jueves, 14 de febrero de 2013

UNA LLAMADA A LA SENSIBILIDAD

Repasando la historia de la Humanidad y profundizando en la consideración y el respeto por la vida que los hombres han tenido por sus semejantes a lo largo de los siglos, se llega a la conclusión de que el avance ha sido evidente, de que la vida ha dejado de ser un patrimonio de aquellos que podían decidir sobre la de los demás en medio de una barbarie donde el hombre tenía la consideración de un objeto al servicio de un poder absoluto que no estaba sometido a regla moral ni legal alguna, para el que la vida no era un bien intocable sino un capital propio del que poder disponer libremente y que solamente merecía su consideración en la medida en que pudiera ser útil a sus intereses por muy inconfesables y crueles que pudieran ser.
Los tiempos de la esclavitud quedaron atrás de manera formal, es decir, las leyes internacionales a nivel mundial la prohíben, pero ello no supone que haya desaparecido de la faz de la Tierra, donde no obstante sigue manteniéndose esa odiosa actividad, solapadamente, disfrazada de múltiples maneras que no logran disimular una espantosa sumisión a la que están sometidos millones de seres humanos y en la que los niños y las mujeres se llevan la peor parte, allí donde la vida no vale nada.
Sobrecoge la brutalidad con que eran tratados los seres humanos, bien por el poder establecido, bien por el fanatismo religioso que asoló Europa durante siglos, que para su desgracia y en la mayoría de los casos sin garantía judicial ni proceso alguno, llenaban las espantosas prisiones durante las épocas más remotas de la antigüedad, hasta hace apenas un siglo. Aterra el extremo salvajismo, el incalificable sadismo, la impiedad, la iniquidad y la insensibilidad más extremas e inhumanas, con las que se trataba a los infelices que caían en las mazmorras, cebándose con ellos en un acto de atrocidad inexplicable e injustificable, que rebajaba a los verdugos y a sus mentores, al nivel de las bestias más despiadadas.
¿Cómo el ser humano puede llegar a los citados extremos de crueldad y sadismo? ¿Cómo es posible que conocidos sátrapas, dictadores y tiranos varios, que han asolado y pisoteado los derechos más elementales del hombre, sean capaces de mostrar ternura, afecto y delicadeza por un familiar, por un animal  al que acarician con dulzura y mimo y por el que sienten un especial afecto, cuando a la vuelta de la esquina se convierten en los seres crueles y despiadados que en realidad son? No podemos negar por ello al ser humano, ni a desterrarlo definitivamente como el ente justo y bondadoso que puede llegar a ser, pero el desconcierto ante estas actitudes, nos mantiene en una duda razonable.
Leo con profunda consternación, pasmo y desconcierto, que en el foro democrático donde estamos todos representados, en el Congreso de los diputados, se va a discutir y casi con toda seguridad aprobar, una triste y sombría propuesta del gobierno actual, declarando las corridas de toros bien cultural, quedando a la misma altura y consideración que los museos, las catedrales, las bibliotecas, y todos los bienes culturas que rinden culto a la belleza creada por el ser humano a lo largo de la historia.
Es una ofensa frontal e incalificable a la sensibilidad y a la capacidad del ser humano para mostrar admiración y respeto por todo lo bello, hermoso y delicado que nos rodea, por su inagotable capacidad de mostrar sentimientos de amor y amistad y por su permanente e innato rechazo hacia una cruel violencia que ésta mal llamada fiesta nacional representa, amparada por una derecha, que como siempre, es incapaz de manifestar sensibilidad alguna y por una oposición de izquierda hipócrita y falsa que sólo vela por sus inconfesables intereses.

lunes, 11 de febrero de 2013

LA PERVERSIÓN EN LA SONRISA

Quinientos años llevan tratando de descifrar la enigmática sonrisa de la Gioconda o Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, aquellos que se empeñan en ver en ella algo más que un simple acto gestual de un rostro conocido universalmente y para los que continúa siendo un misterio, dónde tratar de adentrarse con el fin de interpretar esa intrigante mirada a la que se le atribuyen centenares de bondades en unos casos y de otras tantas aviesas perversiones en otras, en un desatado intento de penetrar en un enigma que tantos quisieran desentrañar, para el que tantas interpretaciones caben y para el que no hay solución definitiva alguna, ya que Leonardo no dejó rastro alguno, ni sobre el origen del cuadro, ni sobre la identidad del contenido, ni mucho menos proporcionó pista alguna sobre la intencionalidad supuesta de una mirada que tiene en ascuas a entendidos y profanos del arte, estudiosos o no, del Renacimiento Italiano.
No es el único caso, pero sí el más conocido, sin lugar a dudas, ya que es relativamente fácil y común a la hora de estudiar un cuadro, interpretar las poses, los gestos, y sobre todo las miradas de quienes lo componen, con la conclusión no siempre única, unánime y concluyente, acerca de la intencionalidad del autor a la hora de comunicar sus intenciones y pretensiones más o menos clarificadoras que no siempre sabremos interpretar, pues no es fácil deducir de una determinada actitud, gesto o pose concreta de los personajes representados, lo que el autor quería trascender a la posteridad, a la hora de crear su obra.
Sonrisa bondadosa, sonrisa irónica, soberbia, malvada, despectiva, dulce, altiva, familiar, cariñosa, rebelde, sincera, falsa, burlona, desdeñosa, atrevida, altanera, triste, alegre, temerosa, cordial, afectuosa, distante, explosiva, franca, abierta, forzada, coqueta, envidiosa, tierna, cómplice, tímida, sarcástica, sonrisa a medias o media sonrisa, tan habitual, tan discreta, elegante y formal que siempre queda bien, que no desentona en ningún ambiente, ni forzada, ni estrictamente espontánea, sencillamente una sonrisa cordial al alcance de todos.
Es sin duda alguna, trasladándonos a los tiempos actuales, una media sonrisa, mitad soberbia, mitad burlona, con tintes despectivos y con una suficiencia altanera que causa estupor e irritación a manos llenas y que habla por sí sola de la desfachatez y desvergüenza de este nuevo y último energúmeno corrupto, amasador de fortunas de dudoso origen y de sospechoso destino cuando a repartir sobres se dedica, a la par que evade ingentes cantidades a paraísos fiscales lejos de su País, lejos del alcance del control al que todos estamos sometidos, y todo ello sin abandonar esa apenas incipiente sonrisa que descoloca a cualquiera, sin exhibir el más mínimo nerviosismo mientras se dirige a declarar ante la oportuna autoridad judicial, entre los improperios de la gente que le recibe regalándole sus mejores adjetivos al uso, siempre con su carpeta bajo el brazo, también mínima, quizás para no despertar sospechas de tan abultado, suculento y próspero negocio al que se dedica.
Otro cuadro que hoy podemos contemplar, que como el anterior se puede apreciar sin visitar museo alguno y que está de máxima actualidad, el que representa a la altanería más acendrada, con una ausencia total de sonrisa perceptible alguna, pero con un talante y una soberbia, que aunque sumamente rebajada por los acontecimientos negativos que le han ido minando poco a poco, solía exhibir con frecuencia, a la par que añadía sin rubor, ante los medios de comunicación que iba a declarar para dejar bien claro que iba a defender su dignidad y su honorabilidad sin tacha, con una alteza y majestuosidad – curiosamente de ambos conceptos se aprovechó para sus lucrativos fines – que hoy ya no presenta, ante la abrumadora evidencia de los hechos de los cuales se acusa a este singular personaje.
Son dos ejemplos nada más del panorama actual que campa por sus sonrisas perversas y sus noblezas caducas de guante blanco. Nos quedamos con la indefinible sonrisa de la Mona Lisa, indescifrable pero no intrigante, enigmática pero sin soberbia alguna, con una pizca de ironía, segura, limpia, clara y elegante, como la mano de su genial creador, el gran maestro Leonardo da Vinci.

viernes, 8 de febrero de 2013

POR EL CAMINO VERDE

El secreto de la genialidad es el de conservar el espíritu del niño hasta la vejez, lo cual equivale a decir que nunca jamás se ha de perder el entusiasmo. Esta expresión atribuida a Aldous Huxley, autor entre otros títulos de Un Mundo Feliz, es una de las muchas que podríamos citar, todas ellas referidas al influjo que la infancia tiene en el resto de la vida de todo ser humano, de la importancia de conservar para siempre la esencia de aquellos tiernos e irrepetibles años que harán del resto de nuestros días un camino más llevadero, a la par que, tal como afirma Huxley, conservar la capacidad de entusiasmo y la ilusión necesarios para afrontar un futuro que cada vez se irá alejando más de aquellos tiernos años.
Los recuerdos de los primeros años de Machado en un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero, en aquellos días azules y soleados de la infancia. Los primeros años de Lorca, que según él mismo decía, era todo campo, pueblo, pastores, juegos, cielo, canciones y soledad en la campiña granadina que tanto amó, con su eterna risa contagiosa que nunca le abandonó, una risa silvestre, de infancia, una risa radiante e inagotable. La infancia de Miguel Hernández en su Orihuela natal en la huerta, la montaña, las cabras que pastoreó, el recuerdo de ausencia de su hijo en nanas de la cebolla y cuando canta: Rueda que irás muy lejos / Ala que irás muy alto / Torre del día, niño.
Son tres recuerdos de infancia de tres grandes poetas, como podríamos citar tantos otros espíritus libres y sensibles, que movidos por la ternura e inocencia de aquellos años, no perdieron la oportunidad de volver la vista atrás y sacar a la luz a ese niño agazapado que llevamos en lo más profundo de nuestro ser, que nos acompaña siempre, que nos avisa de vez en cuando de que sigue ahí, y al que recurrimos alguna vez en nuestra vida en momentos de profunda soledad, de honda tristeza, de abandono y melancolía por el que todos pasamos de forma inevitable, porque todos estamos inmensamente solos, aislados en nuestro mundo interior.
Regreso con frecuencia a mis primeros años de la infancia vivida en el campo, y lo hago siempre que retorno al pueblecito donde nací, cerca de la sierra, del río cercano, de los montes que lo circundan, de las verdes praderas, de las susurrantes alamedas, de los desiertos campos de labor, silenciosos, austeros y solitarios, que infunden paz y sosiego, surcados por múltiples veredas, sendas y caminos, que rompen la gratificante serenidad del entorno.
Seguir esos estrechos caminos, esas delicadas sendas y frágiles veredas, es repasar y revivir aquellos inolvidables años de la niñez, cuando por primera vez los recorría tratando de averiguar hasta donde llegaban, donde terminaban, cuál era su final, qué se escondía al término de aquel camino entre el río y el Monte, de aquella vereda más allá del Plantío que parecía perderse en la Sierra, de aquella senda que parecía inacabable, demasiado lejana para ser explorada por una mente infantil en la que bullía el afán de descubrir, de conocer, de llegar más lejos cada día en busca de lo desconocido, de todo aquello que la vista era capar de abarcar.
Y llegó un día en que no quedó ningún nuevo camino por explorar, incluido el que llegaba a la casa del monte,  tan enigmática, tan sola, allá en la lejanía, visible desde el pueblo, en una hondonada a modo de pequeño valle entre dos crestas del monte. Había que atravesar el río por el puente del Molino y penetrar en el bosque de encinas y robles hasta llegar a la solitaria casa. El camino de la Fresneda, de Santa Marta, del Rebollar, todos se despojaron del misterio con el que los había arropado, y a los que ahora, muchos años después, vuelvo a recorrerlos uno a uno, deleitándome en el profundo y revelador silencio que me acompaña, dejando aflorar los múltiples recuerdos que a cada paso acuden a esta mente ya madura, que no renunciará jamás a rememorar los años de infancia, recorriendo estos hermosos lugares que a ella nos devuelven en un mágico y maravilloso viaje al período de la infancia.
Mi madre, a quien como a mi padre, tanto echa de menos el niño que siempre habitará en mí, solía cantar una canción cuyos primeros versos comenzaban así: Por el camino verde / Camino verde que va a la ermita / Las flores se han secado / Las Azucenas están marchitas.
 Sirva este recuerdo de agradecido homenaje hacia ellos, con quienes tantas veces recorrí esos añorados caminos.

lunes, 4 de febrero de 2013

LA DEMOCRACIA ES UN CLAMOR

Recientemente he visto Lincoln, una magnífica y recomendable película sobre el decimosexto presidente de los Estados Unidos, que logró la emancipación de los esclavos al conseguir aprobar la decimotercera enmienda de la constitución y abolir la esclavitud en un País dividido entre los estados del sur, esclavistas, y los del norte, abolicionistas, que ocasionó una cruel guerra que se prolongó durante cuatro años y que ocasionó más de medio millón de víctimas, incluida la del propio Presidente Lincoln que fue asesinado, sin duda por su defensa de la justa causa de la población negra, de la lucha por su libertad y de la democracia amenazada por una injusticia de siglos.
La principal motivación que me indujo a ver esta película, al margen de la indudable atracción que ejerce un personaje como Lincoln, que marcó un hito histórico al lograr la abolición de la esclavitud, era la de disfrutar con el actor que le encarna en la ficción, que admiro, que se prodiga el mínimo posible en su siempre admirable y encomiable trabajo, y que lleva a cabo dicha función de una manera impecable, logrando una interpretación de una grandísima altura que hace que la dramatización sea absolutamente creíble, y que junto con el resto de los actores, consigan que el espectador se vea absolutamente absorbido, entregado y movido a la emoción y a la reflexión sobre los hechos que se narran con una extraordinaria brillantez.
La película es un canto a la libertad, a la igualdad y a la democracia, así como un alegato en contra de la monstruosidad de la guerra, que no obstante se justifica como un mal menor necesario, ya que pese a la crueldad de la misma, se consiguió que la aberrante esclavitud fuese derogada. No se omiten los aspectos pretendidamente oscuros que pudieran darse durante el mandato de Lincoln, como pudieran ser la compra de votos con el objeto de conseguir la necesaria mayoría de congresistas para ganar la votación u así lograr el gran objetivo que no era otro que el de la abolición de la esclavitud, lo cual nos lleva a la misma conclusión y razonamiento anteriormente exhibido con la Guerra de Secesión, y es que se puede considerar como un mal necesario para conseguir unos objetivos, cuya superior consecución los exculparía.
Así lo entiende Lincoln, y así lo propugna, lo publica y lo lleva a cabo, consiguiendo al final su propósito terminando con una vergüenza de alcance universal como era la esclavitud, que no obstante tardaría mucho tiempo en llevarse a cabo de hecho, aunque de derecho comenzó en el mismo momento en que se aprobó la decimotercera enmienda a la Constitución de Estados Unidos de América, de enormes contradicciones, pero que nadie puede negarle su capacidad para instaurar una sólida democracia desde el mismo momento de su fundación como Estado independiente.
Salgo del cine y me encuentro con las primeras noticias sobre nuevas corruptelas, cobros indebidos que salpican ya a las más altas jerarquías del Estado, a los aledaños de la Corona, y a un ex tesorero del partido político gobernante, que evaden y reparten cifras millonarias y que pese a ello se acogen a una amnistía fiscal infame e injusta, que agrede y ofende profundamente a una ciudadanía sumida en la desesperación y el abandono por una clase política dirigente que nos conduce a un abismo sin fondo.
Al día siguiente me levanto con las noticias sobre las cifras del paro en enero de este infeliz dos mil trece: ciento treinta y dos mil parados más, a razón de una media diaria que alcanza unos valores espantosos, inasumibles e insufribles por parte de unos ciudadanos que se quedan en la más tremenda de las situaciones, sin trabajo, sin prestación alguna  muchos de ellos, y lo que es peor, sin futuro.
Vuelvo la vista atrás, a Lincoln y a su época, a un político honrado a carta cabal, que luchó por sus nobles ideales y que pagó con su vida por ello. No les pedimos que a tanto lleguen los que nos gobiernan aquí y ahora, pero sí les exigimos la honestidad, la integridad y la dignidad que hasta ahora no han mostrado. Si de ello no son capaces, deben ser relevados de inmediato de unos cargos que no merecen desempeñar. Deben dimitir o ser dimitidos, cuanto antes, sin demora, antes de que condenen a toda una generación a la frustración, a la desesperación y la pérdida de toda perspectiva en un porvenir que les están negando y a la negación de toda credibilidad en una democracia dañada por quienes fueron elegidos para protegerla de todas aquellas agresiones a las que hoy se ve sometida.

viernes, 1 de febrero de 2013

LA HISTORIA INVEROSÍMIL

Es de aceptación general que la historia miente con relativa frecuencia, que los relatos que hoy leemos sobre tiempos pasados remotos, por muy documentados que estén, y generalmente no lo están en su mayoría, salvo los muy próximos, están viciados y tergiversados a la hora de transmitirlos a la posteridad, bien por sus observadores directos, bien por quienes estaban encargados de ponerlos en conocimiento de las generaciones futuras, con el objeto de dar a conocer la versión más acorde a sus oscuros intereses, la cual los dejaría, en unos casos en mejor lugar, en otros dándole un giro completo al inconfesable suceso, al bochornoso desastre, al inmoral, vergonzoso y deshonroso hecho, cuando no a la ocultación más cicatera y falsa del humillante desastre.
Esta concepción de la historia no es patrimonio exclusivo de tiempos pasados que hoy podemos leer en los libros y documentos que nos legaron nuestros antepasados, sino que está sucediendo ahora mismo, con la historia que vivimos y escribimos cada día, que pese a estar apoyada por los modernos medios técnicos de comunicación, continúa exactamente igual que en el pasado, es decir, cada uno cuenta la historia como le interesa, apoyándose precisamente en esos medios tecnológicos que se prestan tanto para afirmar la verdad convirtiéndola en incontrovertible, como para falsear, tergiversar y cambiarla al antojo del emisor correspondiente que genera la notica. Nos hará ver lo que él considere que debemos ver.
No hacemos referencia solamente a los hechos históricos, sino a los personajes que formaron parte de ellos, de los cuales fueron protagonistas, bien principales, bien secundarios, de los cuales jamás conoceremos la verdad, salvo de aquellos, muy pocos, que a base de investigación, pese a la poca documentación existente, y de un ímprobo esfuerzo por conocer la verdad, se ha llegado a conocer su auténtica trayectoria vital e histórica, verdad que en la mayoría de los casos suele empeorar la figura idílica que nos habíamos formado del personaje, emborronando y empobreciendo su imagen hasta el extremo de dejarla irreconocible a nuestros incrédulos ojos.
Soy un apasionado de la historia que procura mantener una pertinaz y perpleja distancia de cuanto leo sobre el tema, con una actitud permanente de análisis discriminatorio, siempre a la defensiva, salvo en determinados y honrados casos que me ofrecen toda la confianza y verosimilitud histórica contrastada, con los cuales disfruto, en la casi total seguridad, con las oportunas reserva, de que lo narrado corresponde a la realidad, merced a una seria y exhaustiva investigación y apoyo documental de los hechos tratados.
Hablamos de bibliografía, de la narración histórica plasmada en los libros, en papel, no de su tratamiento en documentales y sobre todo, en el cine, donde los personajes adquieren una realidad material, un aspecto humano, a quienes se les hace hablar, moverse, gesticular y expresar emociones y sentimientos, que casi con toda seguridad, sobre todo si pertenecen a épocas remotas, no se corresponden en absoluto con los personajes a los que se da vida en la ficción.
He seguido parcialmente la serie televisiva sobre Isabel la Católica. Existen retratos y descripciones de la Reina que han llegado hasta nosotros y que desmienten absolutamente el aspecto con la que nos la presentan. Era baja de estatura, con un rostro no muy agraciado, algo regordeta y con unos labios finos, pequeños y pronunciados que le daban un aspecto característico que nos es familiar desde los estudios de bachillerato, y que en nada se corresponden con la actriz que da vida al personaje, una joven agraciada, joven y esbelta, que en nada se asemeja a Isabel de Castilla.
Me resulta harto complicado admitir que el comportamiento y la soltura con el que se desenvuelven los émulos de lsabel  y Fernando, ella con un desparpajo y una actitud cuasi liberal que no se corresponde con la Isabel severa, fría y calculadora, fanática religiosa, que no dudó en expulsar a los judíos de España en lo que constituyó una tremenda intolerancia, error histórico donde los haya, decisión que tomó junto con su esposo Fernando, al que presentan en la serie siempre sonriente, alegre y dicharachero, cuando lo más seguro es que mantuviera una actitud más grave y austera, en definitiva, más seria, más egregia.
Afortunadamente los escenarios donde se desarrollaron los hechos, y me refiero sobre todo a los de la hermosa ciudad de Segovia, que son los que conozco, se corresponden fielmente con la realidad, lo cual resulta al menos tranquilizador. Allí se desarrollaron en verdad los hechos que se narran, tal como los contemplaron Isabel y Fernando.
Me sigue cabiendo la duda de si efectivamente fue el diablo, y no los romanos, quién en una noche puso en pie el soberbio y majestuoso Acueducto que hoy nos sigue maravillando en esta nuestra querida ciudad de Segovia. Pero confieso que no me preocupa en exceso. Si se hubiese atribuido su origen a los infieles árabes, quién sabe si se hubieran hecho con él como con tantas mezquitas y edificios musulmanes en su tiempo, es decir, sobre sus cimientos se habría edificado un templo cristiano o se habría cubierto para evitar su pecaminosa contemplación, como tantos ejemplos podemos contemplar hoy en día, y eso sí sería absolutamente insoportable.
Quién sabe, quizás un día haya que proteger el Acueducto con una cristalina, limpia y purísima cubierta de cristal con el objeto de protegerlo y que las generaciones futuras disfruten de una joya única que nos legaron nuestros antepasados y que tenemos la obligación de transmitir a las generaciones futuras. Con ello no estaríamos cambiando la historia ni tergiversándola, si no intentando prolongar en el tiempo un legado histórico absolutamente irrepetible.

lunes, 28 de enero de 2013

EL FANTASMA DEL CRECIMIENTO


Se define crecimiento económico como la toma en consideración de una serie de indicadores económicos como la producción de bienes y servicios, la generación de energía, el consumo de bienes y servicios, el ahorro, la inversión, el consumo de calorías y otros, que en conjunto deberían conllevar el bienestar económico de un País y por ende, el aumento del nivel de vida de sus ciudadanos, que como consecuencia del resultado positivo del supuesto auge económico y de la consecuente riqueza creada, repercutiría en la abundancia y tranquilidad de los habitantes de la feliz y venturosa nación que verían así colmados sus anhelos de superar una delicada situación al lograr salir de una larga y dura recesión.
De todos es conocida la alarmante situación por la que este País está pasando desde hace ya varios años que está dejando un rastro de pesar y sufrimiento, llegando a límites ya insoportables, con un paro situado en unos valores jamás conocidos por estos lares, que baten todos los records en Europa, con una media que supera  el veintiséis por ciento de media, llegando al cuarenta por ciento en algunas regiones y alcanzando casi el cincuenta por ciento entre los jóvenes, datos éstos que suponen una auténtica tragedia de alcance nacional con consecuencias que aún no conocemos pero que todos tememos puedan desembocar en conflictos sociales que ya se muestran latentes, que podemos prever, que presagiamos y que casi podemos divisar, pues ya ha habido incipientes muestras de los mismos.
Los tremendos recortes en todos los órdenes y áreas, incluida la sanidad, con privatizaciones de centros públicos, supresión de servicios de urgencias y aumentos en los gastos farmacéuticos, unidos al aumento de los comedores sociales, que nos retrotraen a la época de la posguerra, todo ello debido al empobrecimiento de un numeroso sector de la población, están dibujando un panorama social en nuestro País, que lo está dejando dolorosamente irreconocible hasta extremos difícilmente creíbles en una nación como la nuestra, europea y moderna inserta en el rico y próspero occidente del siglo XXI.
Con este desolador panorama, el ciudadano, atónito, contempla como se siguen destapando nuevos y sangrantes casos de corrupción por parte de los políticos que lejos de consagrarse al servicio del País y de los votantes por los que han sido elegidos, se dedican al pillaje y a las corruptelas más viles y miserables con el único objeto de llenar sus bolsillos a costa del erario público, de las comisiones ilegales, de tratos de favor, de información privilegiada y de de blanqueos y robos varios cual si de ladrones de guante blanco se trataran, que, en definitiva, es lo que son.
Y hete aquí, que con este oscuro y devastador panorama, los políticos y voceros económicos más significados, anuncian a viva y esperpéntica voz, que en el curso de poco tiempo, casi al final de este año o a lo más tardar en el próximo, este asolado, desolado y deshecho País, dejará atrás la recesión, la abandonará definitivamente para entrar, brillante y triunfalmente en el crecimiento económico - con lo cual aplicaríamos, afortunadamente, cuanto quedó manifestado en el párrafo primero de este texto - pese a un paro galopante que seguirá creciendo durante todo este tiempo y a una denigrante situación social que seguirá en continuo ascenso, junto a los recortes de siempre y a un empobrecimiento de la clase media que cada vez es más clara y ostensible a medida que pasa el tiempo.
Me imagino la cara y el gesto descompuesto, incrédulo e indignado del desempleado que ya lleva varios años en el paro  y que ni tiene esperanzas de conseguirlo, de las familias cuyos miembros, en su totalidad, no tienen trabajo, que son casi millón y medio, del joven que ni encuentra trabajo aquí, ni allende nuestras fronteras, de los desheredados, en fin, que pueblan un País irreconocible y desdichado, que no obstante tiene que soportar semejantes improperios.
Los datos macroeconómicos ni entienden de paro, ni de miseria ni del sufrimiento que un ser humano puede soportar. Son simplemente datos matemáticos y estadísticos, son fríos, son hieráticos son inhumanos, calculados por mentes que los escupen a las caras de las gentes cual si de máquinas se trataran, olvidando que sus destinatarios tienen las manos vacías y que por lo tanto semejantes augurios, representan una burla hacia ellos, una falta total de respeto y una crueldad insoportable, pese a sus cálculos, sus estadísticas y su urgente necesidad de adelantar buenas nuevas, cuando la realidad dice lo contrario.


lunes, 21 de enero de 2013

LAS HORAS INTERMINABLES


En tiempos que parecen tan lejanos ahora, pese a que los años pasados no han sido tantos, se hablaba con machacona insistencia del año dos mil, como de una fecha cargada de todo tipo de significados, presagios y contenidos que hicieron de ella una mágica representación de lo que sería el futuro más allá del siglo XX, donde nos representaban las futuristas e idealizadas ciudades con un aspecto y una imagen que nada tienen que ver con la realidad visible ahora, bien iniciado el siglo XXI, con un aspecto casi idéntico al de aquellos tiempos, con ligeras variantes como los insulsos edificios de cristal, monótonos y uniformes, bien cilíndricos, bien prismáticos, bien balísticos, que a falta de creatividad y de imaginación, han decidido hacerlos crecer en altura, al tiempo que los coches voladores que se suponía se moverían entre ellos, continúan como señores y dueños absolutos de las calles por donde siguen campando por sus respetos, dejando apenas al peatón unos pequeños pasillos por donde desplazarse entre nubes de contaminación y ruido, como si de juguetes se tratasen, esperando pacientemente a que la enfurecida masa se detenga y descanse el minuto que nos conceden de tregua para avanzar hasta el siguiente semáforo.
Los ingeniosos y sibilinos augures de entonces, se ocupaban también de tratar de describir la sociedad en la que ahora nos desenvolvemos a la que dieron en denominar la civilización del ocio, pues daban por hecho que las máquinas se ocuparían del trabajo, descargando así a los humanos de esa obligación, por lo que podrían disponer de tanto tiempo libre, que no sabrían cómo emplearlo, dando lugar así al ocio al que hacían referencia, como un impagable disfrute al alcance de cualquiera que quisiera y supiera apreciarlo.
Y aquí hay que reconocerles que acertaron en parte en sus predicciones, puesto que si bien las máquinas no han sustituido al hombre como se preveía, el ocio sí ha llegado a esta civilización, pero no en forma de retiro deseado, esperado y remunerado por los trabajadores, que dejando en manos de las máquinas su función productora, se dedicarían a vivir felices y satisfechos el resto de sus días, sino que lo han apartado, marginado y despedido a su pesar, condenándolo al paro, al desempleo y a la inactividad indeseada e improductiva, sin contraprestación alguna, ni económica ni social, en la mayoría de los casos, y sin esperanza de retornar a un trabajo que quizás jamás vuelva a desempeñar, condenado al ostracismo muy lejos de aquella civilización del ocio que presagiaron aquellos insensatos agoreros.
Las espantosas cifras que hoy arroja el paro constituyen un escandaloso y flagrante incumplimiento por parte del Estado de Derecho en cuanto a las obligaciones que para con sus ciudadanos ha contraído y que tienen su constatación material reflejada en la letra y el espíritu de la Constitución, papel mojado donde los haya, que para desgracia de los ciudadanos a los que acoge, incumple continuamente las garantías que debieran protegerles como en este caso el derecho al trabajo, o como otros tan indispensables e irrenunciables por parte de la ciudadanía, como la sanidad y la vivienda, que ahora están más que nunca en entredicho, y que unidos al paro, constituyen una lacra absolutamente insoportable.
El abandono y dejación de estas responsabilidades por parte del Estado es injustificable. Resulta terrible y descorazonador escuchar a parados que rondan los cincuenta años, con muchos aún por delante para una incierta y siempre difícil jubilación, y que lo intentan todo para encontrar trabajo sin conseguirlo, cómo manifiestan su miedo y su angustia por enfrentar las interminables horas vacías que han de llenar cada día, sin saber cómo ni dónde, lo cual les conduce en muchos casos a una sensación de humillante vacío, mezcla de tristeza, ausencia y soledad, que a menudo desemboca en depresión, en una auténtica enfermedad que arruina aún más su vida y la de aquellos con los que convive.
No es fácil llenar tanto tiempo, las horas y los días se pueden tornar muros infranqueables que ocultan y dificultan su visión de un futuro siempre incierto que los deja sin esperanzas y sin ganas de enfrentar cada nuevo día. Por encima de todo necesitan de una ayuda, muchas veces psicológica, que su familia no siempre les puede proporcionar. El Estado tiene la irrenunciable obligación de ayudar a esta gente cada día más numerosa, en lugar de abandonarla a su suerte y cerrar los ojos ante una evidencia que repercute en la salud, en la dignidad y en el futuro, en definitiva, de un País que no puede seguir por más tiempo expuesto a tanto sufrimiento.

sábado, 12 de enero de 2013

DE LIBROS Y HAMBURGUESAS


Por razón de mi profesión, he asistido últimamente al cierre de numerosos centros de formación, donde se impartían conocimientos en diversas áreas como la informática, los idiomas, la preparación de oposiciones y otras, cuyo propósito era el de formar a los alumnos. Muchas de ellas se dedicaban a preparar a los trabajadores en paro en múltiples especialidades, lo cual, en unos casos los mantenía al día en los conocimientos del curso correspondiente que habían elegido, y en otros, recibían la formación en nuevas áreas de conocimiento que desconocían y que les permitirían, tanto a unos como a otros,  pensar en la posibilidad de incorporarse a un mundo laboral cada día más exigente.
Estos cursos han desaparecido casi totalmente en la mayoría de las Comunidades Autónomas, mientras que en otras los recortes económicos han provocada una caída en picado de la oferta formativa dedicada a los desempleados, con lo que este sector ha quedado en el mayor de los desamparos al no tener ni trabajo ni formación, con las consiguientes consecuencias de todo orden, incluidas las psicológicas, ya que estos cursos mantenían al alumno en el aula una media de tres o cuatro meses durante toda la mañana formándose por una parte, y evitando la tortura que supone el hecho de darle vueltas a su situación, por otra, lo cual repercute en su vida y en su situación social a todos los niveles.
Conozco el tema a la perfección, por lo que puedo opinar sobre el caso del partido político catalán, ahora socio del  que se encuentra en el gobierno de aquella Comunidad. Dicho Partido se sufragó con gastos destinados a la formación de los cursos para desempleados. Estos cursos se financian con fondos provenientes en parte de la Comunidad Europea, que se conceden en forma de subvenciones a los Centros de Formación y entidades diversas que imparten dichos cursos. Estas subvenciones han de justificarse rigurosamente con todos los gastos que conlleva cada curso, desglosándose en conceptos tales como nóminas del profesorado, material didáctico, instalaciones, amortizaciones de bienes y equipos, personal auxiliar, seguros de los alumnos, etc.
Pues bien, según he podido leer, no solamente se han desviado estas subvenciones a otros fines, como los que hemos comentado anteriormente con CIU, sino que un número muy considerable de cursos que sí se llevaron a cabo, lo hicieron de una forma absolutamente irregular, justificando gastos que realmente no tuvieron lugar y falsificando documentos varios de dichos cursos con el objeto de poder cobrar cantidades que realmente no se llegaron a gastar, por lo que no se podían considerar subvencionables. El organismo pertinente de la Comunidad requirió esos gastos para que fueran devueltos. Nunca se devolvieron según leo, lo cual me parece de todo punto no sólo increíble, sino totalmente injustificable.
Quiero enmarcar este caso, en el que son los desempleados los que quedan desprotegidos, al margen de otras consideraciones aquí expuestas, en el de los recortes que está sufriendo la cultura en general, la formación y la investigación en España, y ya que hemos citado Cataluña, no puedo dejar de lado la lamentable noticia del cierre de la librería Catalonia de Barcelona, que después de noventa años de aportaciones valiosas a la cultura, dejará paso a otra actividad que ninguna conexión tiene con un templo del conocimiento como el que representaba la librería Catalonia. En su lugar habrá una hamburguesería.
El conocimiento, la cultura y el saber, no parecen ser ya rentables, así que apaga y vámonos.

lunes, 7 de enero de 2013

UNA URGENCIA PELIGROSA


             Qué duda cabe que la salud es lo primero, que sin ella poco o nada cabe hablar del resto de los aspectos trascendentales o no de la vida, que su ausencia los minimiza, los relega a un segundo plano, careciendo de relevancia alguna, ya que todos los esfuerzos, todas las energías, todas las esperanzas y anhelos se dirigen y orientan hacia la consecución de un estado de superación de la enfermedad, del malestar que nos oprime y que nos impide una visión clara y certera de la realidad en la que vivimos y del futuro incierto, que se nos antoja difuso y lejano.
            Es por ello, que en estos tiempos que vivimos, en los que los recortes múltiples y diversos que estamos sufriendo, los soportamos en áreas tan sensibles como en la sanidad, el miedo a caer enfermo, a tener que recurrir a los centros de salud o al hospital, llena de inseguridad y zozobra al ciudadano, que contempla cómo la atención médica y hospitalaria se va degradando progresivamente, con esperas cada vez más amplias para ser atendido y con unos medios a su alcance cada vez más reducidos, que inundan las salas de espera, alarga los plazos para ser atendido en las consultas y cierra quirófanos que duermen solitarios en espera de cirujanos y pacientes que los puedan ocupar.
            Las nueve de la noche de uno de los primeros días del mes de enero del presente año que acaba de comenzar, en un centro de salud de una localidad cercana a Madrid donde vivo, y que posee por cierto un gigantesco, moderno y nuevo hospital. Vamos con mi hija que lleva una semana esperando con una dolencia para la que ha pedido cita al centro de salud, y que aún tendrá que esperar cuatro días más. La doctora, sin muchos datos objetivos ni análisis oportunos ni prueba alguna que pueda justificar su diagnóstico, nos remite a urgencias de un gran hospital de Madrid en lugar de enviarnos al situado en nuestra misma localidad, hecho que nos sorprende tanto a nosotros como a los médicos que nos atendieron después.
            Hacía muchos años que afortunadamente no pisaba las urgencias de este hospital madrileño. Nada ha cambiado para mejorar, sino todo lo contrario. Diríase que se ha reducido el pequeño espacio de entonces, que las instalaciones mínimas, espantosas e infrahumanas que vi en la última ocasión, han empeorado considerablemente y que la atención en general no ha sufrido ninguna mejora desde hace ya muchos años, lo cual supone un injustificable abandono y una incalificable afrenta hacia los sufridos ciudadanos que generalmente llegan en un lamentable estado a unas instalaciones sanitarias que deberían ser modélicas en todos los aspectos.
            En un reducido espacio, sin comodidad alguna, ni medidas de salubridad que paliasen la masificada sala, se apiñaban un elevado número de pacientes hacinados, unos sentados, otros apoyados en la pared, paseando, entrando y saliendo a respirar el aire que allí faltaba, que aunque gélido, aliviaba la espera interminable, que tal como te indican al llegar, después de una buena espera en una fila habilitada entre el resto de los enfermos, tardaría como mínimo dos horas con suerte, después de las cuales, pasarías a una consulta donde te advierten que al menos tendrás que esperar otras dos horas para que te den algún resultado y luego ya veremos.
            Todo un poema ver la cara de la gente, pegados unos a otros, con una paciencia infinita, cada uno ejerciendo su dolencia con resignación, en silencio. Un pobre indigente con una herida en la frente, vagando de acá para allá, al que le rechaza la gente, haciéndose a un lado o levantándose si a su lado osa sentarse. Lleva innumerables horas allí, nos dicen una señora, nadie le atiende y todo el mundo le rechaza como si de un apestado se tratara. Se sienta a nuestro lado y nos pregunta si sabemos donde hay café, se lo indicamos y nos pide por favor que le guardemos la chaqueta del chándal. Se toma el café y se adormila, habla solo, da pena, una inmensa pena, pero nadie desea tenerlo a su lado.
            Un matrimonio de personas mayores, ancianos, ella en una silla de ruedas con cara de sufrimiento de pena y abandono y él a su cargo, tan mayor, tan sólo. Cada uno está en un extremo de lo que constituye, no una sala de espera, sino un humillante pasillo de hacinamiento humano. Mi esposa, que tiene un hermoso corazón, todo bondad y ternura, de las que sustituyen la compasión por la acción, sea dónde fuere y con quién fuere, se acerca a él, triste y cabizbajo, y le pregunta por su situación, si necesita algo, si quiere que le ayudemos; le explica que viven solos, que su esposa se ha caído, que llevan muchas horas allí esperando una ambulancia que los lleve a casa. Nadie se ocupa de ellos.
            Son de Urueñas, provincia de Segovia, no lejos de dónde nací yo. Dice que está cerca de Sepúlveda, allí se come muy bien, el cuarto de asado es muy bueno, afirma el buen hombre. Viven los dos solos en Madrid, en un tercer piso sin ascensor. Mi esposa lleva a su lado a su mujer que está en la silla de ruedas a distancia de él; la dejaron sola y mirando hacia el lado opuesto a su marido sin nadie que se preocupara por ellos. Mi esposa se dirige a atención al paciente y les pone al corriente de la situación del matrimonio de ancianos que esperan una ambulancia; todavía tardará casi una hora en llegar. Ambos le dan las gracias a mi mujer y preguntan si les subirán al tercer piso donde viven solos. Claro, no se preocupen. Adiós, ánimo, que les vaya bien.
            Son sólo dos historias de las innumerables que se podrían relatar sobre los seres humanos que comparten espacio y espera en urgencias durante interminables horas. La mayoría, no obstante, nos son desconocidas, secretas y anónimas, pertenecientes a cada uno y que jamás conoceremos, pero que en algunos casos se adivinan de alguna manera al contemplar sus rostros, su expresión, su desolada desesperación en unas ocasiones y su paciente resignación en otras.
            Son las tres de la madrugada cuando abandonamos las urgencias. Afortunadamente la dolencia de mi hija no revista importancia alguna. Allí queda mucha gente aún, esperando y desesperando al mismo tiempo. Uno no puede dejar de establecer la comparación entre el lujo de tantas instalaciones faraónicas e inútiles de todo tipo, vacías, sin utilidad alguna que se han construido en este País con un costo inmenso y las que acaba de abandonar, absolutamente imprescindibles y necesarias y que son más propias de un país tercermundista que de uno desarrollado. No cabe la resignación, sino la exigencia más firme ante una situación absolutamente inaceptable.

jueves, 3 de enero de 2013

FLOREROS


Si hojeamos el diccionario, ese instrumento de la lengua hoy casi olvidado, marginado y abandonado por quienes ejercen con la palabra y la letra y viven de ella y a su costa, bien de forma pretendidamente culta, bien de manera evidentemente grosera, encontramos variadas y suculentas acepciones que son las que siguen a continuación, y que se citan en orden alfabético, con el objeto de respetar su contenido, sin originar entre ellas agravios comparativos que pudieran alterar el orden y la paz debidos: armario, caja o lugar destinado para guardar flores; cuadro en que sólo se representan flores; fullero que hace trampas floreando el naipe; maceta o tiesto con flores; persona que vende flores; que usa de palabras chistosas y lisonjeras; vaso para poner flores.
Auténtico y formidable desperdicio supondría no utilizar este diccionario de nuestra lengua, tan rico, variado y diverso, que nos proporciona tantos y tan aparentemente dispares y heterogéneos significados para una palabra como la que tiene el honor de presidir este texto, que difícilmente podría llegar a su final, o al menos a un resultado mínimamente coherente, si su intención fuera el de describir y tratar sobre ese objeto que todos tenemos en mente, aunque incluyéramos las numerosas definiciones anteriormente dadas, ya que el relato se haría insoportable, aburrido e insufriblemente vano y vulgar, sin interés alguno dada su vacuidad y su trivialidad más evidente.
Hay por lo tanto una intención oculta que se esconde tras esta palabra que posee tantas connotaciones referidas a la belleza, al color y a la fragancia y que surge de un significado que no encontraremos en ningún diccionario por muy exhaustivo, amplio y detenido que pudiera ser, y que nada tiene que ver con esas plantas que suelen contener, que nos alegran la vida, los ojos y el sentido del olfato y que iluminan el paisaje y animan y elevan el espíritu ante su contemplación, pese a que  su función coincide  en parte con algunas de las descritas, en el sentido de alegrar los sentidos de los propietarios de estos floreros alternativos cuya naturaleza no es vegetal, sino plenamente humana.
Dícese de aquellas/os – es una pena, pero la mayoría son aquellas -  cuya misión y único objetivo conocido, es la de figurar, exhibir y mostrarse por doquier, luciendo su figura más o menos radiante, más o menos lujosa, más o menos conseguida, agraciada o resultona, supeditada siempre al titular de la casa, a su lado, como un florero, bien sea real o virtual, con más o menos patrimonio, con más o menos glamour, al lado del cual siempre aparecen, con el objeto de adornarlo y engalanarlo para así mejorar y ornar el cuadro que componen, a imagen y semejanza del florero que adorna, decora y embellece el rincón de la estancia donde se halla colocado, sin voz ni voto, pero dotándola de un toque elegante y delicado que le otorga mayor prestancia.
Son muchos y variados estos floreros que abundan por doquier, y que son propios de las altas esferas, bien provengan de la aristocracia, bien de la realeza, tan abundante ésta última en esta sorprendente Europa, tan avanzada ella, pero tan antagónica al mismo tiempo, que mantiene aún numerosas monarquías, entre ellas la de nuestro País, donde abundan estos floreros que inundan de lujo, pompa y ostentación las revistas y los medios de comunicación afines, luciendo sus modelitos de altísima costura – por aquello del elevado coste que suponen – sus rostros restaurados una y otra vez hasta extremos que dejan de ser reconocibles sin parecido alguno con el original, al tiempo que nos muestran su innumerable y prolífica prole, todo ello sufragado con el erario público de unos presupuestos que apenas conocemos.
Demasiados floreros, sobre todo para un País como el nuestro, que se desangra cada día en una incontenible hemorragia de paro y desesperación inusitadamente contenida, en el que tantos ciudadanos se encuentran, no en el umbral ni en la antesala de la pobreza, sino instaladas de lleno en ella de forma permanente, en una vieja y contradictoria Europa que concede demasiada atención a unos floreros que por obsoletos deberían ser susceptibles de ser retirados de unas estancias que no necesitan de decoración alguna, por innecesaria, obsoleta y anacrónica, incapaz de soportar los gastos que tanto lujo y despilfarro suponen para una sociedad expuesta a un sufrimiento insoportable.