lunes, 8 de febrero de 2016

UN PÁLIDO PUNTO AZUL

El catorce de febrero de mil novecientos noventa, la nave Voyager 1, se encontraba a seis mil millones de kilómetros de la Tierra, a punto de abandonar nuestro Sistema Solar y entrar de lleno en el espacio exterior, rumbo a lo desconocido, en un viaje estelar que durará cuarenta mil años como mínimo, para acercarse a los dominios del sistema estelar más próximo.
Entonces, cuando el largo y solitario viaje de la sonda duraba ya trece años, viajando a velocidades de vértigo por el oscuro y frío espacio, se le dio desde la base desde fue lanzada, la imperiosa orden de girarse ciento ochenta grados sobre sí misma, y dirigir por última vez sus poderosas lentes hacia atrás, con el objeto de enfocarnos por última vez.
Lo que sus ojos pudieron ver y que sus cámaras se encargaron de registrar, fue la negrura profunda del espacio que había dejado atrás, salpicada por una inmensa cantidad de minúsculos puntos blancos, brillantes, entre los cuales destacaba especialmente uno de ellos, tan minúsculo e insignificante como los demás, pero con una peculiaridad característica, muy especial, que lo hacía diferente al resto, debido a su colorido ligeramente azulado.
Se trataba de nuestro hermoso planeta Tierra, nuestro hogar, contemplado desde miles de millones de kilómetros. Un pálido punto azul, tal como lo describió el genial científico Carl Sagan, que fue quién tuvo la brillante idea de llevar a cabo dicha acción, que proporcionó unas increíbles imágenes, que nos sitúan inmersos en un  mar de estrellas, como un astro más, pequeño, minúsculo, donde se desarrolla una civilización que nosotros mismos hemos calificado de inteligente.
Y es en ese punto, que desde la Voyager 1 no destaca más que por su ligera coloración diferente al resto, dónde se abre camino ese portentoso milagro que hemos dado en llamar vida, que sin duda proliferará en el inmenso y sobrecogedor universo, pero de la que no tenemos más noticia que la que se abrió camino hace millones de años en ese minúsculo astro que hemos dado en llamar Planeta Tierra.
Sobrecoge pensar que millones de seres humanos, cada uno con sus azarosas vidas, puedan habitar un espacio tan ínfimo, tan insignificante, en un desolado, y gélido Cosmos de dimensiones ciclópeas, que visto desde la inmensa distancia que la nave pone por medio, causa un tremendo desasosiego en las mentes de quienes han tenido la suerte de contemplar tan sobrecogedor espectáculo.
Las imágenes enviadas por la nave, causan más que sorpresa y asombro, un auténtico estupor e incredulidad, al ser conscientes de la absoluta incapacidad de la que hacemos gala para poder entender el destino que espera a una Humanidad que no sabe ni cómo ni por qué,  se halla habitando ese punto olvidado en medio de la oscura soledad de la eterna noche que lo envuelve.
Estamos solos, inmensamente solos, en un universo de proporciones inimaginables para nuestro insignificante cerebro, que no puede llegar a concebir, entender y asimilar tanto derroche de materia y energía que nos envuelve, en un universo, que por lo poco que conocemos, no tiene ni límites ni fronteras, ni comienzo ni fin.
 Lo desconocemos todo de él, ante el cual nuestra humana soberbia es incluso capaz de mostrar un momentáneo respeto, que no suele durar más allá de nuestra escasa capacidad de asombro, después de lo cual, retornamos indefectiblemente a dar rienda suelta a un estúpido y vano orgullo por el nivel que nuestra tecnología ha alcanzado, en contraste con la miseria a la que se ve abocada media humanidad, condenada por la otra mitad al abandono, al olvido y al atroz sufrimiento que experimentan sus vidas presas del hambre, el dolor y de una desesperación insoportable ante la oscura perspectiva de una vida sin futuro.
La nave Voyager 1, continúa en su largo y esperanzador viaje en busca de otras civilizaciones que puedan llegar a entender los mensajes que porta, grabados en un disco de oro, que contiene imágenes de la vida en la tierra, de los seres humanos, animales, plantas, de los mares, ríos y montañas, de las diferentes razas, culturas, lenguas, tradiciones, melodías, folklore, sinfonías, sonidos, y otras representaciones de nuestro Planeta.
Todo ello con la intención de que ilustren e informen acerca de nosotros los humanos, a quien pueda llegar a verlas y sea capaz de traducirlas e interpretarlas, con el objeto de dar a conocer a posibles viajeros interestelares, que en medio de la negrura profunda de un inmenso y sobrecogedor universo, se halla girando alrededor de una poderosa y brillante estrella, un hermoso planeta que contiene el más preciado bien que el Cosmos puede llegar a albergar: la vida.

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