viernes, 27 de enero de 2012

CINCO MILLONES DE CONDENAS

La ironía queda a la vuelta de la esquina cuando en tiempos nos afirmaban que el trabajo era un castigo al cual se veía condenado el hombre por sus pecados, que el trabajo nos haría libres, que el trabajo dignifica al hombre – suponemos que también a la mujer, que al fin y al cabo, decían, fue la culpable de la expulsión del Paraíso - que el trabajo es un derecho, una obligación, un deber.
Y aquí estamos, con unas cifras que ofenden e insultan a la inteligencia, a la buena voluntad y a la estabilidad física y emocional de cinco millones de ciudadanos, que aceptarían encantados esa condena a la que desearían ser sometidos de buen grado consiguiendo un trabajo, una actividad remunerada que les permita afrontar el día a día en este absurdo mundo, donde para sobrevivir se llega hasta la súplica y más allá si con ello te asignan una labor a desempeñar que justifique el salario a percibir.
Me atrevo a calificar de espantosa la situación de tanta gente con mucha experiencia laboral y demasiada edad cronológica, ya que según los más recientes cánones, pasar de los treinta y cinco supone entrar en la ancianidad laboral y no llegar a esa cifra, se considera rozar demasiado cerca la adolescencia en cuanto a producir se refiere, por lo que se entra en un bucle, en un círculo viciosos, tendencioso y absurdo, del que es imposible salir.
¿Cómo es posible que en una sociedad opulenta, tecnológicamente avanzada y en pleno siglo XXI, se esté dando una situación en la que más de cinco millones de personas - entre ellas familias enteras, un millón seiscientas mil, que sobreviven no se sabe cómo, sin ningún ingreso – vivan en una permanente angustia que azota sus vidas hasta extremos inimaginables en un país que se autoproclama la décima potencia industrial del mundo?
¿Por qué arrojamos unas cifras de paro que superan a las del resto de los países de Europa hasta el extremo de duplicarlas? ¿Qué se está haciendo tan mal, quienes están obstaculizando el normal desarrollo de una ocupación laboral tan desastrosa, quienes son los culpables de nuestra peculiaridad con respecto al resto de los países de la Eurozona?
No hay respuesta. Bueno, sí, la de siempre, la crisis, ese ente abstracto tan machacado y tan recurrido por los de siempre, que se traduce en una realidad material que está ahogando las economías familiares y de tantas empresas que se ven abocadas al cierre por falta de financiación por parte de unas entidades financieras que han visto cómo el Estado tapaba primero y rellenaba después los agujeros que decían tener y que debería haberles obligado a que volvieran de nuevo a circular en forma de créditos y préstamos en lugar de especular como suelen hacer, comprándolo primero al uno por ciento e invirtiéndolo a renglón seguido al cinco por ciento en subastas que promociona el mismo Estado.
No preguntes lo que el Estado puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por el Estado. Esta expresión resulta humillante para un ciudadano que ve como cada día surgen nuevos escándalos y corruptelas – al igual que en un iceberg, apenas se ve la punta de ese inmenso bloque de corrupción que asola a este País – como los mismos directivos de determinadas entidades financieras atracan sus propias cajas a base de auto asignarse escandalosos sueldos y astronómicas jubilaciones y seguros de toda índole.
Tenemos la clase política que nos merecemos, y es así porque nosotros los hemos elegido y si no que se lo pregunten a determinadas comunidades autónomas, donde la corrupción, el derroche y el despilfarro que han ocasionado sus gobernantes, han dejado las arcas vacías y, sin embargo, siguen eligiendo a los mismos que han causado semejantes destrozos.
Triste y demoledora situación la de tanta gente que no pide sino trabajar, qué ironía, sin poderlo conseguir ni aún suplicándolo. Pero aparte de esas familias en las que ningún ingreso entra, desespera y espanta la desoladora situación de los jóvenes, sin futuro alguno al no vislumbrar la más remota posibilidad de encontrar un trabajo.
Vivir sin esperanza, sin ilusión, sin perspectiva de futuro es una condena.

miércoles, 18 de enero de 2012

LA JUSTICIA EN ENTREDICHO

Quizás recuerden aquella expresión “la justicia es un cachondeo”, que se atrevió a emitir en público el célebre desde entonces alcalde Pacheco y que le supuso importantes y serios problemas con la diosa Themis, asesora de Zeus, portadora de la balanza de la justicia y jueza de los dioses del Olimpo, donde tenía la facultad y el poder de juzgar y castigar a dichas divinidades, si a ello se hicieran acreedores.
Quizás se quedó corto, leo en algunos comentarios que aún pululan por ahí y que ante el espectáculo que esta institución nos depara de vez en cuando, consideran que la imagen de la justicia sigue estando en continuo precario en un País donde se acumulan los expedientes judiciales de tal manera que el efecto que pueda esperarse de la sentencia correspondiente – si es que ha lugar a ella – pierde todo su sentido y efectividad a causa del tiempo transcurrido.
Una justicia lenta no es tal, si se eterniza a la hora de resolver, si se politiza a la hora de dictaminar, si no está al día en cuanto a su funcionamiento interno, si posee importantes carencias tecnológicas, si los métodos burocráticos y administrativos están obsoletos, si adolece de falta de personal, si todas y cada una de estas trabas subsisten en el siglo XXI, entonces la justicia será además de vana e ineficaz, insoportable y dolorosamente injusta para el sufrido administrado que desearía confiar en uno de los tres poderes fundamentales del Estado.
Una justicia que discrimina en función del individuo, no es tal, ya que abomina del principio fundamental de la misma que es la de su aplicación igualitaria independientemente del sujeto al que se le aplica – la diosa Themis lleva los ojos vendados – y estamos demasiado acostumbrados a contemplar como segrega y excluye a quienes no tienen los medios pecuniarios suficientes para pleitear en igualdad de oportunidades con quienes gozan de fama – esto es especialmente grave – y fortuna – esto sobre todo – ya que pueden utilizar numerosos recursos y subterfugios de toda índole a los que el ciudadano de a pie, generalmente no puede acceder.
Una justicia que no es imparcial y ecuánime, - y la historia está llena de sentencias que se oponen frontalmente a la rectitud y la honradez que debería presidirlas – no se le puede aplicar el calificativo de justa, puesto que defrauda y desafía su esencia más elemental, sin la cual no cabe hablar de una de las característica que mejor define el estado de derecho y que constituye el pilar fundamental sobre el que se asienta una democracia consolidada.
Una justicia que no es independiente, porque esté al servicio de los otros poderes del Estado o de determinados grupos o poderes fácticos de diversa índole, no es tal, porque pierde el principio fundamental de autonomía y neutralidad que debe caracterizarla y que demasiadas veces y de forma muy sutil parece contemplarse a la hora de llevar a cabo determinados procesos – o de no llevarlos a término – contra determinados grupos o personas, logrando con ello despertar la sospecha, el recelo y la suspicacia de los ciudadanos.
En estas fechas se está celebrando el juicio que encausa a un conocido juez que ha destacado en su actividad incluso a nivel internacional. Su repercusión ha sido enorme, no solo en nuestro País, donde ha llevado a cabo procedimientos que han levantado ampollas en determinados sectores de la vida política nacional al sacar a la luz determinados procesos que se cerraron en falso tras la dictadura, sino también en otros países, donde es conocido por su intervención contra los integrantes de las dictaduras que tuvieron lugar en Chile y Argentina.
La justicia acusa ahora a un juez por luchar contra la corrupción. Juzguen ustedes.

jueves, 12 de enero de 2012

SOMOS HIJOS DE LAS ESTRELLAS

En una archiconocida y amable película donde se retrata la figura del personaje principal con un retraso psíquico que le acompañará toda su vida, pero que le permitirá desenvolverse en la misma con cierta soltura, incluyendo su incorporación a la guerra y su posterior ejercicio como modélico padre, en un momento determinado de su vida juvenil, cuando siempre estaba a la carrera, unas veces por que le perseguían quienes de él se burlaban y en otras porque era ya su habitual modo de desplazarse, alguien le preguntó por qué lo hacía y su contestación a medio camino entre la realidad, la fantasía y la filosofía fue: no lo sé, pero pese a que siempre estoy corriendo, no he visto que haya llegado a ninguna parte.
Brillante respuesta a una pregunta que nos hacemos con frecuencia a lo largo de nuestra vida y para la que no solemos obtener más respuesta que la que consigue nuestro protagonista, y que parece ser la única fiable aunque nos neguemos a admitirlo, después de analizar la frenética vida en la nos hallamos inmersos, aunque el tiempo que le dediquemos a dicha cuestión sea mínima, ya que de inmediato volvemos a la actividad que nos domina hasta tal punto que dejamos aparcadas esa consideraciones tan recurrentes como vacías de contenido, quizás porque inconscientemente nuestro cerebro así las trata con objeto de liberarnos de semejante dilema.
Somos manifiestamente incapaces de aislarnos por un momento de las tribulaciones en las que diariamente nos hallamos inmersos, de ese universo donde nos encontramos, del que formamos parte como una partícula infinitamente elemental, y vernos de esa manera a través de una ventana cósmica cuya visión nos depararía un hermoso planeta Tierra solitario, aislado del resto de los mundos, sin conexión alguna con ellos, donde la vida bulle en medio de la vorágine que amenaza con consumirnos.
Deberíamos concluir que somos inmensamente insignificantes, que no somos los dueños absolutos de una vida que, sin duda, prolifera y se manifiesta en infinidad de mundos que nos rodean, por lo que deberíamos limitar nuestra soberbia y contener nuestra capacidad de destrucción, no solo de nuestro entorno, que no nos pertenece, sino de nuestra integridad tanto física como moral para conseguir de este modo el respeto de una naturaleza que parece rebelarse contra nosotros en la misma medida que se ve agredida por una especie humana que hace tiempo se olvidó de sus orígenes cuando surgió en el mar.
Somos hijos de las estrellas, afirmaba Carl Sagan, de una energía formidable que puebla un universo ante el cual deberíamos recoger las velas de nuestra soberbia y contemplarlo como una majestuosa obra ante la que deberíamos elevar los ojos con frecuencia para contemplar la fantástica maravilla que nos rodena y que nos recuerda cada día que formamos parte de un cosmos que no se limita a un insignificante planeta como el nuestro, donde la vida se abrió camino con el propósito de poblar una naturaleza con la que convivir en perfecta armonía.
El nuestro es un viaje sin retorno, sólo de ida, con destino quizás a ninguna parte. Es por ello que deberíamos reflexionar, abandonar esa soledad en la que nos recluimos al considerarnos habitantes de este pequeño e insignificante mundo que habitamos y abrir nuestros ojos y nuestra mente a la idea de un universo que nos acoge, pese a nuestra hostil actitud, con los brazos abiertos.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LAS CUENTAS REALES

Si usted, estimado lector, se decide a teclear en un buscador de Internet el texto que se corresponde fielmente con el título de este comentario, obtendrá cerca de veintitrés millones de coincidencias, resultados o enlaces, todos los cuales – la inmensa mayoría, ya que es imposible examinar todos – relativos al área contable, ya que esa expresión se corresponde con una de las numerosas acepciones, en este caso de las cuentas, que se manejan en la contabilidad financiera.
No era mi intención penetrar en el farragoso e ininteligible mundo contable, ni siquiera por una mera curiosidad tratando de discernir, dada la expresión, entre las posibles cuentas virtuales y por oposición, las reales. No, en absoluto, aunque dado el hecho de que vivimos tiempos financieramente convulsos, tampoco hubiera tenido nada de excepcional que pretendiera tratar de aclarar las cuentas que simplemente ya de oído suenan fatal, provenientes de tanto ingeniero financiero, tanto siniestro banquero y tanto mangante de guante blanco y de tantos otros colores, como asolan el panorama que a río revuelto se crea.
Y no me ha extrañado gran cosa el resultado obtenido tras la oportuna consulta, ya que soy consciente de que nos encontramos en un país, dónde demasiados tabús, vetos y censuras varias persisten aún, lo cual, a estas alturas, no deja de ser un anacronismo y una deficiencia democrática bastante notable. Resulta inconcebible, el desconocimiento, la dejadez y la indolencia, ante un tema que debería interesarnos y al que casi nadie parece encontrar el atractivo suficiente para interesarse por él.
Es éste un País con un alto porcentaje de cortesanos, con la prensa a la cabeza – y en este caso concreto a los pies – junto con un elevado índice de políticos y personajes relevantes que conforman un coro de aduladores irredentos, patéticos y sumisos que de una manera absurda e irracional, se dedican a cantar las virtudes y a ocultar los defectos de personajes de la vida pública, cuyo comportamiento, vida y hacienda, nos incumben a todos los ciudadanos, por una sencilla razón: nosotros somos quienes pagamos sus facturas.
Hoy, veintiocho de diciembre, día de los santos inocentes, la Casa Real, ha decidido graciosamente, después de treinta y dos años y por primera vez, hacer públicas unas cuentas que deberían haberlo sido desde siempre y que inexplicablemente se han ocultado, haciendo honor a esa extraña y absurda actitud que gobiernos tanto de derechas como de izquierdas han mantenido y mantienen hacia una institución como es la Monarquía, que guste o no, nos ha sido impuesta.
Demasiado tiempo han tardado en publicar unas cifras, nada detalladas por cierto, considerablemente elevadas y más con la que está cayendo sobre los ciudadanos de a pie, que no obstante han sido difundidas tras el escándalo financiero de uno de sus componentes, de una forma un tanto precipitada y obligada por unas circunstancias que en nada favorecen a una institución que permanentemente vela por una imagen que por otra parte tanto nos cuesta a los contribuyentes y que miman hasta extremos que rayan en la obsesión por mantenerse en el pedestal donde se hallan.
Imposible e inimaginable resulta pensar que este ingenuo comentario de un ciudadano de andar por casa, pueda publicarse en un medio de comunicación. Sería una agradable sorpresa, que de vez en cuando pudiese entrar un poco de aire fresco en unos medios que, salvo honrosas excepciones, solo airean copiosa y abundantemente, los minutos de aplausos, los innumerables elogios y las infinitas bondades sin cuento a las que al Rey se le atribuyen.
He ahí el reto, por si algún medio de comunicación, tiene la gallardía de recogerlo.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

ESOS ODIADOS LÍDERES

De surrealista, irracional y degradante, puede calificarse el espectáculo proporcionado por las imágenes que hemos visto de Corea del Norte, en las que unos hundidos y apesadumbrados ciudadanos lloran desesperada y trágicamente, con una desgarradora impresión de desamparo y absoluta amargura la pérdida de su amadísimo benefactor padre de la patria, tienen más de patéticas, histriónicas y melodramáticas que de conmovedoras.
Da la impresión, a fuerza de resultar anacrónicamente irreales y kafkianas, que se trata de una singular y gigantesca dramatización montada a escala nacional en cada una de las ciudades y pueblos que componen esa triste, sombría, y enigmática nación Coreana, encerrada, encarcelada en sí misma, prisionera de los enloquecidos sátrapas que la dirigen con fiero y cruel puño de hierro tratando de ocultarla a toda costa al resto del mundo.
Nada traspasa sus fronteras, ni en un sentido ni en el otro, tan sólo algunas esporádicas noticias e imágenes tomadas con el riesgo de las vidas de quienes manifiestan semejante atrevimiento. En una de esas ocasiones, en un documental se contempla a un grupo de niños de tiernísima edad, repitiendo a coro las consignas que su fanática maestra les repite una y otra vez sobre el amado líder al que tanto deben, al que se le debe absoluto respeto y sumisión, en lo que constituye un continuo lavado de cerebro que les acompañará el resto de sus días.
No es extraño por lo tanto que aunque nos parezca un espectáculo tragicómico, los ciudadanos lo vivan con auténtico sentimiento, con lágrimas que no son de cocodrilo, sino de sincero pesar por la pérdida de un tirano que les ha anulado la voluntad y la capacidad de discernir y que ha sumido a ese pobre país en la miseria más absoluta que se traduce en continuas hambrunas que diezman la población, mientras mantiene un ejército de un millón de soldados – el cuarto del mundo – con una capacidad nuclear que mantiene en continuo jaque a los países limítrofes y al resto del mundo al que se permite amenazar en una continua locura que desafía la razón humana.
Resulta inconcebible a estas alturas una situación semejante de docilidad, esclavitud, y subyugante vasallaje hacia unos personajes – se trata de una monarquía comunista hereditaria – absolutamente despreciables que viven a cuerpo de rey mientras la ciudadanía pasa hambre y necesidades sin cuento, donde la penuria llega hasta extremos de carecer de combustible para calentar sus hogares en invierno.
Ciudades con avenidas inmensas sin tráfico alguno, estatuas del amado líder por doquier, consignas continuas de los comisarios vigilantes de la miserable revolución hacia una población que rinde culto hacia el amado y endiosado dirigente al que todo deben y que los ha empobrecido hasta límites inhumanos, reduciéndolos a meros supervivientes dedicados a adorar a un falso ídolo.
La historia demuestra que los enloquecidos déspotas como este tiranuelo, no siempre acaban siendo derribados, o si es así, no siempre reciben el castigo que merecen – me pregunto cómo podrían pagar todas sus atrocidades cualquiera de los innumerables autores de crímenes contra la humanidad que a lo largo de la historia han sido – lo cual es un claro y flagrante indicativo de la injusticia, la iniquidad y la sinrazón que golpea a la especie humana a la hora de juzgar los atropellos a los que con frecuencia se ve sometida. Afortunadamente estamos contemplando cómo han ido cayendo dictadores de todo signo en diferentes partes del Planeta, pero aún quedan demasiados.
Confiemos en que los que hoy adulan y reverencian a este despreciable y déspota personajillo, sean los que mañana lo derriben con todo el estruendo que merece. No sería la primera vez en la larga lista de los tiranos que asolaron a sus pueblos. Sin embargo, parecen no tomar nota de una historia que de todas formas los condenará. Pero está claro que con eso no basta.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA IDENTIDAD PERDIDA

Somos la inmensa mayoría de los humanos de a pie, y cada vez en mayor medida, un claro, diáfano y transparente libro abierto, con sus páginas desplegadas sin posibilidad de ocultar su contenido, con todo su material impreso al descubierto, listo para que cualquiera, ya sean instituciones públicas o privadas, ya sean individuos u organismos varios, ojeen en sus entrañas y su argumento penetrando en sus más íntimos vericuetos con el afán y la intención poco disimulados de conocer la vida, obra y milagros que dicho relato puedan depararles, aquellos, que más que desaprensivos, no son sino unos indefensos individuos.
No es necesario para ello que nos esforcemos en mantenerlo abierto de par en par, ni que proclamemos a los cuatro vientos su contenido, ya que basta con que poseamos una identidad pública, para que los organismos oficiales correspondientes extiendan sus numerosos brazos para mantenernos permanentemente conectados y atados a ellos para siempre, manteniéndose un flujo de información constante y efectivo, siempre desde nosotros hacia ellos, y así constituir con todos una inmensa red tejida con hilos invisibles que permitirá que el Gran Hermano nos controle, dirija e inspeccione, con el objeto de satisfacer sus necesidades que nunca se verán totalmente satisfechas.
El común de los mortales no puede escapar a este destino, salvo que se recluya en un apartado e inaccesible paraje, que no existe, se retire a un monasterio alejado del mundanal ruido, donde seguramente no lo van a admitir, o comunique que su vivienda habitual se localiza bajo un puente dada su condición de indigente, en cuyo caso tomarán nota de la superficie que ocupa, zona donde se halla ubicada su residencia y comodidades de las que dispone con el fin de incorporar sus datos al correspondiente fichero que emitirá puntualmente los correspondientes recibos catastrales.
Claro que hoy en día, nosotros solos, sin apenas darnos cuenta, nos damos a conocer sin necesidad de que esta condición sea impuesta por los poderes públicos. No me refiero, aunque también, a las conversaciones a gritos que ya sea en la calle, en el autobús o en cualquier lugar público, mantienen a través del móvil ese tipo de gente que no tiene escrúpulo alguno en proclamar a los cuatro vientos sus intimidades más recónditas, dándolas a conocer a cuantos se encuentran a cien metros a su alrededor.
Hablo de aquellos que de una ingenua forma se identifican en las redes sociales, haciéndolo en ocasiones de una manera exhaustiva, proporcionando no sólo su filiación, sino divulgando su historial tanto gráfico como textual, sin reparos, sin remilgos, sin pudor alguno, sin darse cuenta de que esa información puede ser no sólo conocida al instante por quienes quizás no desean, sino que sobre todo puede manipularse con oscuras intenciones por quienes medran por esas redes tratando de obtener inconfesables beneficios.
Y así, entre unos y otros, sin comerlo ni beberlo, sin haberlo solicitado sin creer en ello y sin vocación, nos vemos inmersos en la tupida red que nos han ido tejiendo y de la cual nadie puede escapar sin sufrir daños de algún tipo. Los unos friéndonos a impuestos, declaraciones, tasas, obligaciones, restricciones y crisis varias y los otros cotilleando y metiéndose en nuestras vidas, publicándolas y amplificándolas sin nuestro permiso. ¿Alguien puede sustraerse a esta situación? Por supuesto. Pero esa es otra historia.

lunes, 28 de noviembre de 2011

TIEMPO DE TONTACOS

Vivimos unos tiempos en los que la tontería, la falta de personalidad, la banalidad, y la vulgaridad más acendradas, campan por sus anchas a diestro y siniestro, en todas la escalas y niveles sociales, afectando a edades diversas, con cultura y sin ella, de uno y otro sexo, que hacen ostentación de tal forma y manera, que con una total falta de escrúpulos, sin la menor delicadeza, sin tacto alguno, reparo o prejuicio, se hacen ver y oír para desgracia y espanto de cuantos los soportamos a diario.
Incalificables las/los energúmenos que, pegados al móvil, del que son una mera y simple prolongación, sin el menor respeto hacia los demás, hablan a voz en grito a través de ese artefacto del que son inseparables, ya se encuentren en el autobús, en la sala de espera del hospital, en el cine o en plena calle, haciéndonos partícipes de su total falta de educación, sin la menor vergüenza, con un absoluto e insultante desprecio hacia cuantos les rodean, publicando a los cuatro vientos sus cuitas que a nadie más que a ellos debieran interesar, con un olímpico desprecio por su intimidad y la nuestra.
Insufribles por vulgares, incultos y barriobajeros las/los famosillas/os, celebrities ridículos de la desfachatez, la ordinariez, la chabacanería y el mal gusto de unos personajillos que gritan y vociferan mientras sin escrúpulo alguno cuentan una y otra vez, en un medio y en otro, sus interioridades familiares, sus insípidos e incalificables chismes o se insultan sin el menor pudor ante una audiencia considerable.
Ridículos, esperpénticos y extravagantes, aquellos que se muestran en público con las ropas agujereadas, rotas y deshilachadas, y no porque su poder adquisitivo no les dé para más. Más bien al contrario, pues se trata de tontacos/as, con un alto nivel económico, que se gastan elevadas cifras en esos harapos con los cuales uno no sabe si pretenden imitar a los menesterosos que desdichadamente han de llevar esos despojos porque no poseen otros - lo que supone una estupidez rayana en la ofensa hacia los desheredados de la Tierra - o simplemente es que quieren llamar la atención del personal, lo cual consiguen sin el menor género de dudas, al tiempo que suscitan, más que la risa, la indignación y el rechazo.
Indescriptibles los macarras que a bordo del oportuno utilitario, ridícula y burdamente tuneado y con las ventanillas abiertas de par en par, aprovechan la parada en los semáforos para subir el volumen de la música a todo trapo con el objeto de que los sufridos, indefensos y casi ya acostumbrados peatones, sientan machacados una vez más sus oídos por el espantoso, cruel e insoportable concierto que de estos energúmenos procede.
Qué triste y devastador espectáculo el de los fanáticos/as de la suprema y absurda delgadez, de la exhibición del esqueleto andante, flacos, enjutos, consumidos y demacrados, que lucen su falta de carnes como un trofeo, como un rotundo éxito conseguido a base de abstinencia alimenticia, como si quisieran emular – que no es así – a los millones de seres humanos desnutridos y hambrientos a la fuerza, porque nada poseen y que desgraciadamente pueblan la Tierra y para los que este hecho supone una ofensa más ante la visión de este deprimente espectáculo.
Y qué decir de la cocina minimalista, diminuta, exigua, ínfima, que luce inexistente en un plato exquisitamente decorado con unas leves y sutiles líneas de colores confeccionadas con una salsa compuesta de decenas de productos que bordean y acogen a una casi invisible pieza de una sustancia que parece sólida, pero que resulta que es, según anuncian pomposamente, una espuma de de jamón evaporado y condensado en un carísimo instrumento fabricado especialmente para elaborar ese ridículo y tontaco plato, cuyo importe podría alimentar a cientos de famélicos seres de este atribulado mundo.
Y por último, cómo denominar a los que diariamente nos maltratan amenazándonos con nuevos recortes de toda índole, nos intimidan con su discurso catastrofista, nos amonestan porque gastamos mucho o por todo lo contrario. Mientras tanto congelan las prestaciones a los pensionistas y a los que aún no ostentamos esa condición, nos amenazan con no percibirla después de cincuenta años cotizando, y ya de paso, alargan la jubilación hasta los setenta años, exprimiéndonos al máximo, mientras los mangantes de guante blanco se ponen las botas a costa de los de siempre.
Difícil calificar a éste último grupo entre los citados anteriormente, pero es imposible dejarlos al margen, ya que si aquellos pueden hacerse acreedores a tontería, falta ó acción no culpable, estos últimos no tienen disculpa alguna, pues juegan con vidas y haciendas a sabiendas del daño que causan y de la indefensión ante la que se encuentran ante sus decisiones.

jueves, 10 de noviembre de 2011

SIN PERDÓN

No se trata de hablar de una gran película cuyo título figura en la cabecera de este escrito al que le da título y ocasión, sino que es la excusa para iniciar un tema sobre el que se ha escrito y se escribirá a raudales en el futuro, pero que pese a ello, deja, ha dejado y dejará siempre grandes y a veces dolorosos flecos que quizás nunca se tocarán, que quedarán expuestos a la visión y conciencia de todos y que solamente la sinrazón humana unida a la soberbia y a la injusticia, pueden explicar su inalterable permanencia en el tiempo.
La historia está plagada de hechos y sucesos por los que se debería haber perdido perdón, así como de personajes que desaparecieron sin que sus culpas fueran públicamente confesadas, bien porque no se sentían culpables, pese a la universal constancia de su maldad, bien porque su arrogante altivez se lo impedía.
No es la nuestra una sociedad que se distinga por su capacidad para reconocer las culpas, sino que más bien se distingue por sostenella y no enmendalla, por no dar nuestro brazo a torcer, por no reconocer una culpabilidad que en ocasiones es tan evidente que causaría sonrojo y vergüenza ajena si no fuera porque es tan indignante el hecho y rastrero el personaje, que mostrar esa debilidad sería un auténtico y vacuo lujo que no nos deberíamos permitir.
Dictadores de todo signo, políticos de todas las tendencias, militares, personajes de alta y baja alcurnia, unos con uniforme al uso, otros con sotana y/o alzacuello, los demás con traje y corbata y el resto con vaqueros, personajes públicos todos, que tienen y han tenido motivos para pedir perdón en público por sus múltiples fechorías, jamás lo harán, porque es un signo de debilidad, pensarán unos, porque no tienen conciencia del mal hecho, se justificarán otros, y los demás, la mayoría, porque su arrogancia no se lo permite.
Podríamos citar innumerables y flagrantes hechos de la historia de la humanidad que han quedado huérfanos del perdón al que se hicieron acreedores sus autores, porque siempre hay un causante o causantes de los hechos, y que seguramente jamás veremos plasmado en los anales de la historia, porque en su momento no lo hicieron y porque sus descendientes, que en muchos casos los hay y los seguirá habiendo, no lo llegarán a hacer jamás.
Y así nos encontramos con crueldades sin cuento cometidas por individuos responsables de haber cometidos atroces actos contra la humanidad que no dejaron descendencia o si la dejaron no se les puede pedir responsabilidades. Pero en muchos casos, sobre todo en el caso de de sociedades, organizaciones y entidades de diversa índole que han permanecido en el tiempo y que deberían pedir perdón por su trayectoria.
Países cuyos gobiernos cometieron auténticas atrocidades en el pasado, contra otros países, y contra la libertad de sus ciudadanos, mantienen ahora y siempre la obligación de excusarse. La Iglesia católica, aquí en España, por su nefasta y parcial actitud durante la dictadura, a la que le dieron la aberrante categoría de Cruzada, tiene aún hoy en día la inexcusable obligación de pedir perdón – no digamos si tomamos en consideración la denominada Santa Inquisición, institución aborrecible y cruel por excelencia, que la iglesia se encargó de gestionar – son ejemplos, que junto a otros muchos, aún tienen pendiente de pedir las oportunas disculpas.
Aquí, en nuestro País, vivimos el fin del terrorismo después de casi cincuenta años de una violencia que ha causado cerca de novecientos muertos. No basta con detener la barbarie. Las víctimas, sus familiares y la sociedad en general exige que los causante de tanto dolor y sufrimiento pidan públicamente perdón.
Sin perdón no hay descanso ni reparación.

martes, 18 de octubre de 2011

EL DESAMPARO

La desolación, el dolor, la infinita tristeza y desamparo causados por el terrorismo a las víctimas, inocentes objetivos de la barbarie cometida por quienes alentados por el odio, la crueldad y el fanatismo más inhumano y devastador destrozaron sus vidas, nos causa un profundo sentimiento de solidaridad, comprensión y respeto.
Vieron sus vidas sesgadas por aquellos que a la hora de cometer sus horribles actos, no mostraron ningún sentimiento de piedad a la hora de llevar a cabo sus abominables actos, injustificables, terribles, de una brutal e insensible atrocidad que ha llenado de espanto, soledad y desconsuelo a cientos de familiares durante cincuenta años de iniquidad, locura y la más injustificable de las atrocidades.
Nadie, en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, puede tratar de acreditar, razonar, argumentar o defender tamaña ignominia, que, sin embargo durante mucho tiempo y no solamente en el País Vasco, pareció comprenderse con aquello de que algo habrían hecho, por algo los matan, no serán tan inocentes.
Bárbaro razonamiento, demasiado extendido para desgracia de las víctimas, y de sus familiares, que tuvieron que ocultarse, en un acto de doble crueldad hacia ellos, como si fueran los culpables de unos actos incalificables que tardaron en ser reprobados demasiado tiempo, hasta que fueron reconocidos como crímenes sin más, fruto del desprecio más absoluto por la vida y el dolor ajenos.
Durante mucho tiempo volvimos la vista, hicimos como que no iba con nosotros, hasta intentamos entenderlo, y de ello, muchos, demasiados, seguramente fuimos culpables. Hasta que nos abrieron los ojos las salvajadas a las que el fanatismo puede llegar y descubrimos las atrocidades cometidas por los mensajeros de la muerte y la devastación.
Descorazonador, triste y vergonzoso, que muchos continúen ahora, después de más de ochocientos muertos, justificando la violencia o al menos, tolerándola, sin condenar claramente a los autores de los asesinatos y colocando en la misma balanza a los verdugos y a las víctimas, tratando de equipararlos, como si hubiera habido dos bandos en lucha, como si las víctimas fuesen las culpables de sus crímenes.
No podemos olvidarnos en ningún momento de las víctimas causadas por otros terrorismos de otro signo, como el que se dio en Madrid el 11 M, y que resulta igual de odioso y cruel. Su rechazo ha de ser el mismo, ya que el dolor causado es igual de injustificable.
Recientemente ha tenido lugar en Euskadi la llamada Conferencia por la Paz. Representantes políticos de diversos países, según ellos, expertos en negociaciones de paz, ex presidentes, ex ministros, y otros representantes de organismos internacionales, se reunieron en San Sebastián, y durante tres horas y sin un exhaustivo grado de conocimiento de la situación que analizaban, debatieron sobre un tema que ya dura cincuenta años.
El comunicado final, después de una intervención de tres minutos de los que disponían cada uno de ellos, no puede ser más desalentador. Prácticamente equipara a víctimas y verdugos, los coloca a la misma altura y recomienda a los terroristas a los que en ningún momento califica de tales, que abandonen las armas y al Estado que negocie con ellos. Podían haberse quedado en sus países y haberles ahorrado a los familiares de las víctimas una afrenta más.
Sólo el abandono de la violencia, el reconocimiento del dolor causado a las víctimas y a sus familiares y el perdón expresado por los culpables hacia ellos, puede cerrar un capítulo de la historia de España que nunca se debiera haber escrito.

viernes, 30 de septiembre de 2011

CON EL ALMA EN UNA NUBE

No es éste un País que se haya distinguido a lo largo de su dilatada historia por el amor a la cultura y, sobre todo, por quienes se encargan de divulgarla y difundirla mediante su contribución directa, como son los maestros, los formadores, los enseñantes y educadores en general, que nunca han sido excesivamente bien considerados, ni admirados, ni mucho menos respetados y si no, recuerden cuando de una forma despectiva, bárbara e ignorante, se acuñó aquella odiosa e inculta expresión con la que se calificaba a quienes ejercían esta hermosa profesión: “el que vale, vale, y el que no para maestro”.
No deberían extrañarnos estas demostración de una soberana incultura, que, pese a todo, seguimos arrastrando, con una inmensa mayoría de la población que no lee ni un solo libro en toda su vida, pero que conoce a la perfección la marcha de la liga de fútbol o que recita de memoria el nombre de todos los aberrantes famosillos que invaden las pantallas de televisión con sus gritos, cotilleos y estupideces varias, siempre inmersos en el terreno de la incultura, la ignorancia y la brutalidad más acendradas.
Y es que la España de charanga y pandereta, del a vivir que son dos días o su sinónimo de a vivir del cuento, pese a los difíciles tiempos que vivimos, sigue vigente, y los defectos nacionales tradicionales, continúan estando demasiado presentes, hasta el punto que la mala educación, el mal gusto y las malas formas, siguen estando instaladas en una País que ha avanzado en todos los órdenes, sin lugar a dudas, pero al que le cuesta desprenderse de muchos defectos que aún le acompañan.
En estos días se vive en el sector de la enseñanza pública una cierta inquietud y desasosiego, sobre todo en la Comunidad de Madrid, a propósito de las declaraciones formuladas por su presidenta, la cual afirma sin sonrojo alguno que los profesores apenas trabajan veinte horas a la semana, que no dan ni golpe, que su jornada laboral supone un agravio comparativo con la de la mayoría de los trabajadores que duplican el número de horas trabajadas.
Más de lo mismo, una afrenta más hacia unos profesionales que dedican su vida a formar a nuestros jóvenes, con unas afirmaciones inexactas, que no responden a la verdad, tan alejadas de la realidad, como la población lo sigue estando de los enseñantes, a los que no se les reconoce su labor, pues ignoran las horas que dedican fuera del aula, en el mismo centro, en casa, preparando trabajo, corrigiendo, programando.
En definitiva, todo esto supone un desconocimiento absoluto hacia una labor que se desarrolla cada día en un ambiente de mayor dificultad debido a los problemas con los que se enfrentan cada vez con mayor frecuencia motivado por las características del alumnado y la incomprensión y a veces la desidia de las autoridades en unos casos y de los mismos padres en otros, que no contribuyen a mejorar una situación cada vez más deteriorada en el ámbito de la enseñanza.
Con el alma en una nube / y el cuerpo como un lamento / llega el problema del pueblo / llega el maestro. Cantaba Patxi Andión, que posteriormente ejerció también de enseñante, allá por los tiempos heroicos en los que los maestros rurales, ejercimos de maestro de escuela en aquellas deliciosas escuelitas unitarias repartidas por la mayoría de los pueblecitos y aldeas de la geografía española, donde el maestro era más respetado, querido y considerado que en los tiempos actuales.
Conservo un hermoso e imborrable recuerdo de aquellos impagables tiempos de maestro de escuela por pueblos de la provincia de Segovia. Sigo amando esta profesión que hace muchos años abandoné y para la que pido el respeto y la consideración que se merece.