lunes, 25 de abril de 2011

EL HASTÍO

Es este un término, como tantos otros hoy en día, en continua desaparición, hasta el punto de que parece que ya no suena, que no existe, que ha pasado a mejor vida y perdido su sentido, su significado y su significante, dando lugar y paso a otros nuevos que por razones tecnológicas, globalizantes, y modernistas, surgen con frecuencia pasando a formar parte de la vida diaria de una manera tan sutil, que a duras penas somos conscientes de ello.
No poseen no obstante esas nuevas palabras, la belleza, la sonoridad y, por supuesto, la historia de la mayoría de las que desaparecen y que nos han acompañado a lo largo de toda nuestra vida, afectando con ello a una lengua inmensamente rica en expresiones, significados y matices como es la nuestra, tan maltratada a todos los niveles, incluido aquel que la utiliza a diario en los medios de comunicación, donde se cometen atropellos continuos, así como en la calle y en las redes sociales, donde se ve cada día más acorralada y reducida a la expresión mínima, casi telegráfica con el objeto de lograr la máxima comunicación con el mínimo mensaje.
El hastío con sus correspondientes sinónimos, léase tedio, apatía, indiferencia, desinterés, desgana, fastidio, aburrimiento y otros que podríamos citar, no ha dejado, no obstante, de conservar su sentido, su significado más tajante y contundente, que junto con su sonoro y radical timbre, compone la definición más completa y aplastante necesaria para ilustrar ciertas situaciones que necesitan de una palabra así, para describir un estado de ánimo determinado.
Hastío ante una situación social y económica deteriorada, provocada por elementos extraños a nosotros, a los individuos de a pie, cuyas consecuencias arrostramos de una manera perversa, como una pesada carga que nos han echado a las espaldas, sin comerlo ni beberlo, sin haber participado de su inicio ni de su desarrollo y sin saber ni cuándo, ni cuál será su final, si es que lo hubiere.
Hastío ante una clase política inepta, bárbara y primitiva, que no se dedica a cantar ni a contar sus menesteres, en lo que atañe a su casa, a narrar sus venturas y sus miserias, sino a destrozar al adversario, a despotricar contra el opositor, al aquel, y tú más, al que tan acostumbrados nos tienen, así como a las corruptelas, al nepotismo y al abuso de autoridad que con tanta soberbia despliegan por doquier.
Hastío ante los poderes económicos, auténticos tiranos de la modernidad, que con sus sutiles armas de guante blanco, atracan, asaltan y saquean diariamente a multitudes en cada operación, en cada transacción, en cada una de las acciones que despliegan cuando de manejar las cuentas de los incautos clientes se trata, cual usureros voraces del siglo veintiuno.
Hastío ante un País, que sigue arrastrando rémoras pesadas como losas provenientes de siglos y que somos incapaces de dejar atrás. Continuamos manteniendo costumbres bárbaras, anacrónicas y profundamente incompatibles con la cultura que se manifiestan en la denominada fiesta nacional y otras afines.
Hastío por la permisividad que este gobierno – y no digamos el que se avecina – tiene para con la soberbia, engreída y altiva iglesia católica, que con su posición de privilegio, absolutamente injustificado, abusa de su condición – cuando los practicantes no llegan ni al 25% - en un País, que según su constitución se declara aconfesional.
Hastío ante el hecho de que seguimos siendo un país donde la educación y el respeto, así como la cultura en general y no digamos la formación académica de nuestros jóvenes, nos lleva a situarnos en los últimos lugares de Europa, lo cual resulta vergonzante para una nación que se precia, según sus gobernantes, de ocupar la décima potencia industrial del mundo, pero que de hecho es ninguneada continuamente por las potencias occidentales.
Hastío ante los poderes públicos en general, que han logrado que los ciudadanos se alejen cada vez más de ellos y se pregunten dónde quedó el tan cacareado Estado Social y de Derecho.

viernes, 15 de abril de 2011

CONTRA LA DESESPERANZA

Se define la esperanza como el estado de ánimo que nos presenta como posible lo que deseamos. Claro está que para que exista, para que pueda darse, para que pueda sustanciarse y tomar carta de naturaleza, es necesario que se cumpla ese deseo, esa acción que nos lleva a querer conseguir algo, a lograr unas metas, unos objetivos que hagan factible y deseable esa cualidad tan humana y vital como es la esperanza.
Sin ella, la vida pierde sentido, se convierte en una actividad inercial y vegetativa que reduce al ser humano a la pasividad, a la indolencia, a la desidia. Millones de seres humanos viven hoy en día en esa situación, por causas ajenas a ellas, debido a la indiferencia y el abandono del resto del mundo que ha decidido ya hace tiempo que no hay remedio a la situación de miseria de esos mil millones que viven en la indigencia más absoluta.
En ese mundo no hay lugar para la esperanza, no cabe ni la ilusión ni el optimismo ni mucho menos la perspectiva de una vida mejor. Sobrevivir, resistir, es el objetivo diario, no existe el futuro ni la ambición ni el deseo de una vida soportable. No es indiferencia ni desapego ni indolencia, es sufrimiento y miseria.
Pero aquí, en el lujurioso mundo opulento y voraz consumista en el que vivimos y del que tanto nos quejamos – también hay motivos para ello – sí reina la indiferencia, la apatía y el pasotismo culpables por parte de todos a la hora de remediar la situación de ese mundo olvidado y relegado. No tenemos disculpas, no podemos rehuir una responsabilidad que nos corresponde por solidaridad, por humanidad, por nuestra condición de seres humanos.
Decíamos que también aquí sobran motivos para levantar la voz y la palabra en un contexto radicalmente distinto a aquel, pero donde el desinterés, el desdén y la displicencia cada día más rotunda por parte de todos pero sobre todo de los jóvenes, está consiguiendo que los poderes fácticos de siempre, fundamentalmente los económicos, estén imponiendo una dictadura financiera salvaje, donde los grandes bancos y multinacionales campan a sus anchas sin límite ni control alguno.
Mientras escribo estas líneas, escucho en la radio que Telefónica, que el año pasado obtuvo unos beneficios de once mil millones de euros y este año “sólo” siete mil millones de euros, plantea despedir a un veinte por ciento de la plantilla, y todo porque no se han alcanzado las expectativas propuestas, es decir, no han ganado todo lo que deseaban para así poder justificar los sueldos escandalosamente millonarios que pagan a sus mil doscientos altos cargos.
Su desfachatez es tal, que al mismo tiempo que anuncian un recorte de plantilla, anuncian unos bonos para los susodichos altos cargos de quinientos millones de euros, para que se los repartan, eso sí siempre y cuando alcancen los objetivos propuestos, objetivos que cada trabajador de este País alcanza con creces cada día, y que no por ello son recompensados con esas cifras multimillonarias con las que estas grandes empresas, bancos, financieras y otras entidades supranacionales premian a sus privilegiados directivos.
Pero no solamente cabe levantar la voz contra estas injusticias. Ahí tenemos otras como las dictaduras que subsisten por doquier, con el indignante trato al que se somete a las mujeres en muchos países debido al integrismo y fanatismo religioso, con la humillante situación de una Palestina oprimida y sometida por Israel, con los hechos habidos en Irak, con el abandono de tantos y tantos países Africanos, los cuales, además de la miseria que soportan, se encuentran bajo la dictura del tirano de turno.
Acabo de leer – apenas bastan cuarenta y cinco minutos para ello – el libro de Stéphane Hessel que titula “Indignaos” y que debería ser de lectura obligatoria para todos los jóvenes sobre todo, para lo que invito al autor a subirlo a Internet para que así lo puedan descargar y propagar a través de las Redes Sociales.
Es este libro un alegato contra la indiferencia, la desidia y el pasotismo reinante hoy en día, cuando tantos motivos quedan aún para protestar, para levantar la voz, para decir basta. Invita, fundamentalmente a los jóvenes a la protesta y a la insurrección pacífica, en un mundo donde todavía queda mucho por hacer a la hora de dejar patente las injusticias e incongruencias de un mundo donde los poderes de siempre, de una forma sutil y sin estridencias, de guante blanco, campan por sus respetos mientras un veinte por ciento de la población española se encuentra desempleada.
Afirma el autor - que con noventa y tres años y una trayectoria vital intachable merece todos mis respetos - que la peor de las actitudes es la indiferencia y que sobran razones para levantar la voz de forma pacífica para decir no, para gritar basta, para, en definitiva, darle alas a la esperanza.

viernes, 8 de abril de 2011

INSTALADOS EN LA MEDIOCRIDAD

De todos es sabido que las encuestas académicas realizadas en nuestro País, no son en absoluto alentadoras si las comparamos con el resto de Europa. Tanto a nivel de conocimientos como de fracaso y abandono escolar los datos arrojan unos resultados que sonrojan a cualquiera. Nos encontramos por debajo de países con un peso específico muy por debajo de España, en los últimos lugares, a la cola del pelotón.
Llevamos así mucho tiempo, demasiados años sin que nadie tome la rienda del tema y asuma los riesgos que comportaría un golpe de timón, un cambio radical, un giro en las estructuras educativas y sociales relacionadas con la educación obligatoria, fundamentalmente, que supusieran un cambio que se hace cada vez más necesario y que no puede demorarse más.
La situación es insostenible en los centros escolares, donde el profesor tiene que hacer frente a un grupo de alumnos de lo más variopinto, de diversas procedencias debido a la inmigración reinante, con todos los problemas que esto supone al encontrarse con obstáculos difíciles de salvar como el idioma, las costumbres, el nivel de conocimientos, y otros de diversa índole que impiden que la labor del profesor pueda llevarse a cabo con éxito.
Si a todo lo expuesto unimos los problemas derivados de la falta de disciplina, el poco respeto que muestran los alumnos hacia la figura del profesor, la ausencia de interés por aprender, la poca colaboración de los padres y la retirada de la autoridad a los docentes, que pese a todos los esfuerzos habidos en este sentido, constituye una ominosa lacra que no debería permitirse, el panorama entonces, es definitiva y tristemente desolador.
Profesores y alumnos soportan un sistema que no funciona, en el que los docentes se sienten permanentemente frustrados, limitados en su papel de director absoluto de su clase, sin interferencias externas – ni internas, que también las hay – donde se siente utilizado por una sociedad que ni siquiera reconoce su labor como debiera, y que no tiene poder para cambiar nada, tendiendo de esta forma al conformismo, por pura inercia, por insatisfacción, por hartazgo, pese a sus buenos deseos.
Los alumnos por su parte, son víctimas también de este absurdo que ya dura demasiado, en unas aulas donde el progreso lento ya de por sí, se ve ralentizado más aún por los problemas de la tan cacareada integración, que encuentra demasiados problemas a su difícil encauzamiento debido a dificultades de diversa índole que ya hemos citado.
Resulta pues demoledor para todos, alumnos y profesores, la continuación de una situación a la que no se ve pronta solución. Resulta descorazonador pensar que unos y otros, en condiciones normales se verían beneficiados al sentir que su labor se ve materializada y reconocida, en el caso de los profesores, y al experimentar como progresan en sus conocimientos, en el caso de los alumnos.
Recientemente, la inefable Esperanza, presidente de la Comunidad de Madrid, ha sacado a la luz, de una forma rotunda y rompedora como ella acostumbra, la creación de un Bachillerato de Excelencia. Podrán acceder a dicho Bachillerato los alumnos que hayan obtenido más de un ocho de nota media en la Educación Secundaria Obligatoria. Estudiarán en un centro exclusivo, con contenidos avanzados, con profesores especializados y con los mejores medios y materiales a su alcance.
Se pueden imaginar la que se ha armado. La izquierda, se le ha lanzado al cuello con toda su fuerza, alegando lo que ya cabía esperar, es decir, el alegato de que esto supone una intolerable discriminación, que de ninguna manera puede aceptarse. No digamos la izquierda extrema, - en esa zona habitan cada vez más los snob de toda la vida - que ha puesto el grito en el cielo montando en cólera ante semejante desatino.
Pues muy bien. Al principio, y como se trataba de Esperanza, que no es santa de mi devoción así como el resto de su acompañamiento, pues oiga, rechazo inicial al asunto. Después lo racionalicé, lo analicé, lo dejé reposar un tiempo – he sido profesor durante casi toda mi vida – y al final concluí, que, aunque me pese, no anda descaminada del todo doña Esperanza.
Es muy triste, pero es así. Alumnos con una alta capacidad, se ven relegados al aburrimiento, al desánimo y a la desesperación al comprobar que los contenidos que se desarrollan en la clase están muy por debajo de sus capacidades. Los asimilan de inmediato y el resto del tiempo entran en una fase de espera que les lleva a la postración y al desaliento más absolutos. No tiene sentido que estos alumnos se encuentren ahí donde van a desperdiciar unas potencialidades que irremisiblemente se van a perder.
Los agoreros lo tienen claro: Todos igualados en la mediocridad.

viernes, 1 de abril de 2011

PEQUEÑO CORAZÓN DE LEÓN

No lo esperábamos, nadie en su entorno lo esperaba, nadie pensó que pudiera suceder tan pronto, pero se nos ha ido el pequeño León y lo ha hecho sin avisar apenas, allá donde nadie sabe, dónde le bastará un pequeño y sutil espacio para descansar. Era un componente más de la familia con la que convivía cada día, cada hora, hasta que una mañana, sin molestar a nadie, sin hacer ruido, casi de incógnito, tal como él solía mostrarse a veces, recogido en una esquina del sofá, o sobre un mullido cojín, decidió dejarnos para siempre dejando un profundo vacío.
Y ahora su ausencia se hace presente en cada rincón de la casa, en cada habitación, en cada uno de sus lugares favoritos donde solía descansar su delicado cuerpecito, en el corazón de aquellos con quienes compartió tantos y tan felices momentos. No se verán más, no nos gruñirá más el pequeño León, que por algo se llamaba así, en los momentos en que enseñaba sus sutiles dientecillos, cuando de defender a su gente se trataba si consideraba que alguien podía importunarlos.
No le gustaban las visitas numerosas, los bullicios, las reuniones de amigos y familiares que le hacían perder protagonismo, que le mantenían en un segundo y discreto plano. Solía observarnos a los que allí estábamos con sus ojillos a mitad de camino entre tristes y tiernos, haciéndose ver sólo de vez en cuando al cruzar el salón con su habitual parsimonia, sus movimientos lentos, su trotecillo armonioso haciendo bailar su delicado y frágil cuerpecillo de un lado a otro, casi como un suspiro, como un soplo tierno y delicado de color marrón.
Se le veía algo cansado, y es que padecía desde hace tiempo del corazón. Un soplo, decía el veterinario. Pero cómo es posible que un órgano tan diminuto pudiera albergar semejante dolencia, si su tamaño no superaba al de una almendra. En cualquier caso fue demasiado para él, no pudo superarlo, pese a que últimamente, tal como le habían recomendado, sus paseos se habían reducido, debía descansar, se fatigaba, parecía a veces un ancianito prematuro, pero él se sentía aún joven, porque lo era, porque deseaba que lo vieran así, porque era coqueto y presumido.
Fiel a su papel de protagonista, de personaje principal, aunque pretendiera disimularlo, se nos dio a conocer de una forma original, muy a su estilo. Eran los tiempos heroicos de Internet, cuando apenas existían los lentos y frágiles modem, cuando a través de una milagrosa videoconferencia, sujeta con pinzas, apareció de improviso en el monitor. La pantalla se llenó entonces y en un primerísimo plano con unos ojos saltones insertos en una cabecita de color marrón.
Una aciaga mañana se encontraron a León exhausto, respiraba con dificultad y sus tiernos ojillos denotaban el sufrimiento por el que estaba pasando. Le dieron masaje en su pequeño corazón y le aplicaron los primeros auxilios. Consiguieron reanimarlo y con el corazón en un puño lo llevaron al veterinario. Nada se pudo hacer. Apenas pudieron estar con él un rato más. Se quedó allí sólo, inerte y desamparado. El pequeño corazón de León se había parado. Hasta siempre, querido León.

lunes, 28 de marzo de 2011

PARA QUÉ SIRVE UN REY

Desde tiempos inmemoriales, la figura del Rey, se nos ha presentado como una persona lejana, ajena, desconocida, casi mítica, presente en los libros de texto, en las aulas, en los despachos oficiales, como un personaje omnipresente y necesario, como si debiera figurar en nuestras vidas con una presencia constante y siempre cierta, con reminiscencias de un pasado ya muy lejano, de siglos, y a la que se nos pide un especial respeto, casi veneración, nunca explicado aquél ni justificado éste.
Y así, todos los años, en la escuela, a los niños además de las socorridas redacciones sobre las estaciones del año y otras varias, se les sigue planteando desde hace muchos años el mismo tema de siempre: qué es para ti un rey. Tema que hoy en día, sobrepasando las fronteras de la escuela, se ha elevado al rango de concurso nacional, ya no sé si infantil exclusivamente o si llega incluso a las sufridas mentes adolescentes - cosa que me permito dudar, pues considero que pasan ampliamente de semejante asunto – en ruda y desleal competencia con el resto de los certámenes que pueblan con habitual frecuencia el territorio nacional.
No deja de ser curioso el título – que no coincide con el que encabeza este escrito – y que considero sería más lógico, sino que cada candoroso, pueril, cándido e ingenuo autor, debe hacerse la susodicha pregunta como si de un objeto a su alcance se tratara, y esforzarse en encontrar respuestas a tan singular pregunta, tratando de mostrarse halagüeños/as, asesorados, supongo, por el clan familiar, que dependiendo de las simpatías que en ella despierte, quedará más o menos edulcorada.
No deja de suponer una alienación de esas mentes – me dicen que llevan cabo esa redacción niños a partir de seis años – el hecho de someterles a esta dura prueba, lo cual resulta inconcebible en un País occidental como el nuestro con una democracia formal plenamente establecida, pero con rémoras aún tan enraizadas como esta institución o la inefable iglesia católica, que continúan con unos privilegios que no les corresponden.
Estos ejemplos no contribuyen en absoluto a fomentar en la escuela y en los escolares una capacidad crítica y una estricta observancia de inculcar la capacidad de discriminar tan necesaria a la hora de fomentar la existencia de seres libres capaces de pensar sin sentirse cohibidos, reprimidos, coartados o limitados por no analizar detenida y libremente una información a la que se ven expuestos con una frecuencia cada vez mayor, más densa y no siempre bienintencionada cargada en ocasiones de oscuros intereses que deforman la información con inconfesables fines.
Bastante anacrónica resulta la permanencia de una institución como la que nos ocupa, que no responde a ninguna necesidad de un estado moderno para el que supone además una importante carga económica que soportamos todos los ciudadanos, cuyo alcance desconocemos, ya que las cuentas de la casa real no se hacen públicas, pero que imaginamos enormes, sobre todo si consideramos lo amplia y numerosa que es, hasta el punto de empezar a incorporar a su elenco a princesas provenientes del pueblo llano y trabajador, léase deportistas y periodistas, perteneciendo a éste último gremio la más reciente adquisición, que incluso se transformará con el tiempo, y de la noche a la mañana, en nada menos que Reina de las Españas.
Y tanto ha aprendido y lo ha hecho tan rápido que se muestra irreconocible, no sólo físicamente – parece que su única preocupación es la transformación continua y permanente de su cara – sino de su carácter, altivo, soberbio y arrogante que le hace mirar por encima del hombro a todo el mundo – incluidos sus antiguos compañeros de redacción – y que a este paso, a base de su impopularidad creciente, ella sola va a acabar con la monarquía.
Dejen por lo tanto en paz a los niños. No les sometan al martirio anual de esa redacción absurda y alienante que condiciona sus mentes y que posee el mismo interés que divagar sobre el sexo de los ángeles. Háblenles de Lorca, de Miguel Hernández, de Machado: y todo un coro infantil / va cantando la lección / mil veces ciento cien mil / mil veces mil un millón.

miércoles, 16 de marzo de 2011

EL INFIERNO NUCLEAR

Estamos jugando con fuego, con la aterradora capacidad energética que posee el átomo en sus entrañas cuando lo alteramos, cuando jugamos con él, llegando adonde quizás jamás debiéramos haberlo hecho, porque las terroríficas consecuencias de la sobrecogedora energía que desprende su manipulación, quedan fuera de nuestro control, fuera del alcance de una tecnología que pretende imitar a las estrellas donde las reacciones nucleares que en ellas tienen lugar están perfectamente controladas y destinadas a crear y mantener la vida en un planeta como el nuestro, donde nos empeñamos en manejar la naturaleza a nuestro antojo, sin tener los conocimientos necesarios ni la fuerza moral suficiente, ni la humildad mínima exigible a una humanidad que le ha perdido el respeto.
Y de vez en cuando nos lo recuerda, nos envía señales de su sobrecogedor poder y pasa por encima de nosotros trágicamente, causando unos tremendos destrozos ante los cuales el hombre nada puede hacer ya que su capacidad de defensa ante ella es inexistente, incapaz e inútil pese a toda la tecnología y la estúpida soberbia que despliega ante las fuerzas de la naturaleza que estaba aquí antes que nosotros, que nos proporciona su cobijo, nuestro sustento y su belleza.
Sobrecogen las escenas de Japón, donde una central con seis reactores nucleares arden en llamas mientras los pocos ingenieros que quedaban deben abandonarla para huir de la pavorosa radiación contra la que nada pueden hacer. Abandonada a su suerte, tratan de refrigerarla desde lejos, con helicópteros, como si se tratase de un aterrador ente llegado de otros mundos, contaminado e incontrolado del que, atemorizados, deben alejarse.
Espeluznante las imágenes de una pequeña zona creada por los hombres, de la que ahora la población debe alejarse decenas de kilómetros para evitar la contaminación nuclear, recordándonos a Chernobil, lugar desértico e inhóspito ahora y para siempre a causa de la explosión del monstruo nuclear que causó y sigue causando la muerte y la enfermedad entre la población que ya nunca jamás podrá volver, ya que la radiación permanece miles de años.
Nos habían hecho creer que esta energía era limpia, que no contaminaba, que nos permitiría cumplir con los acuerdos internacionales de rebaja y disminución de emisiones contaminantes y, de improviso, a causa de un terremoto, siempre imprevisible en un Planeta Tierra vivo y en constante cambio, nos hablan de pánico nuclear, de apocalipsis nuclear, de infierno nuclear.
Viajando por este País nuestro, contemplamos cada vez con más frecuencia los modernos molinos de viento emulando a aquellos que Sancho Panza describió a D. Quijote como tales molinos y no como gigantes contra los que desatar su justa cólera en fiera y desigual batalla. No poseen brazos de casi dos leguas como creía ver nuestro héroe Cervantino, pero están dotados de una fuerza descomunal como lo estarían aquellos, no para luchar, sino para generar una energía limpia al exponer sus brazos al viento, y recibir del dios Eolo el impulso generoso necesario para producir electricidad de una forma limpia y no contaminante.
Nos encontramos en un país con una envidiable capacidad para generar energía procedente de dos fuentes limpias e inagotables: el viento y el Sol. Deben por lo tanto sobrar razones para explotar éstas y no la energía nuclear.
No podemos esperar al siguiente sobresalto. Las consecuencias de un desastre atómico no conocen límites ni fronteras, y un accidente en cualquier lugar del planeta puede trasladarse y tener repercusiones en el resto del mismo. El futuro debe estar en las energías limpias que nos brinda la naturaleza sin necesidad de manipularla.

miércoles, 9 de marzo de 2011

LA HISTORIA POR ESCRIBIR

Habitamos un planeta con cinco mil millones de años a sus curvadas espaldas, un planeta vivo, en eterno cambio, que ha sufrido continuas modificaciones en su rugosa y arqueada piel, que ha visto cómo lenta e inexorablemente el tiempo cambiaba su faz una y otra vez, permanentemente, con hundimientos y levantamientos, con avances y retrocesos de las aguas, con ardientes y violentas manifestaciones procedentes de su interior que lo han ido modelando a lo largo de los miles de millones de años de su existencia, hasta dejarlo en el estado en que hoy lo podemos ver quienes lo habitamos desde hace cincuenta mil años, los humanos, aunque nuestros más primitivos ancestros, se remonten más allá del millón y medio de años.
Aunque desde hace cuarenta mil años tenemos noticias de las huellas que dejaron a través de las pinturas rupestres y diversos objetos de caza y pesca, fue hace aproximadamente ocho mil años a.c., momento en que los glaciares se retiran de Europa, cuando comienza la civilización en sentido estricto, con los primeros asentamientos estables humanos y la aparición de la agricultura en China y el inicio de los regadíos en Mesopotamia, y por fin, la aparición de las primeras ciudades que dieron comienzo a las grandes civilizaciones, que con el curso de los milenios conducen al hombre al actual siglo XXI.
Corta historia la del ser humano en comparación con los tiempos geológicos del planeta que habita. No obstante pronto se sintió dueño y señor del mismo al que ha maltratado de todas las formas imaginables, sin respeto alguno, sin la menor de las consideraciones, campando a sus anchas, explotando sus recursos y degradando su medio ambiente hasta que se dio cuenta, a su pesar, que todo esto se volvía contra él y comprometía su futuro en el mismo.
Y ahí nos encontramos, diez mil años después del comienzo de todo, habiendo pasado todo tipo de vicisitudes a lo largo de una historia turbulenta plena de épocas heroicas que han dignificado y dado sentido a la estancia del ser humano sobre el Planeta y de otras muchas, las más, que lo han hecho merecedor de la más baja de las consideraciones, muy por debajo de su condición de ser racional, al convertirse en depredador de sí mismo, violento, cruel y despiadado con sus semejantes, con el resto de los animales y con el medio natural, que estaban aquí antes que él y que le dieron alimento y alojo para su subsistencia.
En muy poco tiempo, apenas una fracción mínima de su estancia total, desde que comenzó la era industrial y la aparición de las máquinas que transformarían el trabajo manual y artesanal en una producción a gran escala, en apenas cien años, ha logrado dejar irreconocible un hermoso planeta del que no puede escapar pese a los sueños infantiles de quienes creen poder emigrar en el futuro a otros astros próximos, inhabitables y agresivos por otra parte, para la vida humana.
Si en tan poco período de tiempo hemos logrado esta dudosa hazaña, cabe preguntarse qué nos esperará en los próximos mil años. El problema energético es fundamental, ya que dependemos casi en exclusiva de los combustibles fósiles, altamente contaminantes y extinguibles en el tiempo, así como de una energía nuclear, aún inestable e insegura, que auguran un futuro como mínimo incierto, salvo que descubramos nuevas fuentes de energía limpias que nos salven del desastre.
Deberemos limpiar cuanto antes el aire que respiramos, los ríos, los mares y una naturaleza agredida a todos los niveles imaginables, así como limitar el consumos desmedido y eliminar las tremendas desigualdades sociales que cada día crean más tensiones en un mundo enloquecido, donde la mitad de la población sufre del hambre, la miseria y el abandono a causa de la otra mitad que se empeña en mirar hacia otro lado.
Quizás hemos dejado pasar demasiado tiempo para poder remediar tanto destrozo. Quizás estemos aún a tiempo. De lo que no cabe duda es de que aquel ser humano que comenzó a andar erguido hace un millón de años y que con el tiempo se mostró cruel y violento consigo mismo y con el resto de de los seres vivos y el medio en el que vive, también fue capaz de levantar una majestuosa catedral, escribir un bello poema o llevar a cabo una hermosa y heroica acción solidaria. Siempre nos quedará la esperanza y la fe en las bondades del ser humano.

miércoles, 2 de marzo de 2011

CON VELAS Y A LO LOCO

Mientras que cualquier automóvil recién salido de fábrica es capaz de sobrepasar ampliamente los ciento ochenta kilómetros por hora y la potencia disponible en una importante mayoría de los mismos ronda los doscientos caballos y bastante más allá aún que los disparan a doscientos cincuenta kilómetros por hora, alguien, no sabemos quién, ni cuando, ni cómo recibió la inspiración divina o humana, y hallándose bien en brazos de Morfeo o bien en los de Baco, decidió que a partir de ya, de inmediato, sin darle tiempo a la opinión pública a que pudiera analizar y debatir, se reduciría la velocidad en autopista a 110 Km/hora.
Así las cosas, una mañana de éstas, amanecerán miles de señales de tráfico con una bonita pegatina con la mágica cifra que nos recordará que a semejante velocidad no deberíamos dormirnos, pese a que nada de extraño tendría, dado el sopor que debe experimentarse en una recta de veinte kilómetros viajando por una moderna autopista, sólo y a las ocho de la mañana con cuatrocientos kilómetros por delante y unas irrefrenables ganas de pisar el freno y poner la marcha atrás.
Y Esto es sólo el principio, ya que, a estas velocidades, podrían perfectamente sustituir las lámparas de los faros por velas de cera, las de toda la vida, los candiles o los quinqués, los cuales alojadas en el hueco dejado por las antiguas inquilinas, alumbrarían a la perfección, dadas las necesidades ahora requeridas y permitirían un ahorro muy considerable, no solamente en lámparas, sino en cables, interruptores y demás complementos antes necesarios y ahora obsoletos.
Pero prefiero no dar ideas, ya que en el plan que los señores ahorradores se encuentran, no me extrañaría que las llevasen a cabo, no solamente estas, sino cualquiera que podamos sugerirles y que supongan un ahorro por estrafalaria que sea la medida. Y es que su desesperación es tal, su capacidad de ingeniárselas para inducir al ahorro y gastar menos llega a tales alturas que nuestra capacidad de sorpresa se va agotando a medida que amanece un nuevo día y nos disponemos a tratar de averiguar con qué han soñado la pasada noche y en qué nuevas y delirantes medidas se traducirán dichos sueños.
Lo que sí sabemos es lo que nos van a costar las pegatinas, que un ejército de artistas tendrán que colocar apropiándose de la noche, para así, de una manera callada, subrepticia y un tanto de incógnito, dedicarse a una incalificable pegada de carteles, en este caso pegatinas, para que al amanecer nuestras autopistas aparezcan como nuevas, remodeladas con su nuevo look, con una imagen nueva, más sosegada y tranquila, tanto que muchos conductores ni se darán cuenta.
Caerá así sobre ellos el voraz apetito recaudador de la Dirección General de Tráfico que, sin duda, compensará con sus numerosas multas los casi trescientos mil euros que nos va a costar la susodicha remodelación de las sufridas señales de tráfico, muchas de las cuales, es posible que no soporten durante mucho tiempo su nuevo ropaje, ya que las inclemencias del tiempo, las manos cabreadas y otros elementos varios sin calificar, podrían despojarlas de su nueva vestimenta, lo cual tendrían consecuencias jurídicas en cuanto a recursos de todo tipo se refiere, a lo cual, de todas formas y casi con seguridad, habrá lugar.
No se lo pierdan. Acabo de oír en la radio en un programa de muy buena reputación, lo siguiente: un conductor ha hecho el recorrido de Madrid a Galicia, con un total de 569 Km y a 110 Km/hora. Ha hecho el recorrido inverso, es decir de Galicia a Madrid a 120 Km/hora.
Conclusión: ha tardado una hora más y ha ahorrado 1,88 euros. Sin comentarios.

viernes, 18 de febrero de 2011

LA REINA DE LAS PROMOCIONES

Estudia en la universidad historia del arte, una carrera que muy pronto terminará y que trata de compatibilizar con un trabajo por las tardes o los fines de semana que le dé una cierta autonomía, a ella, que posee una envidiable y maravillosa capacidad innata para desarrollar cualquier actividad plástica, sea la pintura, la escultura, la danza, la música, cualquiera de las artes. Pero eso no se valora hoy en día en el mundo laboral, no es relevante, la cultura no es rentable, no parece ser un valor seguro y en todo caso habría que valorarlo en su justa medida, y eso sale muy caro.
Posee un currículum completo que le capacita para llevar a cabo diversas actividades laborales, variados trabajos, diferentes puestos en múltiples empresas donde se desenvolvería con soltura y eficacia a plena satisfacción, pero que no le sirve absolutamente de nada. Ha pasado por muchos trabajos, mejor, trabajillos. Desde servir banquetes en las bodas a recepcionista, pasando por encuestadora telefónica y tantos otros, siempre a tiempo parcial siempre con contratos en precario.
Vive con sus padres a los que no les pide ni un euro porque no desea ser una carga, y así, se recorre los centros comerciales en los que los fines de semana y con el oportuno e infame uniforme de turno, de pie, cinco, seis ó siete horas, se sitúa en el correspondiente pasillo del centro comercial o gran almacén, con el objeto de promocionar un producto, cualquiera, el que sea, qué más da, una maquinilla de depilar, una tostadora, un licor.
Le pagan a razón de cinco euros brutos, que líquidos se le quedan en cuatro de las antiguas pesetas, que, por supuesto, no recibirá de inmediato, sino al mes y medio siguiente, cuando podrá percibir sus ochenta euros escasos con los que podrá tirar unas semanas más hasta que consiga la siguiente promoción. Esta vez será ese espantoso almacén mayorista, frío, oscuro, desvencijado, donde se colocará frente al ridículo puesto que ella misma tendrá que montar y en ocasiones recoger adonde le digan.
Para ello ha tenido que llegar media hora antes que, claro está, no le van a pagar y que deberá desmontar cuando cierren el local, allá por las diez de la noche, en los que empleará otra media hora sin paga, sin ningún reconocimiento, sin que nadie, salvo los clientes de paso ante los que deberá explayarse con el objeto de contarles las bondades del producto en cuestión. A veces, con vender uno ó dos maquinillas, le sobra a la empresa para pagarle a ella.
No por ello dejará de estar controlada, ya que suele haber alguien a quien no conoce y que trabaja por allá vigilando de forma anónima, no sea que vaya al baño o se distraiga. Es así y lo saben ella y otra compañera que suele acompañarle en este desdichado trabajo, y que coinciden de vez en cuando, cada una en su promoción, donde están sujetas a las oportunas llamadas para comprobar cómo va el negocio, cuantos productos han vendido, a cuantos han informado.
Y así va tirando, esperando la llamen para la siguiente promoción. Mientras tanto se recorre los numerosos centros comerciales del lugar, sus múltiples, idénticas e impersonales tiendas que lo abarrotan, confiando que necesiten a alguien, vendiendo lo que sea, ya sean baratijas, gafas, chuches o camisetas, pero nunca necesitan gente, así que se pone frente al monitor y envía cientos de currículos a través de Internet. Y a esperar la siguiente promoción.
Ha decidido rebajar su currículo, retirar cuanto se refiera a preparación académica, cultural, y formativa, dejarlo simple y llanamente en lo más elemental, en la ESO, a ver si así la toman en serio y consigue algún trabajillo, algún ingreso que le permita pagarse lo más elemental – ahora quiere sacarse el carnet de conducir - y evitar la desesperación en la que en ocasiones se ve sumida, aunque se lo toma con cierto sentido del humor, que afortunadamente no le falta.
Papá, me dice una mañana, me han llamado para una promoción en un supermercado. Tienes que llevarme a Madrid a recoger el puesto que tengo que montar una hora antes de empezar la promoción. Cuando termine, tendré que recoger y llevarlo de nuevo y aunque no me pagan ese tiempo ni el desplazamiento, son sesenta euros el fin de semana, en horario de once a diecinueve, con cuarenta y cinco minutos para comer, ¿Qué te parece?
Tú eres la reina de las promociones, hija mía, no puedes, por lo tanto, rebajarte hasta esos extremos. Que se lo alojen donde les corresponda, le dije - evidentemente en otros términos mucho más claros y rotundos -. Seguramente alguien acabará por acatar los términos de ese humillante trabajo, pero tú, en esta ocasión, no lo vas a hacer.
Con todo, lo realmente indignante, vil y rastrero, es que el Sistema permita, firme, selle, registre y apruebe unas infames condiciones – y me refiero al susodicho contrato y a tantos otros que no son sino auténticas vilezas - que nos devuelven a tiempos de la esclavitud laboral.
El Estado Social y de Derecho no puede, ni debe ni tiene que permitir estos atropellos.

sábado, 12 de febrero de 2011

CINCUENTA SIGLOS DESPUÉS

Cinco mil años han pasado desde sus comienzos como nación y al fin los ciudadanos Egipcios se han librado del último dictador que durante treinta años se había obcecado en mantener el poder a toda costa, a imagen y semejanza de los antiguos faraones que reinaron durante tres mil años, constituyendo una de las civilizaciones más grandiosas que ha conocido la humanidad a lo largo de su historia.
Durante tres largas e interminables semanas, los ciudadanos de Egipto se han erigido en una gigantesca multitud, en un grito unánime, en un sorprendente y admirable pueblo que ha decidido llevar a cabo una revolución pacífica que desde la plaza de Tahrir de El Cairo ha dado un hermoso ejemplo al mundo en general y a la sociedad Árabe en particular, proclamando a los cuatro vientos las ansias de libertad que las grandiosas Pirámides han recogido y elevado hacia el cielo para que su voz así amplificada en sus cuatro costados, se escuche para siempre en todo el planeta.
Admirables y valientes, los ciudadanos egipcios han tomado la determinación de expulsar de su trono al sátrapa que ha usurpado el poder durante tres decenios. Y lo han conseguido. Pese a las reticencias del dictador y su, según él, firme decisión de no desalojar el trono, la larga marcha de ciudadanos se ha dirigido desde la Plaza de Tahrir - plaza de la liberación – y calles adyacentes y así, la impresionante manifestación ha convergido en una inmensa masa humana frente al palacio Real, donde el acosado Rais, ha tenido que dar su brazo a torcer vencido por la multitud enfurecida y ha comunicado que dejaba el poder después de treinta años de mandato impuesto.
Digna de mención ha sido la posición del ejército que aunque sacó los tanques a las calles, ocupando la plaza Tahrir, tanques que los manifestantes han rodeado uno a uno, impidiendo así que pudieran movilizarse, no ha utilizado la fuerza así como el resto de las policía y demás fuerzas del orden, dando así un impecable ejemplo de respeto hacia la población a la que incluso comunicaron que entendían su posición.
Algo se mueve en el Mundo Árabe. Comenzó Túnez expulsando al dictador de turno, ha seguido Egipto y, posiblemente seguirán el mismo camino otras dictaduras de la zona. Alguien dijo que el destino de la forma de gobierno de las naciones árabes era la de quedar bajo el yugo de la tiranía o de la teocracia. Con estos hechos se demuestra que también allí, el pueblo soberano puede llegar a decidir su destino.
No ha sido fácil el camino recorrido por estos dos países en tan poco tiempo. Desgraciadamente, sobre todo en Túnez, aunque también en Egipto, han tenido que morir varios ciudadanos para que la liberación se hiciese realidad. Afortunadamente no ha tenido lugar ninguna masacre como se temía si los respectivos dictadores se hubieran empecinado en continuar en su puesto y hubiesen lanzado al ejército y al resto de las fuerzas represivas contra los indefensos ciudadanos.
Queda un largo camino por recorrer a estos países que ahora ven con ilusión el advenimiento de una democracia tan ansiada y que en tantos países, no sólo de esa zona, brilla por su ausencia.
La libertad llegó cinco mil años después. Sea bienvenida para siempre.