lunes, 16 de agosto de 2021

UN DISPARATADO MUNDO

Nunca las prisas fueron buenas, tanto ahora, como en el pasado más reciente y en el pretérito más remoto, desde que nuestros ancestros dejaron su hábitat de altura, y bajaron a tierra para dar comienzo a la bipedestación, y con ello, a la larga caminata que desde entonces, hace veinte millones de años, ha recorrido el ser humano hasta nuestros procelosos días, pasando por largas y enormes fases y travesías, siempre lentas, acompañadas de todo tipo de fenómenos naturales que acompañaron a los seres vivos que entonces poblaban la Tierra, entre los que comenzaban a vislumbrarse los futuros humanos, que con el paso de los miles de milenios, fueron evolucionando hasta llegar a los que nos autodenominados seres inteligentes, quizás de una presuntuosa y excesiva forma de reconocer unas capacidades, que con el paso del tiempo, cada vez queda más claro que ni poseemos, ni merecemos, ya que carecemos de la mayoría de ellas, como venimos demostrando sobre todo en los siglos pasados más inmediatos.

Los últimos milenios, desde que tenemos documentos del paso del hombre por la historia, están llenos de sucesos de toda índole que revelan la necesidad de progresar en todos los órdenes, con una continua, pera lenta marcha hacia el futuro, con épocas plenas de una continuidad que supuso un estancamiento en dicho avance, como si el hombre se hubiera dado un prolongado respiro ante un futuro que no podía prever, pero que de alguna forma adivinaba iba a ser largo y complicado, ante lo que no valía la pena correr en exceso, sino llevar a cabo las tareas diarias, sin precipitaciones que pudieran trastocar sus indudables progresos, tratando siempre de reposarlos, disfrutarlos, y sobre todo, legarlos a una  posteridad, que veían muy lejana.

Y así, al margen de las complicaciones que engendraban las continuas guerras, la violencia, y los desastres naturales de todo orden, que sobrellevaban con una paciente resignación, fruto de sus creencias, y de la falta del conocimiento que  no estaba a disposición de la inmensa mayoría de la gente, se llegó a épocas sobresalientes e irrepetibles, como el Renacimiento, cuando la mayoría de las artes florecieron como jamás lo habían hecho, precedidas del surgimiento del Románico, y sobre todo del Gótico, que llevaron la arquitectura a una altura gigantesca para la época, con bellísimos ejemplos materializados en la arquitectura, como las portentosas y majestuosas catedrales, obras llevadas a cabo por mentes brillantes, que dedicaron siglos para su construcción, sin prisas, artesanalmente concebidas, y prodigiosamente construidas por mentes inteligentes y brillantes en extremo.

Pero hemos de remontarnos quince mil años atrás, como mínimo, para maravillarnos con el arte rupestre, con las hermosas pinturas que nos legaron aquellos pobladores de las cavernas, que siempre consideramos habitaron la prehistoria, algo que cada día queda más claro y demostrado, es de todo punto inexacto, erróneo, y sobre todo, injusto, a la par que presuntuoso por nuestra parte, al pretender negarles la inteligencia, la habilidad, y el gusto por la belleza, que con esas maravillas pictóricas demuestran, y que les insertan directamente en la historia con mayúsculas, al mismo nivel que los maestros renacentistas, a los que se comparan ahora, ante la soberbia maestría de una creación pictórica, que denota una sensibilidad que siempre se les negó a aquellos artistas, hoy plenamente integrados en el mundo del arte, que ha llevado a este mundo creativo, a considerar Altamira, como la Capilla Sixtina del arte Rupestre.

Después de veinte millones de años transcurridos desde que nuestros ancestros abandonaran los árboles, y posaran sus aún inestables pies en tierra firme, tras haber pasado tan inmenso período de tiempo evolucionando lentamente, sin prisas, y con largas pausas, condicionados por un medio siempre hostil que les imponía sus tremendas fuerzas naturales, luchando contra una enorme cadena de circunstancias adversas, el ser humano llegó hasta nuestros días, y en el último segundo de este gigantesco lapso de tiempo, logró más avances, conquistas y progresos de todo tipo, que en todo el inmenso período de tiempo pasado, a base de recorrer este último segundo a una velocidad de vértigo, que nos ha conducido hasta dónde ahora nos encontramos, con un planeta devastado y agotado en extremo, brutalmente esquilmado a base de explotarlo en todos los órdenes, que hemos dejado irreconocible.

Hasta el punto de preguntarnos ahora si merecía la pena, si tiene sentido construir una civilización, que creíamos avanzada, a nuestro pesar, dónde no tienen cabida ni las obras de arte rupestres, ni las catedrales, ni el Renacimiento, ni ninguna manifestación artística que comparárselas pueda, porque las prisas por hacer todo más y más rápido, llegar más lejos, consumir en mayor cantidad, comprar y comprar, tirar y tirar sin reparar nada, sin haberlo usado apenas, y así, hasta la extenuación más absoluta, que está provocando el hastío más absoluto de un hermoso planeta Tierra, que de múltiples formas nos está avisando con su desatada ira que muestra cada vez con más frecuencia, y que le estamos creando cada día, unos seres humanos que lo maltratamos de tal forma, que, sin duda, el castigo que nos merecemos, será proporcional al daño que le estamos causando, si no nos detenemos de inmediato, y abandonamos las prisas absurdas, y rectificamos de inmediato, algo que apenas está ya a nuestro alcance.


martes, 3 de agosto de 2021

LA POBREZA OCULTA


Paseando por las callejuelas de una población próxima a la capital del Estado, con una renta per cápita que según las estadísticas presume ser una de las más altas del País, el ocasional peatón transita por una estrecha acera, casi inexistente, a base de verse reducida a los pocos centímetros estrictamente necesarios, los justos, para que pase una persona y obligue a la que circula en sentido contrario a bajarse a la calzada, por ser incompatible con el espacio necesario para ambas, con el consiguiente peligro de verse arrollada por el turismo, que a su vez tampoco dispone de una vía ancha y segura, para poder evitar estos posibles atropellos que pese a la baja velocidad supuesta, podría tener consecuencias no deseadas para el atribulado peatón, que por allí deambulaba.

Sin duda, el viajero andante, iba en busca de su destino ciudadano, allá dónde sus pasos le dirigían, bien hacia las calles adyacentes, próximas o lejanas, bien quizás, hacia la población limítrofe, muy cercana, de la que apenas le separa una gran avenida, muy transitada por la circulación de vehículos, que a modo de ruidoso muro, hace de frontera entre ambas ciudades, a su vez muy distintas entre ellas, en todos los aspectos, incluidos los que las susodichas estadísticas reflejaban, siempre en detrimento de esta última, con más sabor a pueblo, dados sus orígenes, sus costumbres y sus tradiciones, que una vez, hace tiempo ya, fue invitada a unirse a su vecina, que declinó tan sutil oferta, temerosa, sin duda, a ser absorbida y perder con ello sus esencias a todos los niveles, algo que los vecinos no estaban dispuestos a asumir.

El caminante se dirige por la mínima acera, hasta una pequeña puerta situada a pie de la misma, sin espacio alguno entre ella y la reducida superficie por la que transita, de tal modo, que si la puerta estuviera entreabierta, un pequeño traspiés podría provocar la involuntaria entrada del sorprendido viandante en la casa a la que dicha entrada da acceso, adónde se dirige, con el propósito de visitar a su única inquilina, una mujer de ochenta y tres años, que habita una vivienda que apenas supera los veinte metros cuadrados, alquilada, dónde vive desde siempre, y que se reduce a un diminuto salón que linda con la calle, un pequeño hueco a modo de cocina, otro, aún más escaso, que hace las veces de lavabo, y un dormitorio mínimo, irregular, dónde apenas cabe la cama de esta mujer, enferma, sola, que apenas se vale por sí misma, con los pies hinchados, cojeando, que abre la puerta al visitante, y que penosamente le saluda con gestos de dolor, sorprendida ante la inesperada visita.

Apenas espacio para sentarse un par de personas, una mesita, un viejo frigorífico y un pequeño televisor, es cuanto se divisa desde el exterior, a pie de calle, desde la acera, dónde el paseante se sitúa para charlar un rato con la habitante de tan mísera vivienda, que con una mínima pensión de viudedad, sobrevive a duras penas, en unas condiciones que claman al cielo, al infierno y al purgatorio, si existieran, en una ciudad que posee una alta renta de media, pero que ignora por completo a esta y muchas otras ciudadanas y ciudadanos que viven en condiciones más que precarias, en espacios inhabitables, reducidos y miserables, que nadie debería permitir.

Todo esto, en una ciudad, de las que suelen autodenominarse como poblaciones ricas, de alto nivel adquisitivo, que deberían avergonzarse de ello, si lo conocieran, que sin duda, algo sabrán, algo sabremos, y que preferimos ignorar, cuando muchos de sus habitantes sobreviven en la pobreza y en el olvido de una sociedad infame que permite estos atropellos, con las autoridades y servicios sociales en primer lugar, que fueron elegidos para, entre otros menesteres, ocuparse de estos lamentables casos, y lograr que, al menos, dispongan de una vivienda digna, y de los más elementales servicios necesarios para la subsistencia diaria, más aún, cuando se trata de personas ancianas e impedidas, como el caso que aquí se trata, real como la vida misma.

Se despide animando a la desolada anciana, y callejea ahora hacia la avenida que separa dos pueblos, dos ciudades, dos modos de vivir tan distantes, tan iguales, deteniéndose ante el mar de tráfico que hace de muro infranqueable entre ambas poblaciones, hasta que el semáforo detiene el rugir de las máquinas ruidosas y humeantes, y el peatón se decide a cruzar por ese espacio abierto entre dos mares, y posa sus pies sobre la acera que le espera para conducirle por unas aún más estrechas callejuelas hasta su próximo destino, subiendo una empinadas cuestas, que le conducen a un callejón sin salida, dónde modernos bloque de ladrillo y cemento, se mezclan con pequeñas casas bajas, de una sola planta.

Viviendas antiguas, casi centenarias, con puertas a pie de calle, en una de las cuales, vive una señora de noventa y tres años, que ante la llamada del viajero, llama a su hija para que abra la puerta, a la que saluda y pregunta por su madre: aquí estoy dice al oírle, pasa al salón, cosa que hace, saludando a la anciana, que postrada en la silla de ruedas, sonríe al verlo, sentada junto a la ventana, del pequeño espacio donde se encuentra, en una antigua casa con muchos años encima, con una habitación, una cocina, el baño y un pequeño corral en la trasera de la casa, todo muy pequeño, muy antiguo, muy rural, entre bloques modernos, dónde han quedado atrapados en medio de la ciudad, dónde está mujer, y otros ciudadanos viven desde siempre, desde que el pueblo era aún más pueblo todavía, más pequeño, menos ciudad de lo que ahora parece querer ser, dónde viven y sobreviven tantas gentes inmersas en el abandono y la pobreza, olvidados y marginados por la indiferencia y la soberbia de sus semejantes, que no desconocen estos dos ejemplos aquí expuestos, pero que prefieren cerrar los ojos ante lo que no quieren ver, como sucede con las instituciones, que de una forma imperdonable, apenas se ocupan de quienes los necesitan, primero, porque es su obligación, y siempre, por un elemental y necesario sentido de la humanidad, a los que no deben ni pueden renunciar.

jueves, 22 de julio de 2021

EL CONCEPTO DEL ARTE

Miguel Ángel, el mayor genio que el arte ha conocido desde el principio de los tiempos, desarrolló pictórica, como le ocurrió con Julio II, que le encargó los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina, que finalmente llegó a pintar, no sin continuas discusiones entre ambos, debido al fuerte carácter del artista, y a las continuas llamadas al orden del inquieto e impaciente papa, que le urgía para que terminase la monumental obra, en la que el genio invirtió cuatro largos años, en penosas condiciones, debido a la postura que debió adoptar, de espaldas, y a escasos centímetros del techo, con peligro para su integridad física y para su vista, que no le impidió terminar una de las obras maestras de la pintura de todos los tiempos, que veinte años después remató con los frescos del Juicio Final en la pared del coro de dicha Capilla.

El Renacimiento, la época más asombrosa de la historia del arte, supuso un portentoso impulso para la mayoría de las artes, que alcanzaron una irrepetible cima, que aunque no ha tenido parangón en los siglos sucesivos, fue un acicate para los artistas y el arte en general, que originó múltiples movimientos, barroco, neoclasicismo, modernismo, realismo,  impresionismo, surrealismo, entre otros, que han continuado aquella soberbia explosión de la capacidad humana para crear, valorar y disfrutar de la belleza a través del arte en sus múltiples formas y expresiones a través de la historia.

Hoy, contemplamos también con asombro, las pinturas de la cueva de Altamira, que curiosamente ha sido reconocida como la Capilla Sixtina del arte rupestre, en un claro homenaje de reconocimiento a los artistas que hace catorce mil años fueron capaces de crear, con su indudable genio, tan singulares y admirables obras de arte, que otro genio de la pintura de nuestra tiempo, Picasso, describió con una frase, su entrega y reconocimiento hacia el genio creativo de los pintores que fueron capaces de desarrollar tan maravillosa y asombrosa obra: “después de Altamira, todo es decadencia”, denotando con ello su sincera y total admiración hacia quienes fueron capaces de generar tanta belleza con una extrema delicadeza y creatividad, que se ha conservado para nuestro asombro a través del tiempo.

El arte conceptual, último de los movimientos concebidos por sus autores, se alejan poderosa y sensiblemente del arte por antonomasia, por el arte clásico, tal como lo entendemos, desde admirar un cuadro, una hermosa sinfonía, o un conmovedor poema, hasta extasiarse ante una portentosa Y majestuosa catedral, o una pequeña ermita románica, algo al alcance de cualquier sensibilidad mínimamente receptiva, capaz de dejarse llevar por la belleza, por la emoción de la contemplación del arte en sus múltiples manifestaciones, que nos conducen, invariablemente, a un estado tal, que nos conmueve, nos emociona y nos traslada a otros mundos dónde la belleza se erige en la razón de ser, y que han llevado a considerar a los artistas de Altamira, Lascaux, y otros templos del arte rupestre, como pertenecientes a la Historia del arte, como sus precursores, y no a la Prehistoria, como siempre  se les ha considerado.


martes, 6 de julio de 2021

EL RESPETO

Hubo un tiempo, no hace muchos años, que en este País, el término “Pueblo”, llenaba la boca y oídos de una ingente cantidad de personas y grupos, ya fueran cantautores, políticos, sindicalistas, y otros, que usaban y abusaban de esta palabra con connotaciones románticas, entonces, y que hoy ha perdido, si no todo su sentido, sí todo su encanto, todo su contenido poético y aglutinador de masas, generalmente desfavorecidas en todos los órdenes, sociales y económicos, que denotaban un conjunto de seres, privados de los más elementales derechos ciudadanos, comenzando por el de la libertad de expresión, y continuando con el resto de los que una dictadura prohibía tajantemente, como medio de sobrevivir a la amenaza de esa temida mala costumbre de los seres humanos que es la libertad, la democracia, en definitiva, el reinado de los derechos humanos.

Los partidos políticos que los reclamaban para sí mismos y para el “pueblo” al que representaban y defendían, enarbolaban sus pancartas con el grito que emanaba de las manifestaciones, casi siempre reprimidas, prohibidas y rotas a la carrera entre las cargas policiales, y que no era otro que el del famoso y repetido millones de veces “el pueblo unido, jamás será vencido”, que entonces cobraba pleno sentido, y que hoy, en democracia, y con un nivel de vida superior, ya no parece estar para nadie que esté en sus cabales, y que ha quedado en los anales de la historia, como un singular, solidario y nostálgico verso suelto.

Y aunque ya nadie parece recurrir, pase lo que pase, ya se transgredan leyes justas, se dicten normas bárbaras, o se lleven a cabo ofensas de todo tipo contra las gentes gobernadas, por parte de quienes han recibido en las urnas el encargo de gobernar a las masas, al pueblo, los ciudadanos, ya no suelen salir a las calles, manifestándose, pese a todo, a gritar que ellos son los titulares del poder, del Estado de Derecho, que sólo han delegado en ellos, temporalmente, para que cumplan con sus obligaciones y deberes asumidos en tantas y tan dudosas promesas, que los votantes les encomendaron, cuando depositaron su voto en las urnas.

Con una frase no se gana a un pueblo / ni con un disfrazarse de poeta / a un pueblo hay que tratarlo con respeto / un pueblo es algo más que una maleta / son versos de una conocida cantautora española de la transición, cuando la democracia, comenzaba a dar sus primeros y titubeantes pasos, que ya antes, cuando la dictadura campaba por sus respetos, dio lugar a multitud de cantautores, que lucharon contra la represión con sus letras cargadas de denuncia, dónde el vocablo pueblo, llenaba los versos que pedían libertad, derechos, democracia, en fin.

El “Pueblo” estaba en omnipresente en boca de los políticos, en su machacona e insoportable publicidad, en todos los medios de comunicación, en los carteles, en la calle, y en la música, como los que siguen, y que pertenecen a un poema de un importante poeta Español: quisiera cantar, ser flor de mi pueblo / que me paciera una vaca de mi pueblo / que me mojaran los mares y ríos de mi pueblo / que junto con otros muchos que podríamos citar, constituyen todo un canto, un grito de libertad en defensa de los más necesitados, no sólo por cuestiones políticas, sino de los pobres, de los olvidados, de los desheredados de la Tierra, que ya no parecen existir, pese a que el tercer mundo cada día está más alejado del primero, que ya no se reconoce como Pueblo, porque las diferencias sociales y económicas han creado un abismo entre los ciudadanos, que ya no creen en una solidaridad, ahora inexistente, inmersos en una democracia formal, que ya no es preciso reivindicar.

Como la que se logró en nuestro País, apenas hace poco más de cuarenta años, que no es nada, y que sigue padeciendo vicios y defectos clamorosos, fruto, no sólo de la poca experiencia en estas lides, tanto por parte de los gobernados, como de los gobernantes, sobre todo por estos últimos, incapaces de mostrar respeto por unos ciudadanos que los han elegido, en una España complicada desde los orígenes de los tiempos, con muchos tópicos que nos siguen persiguiendo, que son reales, verdaderos, asentados en un País de charanga y pandereta a todos los niveles, que nos hemos ganado a pulso a lo largo de nuestra historia.

De todo ello se aprovechan estos ineptos, falsarios y aborrecibles políticos como los que soportamos ahora, que desprecian al pueblo, que no le respetan, que se aborrecen entre ellos, discuten, se insultan y despreocupan de los problemas de la gente, con un presidente sin escrúpulos, que se muestra como un zar, soberbio, irresponsable y presuntuoso, con una ambición desmedida, que le ha llevado a mentir continuamente a sus ciudadanos, con promesas continuamente incumplidas, con pactos y acuerdos que dijo jamás llevaría a cabo, con acciones de gobierno que aseguró  jamás llevaría a efecto, con una insaciable capacidad para engañar y desdecirse sin el menor sonrojo, con una hemeroteca, que le coloca en una situación imposible para cualquiera, y que él afronta sin inmutarse lo más mínimo, demostrando con todo esto, que el Pueblo no merece su aprecio, su lealtad, y mucho menos aún, su respeto.

lunes, 28 de junio de 2021

EL PALEONTÓLOGO EL ESCRITOR Y EL GÉNESIS

Hay libros cuya lectura deja una notable huella en el afortunado lector que tiene el placer de disfrutar su ameno y agradecido relato, en oposición a esos insoportables y rudos mamotretos, imposibles de digerir, de avanzar en su costosa y aburrida lectura, que nos invita continuamente a llevar a cabo una lectura rápida, a saltos intermitentes, que generalmente nos conducen, en última e inevitable instancia, a abandonarlo, después de intentar lo irremediable, que no es otra, que la devolución del libro a la biblioteca, al ocasional prestamista del libro, o a la estantería propia de dónde procede, para dormir allí el sueño doloroso y eterno de la indiferencia más absoluta, salvo que alguna mano inocente e ignorante de su contenido, lo libere de semejante castigo.

No es precisamente este, el caso del libro que el lector disfruta en este momento, y que aunque apenas ha leído un poco más de sus amenas y sabías páginas, ya puede emitir un positivo juicio que le lleva a ese deseado estado al que llega quien ansía volver a su lectura, a abrirlo de nuevo por aquella página dónde lo dejó la última vez, para volver a continuar con un disfrute que nos llena, que nos  traslada a una acción con la que hemos congeniado, que hace olvidarnos de cuanto nos rodea, en una agradable y afortunada sensación de bienestar, que nos ata a sus páginas impregnadas de caracteres negros, sobre un blanco y luminoso papel, que nos satisface plenamente, invitándonos a pasar a la página siguiente, con la esperanza segura de encontrar nuevos y gozosos hallazgos, que nos conducen inevitablemente a un final desconocido, que desearíamos prolongar en la medida de lo posible, con el objeto de retrasar la llegada a una última página, que ya adivinamos próxima y que quisiéramos evitar.

Sus protagonistas, son también sus autores, un conocido y reputado paleontólogo, y un reconocido y leído escritor (Arsuaga y Millás), que forman un dúo ameno y singular, bien avenido, expertos ambos, cada uno en su materia, que congenian a la perfección, dónde uno de ellos, habla casi sin interrupción, mientras el otro toma nota y registra documentalmente, para después pasar al papel que conformará el libro objeto de estas líneas, mientras recorren lugares de lo más insólito, como un mercado, un colegio, un valle, un parque infantil, un museo, una cueva prehistórica de hace setenta mil años, un enclave Celta, una sierra erosionada por doscientos cincuenta mil años transcurridos, que fue similar a la cordillera del Himalaya unas excavaciones, y otros múltiples y variados lugares, de lo más imprevisibles, mezclados con citas de neandertales y homo sapiens, que hacen las esforzadas delicias de un escritor, maravillado ante tanta sabiduría.

A través de estas y otras incontables incursiones, el inefable paleontólogo, siempre encuentra motivos para explicar los orígenes de nuestros ancestros, desde la bajada de los árboles a la bipedación, así como los fundamentos mecánicos de la locomoción bípeda, pasando por detalles, explicaciones y otras aclaraciones sobre lo cerca que estamos de los neandertales, que no dejan indiferente al esforzado escribidor, que no ceja en su empeño de tratar de seguir y preguntar al eminente científico, que no se detiene en ningún momento en su tenaz labor, con citas ocasionales al paleolítico y al neolítico, que desborda en ocasiones la buena disposición del esforzado relator, que apenas encuentra reposo en su documental labor.

Exhausto por tanta actividad, que igual se puede desarrollar en cualquier punto de la ciudad de ambos, que en sus alrededores, que a cientos de kilómetros, el paciente escritor, no exento de un una curiosidad bañada en un admirable humor, apenas se las ve y se las consigue para anotar y grabar la cuantiosa información que de una forma imparable, genera el paleontólogo, que inasequible al desaliento, asedia continuamente al relator con citas, a pie de casa, en la calle, con el coche listo para la siguiente excursión que les conducirá a algún lugar secreto que sólo desvelará cuando allí se encuentren, y que concluirá en algunos casos en el restaurante o casa de comidas de algún pequeño pueblo, dónde degustarán unas sencillas y apetitosas viandas, que colmarán tantos paseos, tantas caminatas, sierra arriba, sierra abajo, por valles, caminos y sendas, que agotan a ambos protagonistas de tan singular relato.

A medida que progresa tan singular aventura, el entendimiento entre científico y escritor se afianza, las preguntas son más frecuentes, los acuerdos, más notables y significativos, y el sentido del humor se ve reflejado en múltiples ocasiones, que amenizan un relato, en ocasiones excesivamente científico, que el escritor asume con una admirable filosofía, compartida por el paleontólogo, como cuando a una pregunta de su inseparable compañero, sobre qué le parecen los que prometen una larga vida de ciento veinte años sin ningún costo y los que te aseguran el paraíso  en la otra vida, le responde que ambos profetas son unos sinvergüenzas, añadiendo la ingeniosa, inteligente, y científica respuesta siguiente: si quieres un cuento, lee el Génesis. Brillante, divertido y lúcido final, para tan singular, docto y ameno relato.


miércoles, 2 de junio de 2021

EL EMPERADOR EN LA MONCLOA

En la antigua Roma, hubo un tiempo, en que los emperadores llegaron a sucederse de tan vertiginosa manera, que con apenas unos meses de reinado, los Augustos Imperator eran relevados de su cargo, pasando a mejor vida, dónde según parece, aunque no dispongamos de fuentes fiables, no iban a poder disfrutar de los honores y privilegios regios como los que gozaron en su ya pasada existencia, que abandonaron por las buenas, que en nuestra rica lengua universal, equivale a asegurar que lo hicieron por las malas, es decir, a la obligada, descortés y grosera fuerza.

Conjuras varias y monumentales urdidas por sus enemigos, que eran muchos y variopintos, ya fueran gobernadores de las provincias romanas extendidas por el mundo conquistado por esta poderosa y creativa civilización, ya fueran senadores, grandes fortunas, o su misma  guardia pretoriana encargada de protegerlo, descontenta con el salario prometido y no percibido, o por el donativum acostumbrado, y no satisfecho, cuando un emperador llegaba al trono, y que acababa costándole la vida, ante la promesa del oponente que les aseguraba su cobro sin demora alguna, y ante lo que los pretorianos no dudaban a la hora de finiquitarlo y sustituirlo por quién les daba las suficientes garantías.

Y así, entre una intriga y otra, se iban sucediendo los regios Emperadores de turno, en sus áureos tronos, dónde una vez accedido a tan Augusto lugar, solían olvidarse de sus promesas, no sólo a su guardia pretoriana, sino a los ciudadanos romanos, que veían cómo les subían los impuestos, a la par que un bien tan preciado como el pan, pongamos por ejemplo, motivando revueltas por el descontento, que al emperador de turno, no le solían preocupar en exceso, y que a la larga, y con el beneplácito de los intrigantes de siempre, solían costarle el cargo, y de paso, cómo no, la vida.

En el tiempo que se mantuvo el Imperio Romano de occidente, aproximadamente quinientos años, alrededor del veinte por ciento de los ochenta y dos emperadores que gobernaron Roma, fueron asesinados, como César, Calígula, Claudio, Galba, Domiciano, Cómodo, Pértinax, Caracalla, Geta, Macrinus, que son algunos de ese enorme porcentaje al que le costó la vida tan grande honor, y del que muchos, aunque no se sea ni humana, ni social, ni políticamente aceptable, se hicieron acreedores por su actitud déspota y tiránica ante el pueblo de Roma, mientras que otros, fueron ejecutados por odios, venganzas, y afán desmedido de poder por parte de otros.

Es la historia del irresistible ascenso hacia el poder, que a través de los siglos no ha dejado de tentar a los seres humanos, desde que en las sociedades primitivas, alguien se distinguía en el grupo, pugnando por sobresalir, dirigir y controlar y, con el tiempo, manipular, para instalarse en el poder, absoluto durante milenios, hasta llegar a los tiempos modernos, dónde, sin grandes cambios de hecho, se guardan las formas, se humanizan, se adaptan a los tiempos que corren, con composturas formales que la democracia impone, y que no obstante, no impide que el poder siga atrayendo a los más ambiciosos, a los más ávidos de poseer el gobierno de los demás, siempre con promesas, a menudo incumplidas, que los ciudadanos suelen creer, cayendo así en las redes de estos modernos Imperators del siglo veintiuno.

Afortunadamente en los países democráticos como el nuestro, el ascenso al trono, y el posterior e inevitable descenso, más o menos tardío, no tiene lugar de aquella violenta y traumática manera con la que muchos emperadores accedían primero, y dejaban vacante después, a la fuerza, el trono imperial, debido al avance social experimentado a lo largo de estos siglos transcurridos, pero ello, no obstante, no es obstáculo, para que los modernos emperadores de occidente, como el que soportamos en este país, continúen campando por sus respetos, con malas formas, métodos y aires dictatoriales, que está dejando irreconocible al partido al que pertenece, sin que parezca que esto le preocupe lo más mínimo

Con Aires de moderno César, instalado en su palacio imperial, léase La Moncloa, nuestro regio presidente, mantiene los mismos afanes de grandeza, los mismos métodos, las mismas artimañas, sustanciadas en acuerdos, pactos y coaliciones, concesiones y dádivas  varias, siempre con la contraprestación de mantenerse en el poder, sin detenerse a valorar la ética y la estética de los compañeros de viaje, y con la única y exclusiva intención de mantenerse en la poltrona imperial a toda costa, sin pararse ni un momento a pensar en que subir tan alto, y a toda costa, suele comportar una dura y vertiginosa caída.

Utiliza para ello una notable falta de escrúpulos, que le han llevado a mentir, falsear y contradecirse una y otra vez, sin el menor atisbo de sonrojo en su impenetrable rostro, en un gesto que mantiene siempre impertérrito, como si de un robot se tratara, inasequible al desaliento, a la menor de las debilidades, y con una notable capacidad, realmente demoledora y eficaz, para seguir adelante a toda costa, caiga quien caiga, como buen Augusto, título que todo emperador romano ostentaba por el hecho de serlo. Alea jacta est, dijo Julio César al atravesar el Rubicón con sus legiones. Pues eso. Que conste. El que avisa, no es traidor.


domingo, 23 de mayo de 2021

Luna

Ese absurdo e injusto mundo, presenta a veces unas caras, que por mucho que acostumbrados estemos a contemplarlas, nunca dejarán de sorprendernos, hasta el punto de que no nos resultarán increíbles por negativas, bárbaras y crueles, sino por infrecuentes, si no se dan con una asiduidad determinada, que suele ser lo habitual para colmo y desgracia de este loco lugar del universo, donde la vida se abre camino de una forma grata y sorprendente, y donde a veces, su destrucción parece ser el camino elegido por quienes no sienten por ella el menor de los respetos exigidos hacia esa maravillosa explosión de luz y de energía que representa tan singular acontecimiento que sin duda, no constituirá algo exclusivo de nuestro hermoso planeta Tierra.

No obstante, hasta tal punto se implica el ser humano, que nuestra mente, tiende a rechazar por instinto toda vulneración de las leyes que la determinan, toda violencia y opresión, por inhumanas, unas veces, otras, por que representan la pura maldad, y las más, porque nos aconseja que giremos la cabeza, a la que suele acompañarle una cara, cuyos ojos no soportan visiones espantosas, ya sea por escrúpulos varios, por cansancio de lo mismo, o por una elemental e hipócrita decencia, que suele estar absolutamente injustificada, ya que obviamos, simplemente, lo que no que remos ver, lo que molesta a nuestra área de comodidad y confort, en la que estamos instalados.

Y así, frente a nuestro televisor que nos protege de la proximidad y el peligro de lo que nos asusta contemplar, nos incomoda, o nos desagrada, somos capaces de soportar la mirada, debido a que lo que vemos no es lo suficientemente duro ni nos parece tan próximo, como para cambiar de canal, y de esta forma, llegamos a seguir los hechos relatados, con una cierta curiosidad, no exenta de una morbosidad no reconocida, por lo que todo ello, nos lleva a comentar los acontecimientos que por lejanos, parecen no afectarnos.

Es como si la pantalla ejerciera de escudo defensor, cuando en realidad, todo lo que vemos, está teniendo lugar en nuestro pequeño mundo, más o menos lejano, quizás, hasta en nuestro propio País, o en cualquier otro lugar, que a estas alturas, y con tantos medios de comunicación físicos y tecnológicos, que las distancias se han visto drásticamente reducidas, hasta el extremo, de que de una u otra forma, lo que nos parece tan distante, tan lejano, en realidad, está a la vuelta de la esquina.

Los sucesos que han tenido lugar en esto días del florido mes de mayo en las ciudades de Ceuta y Melilla, sobre todo en la primera de ellas, con una auténtica invasión, sobre todo de jóvenes del otro lado de la frontera, es decir, de África, los hemos vivido como si de una dramatización escénica se trataran, siguiendo en la pantalla durante interminables horas, cómo miles de personas, la mayoría menores de edad, cruzaban la frontera a nado, con riesgo de sus vidas.

Y lo han hecho, salvando apenas unos metros que separan dos mundos, dos continentes, dos países, rodeando un simple espigón de cemento, una valla metálica, niños incluso, de meses, atados a la espalda de sus madres, que exhaustos, han conseguido llegar a la playa, en unos casos, y en otros, han sido recogidos por los agentes de policía, soldados y voluntarios de la Cruz Roja, que han llevado a cabo una ingente, preciosa y preciada labor para salvar sus vidas, que no obstante no ha podido evitar la muerte de dos de estos parias de la tierra, que en plena juventud, han dejado su vida a unos pasos de su país, por cruzar la muralla prohibida.

Luna, una joven voluntaria de la Cruz Roja, ha sido una de las personas que han derrochado esfuerzos sin nombre para recoger y ayudar a estos jóvenes, sufriendo una vejación vergonzosa, con críticas feroces, crueles y desalmadas, por el hecho de recoger y abrazar a uno de ellos, consolándolo ante la desesperación, el miedo y el llanto de este joven, que acababan de rescatar del mar, y que los malvados, amparados en el anonimato de las redes, han interpretado como un gesto, por parte de la víctima, con connotaciones sexuales por increíble que parezca.

 Esta denigrante posición, aberrante e injusta, por falda y aberrante, les ha valido el repudio y la condena más absoluta por parte de la sociedad, que ha asistido a este triste acontecimiento, a través de los medios de comunicación, como si de un espectáculo televisivo más se tratara, analizando si el intento ha sido una maniobra de las autoridades del país vecino, una invasión como algunos afirman, o se ha tratado de una reacción espontánea de unos ciudadanos procedentes del tercer mundo, huyendo de la miseria, que no obstante, al final, salvo los menores, han sido devueltos al otro lado del muro, que supone, por unos solos metros, un cambio terrible y radical, para el deterioro de sus vidas, al pasar de Europa a África, con todo lo que ello supone para su existencia, en este atribulado e injusto mundo.

viernes, 14 de mayo de 2021

ES DE BIEN NACIDOS

                   Mi madre, La Tía María, con ese título familiar que utilizamos en los pueblecitos por tierras de Segovia, en este caso, Duruelo, dónde nacimos, era una mujer buena, en el mejor sentido de la palabra, buena a carta cabal, buenamente reconocida por todos los que la conocieron, que hablan de ella como la persona que poseía una bondad sin tacha, que se preocupaba por todos los que la necesitaban, y que que acostumbraba a decir aquello de “es de bien nacidos ser agradecidos”, que a mí no se me ha olvidado, que recordaré siempre, y que procuro aplicar cuando la ocasión lo requiere, y que ha surgido ahora, cuando me dispongo a escribir una carta de agradecimiento a las gentes del un pueblo de Segovia, Muñoveros, adónde llegué, con mi familia, al comienzo de la década de los años sesenta.

              Mi padre, Marcelino, fue destinado allí, como secretario del ayuntamiento, dónde ejerció durante diez años, aproximadamente. Mi madre, María, y mis hermanos, Antonio y Pablo, completaban esta familia, que siempre guardó, y guarda, un excelente y grato recuerdo de Muñoveros y sus gentes. Un amigo que conservo de aquellos tiempos, me ha enviado el libro Juan Bravo y Muñoveros, por el que felicito a todos sus colaboradores, al centro cultural Juan Bravo, y al ayuntamiento que ha colaborado en su brillante edición, que ha despertado en mí, numerosos recuerdos de aquella feliz época, intensa en vivencias y amistades que celosamente conservo y que mantendré para el resto de mis días.

Tenía apenas una decena de años, o pocos más, cuando llegué. Uno de mis primeros recuerdos me conducen de inmediato a una entrevista con el inefable Don Basilio, el cura del pueblo, genio y figura, con un fuerte temperamento, y un carácter de tres pares de demonios, con perdón, que igual detenía la misa en cualquier momento para echarnos la bronca a los que armábamos jaleo al fondo de la iglesia, que cerraba las puertas al cabo de unos minutos de comenzada la misa, como nos ocurrió a mí y al alcalde, que en vista de los acontecimientos, decidimos ir al bar a tomarnos algo, para celebrar el año nuevo, ya que, a la sazón, era el primer día del año.

La entrevista con Don Basilio, no tiene desperdicio. Yo, en Duruelo, cobraba dos pesetas por ayudar a misa, lo que por entonces constituía toda una fortuna. De hecho, mi primer reloj, me lo financié con los ahorros de tan rentable, religiosa, y loable labor diaria. Cuando Don Basilio me ofreció entrar en la nómina de monaguillo, que para eso me llamó, pregunté por el sueldo. Como su repuesta fue, que semejante trabajo era oficio de ángeles, mi respuesta inmediata, que pueden imaginar, fue recomendarle a quien debía recurrir entonces. Por supuesto, allí acabaron todas las negociaciones laborales con el Sr. Cura. Jamás ejercí de monaguillo.

Fueron años que jamás olvidaré, durante los cuales disfruté en todos los sentidos e hice mis mejores amigos. No se me olvidan los lugares de encuentro, los bares, en casa de La Bárbara, La Dolores, y Paco. En éste último, vimos la llegada a la Luna en el sesenta y nueve. En verano, los que disponíamos de coche, los llevábamos a la plaza, y allí, rápido, los llenábamos para cualquiera de las numerosas fiestas de los pueblos de los alrededores. Los domingos, invariablemente, a la discoteca de Cantalejo, ya lloviese, nevase o cayesen chuzos de punta.

Impagables las noches de verano cuando nos reuníamos para robar sandías, afición que en más de una ocasión acababa en carreras de fondo, cuando el propietario nos pillaba con las manos en la masa. Recuerdo las fiestas de San Félix, la romería de Ecce Homo y San Cristóbal, con la degustación del exquisito cuarto de asado que solía tener lugar en el salón de otro bar, en la salida hacia Turégano, y cuyo nombre no recuerdo.

Mi hermano Pablo, que poseía una minusvalía severa, que no obstante no le impidió incluso conducir, mantuvo contacto con Muñoveros y sus gentes durante muchos años después de irnos. Quiero agradecer a todos, el excelente trato que siempre le dispensaron. Para él, siempre dijo, su pueblo era Muñoveros. Nos contaba, que llegaba al pueblo y entraba en cualquier casa, ¡se puede! decía mi hermano ¡pasa Pablo, hasta la cocina! Lo mismo sucedía con el resto de la familia. Mientras estuvimos allí, en aquellos agradables años, todos fuimos acogidos con un sincero y respetuoso afecto, que siempre agradeceremos.

Tengo una asignatura pendiente con Muñoveros. Mis amigos de entonces, que lo siguen siendo ahora, me recuerdan y censuran, el hecho de que hace muchos años que no voy por aquellos lares. Llevan razón. Sin duda volveré. No me unen más que gratos recuerdos hacia ese pueblo y sus buenas gentes. Con la mano en el corazón, en mi nombre y en el de mi familia, gracias a todos, pues como decía mi madre, es de bien nacidos ser agradecidos. Un abrazo.

jueves, 6 de mayo de 2021

LA MOVIDA MADRILEÑA

Jamás se había dado un resultado semejante en unas elecciones en este País, como los acaecidos en la Comunidad de Madrid, dónde a la vista del mapa de todos sus municipios, por increíble que parezca, en total ciento setenta y nueve, todos estaban sombreados en color azul, salvo dos en rojo, es decir en ciento setenta y siete ganó el principal partido de la derecha, mientras que en dos, el de la izquierda, algo que ha dejado sin argumentos a quienes pensaban que ésta última formación podría estar muy próxima de la ganadora, que ha arrasado de tal manera, incluso en el llamado cinturón rojo, que el día después, todo el mundo, incluso parte de los vencedores, se siguen preguntando cómo es posible semejante resultado, que muy pocos pudieron prever, y que merece un estudio detallado para encontrar la lógica que explique semejante debacle en una formación política que en absoluto se esperaba por parte de unos y de otros, y que está originando ríos de tinta en los medios de comunicación.

Esta Comunidad, como todas, posee determinadas áreas o sectores, dónde el voto tiene una clara orientación electoral, sobre la base de la experiencia acumulada a lo largo de las sucesivas consultas electorales acumuladas a través de los tiempos, y que siempre habían respondido a lo que se esperaba, con distritos, pueblos y ciudades que siempre arrojaban resultados similares en cuanto a la orientación del voto, bien, inclinados hacia la derecha, bien hacia la izquierda, sin que hasta ahora se hubiese dado una rotura semejante como la que ha tenido lugar en estas elecciones, y que ha tenido consecuencias inmediatas en otros partidos, como la del candidato de Podemos, que ha decidido retirarse de la política, después de pasar por el gobierno y encabezar su formación en estas elecciones,  dónde aunque ganó tres escaños respecto a las anteriores, ha quedado en último lugar, por detrás de Vox ,incluso, y dónde otro partido, Ciudadanos, no ha logrado ningún representante, lo que puede suponer el final de este partido que lleva tiempo consiguiendo unos pésimos resultados, que posiblemente puedan suponer su desaparición del espectro político.

Consecuencias negativas tendrá, sin lugar a duda, en el partido del gobierno que ha cosechado unos nefastos resultados, tercero en este caso, detrás incluso de Más Madrid, cuyos ecos llegarán sin lugar a dudas al gobierno, cuyo presidente se empeñó en inmiscuirse en la campaña electoral al comienzo de la misma, eclipsando y dejando en segundo plano al cabeza de lista, Gabilondo, en una maniobra que se ha demostrado ser un error, no sólo por tapar de alguna manera a quién encabezaba la lista, sino porque supuso un enfrentamiento tenso, directo y hosco, con quién ha resultado ser la ganadora, Ayuso, que ha arrasado de forma abrumadora, y que ha dejado al presidente del gobierno en un mal lugar, que tendrá consecuencias a escala nacional en futuras elecciones generales.

La futura presidenta de esta Comunidad, ha irrumpido en esta campaña de una forma que se puede calificar de singular, como ella, algo originalmente barriobajera y elemental, y siempre populista, con un mensaje machacón e indescifrable, por no entendible, ni venir a cuento, como es el término libertad, que ha empleado y derrochado a diestro y siniestro, pretendiendo con ello dar una imagen de una ciudad como Madrid, dónde en plena pandemia, todo se podía hacer, dónde todos los servicios estaban abiertos, dónde los taberneros, sin duda, la han votado en masa, agradecidos por el hecho de mantener abiertos los bares y tabernas, pese a las restricciones, como también, ciertamente, con los cines y teatros, algo que ha aireado para lanzar a plena voz en todos sus mítines, que Madrid es la ciudad de las libertades, y que parece haber tenido eco en sus ciudadanos, a la vista de unos resultados, que le van a permitir gobernar con una  comodidad de la que hasta ahora no disponía.

Mientras tanto, se analizan los sorprendentes resultados, que más que achacarlos a la mesiánica, peculiar y “libertaria” presidenta, y a los méritos logrados con su original discurso nacionalista madrileño, se deben a los errores cometidos por los otros, por sus oponentes, por un gobierno que ha caído en demasiados errores, sobre todo con la formación del gobierno de coalición con Podemos, que muchos de los votantes socialistas nunca entendieron, con problemas constantes entre ambos componentes del ejecutivo, con peleas, contradicciones  y desacuerdos, con alianzas con partidos independentistas vascos y catalanes, que le han restado credibilidad, así como la deficiente gestión de la pandemia, de tal forma, que todo ello, sin duda, ha debido de pesar en un voto ciudadano, que los populares han capitalizado a nivel de partido, pensando en el asalto al gobierno, ante el hundimiento de los socialistas en Madrid, dónde la inefable presidenta Ayuso, que con su renovada Movida Madrileña, reinará sin apenas oposición.

sábado, 24 de abril de 2021

JUANA Y LOS COMUNEROS

Este año del señor de dos mil y veintiuno, cuando justo han pasado quinientos años de la batalla de Villalar que dio fin a la rebelión popular de los Comuneros de Castilla, recordamos también aquel doce de octubre de 1504, en la villa de Medina del Campo, cuando la Señora Reyna Católica, Doña Isabel, dictó testamento, que en lo relativo a su hija Juana, rezaba, a grandes rasgos cómo sigue: “Otrosí, conformándose con lo que debo y soy obligada de derecho, ordeno y establezco e instituyo por universal heredera de todos mis Reynos, e Tierras, e Señoríos, e de todos mis bienes rayces, después de mis días, a la Ilustrísima Princesa Doña Juana, Archiduquesa de Austria, duquesa de Borgoña, mi muy cara, e muy amada hija, primogénita, heredera e sucesora legítima de los dichos mis Reynos e Tierras e Señoríos, la cual luego que Dios me llevare, se intitule Reyna”, al tiempo que entre otras disposiciones, añadía, que si Juana no estaba en sus reinos, ya que se encontraba en Flandes, no quería entender de su gobernación, nombraba al rey su señor, regente mientras su nieto, el infante Don Carlos, alcanzase la edad legítima para regir y gobernar.

De alguna forma, de este testamento parecen desprenderse las dudas que Juana despertaba en la reina, dado su carácter complicado y sus desequilibrios emocionales, que mostraba ya desde niña, acentuados en la madurez, unido al poco interés que denotaba en las tareas de gobierno, a la par que se aprecia la mano, sin duda, del rey Fernando, interesado en el reino de Castilla, algo que se manifiesta, cuando en las Cortes de Toro, afirma que uno de los motivos que le llevaron encargarse del gobierno de Castilla, es el hecho de que “la Reina, mucho antes de fallecer, conoció y supo de una enfermedad y pasión que sobrevino a la Reyna Doña Juana”, constituyendo esa declaración, la primera vez que, en un documento oficial, se reconocía la posible incapacidad de Juana para gobernar.

Pero la gran incógnita, aún no resuelta, y que posiblemente nunca conoceremos, es si realmente esta apreciación responde a la realidad, aspecto en el que los estudiosos no se ponen de acuerdo, salvo en el hecho de que tanto su esposo Felipe, como su padre el Rey, estaban interesados en relegarla del gobierno, e hicieron cuanto pudieron por evitar que Juana reinase, algo que se llevó a cabo, aunque Juana siempre ostentó el título de Reina hasta el final de sus días, habiendo compartido dicho título, de derecho, que no de hecho, con su hijo Carlos, que la mantuvo en Tordesillas, hasta su muerte en 1555, sometida a un vergonzante estado de prisionera, bajo el mando de quienes la mantuvieron cautiva, con unas estrictas, duras y crueles condiciones carcelarias dictadas por su hijo el rey, que apenas fue a verla en los largos cuarenta y seis años, desde 1509, que estuvo recluida con la sola compañía de su hija Catalina, que lo hizo, hasta que en 1525, casó con Juan III de Portugal.

Juana, pronunció ante la Santa Junta de los Comuneros de Castilla, reunida en Tordesillas en 1520, una frase, que revela su afable carácter, pese a la leyenda que le rodea, y que tantas dudas ha suscitado a lo largo de la historia: “Yo tengo mucho amor a todas las gentes y pesaríame mucho de cualquier daño o mal que hayan recibido”, aunque ella, nunca demostró excesivo interés en gobernar, salvo en concierto con su hijo, algo que parece ser que pretendió, y a lo que su hijo se negó, aunque nunca le discutió su título de Reina, que conservó hasta el final, pero sin efecto material alguno, y a la que dispensó un trato profundamente injusto e inhumano, llegando hasta el maltrato, instruyendo para ello a  sus crueles carceleros, los marqueses de Denia, y llegando hasta el extremo de robarle de sus aposentos numerosas joyas, oro, plata, libros y tapices, para que sirvieran como parte de la dote de Catalina.

En septiembre de 1520, los Comuneros Padilla, Bravo y Maldonado, rodilla en tierra fueron a liberar a su reina y rehacer las cortes del reino para luchar contra el absolutismo imperial de un rey, que además de usurpador, le consideraban extranjero, a lo que Juana respondió que “la junta hera buena y se daba por servida della, y vengan aquí, que yo huelgo dello y de comunycar con ellos lo que conviene a mis Reynos, y de lo bueno me placera, y de lo malo me pesara, y espero en Dios que lo hará todo bien”. Juana, no quiso enfrentarse a su hijo, y se negó a firmar el documento que le presentaron, dando así por finiquitado el movimiento Comunero, que la historia guarda celosamente en sus anales, como una lucha por la libertad, la opresión y la injusticia.