miércoles, 28 de diciembre de 2011

LAS CUENTAS REALES

Si usted, estimado lector, se decide a teclear en un buscador de Internet el texto que se corresponde fielmente con el título de este comentario, obtendrá cerca de veintitrés millones de coincidencias, resultados o enlaces, todos los cuales – la inmensa mayoría, ya que es imposible examinar todos – relativos al área contable, ya que esa expresión se corresponde con una de las numerosas acepciones, en este caso de las cuentas, que se manejan en la contabilidad financiera.
No era mi intención penetrar en el farragoso e ininteligible mundo contable, ni siquiera por una mera curiosidad tratando de discernir, dada la expresión, entre las posibles cuentas virtuales y por oposición, las reales. No, en absoluto, aunque dado el hecho de que vivimos tiempos financieramente convulsos, tampoco hubiera tenido nada de excepcional que pretendiera tratar de aclarar las cuentas que simplemente ya de oído suenan fatal, provenientes de tanto ingeniero financiero, tanto siniestro banquero y tanto mangante de guante blanco y de tantos otros colores, como asolan el panorama que a río revuelto se crea.
Y no me ha extrañado gran cosa el resultado obtenido tras la oportuna consulta, ya que soy consciente de que nos encontramos en un país, dónde demasiados tabús, vetos y censuras varias persisten aún, lo cual, a estas alturas, no deja de ser un anacronismo y una deficiencia democrática bastante notable. Resulta inconcebible, el desconocimiento, la dejadez y la indolencia, ante un tema que debería interesarnos y al que casi nadie parece encontrar el atractivo suficiente para interesarse por él.
Es éste un País con un alto porcentaje de cortesanos, con la prensa a la cabeza – y en este caso concreto a los pies – junto con un elevado índice de políticos y personajes relevantes que conforman un coro de aduladores irredentos, patéticos y sumisos que de una manera absurda e irracional, se dedican a cantar las virtudes y a ocultar los defectos de personajes de la vida pública, cuyo comportamiento, vida y hacienda, nos incumben a todos los ciudadanos, por una sencilla razón: nosotros somos quienes pagamos sus facturas.
Hoy, veintiocho de diciembre, día de los santos inocentes, la Casa Real, ha decidido graciosamente, después de treinta y dos años y por primera vez, hacer públicas unas cuentas que deberían haberlo sido desde siempre y que inexplicablemente se han ocultado, haciendo honor a esa extraña y absurda actitud que gobiernos tanto de derechas como de izquierdas han mantenido y mantienen hacia una institución como es la Monarquía, que guste o no, nos ha sido impuesta.
Demasiado tiempo han tardado en publicar unas cifras, nada detalladas por cierto, considerablemente elevadas y más con la que está cayendo sobre los ciudadanos de a pie, que no obstante han sido difundidas tras el escándalo financiero de uno de sus componentes, de una forma un tanto precipitada y obligada por unas circunstancias que en nada favorecen a una institución que permanentemente vela por una imagen que por otra parte tanto nos cuesta a los contribuyentes y que miman hasta extremos que rayan en la obsesión por mantenerse en el pedestal donde se hallan.
Imposible e inimaginable resulta pensar que este ingenuo comentario de un ciudadano de andar por casa, pueda publicarse en un medio de comunicación. Sería una agradable sorpresa, que de vez en cuando pudiese entrar un poco de aire fresco en unos medios que, salvo honrosas excepciones, solo airean copiosa y abundantemente, los minutos de aplausos, los innumerables elogios y las infinitas bondades sin cuento a las que al Rey se le atribuyen.
He ahí el reto, por si algún medio de comunicación, tiene la gallardía de recogerlo.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

ESOS ODIADOS LÍDERES

De surrealista, irracional y degradante, puede calificarse el espectáculo proporcionado por las imágenes que hemos visto de Corea del Norte, en las que unos hundidos y apesadumbrados ciudadanos lloran desesperada y trágicamente, con una desgarradora impresión de desamparo y absoluta amargura la pérdida de su amadísimo benefactor padre de la patria, tienen más de patéticas, histriónicas y melodramáticas que de conmovedoras.
Da la impresión, a fuerza de resultar anacrónicamente irreales y kafkianas, que se trata de una singular y gigantesca dramatización montada a escala nacional en cada una de las ciudades y pueblos que componen esa triste, sombría, y enigmática nación Coreana, encerrada, encarcelada en sí misma, prisionera de los enloquecidos sátrapas que la dirigen con fiero y cruel puño de hierro tratando de ocultarla a toda costa al resto del mundo.
Nada traspasa sus fronteras, ni en un sentido ni en el otro, tan sólo algunas esporádicas noticias e imágenes tomadas con el riesgo de las vidas de quienes manifiestan semejante atrevimiento. En una de esas ocasiones, en un documental se contempla a un grupo de niños de tiernísima edad, repitiendo a coro las consignas que su fanática maestra les repite una y otra vez sobre el amado líder al que tanto deben, al que se le debe absoluto respeto y sumisión, en lo que constituye un continuo lavado de cerebro que les acompañará el resto de sus días.
No es extraño por lo tanto que aunque nos parezca un espectáculo tragicómico, los ciudadanos lo vivan con auténtico sentimiento, con lágrimas que no son de cocodrilo, sino de sincero pesar por la pérdida de un tirano que les ha anulado la voluntad y la capacidad de discernir y que ha sumido a ese pobre país en la miseria más absoluta que se traduce en continuas hambrunas que diezman la población, mientras mantiene un ejército de un millón de soldados – el cuarto del mundo – con una capacidad nuclear que mantiene en continuo jaque a los países limítrofes y al resto del mundo al que se permite amenazar en una continua locura que desafía la razón humana.
Resulta inconcebible a estas alturas una situación semejante de docilidad, esclavitud, y subyugante vasallaje hacia unos personajes – se trata de una monarquía comunista hereditaria – absolutamente despreciables que viven a cuerpo de rey mientras la ciudadanía pasa hambre y necesidades sin cuento, donde la penuria llega hasta extremos de carecer de combustible para calentar sus hogares en invierno.
Ciudades con avenidas inmensas sin tráfico alguno, estatuas del amado líder por doquier, consignas continuas de los comisarios vigilantes de la miserable revolución hacia una población que rinde culto hacia el amado y endiosado dirigente al que todo deben y que los ha empobrecido hasta límites inhumanos, reduciéndolos a meros supervivientes dedicados a adorar a un falso ídolo.
La historia demuestra que los enloquecidos déspotas como este tiranuelo, no siempre acaban siendo derribados, o si es así, no siempre reciben el castigo que merecen – me pregunto cómo podrían pagar todas sus atrocidades cualquiera de los innumerables autores de crímenes contra la humanidad que a lo largo de la historia han sido – lo cual es un claro y flagrante indicativo de la injusticia, la iniquidad y la sinrazón que golpea a la especie humana a la hora de juzgar los atropellos a los que con frecuencia se ve sometida. Afortunadamente estamos contemplando cómo han ido cayendo dictadores de todo signo en diferentes partes del Planeta, pero aún quedan demasiados.
Confiemos en que los que hoy adulan y reverencian a este despreciable y déspota personajillo, sean los que mañana lo derriben con todo el estruendo que merece. No sería la primera vez en la larga lista de los tiranos que asolaron a sus pueblos. Sin embargo, parecen no tomar nota de una historia que de todas formas los condenará. Pero está claro que con eso no basta.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA IDENTIDAD PERDIDA

Somos la inmensa mayoría de los humanos de a pie, y cada vez en mayor medida, un claro, diáfano y transparente libro abierto, con sus páginas desplegadas sin posibilidad de ocultar su contenido, con todo su material impreso al descubierto, listo para que cualquiera, ya sean instituciones públicas o privadas, ya sean individuos u organismos varios, ojeen en sus entrañas y su argumento penetrando en sus más íntimos vericuetos con el afán y la intención poco disimulados de conocer la vida, obra y milagros que dicho relato puedan depararles, aquellos, que más que desaprensivos, no son sino unos indefensos individuos.
No es necesario para ello que nos esforcemos en mantenerlo abierto de par en par, ni que proclamemos a los cuatro vientos su contenido, ya que basta con que poseamos una identidad pública, para que los organismos oficiales correspondientes extiendan sus numerosos brazos para mantenernos permanentemente conectados y atados a ellos para siempre, manteniéndose un flujo de información constante y efectivo, siempre desde nosotros hacia ellos, y así constituir con todos una inmensa red tejida con hilos invisibles que permitirá que el Gran Hermano nos controle, dirija e inspeccione, con el objeto de satisfacer sus necesidades que nunca se verán totalmente satisfechas.
El común de los mortales no puede escapar a este destino, salvo que se recluya en un apartado e inaccesible paraje, que no existe, se retire a un monasterio alejado del mundanal ruido, donde seguramente no lo van a admitir, o comunique que su vivienda habitual se localiza bajo un puente dada su condición de indigente, en cuyo caso tomarán nota de la superficie que ocupa, zona donde se halla ubicada su residencia y comodidades de las que dispone con el fin de incorporar sus datos al correspondiente fichero que emitirá puntualmente los correspondientes recibos catastrales.
Claro que hoy en día, nosotros solos, sin apenas darnos cuenta, nos damos a conocer sin necesidad de que esta condición sea impuesta por los poderes públicos. No me refiero, aunque también, a las conversaciones a gritos que ya sea en la calle, en el autobús o en cualquier lugar público, mantienen a través del móvil ese tipo de gente que no tiene escrúpulo alguno en proclamar a los cuatro vientos sus intimidades más recónditas, dándolas a conocer a cuantos se encuentran a cien metros a su alrededor.
Hablo de aquellos que de una ingenua forma se identifican en las redes sociales, haciéndolo en ocasiones de una manera exhaustiva, proporcionando no sólo su filiación, sino divulgando su historial tanto gráfico como textual, sin reparos, sin remilgos, sin pudor alguno, sin darse cuenta de que esa información puede ser no sólo conocida al instante por quienes quizás no desean, sino que sobre todo puede manipularse con oscuras intenciones por quienes medran por esas redes tratando de obtener inconfesables beneficios.
Y así, entre unos y otros, sin comerlo ni beberlo, sin haberlo solicitado sin creer en ello y sin vocación, nos vemos inmersos en la tupida red que nos han ido tejiendo y de la cual nadie puede escapar sin sufrir daños de algún tipo. Los unos friéndonos a impuestos, declaraciones, tasas, obligaciones, restricciones y crisis varias y los otros cotilleando y metiéndose en nuestras vidas, publicándolas y amplificándolas sin nuestro permiso. ¿Alguien puede sustraerse a esta situación? Por supuesto. Pero esa es otra historia.

lunes, 28 de noviembre de 2011

TIEMPO DE TONTACOS

Vivimos unos tiempos en los que la tontería, la falta de personalidad, la banalidad, y la vulgaridad más acendradas, campan por sus anchas a diestro y siniestro, en todas la escalas y niveles sociales, afectando a edades diversas, con cultura y sin ella, de uno y otro sexo, que hacen ostentación de tal forma y manera, que con una total falta de escrúpulos, sin la menor delicadeza, sin tacto alguno, reparo o prejuicio, se hacen ver y oír para desgracia y espanto de cuantos los soportamos a diario.
Incalificables las/los energúmenos que, pegados al móvil, del que son una mera y simple prolongación, sin el menor respeto hacia los demás, hablan a voz en grito a través de ese artefacto del que son inseparables, ya se encuentren en el autobús, en la sala de espera del hospital, en el cine o en plena calle, haciéndonos partícipes de su total falta de educación, sin la menor vergüenza, con un absoluto e insultante desprecio hacia cuantos les rodean, publicando a los cuatro vientos sus cuitas que a nadie más que a ellos debieran interesar, con un olímpico desprecio por su intimidad y la nuestra.
Insufribles por vulgares, incultos y barriobajeros las/los famosillas/os, celebrities ridículos de la desfachatez, la ordinariez, la chabacanería y el mal gusto de unos personajillos que gritan y vociferan mientras sin escrúpulo alguno cuentan una y otra vez, en un medio y en otro, sus interioridades familiares, sus insípidos e incalificables chismes o se insultan sin el menor pudor ante una audiencia considerable.
Ridículos, esperpénticos y extravagantes, aquellos que se muestran en público con las ropas agujereadas, rotas y deshilachadas, y no porque su poder adquisitivo no les dé para más. Más bien al contrario, pues se trata de tontacos/as, con un alto nivel económico, que se gastan elevadas cifras en esos harapos con los cuales uno no sabe si pretenden imitar a los menesterosos que desdichadamente han de llevar esos despojos porque no poseen otros - lo que supone una estupidez rayana en la ofensa hacia los desheredados de la Tierra - o simplemente es que quieren llamar la atención del personal, lo cual consiguen sin el menor género de dudas, al tiempo que suscitan, más que la risa, la indignación y el rechazo.
Indescriptibles los macarras que a bordo del oportuno utilitario, ridícula y burdamente tuneado y con las ventanillas abiertas de par en par, aprovechan la parada en los semáforos para subir el volumen de la música a todo trapo con el objeto de que los sufridos, indefensos y casi ya acostumbrados peatones, sientan machacados una vez más sus oídos por el espantoso, cruel e insoportable concierto que de estos energúmenos procede.
Qué triste y devastador espectáculo el de los fanáticos/as de la suprema y absurda delgadez, de la exhibición del esqueleto andante, flacos, enjutos, consumidos y demacrados, que lucen su falta de carnes como un trofeo, como un rotundo éxito conseguido a base de abstinencia alimenticia, como si quisieran emular – que no es así – a los millones de seres humanos desnutridos y hambrientos a la fuerza, porque nada poseen y que desgraciadamente pueblan la Tierra y para los que este hecho supone una ofensa más ante la visión de este deprimente espectáculo.
Y qué decir de la cocina minimalista, diminuta, exigua, ínfima, que luce inexistente en un plato exquisitamente decorado con unas leves y sutiles líneas de colores confeccionadas con una salsa compuesta de decenas de productos que bordean y acogen a una casi invisible pieza de una sustancia que parece sólida, pero que resulta que es, según anuncian pomposamente, una espuma de de jamón evaporado y condensado en un carísimo instrumento fabricado especialmente para elaborar ese ridículo y tontaco plato, cuyo importe podría alimentar a cientos de famélicos seres de este atribulado mundo.
Y por último, cómo denominar a los que diariamente nos maltratan amenazándonos con nuevos recortes de toda índole, nos intimidan con su discurso catastrofista, nos amonestan porque gastamos mucho o por todo lo contrario. Mientras tanto congelan las prestaciones a los pensionistas y a los que aún no ostentamos esa condición, nos amenazan con no percibirla después de cincuenta años cotizando, y ya de paso, alargan la jubilación hasta los setenta años, exprimiéndonos al máximo, mientras los mangantes de guante blanco se ponen las botas a costa de los de siempre.
Difícil calificar a éste último grupo entre los citados anteriormente, pero es imposible dejarlos al margen, ya que si aquellos pueden hacerse acreedores a tontería, falta ó acción no culpable, estos últimos no tienen disculpa alguna, pues juegan con vidas y haciendas a sabiendas del daño que causan y de la indefensión ante la que se encuentran ante sus decisiones.

jueves, 10 de noviembre de 2011

SIN PERDÓN

No se trata de hablar de una gran película cuyo título figura en la cabecera de este escrito al que le da título y ocasión, sino que es la excusa para iniciar un tema sobre el que se ha escrito y se escribirá a raudales en el futuro, pero que pese a ello, deja, ha dejado y dejará siempre grandes y a veces dolorosos flecos que quizás nunca se tocarán, que quedarán expuestos a la visión y conciencia de todos y que solamente la sinrazón humana unida a la soberbia y a la injusticia, pueden explicar su inalterable permanencia en el tiempo.
La historia está plagada de hechos y sucesos por los que se debería haber perdido perdón, así como de personajes que desaparecieron sin que sus culpas fueran públicamente confesadas, bien porque no se sentían culpables, pese a la universal constancia de su maldad, bien porque su arrogante altivez se lo impedía.
No es la nuestra una sociedad que se distinga por su capacidad para reconocer las culpas, sino que más bien se distingue por sostenella y no enmendalla, por no dar nuestro brazo a torcer, por no reconocer una culpabilidad que en ocasiones es tan evidente que causaría sonrojo y vergüenza ajena si no fuera porque es tan indignante el hecho y rastrero el personaje, que mostrar esa debilidad sería un auténtico y vacuo lujo que no nos deberíamos permitir.
Dictadores de todo signo, políticos de todas las tendencias, militares, personajes de alta y baja alcurnia, unos con uniforme al uso, otros con sotana y/o alzacuello, los demás con traje y corbata y el resto con vaqueros, personajes públicos todos, que tienen y han tenido motivos para pedir perdón en público por sus múltiples fechorías, jamás lo harán, porque es un signo de debilidad, pensarán unos, porque no tienen conciencia del mal hecho, se justificarán otros, y los demás, la mayoría, porque su arrogancia no se lo permite.
Podríamos citar innumerables y flagrantes hechos de la historia de la humanidad que han quedado huérfanos del perdón al que se hicieron acreedores sus autores, porque siempre hay un causante o causantes de los hechos, y que seguramente jamás veremos plasmado en los anales de la historia, porque en su momento no lo hicieron y porque sus descendientes, que en muchos casos los hay y los seguirá habiendo, no lo llegarán a hacer jamás.
Y así nos encontramos con crueldades sin cuento cometidas por individuos responsables de haber cometidos atroces actos contra la humanidad que no dejaron descendencia o si la dejaron no se les puede pedir responsabilidades. Pero en muchos casos, sobre todo en el caso de de sociedades, organizaciones y entidades de diversa índole que han permanecido en el tiempo y que deberían pedir perdón por su trayectoria.
Países cuyos gobiernos cometieron auténticas atrocidades en el pasado, contra otros países, y contra la libertad de sus ciudadanos, mantienen ahora y siempre la obligación de excusarse. La Iglesia católica, aquí en España, por su nefasta y parcial actitud durante la dictadura, a la que le dieron la aberrante categoría de Cruzada, tiene aún hoy en día la inexcusable obligación de pedir perdón – no digamos si tomamos en consideración la denominada Santa Inquisición, institución aborrecible y cruel por excelencia, que la iglesia se encargó de gestionar – son ejemplos, que junto a otros muchos, aún tienen pendiente de pedir las oportunas disculpas.
Aquí, en nuestro País, vivimos el fin del terrorismo después de casi cincuenta años de una violencia que ha causado cerca de novecientos muertos. No basta con detener la barbarie. Las víctimas, sus familiares y la sociedad en general exige que los causante de tanto dolor y sufrimiento pidan públicamente perdón.
Sin perdón no hay descanso ni reparación.

martes, 18 de octubre de 2011

EL DESAMPARO

La desolación, el dolor, la infinita tristeza y desamparo causados por el terrorismo a las víctimas, inocentes objetivos de la barbarie cometida por quienes alentados por el odio, la crueldad y el fanatismo más inhumano y devastador destrozaron sus vidas, nos causa un profundo sentimiento de solidaridad, comprensión y respeto.
Vieron sus vidas sesgadas por aquellos que a la hora de cometer sus horribles actos, no mostraron ningún sentimiento de piedad a la hora de llevar a cabo sus abominables actos, injustificables, terribles, de una brutal e insensible atrocidad que ha llenado de espanto, soledad y desconsuelo a cientos de familiares durante cincuenta años de iniquidad, locura y la más injustificable de las atrocidades.
Nadie, en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, puede tratar de acreditar, razonar, argumentar o defender tamaña ignominia, que, sin embargo durante mucho tiempo y no solamente en el País Vasco, pareció comprenderse con aquello de que algo habrían hecho, por algo los matan, no serán tan inocentes.
Bárbaro razonamiento, demasiado extendido para desgracia de las víctimas, y de sus familiares, que tuvieron que ocultarse, en un acto de doble crueldad hacia ellos, como si fueran los culpables de unos actos incalificables que tardaron en ser reprobados demasiado tiempo, hasta que fueron reconocidos como crímenes sin más, fruto del desprecio más absoluto por la vida y el dolor ajenos.
Durante mucho tiempo volvimos la vista, hicimos como que no iba con nosotros, hasta intentamos entenderlo, y de ello, muchos, demasiados, seguramente fuimos culpables. Hasta que nos abrieron los ojos las salvajadas a las que el fanatismo puede llegar y descubrimos las atrocidades cometidas por los mensajeros de la muerte y la devastación.
Descorazonador, triste y vergonzoso, que muchos continúen ahora, después de más de ochocientos muertos, justificando la violencia o al menos, tolerándola, sin condenar claramente a los autores de los asesinatos y colocando en la misma balanza a los verdugos y a las víctimas, tratando de equipararlos, como si hubiera habido dos bandos en lucha, como si las víctimas fuesen las culpables de sus crímenes.
No podemos olvidarnos en ningún momento de las víctimas causadas por otros terrorismos de otro signo, como el que se dio en Madrid el 11 M, y que resulta igual de odioso y cruel. Su rechazo ha de ser el mismo, ya que el dolor causado es igual de injustificable.
Recientemente ha tenido lugar en Euskadi la llamada Conferencia por la Paz. Representantes políticos de diversos países, según ellos, expertos en negociaciones de paz, ex presidentes, ex ministros, y otros representantes de organismos internacionales, se reunieron en San Sebastián, y durante tres horas y sin un exhaustivo grado de conocimiento de la situación que analizaban, debatieron sobre un tema que ya dura cincuenta años.
El comunicado final, después de una intervención de tres minutos de los que disponían cada uno de ellos, no puede ser más desalentador. Prácticamente equipara a víctimas y verdugos, los coloca a la misma altura y recomienda a los terroristas a los que en ningún momento califica de tales, que abandonen las armas y al Estado que negocie con ellos. Podían haberse quedado en sus países y haberles ahorrado a los familiares de las víctimas una afrenta más.
Sólo el abandono de la violencia, el reconocimiento del dolor causado a las víctimas y a sus familiares y el perdón expresado por los culpables hacia ellos, puede cerrar un capítulo de la historia de España que nunca se debiera haber escrito.

viernes, 30 de septiembre de 2011

CON EL ALMA EN UNA NUBE

No es éste un País que se haya distinguido a lo largo de su dilatada historia por el amor a la cultura y, sobre todo, por quienes se encargan de divulgarla y difundirla mediante su contribución directa, como son los maestros, los formadores, los enseñantes y educadores en general, que nunca han sido excesivamente bien considerados, ni admirados, ni mucho menos respetados y si no, recuerden cuando de una forma despectiva, bárbara e ignorante, se acuñó aquella odiosa e inculta expresión con la que se calificaba a quienes ejercían esta hermosa profesión: “el que vale, vale, y el que no para maestro”.
No deberían extrañarnos estas demostración de una soberana incultura, que, pese a todo, seguimos arrastrando, con una inmensa mayoría de la población que no lee ni un solo libro en toda su vida, pero que conoce a la perfección la marcha de la liga de fútbol o que recita de memoria el nombre de todos los aberrantes famosillos que invaden las pantallas de televisión con sus gritos, cotilleos y estupideces varias, siempre inmersos en el terreno de la incultura, la ignorancia y la brutalidad más acendradas.
Y es que la España de charanga y pandereta, del a vivir que son dos días o su sinónimo de a vivir del cuento, pese a los difíciles tiempos que vivimos, sigue vigente, y los defectos nacionales tradicionales, continúan estando demasiado presentes, hasta el punto que la mala educación, el mal gusto y las malas formas, siguen estando instaladas en una País que ha avanzado en todos los órdenes, sin lugar a dudas, pero al que le cuesta desprenderse de muchos defectos que aún le acompañan.
En estos días se vive en el sector de la enseñanza pública una cierta inquietud y desasosiego, sobre todo en la Comunidad de Madrid, a propósito de las declaraciones formuladas por su presidenta, la cual afirma sin sonrojo alguno que los profesores apenas trabajan veinte horas a la semana, que no dan ni golpe, que su jornada laboral supone un agravio comparativo con la de la mayoría de los trabajadores que duplican el número de horas trabajadas.
Más de lo mismo, una afrenta más hacia unos profesionales que dedican su vida a formar a nuestros jóvenes, con unas afirmaciones inexactas, que no responden a la verdad, tan alejadas de la realidad, como la población lo sigue estando de los enseñantes, a los que no se les reconoce su labor, pues ignoran las horas que dedican fuera del aula, en el mismo centro, en casa, preparando trabajo, corrigiendo, programando.
En definitiva, todo esto supone un desconocimiento absoluto hacia una labor que se desarrolla cada día en un ambiente de mayor dificultad debido a los problemas con los que se enfrentan cada vez con mayor frecuencia motivado por las características del alumnado y la incomprensión y a veces la desidia de las autoridades en unos casos y de los mismos padres en otros, que no contribuyen a mejorar una situación cada vez más deteriorada en el ámbito de la enseñanza.
Con el alma en una nube / y el cuerpo como un lamento / llega el problema del pueblo / llega el maestro. Cantaba Patxi Andión, que posteriormente ejerció también de enseñante, allá por los tiempos heroicos en los que los maestros rurales, ejercimos de maestro de escuela en aquellas deliciosas escuelitas unitarias repartidas por la mayoría de los pueblecitos y aldeas de la geografía española, donde el maestro era más respetado, querido y considerado que en los tiempos actuales.
Conservo un hermoso e imborrable recuerdo de aquellos impagables tiempos de maestro de escuela por pueblos de la provincia de Segovia. Sigo amando esta profesión que hace muchos años abandoné y para la que pido el respeto y la consideración que se merece.

viernes, 23 de septiembre de 2011

QUE INVENTEN ELLOS

Esta archiconocida y popular afirmación, muy de aquí, muy española, negativa y perversa como pocas, constituye, en principio, una dejación absoluta de la capacidad de un pueblo, de una nación para indagar, explorar, averiguar, utilizar la curiosidad como arma, como acicate y aliciente para acercarnos al conocimiento, al descubrimiento, que desde la invención de la rueda hace seis mil años, no se ha detenido, logrando así el progreso y el avance que la humanidad ha experimentado a lo largo d su historia.
Seguiríamos en la época de las cavernas si el ser humano hubiera hecho dejación de sus dotes para indagar, para preguntarse el por qué de cuanto nos rodea, de cuando sucede, de tratar de encontrar respuestas a fenómenos en principio inexplicables. Pero ese extraordinario sentido de investigación del que suele estar dotado el hombre, le ha llevado y le sigue conduciendo a explicarse el mundo, el universo y todo cuanto se encuentra a su alrededor, consiguiendo así el progreso logrado desde el descubrimiento del fuego hasta nuestros tecnológicos tiempos.
Pero aquí – por dejar de lado por una vez la expresión “en este País” – somos asín – recuérdese, que al igual que “ansí”, el diccionario de la Real Academia, lo permite – y, en consecuencia, así nos ha ido, así nos luce el pelo, con grandes inventores, con genios eminentes que han tenido que llevarse su capacidad inventiva y sus descubrimientos a tierras extrañas y lejanas, donde les han recibido con los brazos abiertos.
Y allí tuvieron que vender su ingenio y allí se patentó lo que nunca debiera haber salido de nuestro País, si la desidia, la ignorancia y cómo no, la envidia típica de estos lares por todos aquellos que destacan y tienen éxito, camparon por sus respetos provocando un vacío permanente en el terreno de la investigación que ya es endémico en España.
Isaac Peral y Narciso Monturiol, inventores del submarino, Juan de la Cierva con el Helicóptero, Alejandro Goicoechea con el Tren Talgo, son sólo algunos ejemplos de grandes personajes que tuvieron que ir en busca de otro País donde valorasen unos descubrimientos que tuvieron una enorme repercusión para la humanidad y que, paradojas del destino, al no haberse patentado en nuestro País, tuvimos que pagar un alto precio para poder utilizarlos aquí, en el lugar de origen de quién los inventó.
Somos unos de los principales países del mundo en fabricar automóviles, pero sin embargo ni una sola de la gran cantidad de marcas que los producen es Española, lo cual ya dice bastante de la situación que analizamos y de las desventajas económicas que esto supone.
Tuvimos una marca de primerísima categoría en este terreno, Hispano Suiza, un fabuloso automóvil al estilo de Ferrari y similares, una marca de prestigio reconocida por todo el mundo del automovilismo y que consiguió grandes éxitos compitiendo en los circuitos de todo el mundo. Pues bien, la desidia, la falta de imaginación y el desinterés general, lograron, una vez más, echar a pique una gran ocasión de demostrar que éramos capaces de conseguir altos grados de calidad en este sector.
Lo nuestro son los toros, las fiestas día sí, día no, los puentes – si la fiesta cae en domingo, la pasamos al lunes – las fiestas religiosa a miles, la semana santa y sus inefables y tétricos pasos, la navidad con fiestas a diestro y siniestro, y el mes de agosto inhábil para cualquier actividad que suponga producir, trabajar, levantar una economía en crisis y con una cifra de parados que sonroja y en la que, eso sí, somos los primeros con considerable ventaja.
No hemos mejorado mucho. Las cifras en investigación son ridículas comparadas con el resto de los países avanzados y hasta nos permitimos hacer recortes en enseñanza y sanidad, dos pilares absolutamente básicos del bienestar de una sociedad.
Que inventen ellos, vuelva usted mañana y a vivir que son dos días. Tres frases acuñadas en un País al que aún le faltan unos cuantos hervores para entrar definitivamente en la modernidad.

martes, 20 de septiembre de 2011

LECCIONES DE LA HISTORIA

La historia es una fuente inagotable de conocimiento que deberíamos conocer mucho más exhaustivamente de lo que tradicionalmente nos han enseñado, aunque esta deficiencia educativa, no es obstáculo alguno para alegar de su ignorancia, ya que su estudio está al alcance de todos independientemente de si poseemos o no la bibliografía y la documentación necesarias para semejante empeño.
Internet nos brinda esa posibilidad si realmente estamos interesados en conocer nuestro pasado, y a nada que nos molestemos y poseamos una mínima capacidad para bucear en tiempos pretéritos, dentro de esa maravillosa herramienta al alcance hoy en día de una inmensa mayoría de la población, encontraremos cuanta información deseemos de cualquier capítulo de la historia pasada de la civilización humana.
De esta manera, me adentré en una época de la historia de España como es la que comprende la Primera República, que apenas sobrevivió once meses, del 11 de febrero de 1872 al 29 de diciembre de 1874. Durante este breve período de tiempo ejercieron cuatro presidentes de la República, uno de los cuales, fue Nicolás Salmerón, nombre que a la mayoría, sin duda nos suena sin más, como tantas otras figuras de nuestra historia pasada, pero de las que en realidad ignoramos todo o casi todo.
Fue un hombre íntegro y un político singular, que apenas ostentó la presidencia de la Primera República durante el breve tiempo de un mes y medio, y no porque fuera derrocado – aunque fueron muchas las presiones que tuvo que soportar por parte de diversos estamentos – sino que decidió dimitir por negarse a firmar unas condenas de muerte, alegando lo siguiente: “ la pena de muerte como materia de penalidad no la admitiré nunca, porque es contraria a mi conciencia, a mis principios y a los principios que rigen la democracia”.
Tal integridad es difícil de entender hoy y siempre, y sitúan a este eminente político en un destacado lugar entre tanta mezquindad y miseria humana como encontramos no sólo ahora, sino en el pasado, a la hora de dedicarse a esta profesión tan denostada en nuestro tiempo.
Su rectitud, su honradez y su sentido del deber, le llevaron a enfrentarse con sus enemigos, no sólo políticos, sino a la monarquía – los borbones que serían restaurados poco después tras el golpe del general Martínez Campos – que no le perdonaron declaraciones del calado que sigue a continuación: “os gastos de todo el sistema de enseñanza en España, ascienden a tres millones de pesetas, los de la monarquía a trece millones”. Regresó a su cátedra de metafísica, pero con la restauración Borbónica, tuvo que exilarse en Francia. Volvió en 1885, merced a una amnistía que le permitió recuperar su cátedra.
Hoy, en este País, continúa la misma dinastía monárquica, pero a diferencia de aquellos tiempos, hoy desconocemos por completo los gastos que genera, que han de ser muy elevados dada la amplitud en número de miembros de la familia Real.
Si consideramos los tiempos difíciles y tremendamente complicados por lo que está pasando una población que se ve obligada a soportar continuos recortes en todos los órdenes, tanto sociales como económicos, la lección de la historia es clara y concluyente: tenemos derecho a saber, como entonces, cuales son los gastos que genera la Monarquía y que desde ahora mismo, se les apliquen los recortes que les correspondan.
Nicolás Salmerón tuvo el valor de denunciar un hecho que hoy en día, al cabo de casi ciento cuarenta años, se oculta a la ciudadanía que es quien sufraga sus onerosos gastos.
Si D. Nicolás formara hoy parte del gobierno de esta España tan absurdamente cortesana, quizás conoceríamos esas cifras que siguen empeñándose en mantener bajo un oscuro silencio, aunque lo más seguro es que se lo prohibirían, en nombre de un incomprensible sentido del secretismo que ampara a una institución, que no lo olvidemos, no ha sido elegida por la ciudadanía, sino que viene impuesta por una tradición histórica, anacrónica a todas luces en pleno siglo XXI.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

EL TESORO CATALÁN

Leí en alguna ocasión, que el hecho de poseer una u otra nacionalidad, no es sino una simple, azarosa y llana circunstancia que se da por el hecho de haber nacido en un determinado lugar de este Planeta, lo que de paso configura su idiosincrasia y por lo tanto sus costumbres, su cultura, y, por supuesto, su lengua, con la que aprenderá a expresarse, a comunicarse, a darse a entender con el mundo que le rodea.
Esta situación, es, por lo tanto, una contingencia, un accidente, por lo que el ciudadano no debería sufrir una dependencia tan estricta, rígida y determinante como de hecho experimenta y que le va a condicionar durante toda su existencia, marcándolo de por vida, como si de un sello permanente e indeleble se tratara, que va a llevar tatuado en su cuerpo y en su mente con toda la carga cultural que ello supone.
Si además nos encontramos con situaciones como aquellas en las que se encuentran quienes hayan nacido en territorio de territorios, es decir, en una nación de naciones, los condicionamientos culturales sobrevenidos, se multiplican, por lo que el individuo se hallará en una encrucijada de costumbres, hábitos y lenguas que, posiblemente le enriquecerán culturalmente, pero que posiblemente le obligarán, si no personalmente, sí administrativamente, a elegir una de las lenguas, lo cual puede suponerle un conflicto interno, que le alejará del concepto de ciudadano del mundo.
Según la UNESCO, se hablan en el mundo, aproximadamente seis mil lenguas. Una auténtica Babel, que en lugar de unir a los seres humanos, lo que realmente consigue es separarlos al evitar y dificultar su comunicación, que curiosamente es lo que una lengua persigue.
Recientemente, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha dado un plazo máximo de dos meses a la Generalitat de Cataluña para que implante el Castellano, como lengua vehicular en el sistema de enseñanza – junto con el Catalán - y no como una simple materia más de las que se imparten en Cataluña.
La respuesta, brusca, áspera, intempestiva, y al mismo tiempo inaceptable, por parte de la Generalitat, ha sido la siguiente: desobedeceremos la sentencia.
A continuación han lanzado al portavoz de las esencias y sensibilidades patrias, tan dadas al victimismo y a la rastrera capacidad de experimentar ofensas por doquier, con el objeto de lanzar a los cuatro vientos los lamentos acostumbrados de estos trasnochados nacionalistas, que recurriendo a los típicos y tópicos valores del idioma propio, identidad, bandera, himno, costumbres, gastronomía, territorio, folklore y hasta mar propios – Nosotros en Castilla y León tenemos de todo eso, salvo el mar, pero estamos en ello – tratan de justificar semejante desatino.
Y así, el susodicho representante de las esencias Catalanas, afirma sin rubor alguno, con exaltada y profunda emoción, que su lengua, su idioma, una de las seis mil que se hablan en el mundo, es “su tesoro”.
Acabáramos. La guerra de los símbolos típicos – lengua, bandera, himno- ataca de nuevo y lo hace de la forma más abyecta posible, en un mundo globalizado y harto de tanto símbolo, tanto patriota enfervorizado y exaltado que tantos destrozos ha dejado en su camino a lo largo de la historia.
Claro, que pensándolo bien, posiblemente este portavoz se haya liado, y sus aficiones cinéfilas le hayan traicionado a la hora de de citar aquello de “su tesoro”.
Dejémoslo así y démoslo por bueno de aquesta manera.