domingo, 15 de mayo de 2022

LA SOLEDAD INFINITA

Nuestra sutil y limitada mente, no está preparada para concebir nuestro portentoso universo, ni para asimilar sus inauditos límites que nos sobrecogen hasta el punto de renunciar a su entendimiento y comprensión, ante la grandiosa magnitud de tan soberbia obra, que nos sobrepasa de tal manera, que optamos por simplificar estos hechos, calificándolos de incomprensibles, inasumibles, y, finalmente, de inalcanzables para una mente tan limitada y restringida como la de unos seres humanos, cuya capacidad queda muy por debajo de tan fantástico y prodigioso espectáculo como el que nos ofrece el cosmos, ante el que nos sentimos infinitamente reducidos a la mínima expresión, algo que apenas nos suele durar el tiempo que conlleva exhibir este singular razonamiento, pasado el cual, la estúpida soberbia humana retorna a ocupar el resto de nuestro tiempo.

Nos pasamos la vida soñando con nuestro destino en este mínimo y solitario planeta donde la vida surgió hace millones de años, fruto de una contingencia, que como tal, podría no haberse dado, sin tener presente jamás, que no podemos ser los únicos en un inabarcable y asombroso universo, dónde la vida, necesariamente ha de ser la regla y no la excepción, donde nuestro planeta no es, sino un infinitesimal punto de una de las inconmensurables e incontables galaxias que en el cosmos son, un ínfimo y abandonado punto de un pequeño sistema solar que, pese a todo, se nos queda inmensamente grande, dónde sólo la vida ha surgido aquí, en la Tierra, al menos la inteligente, la que denominamos “superior”, aunque no podemos descartar, que al menos, exista o haya existido vida en sus formas más elementales.

Pero nuestra capacidad para comprobarlo, para explorar los planetas y satélites que nos rodean, es tan limitada, pese a que los tenemos aquí, al lado, que no podemos tener un idea aproximada de los mundos que nos rodean, tan cercanos, tan próximos, que apenas en cinco mil años de civilización, nos han dado para llegar a nuestro satélite, a la vuelta de la esquina, en un viaje tan complicado, largo y rocambolesco, que augura un proceloso y más que complicado futuro a los tan cacareados viajes espaciales, de los que nos distancia años luz, dada nuestra incapacidad para abandonar La Tierra, a causa de la insuficiente capacidad tecnológica para lograrlo, pese a la soberbia que nos domina en este aspecto.

Y es así, que nos limitamos a unos esporádicos viajes a nuestro pequeño y próximo satélite, La Luna, y soñar con Marte, el dios de la guerra, inalcanzable por ahora, y que parece haberse naturalizado aquí, para desgracia de una humanidad que lejos de soñar con otros mundos, seguramente más benévolos y pacíficos, se empeña en auto inmolarse, con una destrucción y una violencia, que creíamos desterrada, aquí en la vieja y sufrida Europa, que da nombre a uno de los satélites de Júpiter, el planeta gigante de nuestra Vía Láctea, dónde nos hallamos, y de la que nuestro sistema solar forma parte como un insignificante y minúsculo punto de la misma.

En la década de los setenta, dos naves Voyager, fueron enviadas a un largo y aventurado viaje hacia el frio, oscuro y vacío espacio interestelar, con la inestimable colaboración del científico Carl Sagan, en busca de mundos inteligentes que pudieran interpretar la información que de nuestro mundo y su civilización, portaba una de ellas, detallando en una grabación en un disco de oro y a través de imágenes, música, saludos en cincuenta y cinco idiomas, dibujos del cuerpo humano y de los animales, la cultura, ciencia y la sociedad humanas, en la esperanza de que en un lejano futuro civilizaciones extraterrestres pudieran hallar tan valiosa información, y darnos así a conocer, mitigando de esta forma la infinita soledad en la que nos encontramos los habitantes del planeta Tierra.

El catorce de febrero de mil novecientos noventa, la nave Voyager 1, que se encontraba a miles de millones de kilómetros de la Tierra, recibió la orden de girar sobre sí misma ciento ochenta grados,  dirigiendo por última vez su mirada hacia atrás, con el objetivo de enfocar hacia el lejano lugar desde donde partió, y lo que sus ojos registraron, en la oscura, profunda y solitaria negrura espacial, fue un minúsculo punto, que Carl Sagan, describió como un pálido punto azul, rodeado de minúsculos punto blancos, que parecían escoltar a nuestro hermoso planeta Tierra, inmerso en la soledad del espacio infinito.

Quizás algún día, dentro de miles o millones de años, en alguna remota galaxia, algún ser inteligente llegue a tener conocimiento de la existencia de un planeta azul, dónde la vida se había abierto camino dando lugar a una espléndida naturaleza, verde por sus plantas y azul por su aguas y por sus límpidos y brillantes cielos cubiertos de refulgentes estrellas, que contemplaron cómo surgió una especie humana, que con el tiempo, transformó tanta belleza en un planeta irreconocible y maltratado, encerrado en su profundo, frío y oscuro abismo cósmico, esperando quizás la llegada de unos viajeros de otros mundos, que habiendo tenido noticias de la existencia de este planeta llamado Tierra, respondan a nuestra llamada, y acudan a nosotros para terminar con nuestra infinita soledad.

domingo, 24 de abril de 2022

POR EL CAMINO VERDE

A la sombra de la hermosa espadaña de la iglesia del pueblo, y adosado a sus centenarios sillares, el amplio cementerio se dispone entre las cuatro paredes que delimitan el rectangular espacio donde las lápidas forman hileras sólidas y silenciosas desde la base de la torre hasta la valla de piedra que cierra el tranquilo y luminoso espacio dividido en estrechas calles o pasillos, con flores y tiestos por doquier, que pretendiendo romper la monotonía del silencioso lugar, consiguen alegrarlo con su vibrante colorido, en un intento de alentar un multicolor hálito de vida, entre quienes allí yacen, en un profundo e inmutable silencio.

Todos ellos, vecinos del pueblo, algunos nacidos hace más de un siglo, varios de ellos con una simple cruz clavada en el suelo, otros con una placa dónde figuran sus nombres y las consabidas fechas, otros con una sencilla lápida en el suelo, y en los más, con la clásica tumba elevada, con la cruz presidiendo la piedra dónde se lee su fecha de nacimiento y defunción, así como algún texto de recuerdo de su doliente familia, que en cualquier caso, se contaban con los dedos de la mano, como en una de ellas, dónde figura el texto “por el camino verde que va a la ermita”, escrito al pie de la piedra que reza y cubre a quienes allí yacen, como si con ello, quisieran indicarles el camino a seguir, allá dónde moren en la otra vida.

Situado en adyacente y solidaria posición con la esbelta torre de la iglesia, el cementerio tiene una pequeña puerta metálica con entrada por las verdes y amplias eras del pueblo, una extensa superficie donde antiguamente los agricultores llevaban cabo, cada uno en su parcela, las tareas de trillado y recolección de los cereales, y que hoy se ha convertido en una amplia y hermosa pradera de verde hierba, con el fondo esbelto de la sierra a poca distancia, que dibujando un arco de casi ciento ochenta grados, parece erigirse en un gigante encargado de proteger las tierras, los pueblos y las aldeas, que desde su privilegiada y elevada posición domina, en una distancia de decenas de kilómetros a la redonda, desde donde tan férreo y fiel vigía, parece cuidar el sueño de cuántos habitan tan amplio territorio.

Una leyenda, que no lo era tal, aunque por tal se tuviera, hacía mención a un hermoso enebro que creció a los pies de una lápida dónde se enterró a un pastor, que portaba  en sus bolsillos bayas de este precioso árbol, muy abundante en el monte dónde pastoreaba sus ovejas, y que germinaron dando lugar a un espléndido enebro que parecía proteger la tumba donde reposa para siempre el pastor.

El pueblo se extiende desde donde terminan las eras, hasta donde comienza una suave y verde bajada, a modo de desfiladero entre fincas de labor,  hacia el pequeño rio  y el aledaño bosque cubierto de encinas y robles, que ejercen de centinelas, aportando agua fresca procedente de la cercana sierra y leña y sombra, a modo de dispersa melena, tan cerca del pueblo que casi podía escucharse la melodía del rumor del agua y del sonido del viento al mover rítmicamente los árboles del bosque y los álamos del río.

Este es uno de los muchos pueblos de la España vaciada, que lucha y se resiste por desaparecer, que incluso ha superado ese estado, y se mantiene a flote, con sus pocas decenas de habitantes, que permanecen en sus casas durante todo el año, viviendo de la agricultura y la ganadería, que permanece en un aparente estado de hibernación durante el invierno, en la meseta castellana, con gélidas temperaturas, nieves y hielos, que no impiden que la vida continúe, como denota el humo de las chimeneas procedente de las cocinas de las casas, en espera de la llegada de la primavera, que operará el milagro del cambio en los campos, y la alegría del resurgir de la vida, así como de la frecuente visita de los vecinos procedentes de la ciudad, que mantienen sus casas cerradas durante el invierno, a las que regresan los fines de semana, durante las fiestas y, sobre todo durante el estío, y que suponen una garantía de continuidad de la vida en el pueblo.

Recorrer sus calles, para quien allí nació, y durante tantos años vivió, es una fuente de sensaciones encontradas, que le emociona y conmueve profundamente, mientras pasea acercándose a las que continúan tristemente cerradas, recordando a quien en ellas vivió y conoció en sus adolescentes años, cuando el pueblo bullía de vecinos que ocupaban todas las casas, cuando eran multitud, cuando había niños, escuelas, panadería, tienda de ultramarinos, incluso médico, y pasa por delante de la casa de la Tía Julia, de la Tía Feliciana, del Tío Leoncio, a quienes saludaba al pasar, siempre corriendo, seguramente a por pan, aceite, garbanzos, o cualquier otro recado que le mandase su madre.

Y hoy entristece su semblante al contemplar tantos espacios vacíos, tantos huecos dejados por aquellas buenas gentes, de las que no queda nadie, que se las llevó el tiempo, que no volverán jamás, a las que hecha sinceramente de menos, por las que siente una infinita añoranza, y que ahora descansan en el pequeño cementerio adosado a la iglesia, dónde juntos y en silencio comparten un espacio que contemplaron cuando faenaban en las eras, con los carros pletóricos de haces de trigo, cebada y centeno, dispuestos para la trilla que procuraba el preciado grano, pensando quizás, que un día aún lejano, allí reposarían sus cansados y trabajados cuerpos.

Sólo se queda el pueblo cuando llega la noche, con las tranquilas y silenciosas calles desiertas, iluminadas apenas por una leve y pálida luz blanquecina, procedente de las públicas luces que  las flanquean, que apenas logran traspasar la espesa negrura que sutilmente se desvanece a medida que avanza la llegada del nuevo día, con un límpido y brillante sol que aparece detrás de la sierra, como si allí, en la otra cara de la montaña, hubiera estado dormitando el astro sol desde el ocaso hasta el alba.

Dejo atrás mi pueblo, sus calles y sus gentes, mi casa, que ya no es mi casa, sus eras verdes, su cementerio, su iglesia con su esbelta espadaña, su sinuoso rio y sus frescas alamedas, su bosque de robles y su monte de enebros y encinas, su sierra y sus campos, y aquel camino verde de aquella lápida del cementerio, que años ha, yo mismo hice grabar, para indicar a quienes allí descansan, mis padres y mi hermano, la senda a seguir,  confiando con ello, logren encontrar la infinita paz que merecen y ansío para ellos,  el lugar donde se esconde la luz y la vida, la verdad y el reposo soñado, el merecido descanso de la eternidad.

viernes, 14 de enero de 2022

LA FRÁGIL E INCIERTA LIBERTAD

Siglos después de la Revolución Francesa, que pese a todos los excesos, errores y horrores cometidos, supuso un definitivo comienzo a la hora de lograr dar un paso adelante en la liberación de las ataduras impuestas por los absolutismos imperantes hasta entonces, los seres humanos, a falta de compararnos con otras civilizaciones allende nuestras fronteras cósmicas, en este desconocido y vasto universo en el que nos hallamos prisioneros de nuestra absoluta y obligada soledad, seguimos planteándonos la persistente duda existencial, entre otras, acerca de la libertad a la que creemos nos hicimos acreedores desde el principio de los tiempos, y de la que seguimos interrogándonos si su disfrute aún nos pertenece, si es sólo una ilusión, o si en realidad, nunca llegamos a cabalgar sobre sus blancas y frágiles alas.

Quizás sólo se trata de un sueño, de una falsa sensación de una realidad inexistente, imaginada, arduamente deseada, y por lo tanto más difícil de reconocerla cuando se hace presente, y mucho más de disfrutarla cuando  la reconocemos como propia, como algo inseparable ya de nuestras vidas, algo que nada ni nadie nos podría quitar, y que nos mantiene en una continua y pertinaz vigilancia que nos somete a duras y constantes pruebas de supremo esfuerzo para defender tan preciado valor, que no cambiaríamos por nada, salvo por nuestra propia existencia, que sería la única excusa para renunciar a una libertad, que sacrificaríamos quizás, a la espera de poder recobrarla, sin la cual, la vida pierde su sentido, pero siempre con la esperanza de retornar en el futuro a gozar de su amable, sutil y delicado abrazo.

A lo largo de la historia, la libertad no sólo no ha sido un valor reconocido, deseado, lamentablemente ausente, sino que no existía conciencia alguna del derecho que asistía a los ciudadanos en su inalienable reconocimiento, anulado por completo por los poderes absolutos que dirigían sus vidas, ora los terrenales, que explotaban su fuerza de trabajo, ora los sobrenaturales, que pretendían dirigir y manipular  sus vidas para alcanzar la que denominaban vida eterna, que no era sino una insidiosa manipulación a cargo de los que se erigían en representantes de Dios en la Tierra, que según ellos salvarían sus almas, a costa de obnubilar sus mentes, inculcándolos el miedo, y el temor que anulaba toda posibilidad de conocimiento, y por tanto de soñar siquiera con una inalcanzable y lejana libertad.

No será hasta un muy avanzado el Renacimiento, que una pequeña parte de la ciudadanía, con un difícil y rudimentario acceso a unos mínimos y rudimentarios conocimientos, que le permitieran vislumbrar la esperanza de desligarse de las ataduras que le permitirían albergar la posibilidad de deshacerse de las vendas físicas y morales que le habían impedido ver y pensar libremente, contemplando el mundo de otra forma, que le permitía explicárselo de una manera radicalmente distinta a como hasta entonces lo había concebido, descubriendo y explicando cuanto le había sido vedado por quienes se habían ocupado de negarle una nueva e ilusionante visión de cuanto le rodeaba, ante la cual abrió poderosamente su ojos y su mente, que con el tiempo le conducirían a sentirse un hombre nuevo y gozosamente distinto, autor y propietario de su existencia.

Pero el camino para lograrlo, apenas comenzaba a perfilar su largo y complejo trazado que se vería pleno de obstáculos de todo signo, tanto materiales como inmateriales, que sería necesario eliminar, labor ardua, lenta y dolorosa que duraría siglos, durante los cuales, los progresos fueron lentos y complicados, con avances y retrocesos continuos, que costaron sangre, sudor y lágrimas, pero que encendieron la mecha que ya no se apagaría jamás, mientras el conocimiento iba llegando a las masas como un soplo de aire fresco que liberó a un hombre nuevo de sus ataduras, que le indujo a luchar contra los tiranos y las tiranías que le mantenían atado a sus oprobioso dictados, al tiempo que descubría a quienes les tenían sumidos en el miedo y el temor a la condenación eterna, una iglesia que seguía ostentando un enorme poder sobre las mentes y las vidas del pueblo llano y trabajador, al que desde los púlpitos, amenazaban con la condenación eterna, a la que decían, se habían hecho acreedores por sus numerosos pecados.

Vivimos tiempos convulsos en cuanto al ejercicio de la libertad se refiere, no siendo preciso mirar muy lejos de nuestra casa, para hallar ejemplos claros en pequeños y en grandes países, donde este elemental derecho está conculcado en todas sus vertientes y manifestaciones posibles, con gobiernos déspotas, que no permiten que los ciudadanos elijan a sus gobernantes, con lo que la posibilidad de ejercer las libertades civiles se convierte en una quimera, que de una forma tiránica se ejecuta sin posibilidad alguna de que los ciudadanos puedan intervenir en la decisión fundamental de elegir a sus gobernantes, al no existir una democracia que garantice el derecho elemental al voto, como sí disfrutamos en los países dónde este derecho está recogido en una Constitución que así lo contempla.

No obstante, esto no es garantía absoluta de que determinados derechos puedan ser conculcados, anulados y prescritos, en determinados momentos históricos como los que estamos viviendo en estos dos últimos años, que aunque temporalmente, han sido llevados a cabo de una forma radicalmente severa, que aunque a posteriori la Ley Suprema declaró como inconstitucional, han supuesto una seria llamada a las conciencias libres, como un toque de alerta ante un peligro siempre latente, incluso en nuestras supuestamente afianzadas democracias, en el sentido de que la fragilidad de la libertad está siempre latente, y que la vigilancia y la defensa de la misma, nos compete a todos los ciudadanos que amamos la libertad como valor supremo de la civilización humana.

sábado, 1 de enero de 2022

IN ALBIS

No fue precisamente el Latín, la asignatura preferida durante mis estudios de bachiller, cuando aún está lengua, que admiro y respeto, formaba parte del plan de estudios de entonces – léase hace un buen puñado de décadas –que me hizo sudar tinta china, permítaseme tan curiosa expresión, aún hoy en vigor, que me destrozaba los nervios, cada vez que me sumergía en las entrañas de la farragosa y larga oración, tratando de encontrar el dichoso sujeto, que podía encontrarse en cualquier intrincado rincón de la misma, y que necesariamente, no se disponía al principio, cómo podría esperarse, sino que hallábase oculta, ora en el centro, ora antes, ora después, con lo que su búsqueda se convertía en una auténtica aventura sintáctica, que casi siempre se tornaba imposible para el bachiller empeñado en desentrañar tamaño desafío lingüístico.

In Albis, es una expresión latina – latinajo propiamente dicho – que tiene varias acepciones, muy similares entre ellas, que se traduce, como estar o quedarse en blanco, quedarse sin conseguir lo pretendido, no lograr o captar lo que se expone, entre otras que podríamos citar, y que se ajustan a la perfección en la simple y llana locución, “en blanco”, o sea, de no haber entendido nada, perplejo y sorprendido ante una situación que no asume ni entiende, en definitiva, que le supera y le sume en un vacilante desconcierto, que encuentra siniestro e incierto a partes iguales, que es lo que a mí me sucedía cada vez que me disponía a analizar la dichosa oración, cuyo núcleo fundamental, era sin duda, el hallazgo del misterioso y oculto sujeto.

No consigo recordar si el Latín se estudiaba en un solo curso o en varios, si sólo en el bachillerato, o si también lo contemplaba el plan de estudios de magisterio – aunque esto último, lo dudo – pero si permanece en mi memoria lo mucho que me hizo sufrir esta hermosa y fundamental lengua, que tanto estimo y respeto, origen de tantas otras, y que sobra aquí tratar de explayarnos en su vital importancia,  tanto en las ciencias como en las letras y el arte en general, y que por desgracia hoy se encuentra tan denostada y cuestionada, por quienes no poseen la necesaria cultura, conocimiento y sensibilidad para concederle la enorme importancia que para la civilización humana ha supuesto a través de la historia.

 Lengua viva, que no muerta como algunos le suponen, que yo tanto defraudé, con mis continuos suspensos, que apenas logré superar con justos y nimios aprobados, que en algún caso logré, recuerdo ahora, gracias a la inestimable ayuda de algún compañero que, en el examen, me pasó la salvadora chuleta, para conseguir superar la inevitable prueba, nada que ver con la asignatura de religión, que en la Escuela Normal de Magisterio de Segovia, aprobaba sin problemas – el profesor era un sacerdote – y yo para entonces un completo descreído, ya que existía una leyenda,  que afirmaba que bastaba con hablar bien de la virgen, para aprobar, algo que seguí al pie de la letra, y que me dio excelentes resultados.

In Albis llevamos los dos últimos años, inmersos en una pandemia que pese a la vacunación, y gracias a ella más debilitada, sigue golpeando este País, y el resto del Mundo, con alarmantes cifras de contagios, cuando finalizamos este oprobioso año 2021, que nos ha dejado en blanco una memoria demasiada cargada de esperanzas defraudadas una vez más, después de pasar el terrible 2020, que creíamos supondría el final de todas las desdichas que se prolongan ya dos años en pleno siglo XXI, con un País que pese a las euforias gubernamentales, sigue con unas cifras económicas, sociales y laborales, que no permiten lanzar las campanas al vuelo, con una clase política nefasta en todo su arco parlamentario.

Y es que desde la izquierda más extrema, hasta la derecha más cavernaria, pasando por un centro izquierda y otro orientado a la derecha, ambos irrelevantes, o más bien inexistentes, dónde todos se caracterizan por las mismas malas formas, la misma ineptitud, y la misma obsesión por aferrarse a la poltrona, al poder, en definitiva, ajenos a su labor en pro de unos ciudadanos, cada vez más frustrados y cansados de ellos, de todos, sin distinción ideológica, si es que la tuvieren, que nos están dejando la mente en blanco, in albis, a fuerza de olvidarnos de ellos, que es lo único positivo que están consiguiendo entre tanta indignación, tanto cansancio y tanto sufrimiento como están causando a una población, harta de su ineficacia, de su soberbia, y de su falta de sensibilidad ante tanto desamparo.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

FARISEOS

Que el ser humano es sumamente acomodaticio, es algo que nadie puede negar, y que la mayoría ha podido comprobar cuando ha experimentado esta capacidad tan resolutiva para quien la experimenta, ya que su puesta en práctica suele ser de sumo interés para quién, egoísta o necesariamente, tiene que acomodarse a las circunstancias que le condicionan para amoldarse a los vaivenes de la humana existencia, sin posibilidad de evadirse de los condicionamientos que le obligan, tomando las decisiones pertinentes para adecuarse a los nuevos tiempos que las circunstancias vitales le han obligado a considerar como inevitables para proseguir su forzado e inevitable caminar.

Tan adaptables son los protagonista de estos habituales hechos, tan comunes y frecuentes en la existencia humana, que su repercusión en el quehacer humano suele ser mínimo, y sus efectos adversos pasajeros, de tal forma, que pese a las incomodidades y trastornos, que indudablemente causan, no acostumbran a ser tan traumáticos como para quedar marcados por ello, llegando a aceptar los inevitables cambios originados, como un mal menor que se debe asumir, que nos permitirá continuar nuestra trastocada actividad, ya sea personal, familiar, o de cualquiera otra índole, sin alterar, de esta forma, nuestra diaria existencia, aún a costa de la obligada alteración de la diaria rutina existencial.

Pero no siempre los cambios, variaciones y alteraciones del rumbo vital de los seres humanos, están condicionados por una inevitable y obligada contingencia que no podemos evitar, que no depende de nuestra voluntad, de nuestra libre capacidad para dirigir nuestras acciones y más fervientes deseos, sino que dichas alteraciones existenciales, son asumidas libremente por motivos más o menos inconfesables, que no obligan, porque no son una imposición, que como tal, no depende del individuo, sino que es decidida libre y voluntariamente en un ejercicio del libre albedrío, que no supone imposición alguna más o menos rechazable e indeseada, sino una manifestación buscada y realizada con la intención de mejorar una determinada situación, con propósitos quizás egoístas, quizás inconfesables, pero siempre decididos y dirigidos racionalmente, sin presión exterior alguna.

Sus manifestaciones, sus facetas, sus expresiones materializadas en hechos determinados y concretos, son tantos y tan variados como la mente y la voluntad humanas pueden llevar a término, de tal forma que su pretendida intención de relacionar todos y cada una de ellas, resultaría un vano y fútil intento por desentrañar la capacidad del ser humano para llevar a cabo sus más íntimas y recónditas perversidades, más o menos retorcidas, de las que es capaz, y de las que a lo largo de la historia ha dado amplia y nutrida muestra, a través de ejemplos que no han llegadoa traspasar la barrera de lo meramente personal, y de aquellos que han logrado tal eco, que han trascendido el ámbito individual, para llegar a alcanzar metas mucho más elevadas y tocar techos tan altos que no conocen fronteras.

Así, podemos encontrar innumerables casos de personajes famosos a nivel internacional, de todas las épocas, de todos los orígenes, y de todas las ocupaciones, actividades, y dedicaciones posibles, con preferencia por los políticos, pero dónde no faltan los genios más o menos dotados, de las diversas y variadas artes, los militares, los artistas, los dedicados a la ciencia y la tecnología, las grandes fortunas y  cómo no, y en gran medida, los que se habían inclinado por dedicarse al lucrativo y falsario negocio de la religión, desde el más bajo servidor, hasta el que representa las más altas instancias a las que se puede llegar en ese proceloso mundo que conduce a las alturas más altas e inmateriales a las que el ser humano puede llegar a alcanzar, una vez se ha traspasado la línea que divide esta vida terrena, de la que ellos dicen, sin el menor sonrojo, ostentar por divino y sobrenatural  mandato.

Estos últimos son, sin duda, junto a los denostados y soberbios políticos, los que se llevan sin duda la palma en esta singular pelea farisaica, con su enorme capacidad para engañar, aquellos a sus fieles y devotos seguidores, y éstos últimos a sus crédulos e ingenuos votantes, con sus falsas promesas, eternas en un caso y temporales en el otro, pero siempre basadas en la enorme capacidad para convertirse en lo que no son, salvadores de almas, los unos, y repartidores de dádivas y bienes materiales sin cuento los otros, en un ejercicio de engaño, falsedad manifiesta e impostura desleal e hipócrita, que difícilmente admite parangón en este engañoso y malicioso mundo en el que nos movemos, dónde todo vale si con ello se obtienen los jugosos réditos que suelen estar en juego, y que con tanta facilidad suelen obtener.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

EL DOGMA Y LA RAZÓN

Asistimos con asombro a numerosos debates e incontables tertulias en todos los medios de comunicación, sin duda con un insoportable predominio televisivo, que suele mantener en vilo a una entregada audiencia, que se mantiene fiel a sus principios que no abandonarán jamás para dar paso preferente al enemigo tertuliano, que exhibe sus argumentos opuestos, como está mandado, a los que defienden los suyos, y por los que están dispuestos a mantener y bregar a capa y espada, aunque pierdan el hilo, y muy poco entiendan de lo que allí se trata.

Todo ello, en un ejercicio de disciplina auto impuesta que les obliga a convertirse en palmeros impenitentes de los razonamientos allí expuestos, sin molestarse lo más mínimo en tratar de entender las propuestas del bando contrario, que desde el principio desechan con contundente, intolerante y despectiva sinrazón, al negarse, no ya a analizarlos, no sea que les convenzan, sino a escucharlos, anulando así toda posible contaminación identitaria, que inquiete y trastoque su monolítico ideario.

Constituye todo un privilegiado regalo de la inteligencia, el hecho de mantener una actitud independiente y neutral a la hora de adoptar una postura libre, en cuanto a la asimilación y respuesta intelectual desapasionada pueda darse, acerca de las manifestaciones de los asistentes a estos modernos foros, donde se suelen agrupar los que mantienen posturas similares o muy cercanas, separándose incluso físicamente, de tal manera que reconozcamos de antemano las dos opuestas opiniones que se van a manifestar, generalmente de izquierdas a un lado y de derechas en el otro, cómo no, siempre intransigentes, sin que haya posibilidad alguna, ni exista la más remota esperanza de que desde uno de los extremos se le reconozca algo, por nimio que sea, al contendiente del lado opuesto.

Dogmáticos irreconciliables con otra doctrina que no sea la suya, mantienen sus dictados sin concesión alguna a quienes piensan y argumentan lo contrario o simplemente de forma diferente, sin ceder en absoluto en sus postulados, ni conceder el menor beneficio de la duda a su opositor, algo que, aunque parezca elemental, y le haya rebatido con lógica razonada, jamás reconocerá, ya que semejante acción, se interpretaría como un insoportable e inadmisible signo de debilidad.

Algo que no puede permitirse el vocero de turno, ni sus partidarios se lo perdonarían jamás, en un ejercicio de irracionalidad, cinismo y estupidez, que afectaría tanto a los tertulianos como a sus dogmáticos y sectarios partidarios, que no se preocupan por el hecho de que la verdad y la razón se impongan, sino por su intocable y absurdo fanatismo dogmático, que les lleva a engañarse a ellos mismos, sin el menor resquicio, ni la mínima concesión a los más elementales y ridículos prejuicios, que le pudieran hacer dudar, por un instante, de sus blindadas, fanáticas y radicales posiciones.

Se insultan con más o menos sutilezas, se levantan la voz, se interrumpen, se tachan de fascistas, de comunistas, o de sus equivalentes, con intención malévola y peyorativa, se faltan el respeto con denodada frecuencia, se cuestionan despectivamente, sin hacerse la mínima concesión, sin reconocer nada al contrincante, como si se tratase de una pelea de gallos, ordinarios y cutres, ignorantes y falsarios, todo vale, todo se permite, arrabaleros irredentos, sin educación ni cultura suficiente para debatir sobre ciertos temas, permitiéndoselos todos, como si de sabios se trataran, cuando apenas conocen un par de teclas del piano que del que se creen auténticos virtuosos, cuando no son, sino simples y vulgares charlatanes, que carecen  en su mayoría, de la capacidad, la preparación, y la categoría suficiente para debatir sobre los variados temas que suelen tratar.

Mientras tanto, los fieles e intolerantes seguidores, siguen a los suyos con la misma e inflexible intransigencia, permitiéndose el lujo de desoír a los otros, dando por hecho que su discurso está equivocado y viciado de razón alguna, permitiéndose el lujo de cambiar de canal hasta que termine su intervención, que para nada les interesa, en un bárbaro ejercicio de un dogmatismo siempre insólito y negativamente irracional, que ofende a la inteligencia más elemental y humana, que nos debería permitir escuchar a todos, y a no prejuzgar acerca de sus ideas allí expuestas, a las que negamos, a priori, todo valor y credibilidad, concediéndoles el beneficio de la razón, si así lo consideran, algo que les niegan a priori, faltaría más.

Craso error que se comete con excesiva y ordinaria frecuencia, cuando se obstinan en negar sus razones y argumentos, por alejados que en un principio consideren que están de los suyos, demostrando con ello la capacidad que se le supone al ser humano pensante, de escuchar, razonar y discriminar, antes de emitir juicios de valor precipitados, arriesgando con ello la posibilidad de acercar posturas que nos permitan vislumbrar, si no la verdad, que nadie posee en exclusiva, sí la posibilidad de reconocer y valorar las posiciones contrarias, para sumándolas a las nuestras, lograr un mundo mejor, más libre y más razonablemente compartido por todos.

martes, 16 de noviembre de 2021

UNIVERSOS PARALELOS

Después de milenios de difícil y traumática convivencia, la especie humana sigue comportándose y, por lo tanto, pensando, como si fuese acreedora de ser considerada como la civilización única y singular, que ocupa el centro del universo, sin posibilidad alguna de que otras, aunque no neguemos su existencia, puedan hacernos la menor competencia, por lo que vivimos, como si de hecho fuésemos una auténtica y completa singularidad en un universo de proporciones gigantescamente desproporcionadas para nuestra limitada mente, dónde encontramos acomodo, como si nada existiera a nuestro alrededor, salvo nosotros mismos.

Nuestro ritmo de vida no nos permite entrar en estas disquisiciones, que nos harían perder la perspectiva de nuestra existencia en un mundo que identificamos con el Cosmos, cuando apenas somos un levísimo intento de un sueño de sutil y etérea existencia, que se sustenta en un mínimo espacio que ocupamos en un planeta, que forma parte de un sistema mínimo y elemental, dónde nos consideramos propietarios de una civilización única y prodigiosamente poderosa, sin intento alguno de relativizar tan soberbias apreciaciones, tratando de ampliar nuestras cortas miradas hacia el ciclópeo y vasto universo dónde nos encontramos, centrándonos en exclusiva en este minúsculo espacio vital que nos acoge, y que tendemos a considerar único y exclusivo.

Sin embargo, los científicos, como humanos que parecen de otros mundos, sí están empeñados en encontrar nuestro lugar en el universo, y no cesan, afortunadamente, y como es su obligado deber, de pensar por nosotros, y tratar de encontrar respuestas a cuál es nuestro sitio en este gigantesco escenario, y así, elaboran teorías, por ahora indemostrables, acerca de los llamados universos paralelos, que nos situarían en un multiverso, dónde tendríamos realidades múltiples, dónde cabrían todas las posibilidades, vivencias y circunstancias que rodearían nuestra existencia, con infinitas situaciones que nos afectarían, y que condicionarían nuestras múltiples vidas, haciéndolas diferentes y singulares, sin que posiblemente, estos mundos  pudieran encontrarse jamás.

Réplicas de nosotros mismos, de nuestro mundo conocido, que nos acompañarían en paralelo, sin posibilidad de coincidir, ni en el tiempo ni en el espacio, mundos adyacentes al nuestro, que podrían dejar rastro en la radiación de fondo de microondas, lo que daría oportunidad para comprobar su existencia, algo que no ha sucedido hasta el presente, pero que no se puede descartar, junto con la teoría de cuerdas, que el desarrollo de la física cuántica y la búsqueda de la teoría unificada – teoría cuántica de la gravedad –podrían dar lugar a facilitar la comprensión de los universos paralelos, que darían un gigantesco impulso a la búsqueda de otros mundos diferentes y simultáneos al nuestro, lo que daría una respuesta tan ansiada como hasta ahora negada a los seres que habitamos este mundo en el que vivimos, y que pensamos no es el único que puebla el universo.

Bajándonos al nivel de los humanos no científicos, de los seres que nos movemos al nivel del día a día, sin inquietudes ni pretensiones que  nos lleven más allá del mundo que habitamos, sin entrar siquiera en consideraciones filosóficas, aunque pudiera parecerlo al elaborar pretendidas teorías más o menos fantasiosas e ilusorias, cabe llegar a pensar, que una vez percibido y apenas imaginado el concepto tan inalcanzable para nuestra mente como el de la ciclópea magnitud del universo, resulta fácil pensar que semejante espectáculo, tan prodigioso y soberbio como fascinante, no puede existir para ser contemplado solamente por nosotros, apenas un puñado de seres humanos, en un minúsculo planeta.

 Debe de estar ahí, para ser admirado por billones de civilizaciones que han de poblar un inmenso universo, que de ninguna forma podría existir sin ellos, sin los oportunos espectadores, sin la existencia de la vida, al margen de consideraciones creacionistas, que no son necesarias, ni por supuesto creíbles, para la existencia de tan maravilloso, soberbio y gigantesco espectáculo, surgido de la materia, la energía y la magia de tan prodigioso universo.

lunes, 1 de noviembre de 2021

CON LAS MANOS ABIERTAS

Abro mis manos, con las palmas mirando al cielo, y las contemplo larga e intensamente, tratando de leer en ellas la historia de mi vida, de los largos años  pasados, hasta llegar a un presente cierto y lúcido, que me permite observar el mundo con serena y abierta reflexión, tratando de no engañarme, de no decepcionarme, de seguir creyendo en lo que soy, de no relegar de un pasado, que aunque amable y grato, ya no tiene razón de ser, salvo para distraer la mente y atesorar recuerdos, que no logran condicionar mi existencia, pese a su persistencia en una memoria, que los albergará para siempre, sin renegar de ellos, para aprender, para mejorar,  aunque las comparaciones, no siempre son válidas.

Miro mis manos abiertas, como si leyera en ellas, y les doy la vuelta con las palmas hacia abajo, y así, extendidas, contemplo las de mi madre, idénticas, copia fiel, absoluta y original, de las suyas, con la piel tersamente agrietada, con largas y profundas nervaduras que guían las venas por donde corre su misma sangre, la de una mujer amable, buena y cariñosa, que tanto echo de menos, que tanto recuerdo cada día, cada vez que mis ojos se posan en estas manos que son las suyas, las que ella me dio, las que conservaré para siempre, las que harán que su perenne recuerdo me acompañe amablemente hasta el fin de mis días.

Manos que me hablan, que se dirigen a mí como si fueran algo externo, algo extraño a mi cuerpo, un ser completo y diverso, pero dialogante y familiar, como si tuviesen vida propia, que me miran, me observan y se dirigen a mí con confianza, de una forma transparente y cristalina, como si me hablaran, comunicándose conmigo para recordarme que, al fin y al cabo, somos una unidad, un solo cuerpo, dónde ambos se compenetran y entienden, hasta el extremo de establecer un diálogo permanente, que se inicia en cuanto mis ojos se encuentran con ellas en actitud de mostrar su conocimiento contenido en ellas, como si de una fuente de sabiduría se tratara.

Manos que me reconocen, que me hablan en silencio cuando las miro, frente a mí, con las blancas y vacías palmas, que como cuencos de madera agrietada, me interrogan al mismo tiempo, preguntando cómo me siento, cómo llevo cada uno de los días que llevamos juntos, que son muchos e inseparables de nuestra forzosa unión, manos que dejan de mirarme cuando las bajo, pegadas a mi cuerpo, en un gesto de reposo, de sumisión, de descanso tan necesario como deseado por ellas y por mí, después de tanto tiempo juntos, conviviendo amigablemente, en un consentido y deseado acuerdo, que a ambos nos llena y nos conviene.

Me miro las manos como si fueran un espejo dónde mi imagen se refleja sin alteraciones, sin falsas apariencias, devolviéndome la expresión de mi rostro de forma clara y real, sin pretensiones que pudieran intentar falsear mis gestos, mi mirada, mi expresión serena mientras las contemplo, en un gesto de agradecimiento que ellas entienden y comprenden, con una absoluta precisión, que no deja lugar a duda alguna, en cuanto a firmeza y sinceridad se refiere, a la hora de replicar cuanto mis manos observan, siempre con una absoluta y decidida entrega y dedicación, que valoro y sinceramente agradezco.

Levanto las manos a la altura de mi cara, en una actitud religiosa, de respeto, de sumisa y devota veneración, las acerco para visualizar mejor los surcos que las cruzan, que las atraviesan de una limpia y sutil forma, como si estuviesen prodigiosamente delineadas por una portentosa y clara inteligencia que definiese con ellas las claves de la longevidad, del corazón, y del destino que la vida me reserva, grabadas en unos centímetros de piel que me acompañarán inmutables y permanentes como señas de identidad del cuerpo y la mente a los que están indefectiblemente unidas.

Las contemplo con suma atención, tratando de leer en ellas el relato de mi existencia, de mi vida, como si ellas contuvieran los capítulos que narran cada uno de los días de mi ya larga existencia, de mis vivencias escritas en las invisibles páginas que adivino escritas en cada milímetro de la ya leve y sutilmente arrugada piel, surcada por las venas y arterias que se encargan de almacenar los recuerdos del pasado, a fuerza de circular por ellas, cada uno de los minutos de los días de mi vida, recogiendo incansables todas y cada una de las vicisitudes de mi diaria presencia en este atribulado mundo en el que me ha tocado vivir.

Las miro con una mezcla de admiración y tristeza, pensando en su aspecto dentro de diez, de veinte años, cuando quizás ya no se me conceda el privilegio de observarlas, cuando ya no sean ni ellas, ni yo, de este mundo, cuando se hayan convertido en polvo de estrellas que alimentarán otras vidas, ajenas a la mía, pero con un poso de mi esencia que renacerá en un nuevo ser nacido de mi cuerpo, y de estas manos que contemplo de nuevo con una renovada alegría, que compensa con creces, la ausencia que serán un día.

viernes, 15 de octubre de 2021

LA DESMEMORIA

El cerebro tiene entre otras muchas y esenciales funciones, la capacidad de almacenar recuerdos de nuestro pasado, de nuestro día a día, con una capacidad inmensa de memorizar cuanto los sentidos son capaces de recoger del exterior a través de sus múltiples sensores, así como de recoger y almacenar emociones, pensamientos y sensaciones vividas o ensoñadas, que constituyen el acervo vital de una persona, con una gigantesca y portentosa capacidad de almacenamiento.

Ningún superordenador actual, por potente que sea, ha sido capaz de igualar semejante volumen de información, pese al gigantesco avance que la tecnología actual observa en este aspecto, en un siglo XXI, que sigue contemplando con fascinación un órgano como el cerebro, del que aún queda casi todo por descubrir y desentrañar, dados los incontables secretos que sigue albergando, ante la mirada atónita, sorprendida y profundamente admirada de la ciencia.

El cerebro tiene una auténtica facultad contrastada para olvidar los recuerdos que no desea evocar, hasta el punto que posee una independencia absoluta para seleccionar los que desea recordar, y los que quiere mantener ocultos en el olvido, en un segundo plano, aquellos que no le interesa exponer a la luz, como forma de mantener una integridad, de la que celosamente cuida y vigila escrupulosamente, blindando su contenido para gozar así de una salud de superviviente que lo convierte en una órgano autónomo, poderoso y prodigiosamente capaz de controlar su portentosa actividad a todos los niveles.

Se ha demostrado fehacientemente, que nuestro cerebro, a través de los recuerdos, no siempre muestra fiel reflejo de lo que nos ocurrió en el pasado, ya que nuestras vivencias y emociones almacenadas, se deforman y moldean continuamente, habiéndose logrado aislar el mecanismo automático del olvido, que se encarga de recordar lo que le conviene.

Existe una indudable relación entre memoria y olvido que es incuestionable, dado que el olvido y la memoria están íntimamente relacionados, por lo que olvidar, no es negativo, sino, que de hecho, es necesario y beneficioso, ya que si pudiéramos recordar cada minuto y cada detalle de nuestra existencia, sería insoportable y no resultaría efectivo cuando en algún momento quisiéramos recuperar una determinada información.

Es indudable que nos preocupa olvidar cosas que consideramos importantes y que nos resultan útiles para nuestra vida cotidiana, y a  medida que envejecemos, el funcionamiento de este vital órgano va variando y no tenemos exactamente las mismas capacidades que de jóvenes, pero esto no supone que algo vaya mal, ya que no hay nada extraño en olvidar ocasionalmente fechas concretas o cometer errores puntuales en actividades rutinarias, algo que es frecuente que suceda, y que no debe preocupar, pues no supone un obstáculo para el desarrollo normal de nuestras actividades cotidianas.

Otra situación muy diferente, es el del olvido voluntario y colectivo, el de la desmemoria consciente aplicada a una situación concreta, cuyo recuerdo nos desagrada y golpea duramente, como el de la dolorosa experiencia vivida durante la pandemia que hemos sufrido, con un confinamiento que nos ha dejado desagradables recuerdos, con cientos de muertes diarias durante una largo periodo de tiempo, que han dejado una insoportable cifra de más de cien mil víctimas, y un espantoso desastre económico, social y laboral, que nos ha dejado unas profundas huellas difíciles de borrar, pero que nos empeñamos en olvidar a toda costa, evitando el tema en conversaciones y en reuniones sociales, dónde nuestro cerebro parece evitar tan dolorosos recuerdos.

Otro caso similar en cuanto a la severa dureza de los recuerdos, pero de una naturaleza muy distinta, es el de la desmemoria histórica llevada a cabo por este País, acerca de la espantos guerra civil y sus terribles, violentas y sangrientas secuelas posteriores a dicha contienda, que dejaron decenas de miles de víctimas desaparecidas, enterradas en fosas comunes y en las cunetas de las carreteras, fruto de una brutal venganza de los vencedores

Lo hicieron de tal forma, que no tuvieron piedad alguna con los vencidos, con una crueldad tal, que no dieron a sus familiares la oportunidad de enterrar a sus seres queridos, algo que la sociedad reclama, pero que los políticos niegan, pretendiendo un olvido social que jamás lograrán, porque la memoria, en este caso, jamás permitirá semejante olvido colectivo, ya que en su memoria permanecerá la sangrante maldad de estos hechos, así como en la mente de los seres humanos  de buena voluntad, que reniegan de la inhumana y cruel desmemoria que ello supone.


martes, 5 de octubre de 2021

EL LENGUAJE DEL PLANETA

Nada es inmutable, todo cambia en este mundo, en esta vida que nos ha tocado llevar a cabo, en un planeta que sigue esta norma al pie de la letra, vivo y cambiante sin ambages, algo que demuestra cada día, y que acostumbra a recordarnos de vez en cuando, que suele hacernos ver lo pequeños que somos, lo despreciables que parecemos a su lado, minúsculos e insignificantes hasta el extremo de permitirse el lujo de mostrase impasible, ajeno a cuanto nos acontece, como si nada tuviera que ver con él, dejándonos hacer, hasta que la paciencia se le agota, y nos recuerda cual es nuestro lugar en el universo que nos envuelve.

Y mientras tanto, no cejamos en la estúpida soberbia que nos caracteriza, que suele dominarnos, y que nos conduce a cometer continuos errores que nos colocan en una delicada situación, que somos incapaces de reconocer, lo que nos supone caer de nuevo una y otra vez, como si no fuéramos conscientes de lo grotescamente ridículos que nos mostramos ante un cúmulo de situaciones que deberían hacer sonrojarnos con demasiada y vergonzante frecuencia.

Un planeta con cuatro mil quinientos millones de años, que ha ido evolucionando desde sus orígenes hasta ahora, que ha sobrevivido a todas las pruebas a las que se le ha sometido en un universo a su vez cambiante, que lo alberga en una de sus galaxias, rodeado de otros planetas, de su satélite, y del astro rey, el Sol, autor del surgimiento y desarrollo de la vida en la Tierra, que surgió hace millones de años, y que se ha ido abriendo camino sin interrupción, hasta la aparición del ser humano, momento en el que entró en competencia directa con el resto de los seres vivos.

Y lo hizo limitando su existencia al ocupar progresivamente su espacio, y exterminando especies animales y vegetales sin cesar, contaminando los ecosistemas que habitan, sin cesar, sin contemplaciones, en una espantosa ceremonia de la degradación más brutal, que deja en un triste y penoso lugar a la especie humana, que se ha convertido en un depravado y devastador depredador de la vida en un planeta que contempló su llegada millones de años después de los animales y vegetales que ya estaban aquí cuando surgió el ser humano.

Y todo se fue al traste, la vida se resintió, y ya nada fue igual, mientras, el hermoso lugar destinado quizás sólo para la vida vegetal, los animales y el agua, se resintió en extremo, contemplando impertérrito cómo unos seres supuestamente inteligentes, denigraban y maltrataban su faz, contaminando su aire, sus mares y océanos, destrozando, deformando y desfigurando su pétreo, limpio y verde rostro, con carreteras y autopistas, con cemento y rascacielos, con residuos industriales y con combustibles  que envenenan el aire, haciéndolo irrespirable.

Mientras tanto, se empeña en construir ruidosas y contaminantes máquinas, por tierra, mar y aire, cuyos terribles efectos, el planea sufre en silencio, hasta que dice basta, en su portentoso y elocuente lenguaje, despertando al hombre de su absurdo sueño, que le recuerda su locura, y le insta a rectificar, a cambiar el rumbo de una nave a la deriva, que apenas tiene tiempo de maniobrar para sobrevivir en medio de la tormenta que se ha desatado por la ausencia de una necesaria humildad, que se ha transformado en una estúpida, ridícula y fatal soberbia, que le está conduciendo al desastre, si no cambia su agresiva y voraz labor destructiva, arrasando el planeta a pasos agigantados, y lo hace de una forma inmediata, que no admite retraso alguno, ni duda de ningún tipo, que convierta el proceso en irreversible.

Algo de lo que nuestro hermosa y herida Tierra está avisándonos con gestos cada vez más claros y alarmantes, de formas muy diversas, que no dejan lugar para la duda, para aquel que es capaz de interpretar el lenguaje que utiliza para comunicarse con sus belicosos y destructivos viajeros, a través de catástrofes de diverso origen, que causan miedo y perplejidad, pero que no parecen reconocer como señales inequívocas del sufrimiento de un planeta maltratado, que nos avisa mediante un claro y rotundo lenguaje acerca del dolor que le causamos, y que somos incapaces de reconocer y menos aún de rectificar, para lo que cada vez nos queda menos tiempo.