miércoles, 15 de febrero de 2017

EL ESPÍRITU DEL MAL

Friedrich Nietzsche, filósofo alemán nacido en el siglo XIX, escribió entro otros un libro que tituló el Anticristo, que es una crítica del cristianismo en su conjunto, y de conceptos modernos como el igualitarismo y la democracia, a los cuales ve como consecuencia persistente de los ideales cristianos.
El Anticristo aparece en cuatro escrituras del apóstol Juan, y es la teología cristiana, quien cumplirá con las profecías bíblicas concernientes a un antagonista de Cristo. El uso de la palabra anticristo sólo aparece en las cartas del apóstol Juan, donde por un lado hace referencia a la manifestación, prevista para el fin de los tiempos, de un adversario decisivo de Cristo.
A lo largo de la historia se designó también el uso de esta palabra a las personas que estaban en contra del cristianismo, por lo que el anticristo podría ser cualquier persona que estuviese en contra del Mesías y lo que él representa. Según esto, cabe entender, que a lo largo de la historia ha habido muchos Anticristos, que son aquellos que no conjugan con la doctrina de Cristo.
Nostradamus ya predijo el advenimiento de tres de ellos, describiéndolos como seres inhumanos desprovistos de todo sentimiento noble, que traerían una destrucción sin precedentes, con muchas muertes, mucha sangre, y mucho dolor y sufrimiento.
Uno de ellos es identificado como Napoleón Bonaparte. Otro sería Adolfo Hitler, el mismo a quien los fanáticos ultraconservadores de la Organización Nacional del Yunque en nuestros tiempos aún adoran como su máximo ídolo.
El tercero, es un Anticristo aún por venir, igualmente despiadado e inhumano como los dos que lo precedieron. Lo describe como un hombre de Medio Oriente, presumiblemente un musulmán, con un odio nato a las sociedades cristianas, el cual posee en sus manos la capacidad para desatar una guerra nuclear en contra de los Estados Unidos y Europa, y que llevará a cabo la destrucción de "la gran ciudad", identificada por varios estudiosos de Nostradamus como Nueva York.
Dado el hecho de que Nostradamus no siempre ha dado en el clavo, y que la interpretación de sus predicciones se somete al subjetivo juicio de cada lector de las mismas, cabe suponer que el tercer Anticristo, para cuya designación nos dejó las manos libres, es posible que no sea de Medio Oriente ni musulmán.
Es por ello que podría proceder de occidente, y así, cambiando los términos de esta última predicción, todo se invierta, y nos encontremos con el presidente Donald Trump, que parece reunir todas las características que se le deben exigir a un Anticristo, como dueño y señor del mal llevado a sus últimos extremos, amenazas a las que nos tiene acostumbrados desde antes de tomar posesión de su cargo.
Han sido tantos los improperios en contra de todo avance social, ya fuera en su país, ya fuera en el resto del mundo, tantas sus advertencias en contra de la distensión global, de la política de acogimiento de los cientos de miles de refugiados que en el mundo son, tantos sus desprecios hacia las minorías de todo orden,  que una vez en el poder y comprobado cómo se han visto materializadas todas ellas, no nos cabe la menor duda, de que este energúmeno de toscos modales y agresivo discurso, podría tratarse de ese tercer Anticristo.
El mismo que el inefable Nostradamus predijo que habría de sacudir las conciencias de los seres humanos de este mundo, aunque no proceda de dónde él avanzó, ni coincidan ninguna de las características que él adelantó, lo cual no es obstáculo ni óbice para desterrarlo de nuestras mentes como ese tercer y último espíritu del mal, azote de una Humanidad que no gana para sustos en este apenas iniciado siglo XXI.
La figura del Anticristo no es sino la personalización del mal. Nadie en su sano juicio, libre de oscuros fanatismos, debería creer en la materialización de esta figura, de esta imagen que contemplan las Escrituras y Nostradamus. Pero el mal existe, ya que es inherente a la raza humana. Y Trump es humano.