Imposible
imaginar hace apenas un par de años, que la política en este país llegara a hacernos
sentir el vértigo y la deriva barriobajera con la que se nos manifiesta ahora
mismo, en la actualidad, en estos patéticos momentos en los que nos
encontramos, inmersos en un fangoso lodazal de irritante y tensa crispación,
que está derivando en una indeseable polarización.
Situación
que nos está sumiendo en un oscuro proceso de inestabilidad política y social
que nos sitúa en el ojo del huracán ante propios y extraños, léase ciudadanos
nativos de aquí, y procedentes del resto del mundo, respectivamente, que ante
la convulsa situación política que vivimos deben de pensar, sobre todo éstos
últimos, que aquello de que España es el país más fuerte del mundo, “un país
indestructible, porque lleva siglos intentándolo y aún no lo ha conseguido”,
sigue vigente, tal como afirmó en su momento el canciller de hierro Otto Von
Bismark.
Consideración
extrema, por exagerada y alarmista, que preferimos no asumir, y en la que en
cualquier caso ni creemos, ni deseamos afrontar, ni en la que por supuesto
pensamos nos encontramos en estos momentos, pero en la que quizás debiéramos contemplarnos como en un espejo,
para intentar aprender de la imagen que nos devuelve ante los numerosos
interrogantes que plantea.
Éstos
últimos días se han dado en la política de nuestro país, unas circunstancias
como mínimo extrañas y anormales, con la extravagante “dimisión a tiempo
parcial” del presidente del gobierno, que se tomó un conventual retiro de cinco
días, para según dijo, reflexionar acerca de su continuación como jefe del ejecutivo
o dimitir de dicho cargo, algo que como la mayoría ya aventuramos quedó en nada,
y que en medios internacionales destacan como una acción impropia de un primer
ministro, que no figura en las hemerotecas de país alguno, algo que por cierto nada
bueno puede suponer para la inversión extranjera en nuestro país, vista la extraña
e insegura deriva política existente, que en nada la favorece, sino más bien al
contrario.
es
decir, en una inaudita y excesiva farsa que no convenció ni a los suyos, y que
resolvió en un “voy a seguir”, que ya dábamos por hecho desde el primer momento
del primer acto de la susodicha representación, que tuvo más de comedia que de tragedia,
y que no consiguió enganchar al sufrido espectador, porque el desenlace era absolutamente
previsible.
Para
llegar hasta aquí, venimos soportando a un ejecutivo compuesto por un grupo de
ministros de auténtico diseño desde un siniestro superministro con tres
carteras, auténtico controlador que todo lo ve y transmite a su superior, hasta
un intrigante y obediente fiscal general y un bulldog provocador y pendenciero
en forma de ministro de transportes, así como una fan excesiva y entusiasta en
sus formas y manifestaciones a la hora de animar a los suyos, léase la vicepresidenta
primera, así como vitorear a su jefe, a la sazón primer ministro del país,
dotado de una soberbia ególatra y narcisista, dotado de una capacidad de atracción
tal ante sus ministros, ha conseguido que se manifestasen ante la sede del
Partido pidiéndole a gritos, como desaforados hooligan, como fans entregados a
su ídolo, que se quedase, que no
dimitiese, que continuara en su puesto hasta llegar a la que él denomina
“regeneración de la democracia”.
Y es
que más que regeneración, parece degeneración política, una vez contemplamos
los pasos inmediatos dados por el presidente, que lejos de proponer medidas que
alivien la tensión y favorezcan la regeneración política que pretende, se ha
embarcado en el insulto permanente con su nueva y desafortunada expresión
dirigida a sus contrincantes y que ya han asumido todos sus ministros: “la
máquina del fango”. Para este viaje no necesitaba alforjas. Desafortunadamente,
hemos tocado fondo.
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