivos, se erigen majestuosas a la par que sencillas, escondiendo en su centro toda la belleza y la hermosura de un casco histórico que nos traslada al siglo XVI, en una demostración de continua exhibición de arte y encanto que sobrecoge al viajero mientras recorre sus preciosas y cuidadas callejuelas que nos obligan a detenernos a cada paso que damos.
El Renacentismo brilla por doquier, con frecuentes apuntes del Románico, Gótico, Plateresco, Barroco y Neoclásico, que abruman al neófito y maravillan al docto en Arte. No hay apenas pausa ni descanso posible. Catedral, Iglesias, conventos, Palacios, casas señoriales, arcos, fuentes, plazas, murallas árabes, todo se sucede vertiginosamente y todo hay que verlo, saborearlo, deleitarse con su visión, con todos los sentidos, con toda el alma.
Son dos preciosas islas en medio de una Andalucía a veces incomprendida, pero que atesora tanta historia, tanta belleza, tanto amor por el arte. Y así, el viajero puede llegar a perder la noción del tiempo y se detiene alguna vez a pensar dónde se encuentra, cómo ha llegado hasta ese oasis de esplendor rodeado de olivos.
Ambas ciudades, son Patrimonio de la Humanidad por méritos propios. Baeza, pequeña, e inmensamente acogedora, ordenada alrededor de la Plaza de España, porticada, luminosa, amplia, en torno a la cual se orquesta el casco histórico, presidido por su catedral, erigida sobre una antigua mezquita, con trazos románicos, góticos y profundos aires renacentistas.
Apenas nos giremos, y a pocos metros de allí, nos veremos inmersos en un mar de belleza, presidido por el Palacio de Jabalquinto, regalo de su propietario a su amada, con una increíblemente hermosa fachada, maravilla del Gótico Isabelino, que alberga un patio renacentista, luminoso, de proporciones perfectas alrededor del cual brilla con esplendor un espléndido claustro que conforma un conjunto de espléndido y radiante encanto.
Muy cerca se halla la antigua Universidad, donde ya en el siglo XVI se estudiaban humanidades. El patio de planta cuadrada está rodeado del claustro, a través del cual se accede a diversas salas, de las cuales el viajero debe visitar sin demora alguna dos de ellas: el aula donde Machado impartió gramática francesa desde 1912 hasta 1919 y el bellísimo Paraninfo maravillosamente conservado.
La emoción nos embarga cuando entramos en el aula donde D. Antonio impartió francés a los discípulos que tuvieron el honor de escucharle. Pequeñita, acogedora, preciosa en todos sus detalles, está presidida por la mesa que el viajero no puede evitar tocar con sus manos, como si con ello hubiera rozado las del Poeta. Dos filas de pupitres, donde parece que aún los alumnos escuchan con emocionado respeto al admirado profesor, parecen, como la mesa del Maestro, conservados como hace cien años. Diversos documentos de la época, recogen datos de entonces, como por ejemplo, la hoja de servicios del ilustre Profesor.
El Ayuntamiento, con una primorosa fachada, obra de arte del Plateresco, el Palacio del los Salcedo, la Plaza del Pópulo, la iglesia del Salvador, el convento de la Encarnación, la Puerta de Úbeda, el antiguo hospital de la Concepción, y tantos y tantos monumentos más que podríamos citar y que no cabrían en estas limitadas líneas.
Se desplaza el viajero a Úbeda, visible desde Baeza y es que ambas se miran y se contemplan erguidas en su cerro de olivares, escondiendo a simple vista y desde la lejanía los tesoros que esconden en su interior. La capilla del Salvador, obra, de Andrés de Vandelvira, autor de gran parte de los tesoros arquitectónicos de estas dos ciudades, impresiona por la belleza de su fachada principal. En su interior, un espléndido retablo, obra de Alonso de Berruguete y una impresionante reja de hierro forjado del siglo XVI, que separa el altar mayor de la nave principal de la iglesia.
La plaza donde se encuentra esta hermosa capilla, es una de las más impresionantes que puedan verse en este País. A Su lado, el parador, antiguo palacio renacentista de fachada e interior primorosos que deslumbran al viajero. Frente al parador, el palacio de las Cadenas con la estatua de Andrés de Vandelvira y a su lado, la Iglesia de Santa María de los Reales Alcázares y el Hospital de los Honrados Viejos del Salvador. Todo en esta plaza, denominada Vázquez de Molina, que deja al viajero exhausto de admiración.
Pero Úbeda es más, mucho más. Hay que recorrer sus numerosas calles y callejuelas, donde se alternan casas modernas con palacios, palacetes, iglesias, conventos y más mucho más: el hospital de Santiago, la iglesia de San Pablo, el antiguo Ayuntamiento, la Sinagoga del Agua, la Casa de las Torres, el palacio de Vela de los Cobos, y tantos otros, que invitan al viajero a prolongar su estancia para poder verlo todo, para no perderse nada, lo cual es tarea harto ardua, pero que merece la pena ya que se considerará un tiempo invertido en la continua contemplación de la belleza.
Abandonamos Úbeda y Baeza con la sensación de habernos trasladado al siglo XVI, que tantas maravillas legó a la humanidad. Agradecidos a estas dos ciudades y a la sin par Andalucía que las acoge, retornamos a nuestro lugar de origen. El viajero, recorre el camino de vuelta a través de los mismos cerros de olivos que contempló al llegar, embriagándose con la inconfundible fragancia que despiden las numerosas almazaras que salpican el camino. Volveremos, se compromete el viajero, a disfrutar de la magia y el encanto que desprenden estas dos hermosas ciudades.

jueves, 11 de noviembre de 2010

MI FERRARI EN EL GARAJE

No lo puedo evitar. Confieso que vivo gran parte del año pendiente de las carreras de F1, que despiertan en mí una pasión desenfrenada, nunca mejor dicho, y más este año, que Alonso se juega el campeonato del mundo, su tercera corona, en la última carrera, donde yo, como tantos miles de aficionados como en este País existen – me refiero también a las motos – estaremos pendientes frente al televisor, con los nervios a flor de piel esperando disfrutar del gran premio, y cómo no, de la victoria de nuestro piloto más representativo.
La velocidad es una auténtica droga que colma de satisfacción a quienes tienen la suerte de poder vivirla en un circuito o allí donde se puedan exceder los límites de velocidad tan restrictivos como tenemos aquí. Confieso que he gozado enormemente cuando en tiempos pasados no existían estos límites y/o los radares eran ciencia ficción, volando bajo a una inconfesable velocidad que comparada con la que ahora me muevo, me hacen experimentar un sentimiento de nostalgia irreprimible.
Y es que los límites actuales, en determinados tramos de las modernas autopistas y autovías que afortunadamente tenemos, están obsoletos y así lo demuestran muchos estudios llevados a cabo por especialistas del motor, que han concluido que en esas autovías, circular a los límites actuales es absurdo, ya que la seguridad en absoluto está comprometida y demostrado está que es en las carreteras de segundo orden donde tienen lugar la mayoría de los accidentes, y es ahí, donde cobran todo su sentido los límites actuales de velocidad, al tiempo que deberían mejorarse tantos y tantos puntos negros donde reiteradamente tienen lugar numerosos percances que podrían evitarse.
Pero circular a ciento veinte km/hora, en autopistas de primer orden, con un trazado perfecto de grandes rectas y curvas de amplísimo ángulo, es, como mínimo, ridículo, y más si tenemos en cuenta los sistemas de seguridad cada vez más numerosos y efectivos con que los automóviles modernos vienen dotados.
El anacronismo y la incoherencia entre los modernos automóviles, con potencias cada vez más elevadas, así como la velocidad que pueden alcanzar por pequeños que sean, con los límites actuales de velocidad en nuestras carreteras, es de un despropósito tal, que debería obligarnos, como mínimo, a reflexionar sobre el asunto.
Claro está que la voracidad recaudadora de Tráfico es cada vez mayor, por lo que la situación actual favorece unos enormes ingresos por parte de este organismo estatal, que, ahora sobre todo, le viene que ni pintado para sanear las arcas, que tan vacías están, según nos dicen, y que los radares que aparecen por doquier se encargan de llenar.
Puede deducirse al leer estas líneas, que, de una forma ligera e irresponsable, pretendo favorecer un incremento, por las buenas y sin más, de la velocidad en el tráfico en general. No es cierto. Si nos informamos detenidamente de los accidentes que tienen lugar en nuestro País, concluiremos, reiterando lo ya expuesto, que la mayoría de ellos no tienen lugar en las modernas autovías y autopistas, sino en carreteras nacionales, comarcales y locales, donde sí cobran sentido los topes actuales establecidos.
En Alemania, existen numerosas autopistas sin límite alguno de velocidad. Pues bien, el porcentaje de accidentes en ellas es mínimo y en este País, tenemos ya autopistas que pueden competir con aquellas. Recuerdo un viaje hace años a Astorga, desde Madrid, para ver la exposición de Las Edades del Hombre que entonces se celebraban allí.
Este viaje supuso la última ocasión de disfrutar de verdad de la velocidad – que no voy a citar aquí, porque las garras de Tráfico son muy largas - en un buen coche, a las siete de la mañana, sin tráfico apenas –por supuesto sin radares - y por una autopista hoy en día superada ya por las actuales de concepción más modernas. Fue un viaje perfecto, de pleno disfrute y sin percepción alguna de peligro ni para mí ni para los vehículos que apenas circulaban por la autopista.
Ahora, circulo a ciento veinte en un coche que casi puede doblar esa velocidad, mientras recuerdo con nostalgia aquellos tiempos. Me queda al menos la visión de Alonso, Valentino, Lorenzo, Pedrosa y compañía que cada quince días – pena que ya se acaba – nos deleitan con sus embriagadoras exhibiciones.
Al paso que vamos, cualquier día los pilotos se van a encontrar con radares en los circuitos. No me negarán que tendría su gracia.