jueves, 21 de julio de 2011

LA SELECCIÓN NATURAL

La historia de la humanidad se ha ido escribiendo a lo largo de los siglos como si siguiera las directrices que marca la Teoría de de la Evolución de las Especies de Darwin, que se basa en la selección natural de los individuos, cuando afirma que los seres mejores dotados, los que mejor se adaptan al medio, los que son capaces de cambiar y evolucionar, en suma, los más fuertes, los más preparados, son los que sobreviven, los que dominan al resto, los que prevalen y son capaces por lo tanto de hacer valer su predominio al ser capaces de transmitir su información genética a sus descendientes y lograr de ese modo la mejora constante y continua de su especie.
Si aplicamos esta teoría, no a los individuos aislados, sino a los grupos sociales, obtenemos resultados parecidos, salvando las lógicas distancias que los separan, ya que para manifestarse los cambios en aquellos, han de pasar periodos de tiempo inmensamente largos, mientras que para que se hagan patentes en la sociedad, bastan apenas unos cuantos siglos, decenios en ocasiones, para que estructuras de todo tipo se vengan abajo, se modifiquen o se creen, ante los atónitos ojos de los que los contemplan y tienen ocasión de vivirlos.
Esta evolución histórica, generalmente ha sido secuencial y progresiva, siempre orientada hacia adelante, hacia el futuro. No obstante, sorprenden los vaivenes habidos, con avances continuos y a veces retrocesos inexplicables que han sumido en la barbarie y la desolación a una especie humana que aunque ha llegado a estar incluso a punto de su extinción, de su aniquilamiento, ha logrado sobrevivir, confirmando así su tendencia a seguir la teoría de la Selección Natural, al confirmar que los más preparados son los que han logrado los objetivos que la Humanidad se ha propuesto al perseverar en su deseo de continuar habitando nuestro hermoso planeta Tierra.
Y parece que lo estamos logrando, y digo que sólo lo parece, porque existen dos velocidades diferentes en este proceso, que debieran contradecir y poner en entredicho ese supuesto logro, con dos evoluciones distintas y con sentidos opuestos: uno hacia el progreso, hacia adelante, con vistas a la modernidad y al bienestar general; otro hacia el retroceso, hacia atrás, con vistas a la regresión material y social y al deterioro de una calidad de vida cada vez más denigrada y miserable.
En el primer caso hablamos del primer mundo, cada vía más evolucionado, más rico, con una tecnología apabullante que a veces ya nos sobrepasa, con un mayor bienestar y nivel de vida, mientras que en el extremo opuesto nos encontramos con el tercer mundo, más pobre cada día que pasa, sin futuro, sin esperanza, obligado a huir de su espacio vital para tratar de sobrevivir en nuestro mundo donde se ven rechazados, despreciados y vilipendiados por el hecho de ser pobres de no haber sido capaces de evolucionar hacia los niveles de vida que disfrutamos y que les negamos a ellos.
Leo en los medios de comunicación la espantosa hambruna que sufren varios países de África, sobre todo Somalia y contemplo con horror las espantosas fotografías de los niños en un estado de nutrición aterrador cuya mirada nos acusa y que no nos atrevemos a sostener. Los hemos dejado solos, como a medio mundo, mientras, los opulentos, nos lamentamos en medio de nuestra superabundancia, de la crisis y las dificultades económicas, mientras escuchamos todos los días las astronómicas cifras asombrosamente multimillonarias con las que juegan cada día los gobiernos, los bancos y las multinacionales de este primer mundo.
Inaceptable y desalentador, ya que con apenas una pequeña fracción de esas desorbitadas cifras, aquel mundo podría al menos sobrevivir dignamente, pero parece ser que no hemos evolucionado lo suficiente como para poder desterrar esas miserias, aunque sí permitimos que la selección natural actúe en este caso, resolviéndonos así un problema con el cual estamos escribiendo una de las páginas más vergonzosas de la historia de la Humanidad.

viernes, 1 de julio de 2011

ESOS ESTÚPIDOS GALOS

El chauvinismo o chovinismo según nuestro diccionario, se basa en la creencia narcisista, exaltada y egocéntrica, muy próxima a la paranoia, que considera su país como el más representativo de cuantas excelencias puedan ser narradas, el más elevado a todos los niveles, el mejor, el Olimpo de los dioses, que al igual que ellos, se encuentra a un nivel por encima de lo vulgarmente humano, cuya sola mención envuelve a estos patrioteros en una aura mezcla de estúpida soberbia demencial y de éxtasis contemplativo, que les convierte, de hecho y de derecho en patéticos peleles mojigatos, que si no fuera porque algunos llevan al terreno de la violencia y la barbarie sus pretendidos convencimientos, sus alocadas ideas inducirían a la risa y a la burla más estruendosas.
Este término, por otra parte tan extendido y tan adoptado por gentes de todos los países, se acuñó en honor del patriota francés Nicolás Chauvin, condecorado en las guerras que desató ese personaje tan rimbombante, ufano y pequeño de talla, como grande en ambiciones, llamado Napoleón Bonaparte, decidió un día, chauvinista él, conquistar el mundo para Francia y para él, y así, coronóse él mismo como emperador, y con un ego que multiplicaba por mil su pequeña estatura, recorrió los campos de Europa cubriéndolos de sangre, llegando hasta Egipto, desde cuyas pirámides veinte siglos le contemplaban a él, claro está.
Cito a Napoleón, héroe nacional francés por excelencia, a cuya inefable grandeur colaboró como pocos galos lo han hecho en su historia – Beethoven en un principio, dedicó su quinta sinfonía, la heroica, a Bonaparte, aunque una vez conocidas sus pretensiones, el músico anuló su intención – pero son incontables los personajes de este cariz que podríamos citar como ejemplo de héroe benefactor de la humanidad, de cuya grandeza podemos con toda justicia dudar, ya que la historia miente miserablemente en aras de ese chauvinismo absurdo, estúpido e irracional que conduce a las naciones a encumbrar a sus personajes como ejemplo y representación de su glorioso pasado.
Hablo de un personaje francés, de la grandeur francesa, como el país que mejor representa el típico chauvinismo, del que no obstante todos alardeamos alguna vez y cuyo término origen procede incluso de esa Galia donde se encontraba la famosa aldea que los romanos no podían someter cuando de conquistar el pequeño pueblo de “esos estúpidos Galos”, se trataba.
Ellos sí eran héroes, sin ambages, sin pretensiones, que se limitaban a defenderse de los pobres romanos, a los que traían mártires gracias a la milagrosa poción mágica que los convertía en invencibles. Se divertían, lo celebraban con pantagruélicas comidas e insoportables conciertos de lira y todo ello sin pretensiones de conquistar a nadie. Acabarían sus días apaciblemente golpeando romanos y no como nuestro protagonista que fue desterrado dos veces a sendas islas, en la última de las cuales murió sin gloria alguna.
Recientemente el mejor de nuestros tenistas, Rafa Nadal, fue vergonzosa y despiadadamente abucheado por el público francés mientras disputaba por sexta vez consecutiva la final de Roland Garros, que finalmente y pese a los espectadores ganó nuestro tenista. Insoportable para los chauvinistas franceses que un extranjero, y en concreto un español, tuviese la desfachatez de ganar su torneo tenístico más importante a nivel internacional y además durante seis años seguidos. Era excesivamente insoportable para ellos, inasumible el hecho de que ellos no ganen su trofeo desde hace una eternidad.
Igualmente, nuestro mejor ciclista, Roberto Contador, fue igualmente fue abroncado, pitado y chillado hasta la extenuación en la presentación del Tour, la carrera más importante del mundo que hace siglos que ellos no ganan y que entre Contador que la ha ganado dos veces consecutivas y otros ciclistas españoles están acaparando en los últimos años.
Demasiado para ellos y su caduco chauvinismo. Un pueblo que es incapaz de reconocer las bondades de los demás, no está destinado a ninguna grandeur, porque actitudes de este tipo no engrandecen a nada ni a nadie, sino que lo empequeñecen, por muchas alzasuelas que utilicen sus próceres.
Esos estúpidos romanos están locos, decía Obélix a su amigo Astérix. Nada sabían en ese momento, ni falta que les hacía, de las glorias nacionales franceses que les sucederían y de sus múltiples traumas y complejos a que estarían sometidos por no ganar su Tour y su Roland Garros durante decenios. Ya nos encargamos nosotros de conseguirlos.

miércoles, 29 de junio de 2011

UNA POLÉMICA DECISIÓN

Hermosas y bellas ciudades cargadas de historia, de arte y de cultura, algunas de ellas declaradas Patrimonio de la Humanidad, con un legado cultural de miles de años, representantes de lo más bello que el ser humano puede concebir a través de sus monumentos centenarios, testigos del paso de generaciones a través de los siglos que han dejado su indeleble huella en ellas, han sido descartadas por el comité de expertos internacional para ser designadas como Capital Europea de la Cultura 2016, y han decidido que sea San Sebastián – Donosti, quien represente a España a tal efecto junto con la ciudad Polaca de Wroclaw.
Segovia, Burgos, Córdoba, Las Palmas y Zaragoza han quedado descartadas en la competición por este preciado reconocimiento que tiene como objetivo principal contribuir al acercamiento de los pueblos y de promover la riqueza, la diversidad y el patrimonio cultural de Europa, debiendo quedar patente la vinculación de la ciudad, así como la cooperación e implicación ciudadana en dicho proyecto.
De las ciudades mencionadas, cualquiera de ellas poseen méritos suficientes para ser elegidas. Las tres primeras, son ciudades milenarias, tres joyas de la cultura occidental, con una pasado histórico que las hacía quizás más merecedoras de este preciado galardón, y sin embargo han quedado fuera, olvidadas, relegadas a un segundo plano en esta disputa pese a su intachable trayectoria cultural, su contribución diaria al culto de la belleza que rezuman sus calles por doquier, y el paso de las diversas civilizaciones que la han ido conformando y enriqueciendo a través de los siglos.
Nada que objetar a la bellísima ciudad del norte, cuyos encantos nadie puede negar. Una ciudad bañada por el mar Cantábrico y anclada en la preciosa bahía de la Concha, a los pies de los montes Igueldo, Urgull y Ulía, y recorrida por el río Urumea. Ciudad fronteriza con la vecina Francia, es una de las más reconocidas ciudades europeas por sus numerosos encantos geográficos y eventos culturales que en ella tienen lugar, que la hacen destacar y ser reconocida en todo el mundo.
Pero si hacemos constar los motivos por los que Donosti ha sido elegida y que ha exhibido el comité que ha decidido su designación, dicha elección es inapropiada por estar fuera de lugar la argumentación que aduce el susodicho comité y que reza como sigue: se considera que la elección de San Sebastián puede contribuir a que cese la violencia en el País Vasco.
Asombra comprobar cómo se han tenido en cuenta consideraciones políticas en lugar de culturales, denotando por otra parte un desconocimiento absoluto de la situación en Euskadi, donde según el jurado parece tener lugar una guerra abierta que necesita de este galardón para conseguir la paz, una paz que no es sino la excusa que desde siempre exhiben los fanáticos y violentos con el fin de conseguir sus objetivos.
Tiene lugar este acontecimiento precisamente ahora que la situación política ha dado un cambio radical con la acaparación por parte de los independentistas de la mayoría de las ciudades y de las instituciones más importantes, lo cual supondrá – ya lo han advertido - que van a hacer suya esta elección y la desarrollen como un proyecto propio, de su Euskalherría, en lugar de actuar en representación de España, ya que dicho proyecto fue creado, elaborado, y defendido por la antigua corporación socialista.
Difícil de entender por lo tanto esta polémica decisión que no está basada en términos estrictamente culturales, sino más bien políticos que no deberían tenerse en cuenta, pues además de no responder a los criterios establecidos, sientan un pésimo precedente a la hora de elegir futuras Capitales Europeas de la Cultura que verían cómo se alteran los criterios de selección en función de determinadas circunstancias que puedan darse en un momento dado, ajenas por completo al peso cultural que dichas ciudades puedan ostentar.

miércoles, 8 de junio de 2011

EL TIEMPO DETENIDO

Tendemos los seres humanos a volver la vista atrás, a mantener los recuerdos de los hechos pasados, a rememorar la historia, que como tal, siempre mira hacia nuestras espaldas, a retornar a los lugares que recordamos con nostalgia, añorando los buenos tiempos que ya no volverán, porque la flecha del tiempo siempre, indefectiblemente, indica hacia adelante, hacia el futuro, y eso pese a que solemos hablar de no volver la vista, que hay que vivir el presente y mirar hacia adelante, que el pasado, pasado está. Pero no podemos evitarlo, y de vez en cuando nos recreamos en él y lo disfrutamos de mil formas diferentes, a sabiendas de que no hay posibilidad alguna de retorno.
Gran misterio el del tiempo, cuya naturaleza se nos escapa, salvo a los físicos que lo identifican con el espacio en una unidad indivisible e inseparable, que denominan espacio-tiempo, en una cuarta dimensión, relativizándolo cuando nos afirman que cada uno de nosotros posee una medida personal del mismo, lo cual se convierte en certidumbre cuando experimentamos con frecuencia en función de determinados parámetros vitales y circunstancias diversas, que determinan que pase volando o se nos hagan eternos determinados acontecimientos y vivencias que experimentados a lo largo de nuestra existencia.
Podemos viajar hacia el futuro, pero se nos niega hacerlo hacia el pasado. Si lográsemos viajar a una velocidad próxima a la de la luz – velocidad que las leyes físicas impiden superar – y lo hiciésemos durante años, al volver, seríamos unos jovencitos al lado de los que dejamos cuando partimos en nuestra nave espacial. Para nosotros el tiempo se habría detenido, habría pasado más lentamente, mientras que para ellos todo habría sucedido de la forma habitual y habrían envejecido antes que los afortunados pasajeros espaciales. No es ciencia ficción, es Ciencia con mayúsculas y no seré yo quien contradiga a Einstein y su Teoría de la Relatividad.
Viajar hacia el pasado, no obstante, nos está vedado. Imposible volver atrás. Las contradicciones que provocaría lo hacen inviable. Podríamos con ello evitar, por ejemplo, que nuestros padres pudieran conocerse y evitar por lo tanto nuestro nacimiento, lo cual nos sumiría de lleno en la paradoja que ello supone, ya que en el presente, ahora, estamos aquí, y ello es innegable, salvo que todo, la vida, como algunos presuponen y Calderón de la Barca ya plasmó en una de sus obras, sea un sueño, una irrealidad, una mera sucesión de experiencias ilusorias.
Siempre estamos dispuestos a retroceder, a avanzar más despacio, a recrearnos en lugares que rezuman historia, en paisajes y espacios con encanto, en museos, catedrales, abadías, obras de arte en general, todas ellos con siglos a sus espaldas. Intentamos de múltiples y diversas formas detener el tiempo y así, nos cuidamos en ocasiones más allá de lo que requiere una normal y lógica exigencia biológica, llegando a extremos que rayan en la obsesión por mantener la línea, la estética a través de la dieta y de potingues y, en definitiva, el deseo de eternizarnos en el tiempo, de no avanzar, de frenar un deterioro físico imparable contra el que nos revelamos inútilmente.
Recientemente, he visitado una vez más la hermosa ciudad de Burgos. En el Arco de Santa María, entrada a la plaza de la bellísima catedral, tenía lugar una exposición fotográfica: Memoria del tiempo: fotografía y sociedad en Castilla y León (1839-1936). Honda impresión me causó al contemplar la maravillosa, soberbia y documentada exposición de una importante cantidad de fotografías de los siglos XIX y XX, que plasman la sociedad de la época a través de imágenes tomadas en pueblos, ciudades y lugares de Castilla y León.
El tiempo, efectivamente, se detiene al contemplar las instantáneas que reflejan una época bien distinta a la actual, donde se muestran las miserias y carencias de aquellos tiempos al entrar la cámara en las míseras casas de los campesinos y mostrar las penurias, estrecheces de todo orden y, en general, la pobreza reinante. Pero también puede contemplarse la algarabía de las ferias, las fiestas y los mercados en la plaza de tantos pueblos que el visitante conoce y donde ha estado recientemente, y que apenas reconoce debido al paso del tiempo.
Lejos quedan los años de la infancia, de la adolescencia y la juventud. En el camino perdimos a nuestros padres y a tantos seres queridos, admirados o simplemente conocidos. Gozamos de nuestros hijos y de la compañía de aquellos a los que amamos y estimamos y de todo aquello que da sentido a nuestra vida. Y Seguimos adelante con ilusión y esperanzas siempre renovadas, a sabiendas que el tiempo no se detiene y que no tiene sentido intentar frenar su avance, porque la naturaleza sigue su curso y la vida siempre se abre camino.

viernes, 20 de mayo de 2011

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO

Venid senadores, congresistas, por favor, haced caso de la llamada, no os quedéis en la puerta de entrada, no bloqueéis el vestíbulo, pues va a dañarse aquel que se haya atascado, hay una batalla afuera y está bramando, esto pronto sacudirá vuestras ventanas y hará retumbar vuestras paredes, porque los tiempos están cambiando.
No es mío el anterior párrafo, no lo he escrito yo, no soy su autor ni siquiera es mío el título, le pertenecen Bob Dylan, su autor, que hace ya cincuenta años lo compuso y lo cantó a los cuatro vientos a unas generaciones que en nada se parecían a las actuales, en unas circunstancias radicalmente diferentes y que parecen ahora repetirse, en un entorno distinto de aquel, como si cíclicamente nos viéramos obligados a repetir la misma historia, como si nada hubiera cambiado en este medio siglo.
Pero no es así. Los cambios han sido tantos, tan variados y sustanciales, en todos los órdenes, incluso traumáticos algunos, que ambas épocas no son comparables en absoluto. La caída del tristemente famoso Telón de Acero y, por lo tanto, del Comunismo y de la no menos célebre guerra fría, la desaparición del vergonzoso Muro de Berlín, la ignominiosa guerra de los Balcanes, la abyecta e inmoral guerra de Irak, la globalización, la eclosión de Internet y las Redes Sociales.
Todo ello en los últimos veinticinco años, en el último cuarto de siglo, en apenas una fracción de tiempo que ha supuesto un cambio radical de numerosas estructuras sociales, mientras otras permanecen inalterables, intocables, estáticas, como si nada alrededor estuviera cambiando, como si nada hubiera acontecido en este tiempo, cuando la realidad, siempre tan obcecada e inevitable, dicte lo contrario a una sociedad que exige cambios ante los traumas sufridos en los últimos tiempos.
Una sociedad en permanente cambio, debe exigir de los poderes de derecho, una permanente adaptación a los movimientos sociales que tienen lugar en su seno, controlando de paso a los poderes fácticos, económicos fundamentalmente, que han alcanzado unas elevadas e inquietantes cotas de poder de hecho, que están alterando el equilibrio social necesario en unas democracias que llevan demasiados años mirándose al ombligo con un alto nivel de autocomplacencia que ahora se ve contestada por los ciudadanos hartos de soportar los excesos, los abusos y las corruptelas de todo orden que están contaminando a una sociedad hasta ahora adormecida.
Pero está despertando, y el ejemplo más palpable partió del mundo Árabe, en países como Túnez, Egipto, Siria y otros de la misma zona, que aunque con una problemática muy diferente a la que vivimos en Europa, tienen una base común, que es el descontento, el hartazgo y la rebelión contra un poder establecido, tiránico allí, condescendiente y acomodaticio aquí, que ha obligado a la ciudadanía a salir a la calle a protestar, a decir no, a gritar su indignación.
Y ahí los tenemos, en la Puerta del Sol de Madrid, en la Plaza de Cataluña de Barcelona o a los pies del Acueducto de Segovia. Los protagonistas están siendo los jóvenes y no tan jóvenes, que se han echado a la calle convocados a través de las cada vez más influyentes Redes Sociales, bajo el paraguas de la denominada “democracia real ya”, que cada vez posee más adeptos y que mantienen una presión tal ante los poderes establecidos, que ya están empezando a considerar sus peticiones, reconociendo que muchas de ellas tienen fundamento y que no sólo son posibles, sino necesarias.
Desconocemos aún el alcance real de este movimiento. No sabemos si se desinflará con el tiempo o si conseguirá continuar con su presión hasta lograr cambios sustanciales que le dé carta de naturaleza y estabilidad, de tal forma que se transforme en un referente que contagie a toda la sociedad en su afán de lograr los cambios que con tanta justicia ansía y necesita, porque los tiempos están cambiando.

miércoles, 11 de mayo de 2011

FUNCIONARIOS

Es éste un gremio que siempre ha soportado las críticas más airadas, las iras más encendidas y, cómo no, las envidias más vehementes y casi siempre mal disimuladas, que, no obstante, no han logrado nunca, en ningún momento, ni por asomo, descolocarles, inquietarles, preocuparles o hacerles sentirse no ya violentos ni culpables – la verdad es que no tienen por qué – sino que muy al contrario, esta actitud hacia ellos les encrespa, les enerva, y en un arranque de arrogancia corporativa, surgen con la seguridad que les da su egregia posición, con la justificación por excelencia esgrimida siempre por ellos y que no es sino la consabida frase aquella de: pase usted por la oposición, oiga.
Así que ya sabemos la que nos espera. Todos a trabajar para el Estado, todos a chupar de la teta estatal que nunca se acaba, que siempre está llena, que no desfallece, que no te rechaza jamás y que sobre todo, es para siempre. Algo, esto último, que hoy en día, con la precariedad laboral existente, el paro galopante y los apuros económicos varios, no tiene precio ni parangón posible que se resista a una ocupación laboral siempre deseada y en estos momentos tan delicados, anhelada ambicionada y codiciada como ninguna otra lo ha sido jamás.
Siempre el funcionariado ha sido harto envidiado por su condición de trabajador privilegiado en cuanto a la temporalidad de su trabajo, a su perpetuidad, a su estabilidad que le permite afrontar la vida con total tranquilidad sin miedos ni sobresaltos que le puedan afectar, simple y llanamente es para siempre jamás, sin despidos que puedan afectarles – Habría que montar la del inefable Tejero, y aún así, les quedaría el sueldo - sin expedientes de regulación de empleo, sin sanciones por las ausencias continuadas ni controles exhaustivos de su trabajo. En fin, ni dentista ni notario. Funcionario.
Y ahí es dónde le duele, donde el agravio comparativo con el resto de los trabajadores es forzosamente arbitrario, injusto e inaceptable para el común de los mortales que no logra entender, como el resto de las miles de profesiones desarrolladas por millones de productores – distingámoslos así de los funcionarios – no ostentan esa inauditas condiciones laborales que en la empresa privada no se dan ni por asomo.
Perdone usted, le volverán a argüir, la respuesta es muy sencilla: apruebe usted la oposición por la que hemos tenido que pasar nosotros. No sé, no me convence del todo. Hay algo que falla en éste razonamiento tan radical, tan elemental, pero que, ciertamente, es difícil de refutar. Sin embargo, ¿Qué pasa con el albañil, el electricista, el minero, el barrendero, el oficinista, el ebanista o el chatarrero? ¿Acaso no están sometidos a una prueba diaria en sus trabajos constituyendo una auténtica oposición diaria, que solamente acaban cuando son despedidos o jubilados si es que logran éste último estado? Juzguen ustedes.
En el mundo laboral, hay gente para todo. Buena y mala, trabajadora y ociosa, responsable e insensata. El problema siempre latente en el funcionariado es que por su propia naturaleza, puede inclinar a los de siempre al pasotismo, es decir, de aquí no me mueve nadie, así que a vivir que son dos días. Esta gente, los menos, ciertamente, no merecen una situación laboral privilegiada que disfrutan sin merecerla, ya que en la empresa privada no aguantarían ni dos días. Pero han aprobado la oposición, así que a callar. Ya sabes, a opositar. Argumento rotundo donde los haya.
Es de justicia destacar el palo económico recibido con un importante recorte en su sueldo, y el hecho de que no todos los funcionarios son iguales. Tendemos a considerar como funcionarios, casi exclusivamente a los trabajadores de ayuntamientos y ministerios – son los más visibles cuando en masa se dirigen a desayunar – pero también lo son los trabajadores de los hospitales, la policía, los bomberos y tantos otros que no solemos tener en cuenta y que no despertarían en nosotros tantas suspicacias.
Debo por último citar, aunque me cause algún que otro problema si este escrito llega a sus manos, que mi gentil esposa es funcionaria, que desarrolla su labor con toda la sensatez y seriedad de un trabajador que como la mayoría, no trata de aprovecharse de su condición de funcionaria y que reconoce sin ambages que se considera una trabajadora privilegiada.
De vez en cuando se lo recuerdo, como hacían los esclavos con los generales romanos victoriosos, cuando al oído les decían: "recuerda que eres mortal". Tanto se lo debo machacar, tanto le harto de vez en cuando, que no puede evitar decirme, no susurrándome al oído como hacían en Roma, sino en voz bien alta y clara aquello de: si quieres ser funcionario haz la oposición.
La verdad, es que razón no le falta.

lunes, 25 de abril de 2011

EL HASTÍO

Es este un término, como tantos otros hoy en día, en continua desaparición, hasta el punto de que parece que ya no suena, que no existe, que ha pasado a mejor vida y perdido su sentido, su significado y su significante, dando lugar y paso a otros nuevos que por razones tecnológicas, globalizantes, y modernistas, surgen con frecuencia pasando a formar parte de la vida diaria de una manera tan sutil, que a duras penas somos conscientes de ello.
No poseen no obstante esas nuevas palabras, la belleza, la sonoridad y, por supuesto, la historia de la mayoría de las que desaparecen y que nos han acompañado a lo largo de toda nuestra vida, afectando con ello a una lengua inmensamente rica en expresiones, significados y matices como es la nuestra, tan maltratada a todos los niveles, incluido aquel que la utiliza a diario en los medios de comunicación, donde se cometen atropellos continuos, así como en la calle y en las redes sociales, donde se ve cada día más acorralada y reducida a la expresión mínima, casi telegráfica con el objeto de lograr la máxima comunicación con el mínimo mensaje.
El hastío con sus correspondientes sinónimos, léase tedio, apatía, indiferencia, desinterés, desgana, fastidio, aburrimiento y otros que podríamos citar, no ha dejado, no obstante, de conservar su sentido, su significado más tajante y contundente, que junto con su sonoro y radical timbre, compone la definición más completa y aplastante necesaria para ilustrar ciertas situaciones que necesitan de una palabra así, para describir un estado de ánimo determinado.
Hastío ante una situación social y económica deteriorada, provocada por elementos extraños a nosotros, a los individuos de a pie, cuyas consecuencias arrostramos de una manera perversa, como una pesada carga que nos han echado a las espaldas, sin comerlo ni beberlo, sin haber participado de su inicio ni de su desarrollo y sin saber ni cuándo, ni cuál será su final, si es que lo hubiere.
Hastío ante una clase política inepta, bárbara y primitiva, que no se dedica a cantar ni a contar sus menesteres, en lo que atañe a su casa, a narrar sus venturas y sus miserias, sino a destrozar al adversario, a despotricar contra el opositor, al aquel, y tú más, al que tan acostumbrados nos tienen, así como a las corruptelas, al nepotismo y al abuso de autoridad que con tanta soberbia despliegan por doquier.
Hastío ante los poderes económicos, auténticos tiranos de la modernidad, que con sus sutiles armas de guante blanco, atracan, asaltan y saquean diariamente a multitudes en cada operación, en cada transacción, en cada una de las acciones que despliegan cuando de manejar las cuentas de los incautos clientes se trata, cual usureros voraces del siglo veintiuno.
Hastío ante un País, que sigue arrastrando rémoras pesadas como losas provenientes de siglos y que somos incapaces de dejar atrás. Continuamos manteniendo costumbres bárbaras, anacrónicas y profundamente incompatibles con la cultura que se manifiestan en la denominada fiesta nacional y otras afines.
Hastío por la permisividad que este gobierno – y no digamos el que se avecina – tiene para con la soberbia, engreída y altiva iglesia católica, que con su posición de privilegio, absolutamente injustificado, abusa de su condición – cuando los practicantes no llegan ni al 25% - en un País, que según su constitución se declara aconfesional.
Hastío ante el hecho de que seguimos siendo un país donde la educación y el respeto, así como la cultura en general y no digamos la formación académica de nuestros jóvenes, nos lleva a situarnos en los últimos lugares de Europa, lo cual resulta vergonzante para una nación que se precia, según sus gobernantes, de ocupar la décima potencia industrial del mundo, pero que de hecho es ninguneada continuamente por las potencias occidentales.
Hastío ante los poderes públicos en general, que han logrado que los ciudadanos se alejen cada vez más de ellos y se pregunten dónde quedó el tan cacareado Estado Social y de Derecho.

viernes, 15 de abril de 2011

CONTRA LA DESESPERANZA

Se define la esperanza como el estado de ánimo que nos presenta como posible lo que deseamos. Claro está que para que exista, para que pueda darse, para que pueda sustanciarse y tomar carta de naturaleza, es necesario que se cumpla ese deseo, esa acción que nos lleva a querer conseguir algo, a lograr unas metas, unos objetivos que hagan factible y deseable esa cualidad tan humana y vital como es la esperanza.
Sin ella, la vida pierde sentido, se convierte en una actividad inercial y vegetativa que reduce al ser humano a la pasividad, a la indolencia, a la desidia. Millones de seres humanos viven hoy en día en esa situación, por causas ajenas a ellas, debido a la indiferencia y el abandono del resto del mundo que ha decidido ya hace tiempo que no hay remedio a la situación de miseria de esos mil millones que viven en la indigencia más absoluta.
En ese mundo no hay lugar para la esperanza, no cabe ni la ilusión ni el optimismo ni mucho menos la perspectiva de una vida mejor. Sobrevivir, resistir, es el objetivo diario, no existe el futuro ni la ambición ni el deseo de una vida soportable. No es indiferencia ni desapego ni indolencia, es sufrimiento y miseria.
Pero aquí, en el lujurioso mundo opulento y voraz consumista en el que vivimos y del que tanto nos quejamos – también hay motivos para ello – sí reina la indiferencia, la apatía y el pasotismo culpables por parte de todos a la hora de remediar la situación de ese mundo olvidado y relegado. No tenemos disculpas, no podemos rehuir una responsabilidad que nos corresponde por solidaridad, por humanidad, por nuestra condición de seres humanos.
Decíamos que también aquí sobran motivos para levantar la voz y la palabra en un contexto radicalmente distinto a aquel, pero donde el desinterés, el desdén y la displicencia cada día más rotunda por parte de todos pero sobre todo de los jóvenes, está consiguiendo que los poderes fácticos de siempre, fundamentalmente los económicos, estén imponiendo una dictadura financiera salvaje, donde los grandes bancos y multinacionales campan a sus anchas sin límite ni control alguno.
Mientras escribo estas líneas, escucho en la radio que Telefónica, que el año pasado obtuvo unos beneficios de once mil millones de euros y este año “sólo” siete mil millones de euros, plantea despedir a un veinte por ciento de la plantilla, y todo porque no se han alcanzado las expectativas propuestas, es decir, no han ganado todo lo que deseaban para así poder justificar los sueldos escandalosamente millonarios que pagan a sus mil doscientos altos cargos.
Su desfachatez es tal, que al mismo tiempo que anuncian un recorte de plantilla, anuncian unos bonos para los susodichos altos cargos de quinientos millones de euros, para que se los repartan, eso sí siempre y cuando alcancen los objetivos propuestos, objetivos que cada trabajador de este País alcanza con creces cada día, y que no por ello son recompensados con esas cifras multimillonarias con las que estas grandes empresas, bancos, financieras y otras entidades supranacionales premian a sus privilegiados directivos.
Pero no solamente cabe levantar la voz contra estas injusticias. Ahí tenemos otras como las dictaduras que subsisten por doquier, con el indignante trato al que se somete a las mujeres en muchos países debido al integrismo y fanatismo religioso, con la humillante situación de una Palestina oprimida y sometida por Israel, con los hechos habidos en Irak, con el abandono de tantos y tantos países Africanos, los cuales, además de la miseria que soportan, se encuentran bajo la dictura del tirano de turno.
Acabo de leer – apenas bastan cuarenta y cinco minutos para ello – el libro de Stéphane Hessel que titula “Indignaos” y que debería ser de lectura obligatoria para todos los jóvenes sobre todo, para lo que invito al autor a subirlo a Internet para que así lo puedan descargar y propagar a través de las Redes Sociales.
Es este libro un alegato contra la indiferencia, la desidia y el pasotismo reinante hoy en día, cuando tantos motivos quedan aún para protestar, para levantar la voz, para decir basta. Invita, fundamentalmente a los jóvenes a la protesta y a la insurrección pacífica, en un mundo donde todavía queda mucho por hacer a la hora de dejar patente las injusticias e incongruencias de un mundo donde los poderes de siempre, de una forma sutil y sin estridencias, de guante blanco, campan por sus respetos mientras un veinte por ciento de la población española se encuentra desempleada.
Afirma el autor - que con noventa y tres años y una trayectoria vital intachable merece todos mis respetos - que la peor de las actitudes es la indiferencia y que sobran razones para levantar la voz de forma pacífica para decir no, para gritar basta, para, en definitiva, darle alas a la esperanza.

viernes, 8 de abril de 2011

INSTALADOS EN LA MEDIOCRIDAD

De todos es sabido que las encuestas académicas realizadas en nuestro País, no son en absoluto alentadoras si las comparamos con el resto de Europa. Tanto a nivel de conocimientos como de fracaso y abandono escolar los datos arrojan unos resultados que sonrojan a cualquiera. Nos encontramos por debajo de países con un peso específico muy por debajo de España, en los últimos lugares, a la cola del pelotón.
Llevamos así mucho tiempo, demasiados años sin que nadie tome la rienda del tema y asuma los riesgos que comportaría un golpe de timón, un cambio radical, un giro en las estructuras educativas y sociales relacionadas con la educación obligatoria, fundamentalmente, que supusieran un cambio que se hace cada vez más necesario y que no puede demorarse más.
La situación es insostenible en los centros escolares, donde el profesor tiene que hacer frente a un grupo de alumnos de lo más variopinto, de diversas procedencias debido a la inmigración reinante, con todos los problemas que esto supone al encontrarse con obstáculos difíciles de salvar como el idioma, las costumbres, el nivel de conocimientos, y otros de diversa índole que impiden que la labor del profesor pueda llevarse a cabo con éxito.
Si a todo lo expuesto unimos los problemas derivados de la falta de disciplina, el poco respeto que muestran los alumnos hacia la figura del profesor, la ausencia de interés por aprender, la poca colaboración de los padres y la retirada de la autoridad a los docentes, que pese a todos los esfuerzos habidos en este sentido, constituye una ominosa lacra que no debería permitirse, el panorama entonces, es definitiva y tristemente desolador.
Profesores y alumnos soportan un sistema que no funciona, en el que los docentes se sienten permanentemente frustrados, limitados en su papel de director absoluto de su clase, sin interferencias externas – ni internas, que también las hay – donde se siente utilizado por una sociedad que ni siquiera reconoce su labor como debiera, y que no tiene poder para cambiar nada, tendiendo de esta forma al conformismo, por pura inercia, por insatisfacción, por hartazgo, pese a sus buenos deseos.
Los alumnos por su parte, son víctimas también de este absurdo que ya dura demasiado, en unas aulas donde el progreso lento ya de por sí, se ve ralentizado más aún por los problemas de la tan cacareada integración, que encuentra demasiados problemas a su difícil encauzamiento debido a dificultades de diversa índole que ya hemos citado.
Resulta pues demoledor para todos, alumnos y profesores, la continuación de una situación a la que no se ve pronta solución. Resulta descorazonador pensar que unos y otros, en condiciones normales se verían beneficiados al sentir que su labor se ve materializada y reconocida, en el caso de los profesores, y al experimentar como progresan en sus conocimientos, en el caso de los alumnos.
Recientemente, la inefable Esperanza, presidente de la Comunidad de Madrid, ha sacado a la luz, de una forma rotunda y rompedora como ella acostumbra, la creación de un Bachillerato de Excelencia. Podrán acceder a dicho Bachillerato los alumnos que hayan obtenido más de un ocho de nota media en la Educación Secundaria Obligatoria. Estudiarán en un centro exclusivo, con contenidos avanzados, con profesores especializados y con los mejores medios y materiales a su alcance.
Se pueden imaginar la que se ha armado. La izquierda, se le ha lanzado al cuello con toda su fuerza, alegando lo que ya cabía esperar, es decir, el alegato de que esto supone una intolerable discriminación, que de ninguna manera puede aceptarse. No digamos la izquierda extrema, - en esa zona habitan cada vez más los snob de toda la vida - que ha puesto el grito en el cielo montando en cólera ante semejante desatino.
Pues muy bien. Al principio, y como se trataba de Esperanza, que no es santa de mi devoción así como el resto de su acompañamiento, pues oiga, rechazo inicial al asunto. Después lo racionalicé, lo analicé, lo dejé reposar un tiempo – he sido profesor durante casi toda mi vida – y al final concluí, que, aunque me pese, no anda descaminada del todo doña Esperanza.
Es muy triste, pero es así. Alumnos con una alta capacidad, se ven relegados al aburrimiento, al desánimo y a la desesperación al comprobar que los contenidos que se desarrollan en la clase están muy por debajo de sus capacidades. Los asimilan de inmediato y el resto del tiempo entran en una fase de espera que les lleva a la postración y al desaliento más absolutos. No tiene sentido que estos alumnos se encuentren ahí donde van a desperdiciar unas potencialidades que irremisiblemente se van a perder.
Los agoreros lo tienen claro: Todos igualados en la mediocridad.

viernes, 1 de abril de 2011

PEQUEÑO CORAZÓN DE LEÓN

No lo esperábamos, nadie en su entorno lo esperaba, nadie pensó que pudiera suceder tan pronto, pero se nos ha ido el pequeño León y lo ha hecho sin avisar apenas, allá donde nadie sabe, dónde le bastará un pequeño y sutil espacio para descansar. Era un componente más de la familia con la que convivía cada día, cada hora, hasta que una mañana, sin molestar a nadie, sin hacer ruido, casi de incógnito, tal como él solía mostrarse a veces, recogido en una esquina del sofá, o sobre un mullido cojín, decidió dejarnos para siempre dejando un profundo vacío.
Y ahora su ausencia se hace presente en cada rincón de la casa, en cada habitación, en cada uno de sus lugares favoritos donde solía descansar su delicado cuerpecito, en el corazón de aquellos con quienes compartió tantos y tan felices momentos. No se verán más, no nos gruñirá más el pequeño León, que por algo se llamaba así, en los momentos en que enseñaba sus sutiles dientecillos, cuando de defender a su gente se trataba si consideraba que alguien podía importunarlos.
No le gustaban las visitas numerosas, los bullicios, las reuniones de amigos y familiares que le hacían perder protagonismo, que le mantenían en un segundo y discreto plano. Solía observarnos a los que allí estábamos con sus ojillos a mitad de camino entre tristes y tiernos, haciéndose ver sólo de vez en cuando al cruzar el salón con su habitual parsimonia, sus movimientos lentos, su trotecillo armonioso haciendo bailar su delicado y frágil cuerpecillo de un lado a otro, casi como un suspiro, como un soplo tierno y delicado de color marrón.
Se le veía algo cansado, y es que padecía desde hace tiempo del corazón. Un soplo, decía el veterinario. Pero cómo es posible que un órgano tan diminuto pudiera albergar semejante dolencia, si su tamaño no superaba al de una almendra. En cualquier caso fue demasiado para él, no pudo superarlo, pese a que últimamente, tal como le habían recomendado, sus paseos se habían reducido, debía descansar, se fatigaba, parecía a veces un ancianito prematuro, pero él se sentía aún joven, porque lo era, porque deseaba que lo vieran así, porque era coqueto y presumido.
Fiel a su papel de protagonista, de personaje principal, aunque pretendiera disimularlo, se nos dio a conocer de una forma original, muy a su estilo. Eran los tiempos heroicos de Internet, cuando apenas existían los lentos y frágiles modem, cuando a través de una milagrosa videoconferencia, sujeta con pinzas, apareció de improviso en el monitor. La pantalla se llenó entonces y en un primerísimo plano con unos ojos saltones insertos en una cabecita de color marrón.
Una aciaga mañana se encontraron a León exhausto, respiraba con dificultad y sus tiernos ojillos denotaban el sufrimiento por el que estaba pasando. Le dieron masaje en su pequeño corazón y le aplicaron los primeros auxilios. Consiguieron reanimarlo y con el corazón en un puño lo llevaron al veterinario. Nada se pudo hacer. Apenas pudieron estar con él un rato más. Se quedó allí sólo, inerte y desamparado. El pequeño corazón de León se había parado. Hasta siempre, querido León.