miércoles, 11 de enero de 2017

EL TRUMPAZO

Grande fue la sorpresa que el mundo experimentó, cuando se confirmó la victoria de Obama en las presidenciales de Estados Unidos, lo que suponía que por primera vez en la historia de ese país, un hombre negro alcanzase la presidencia de la nación más poderosa del mundo.
Algo inconcebible por entonces, hace ahora ocho años, y que concitó las más emocionadas esperanzas allí y en todo el planeta, que veía como en un país con una férrea y feroz tradición racista, asentada en el pasado y aún presente en la actualidad, era elegido para tan singular y significado puesto un presidente cuyas raíces familiares proceden del continente africano.
Su elección levantó toda una oleada de ilusionada confianza a todos los niveles, tanto en el interior de Estados Unidos como en el resto del mundo, pensando que su aura de político abiertamente demócrata, poseedor de una imagen de hombre de ideas avanzadas y con una reputación intachable, sería capaz de llevar a cabo una inmensa e ingente labor a todos los niveles, que en gran parte y pese a sus innegables esfuerzos, se han visto defraudados.
Tantas eran las expectativas depositadas en Obama, tantas las perspectivas fijadas en él y tantas las ilusiones mostradas por los ciudadanos del mundo, que sin verse completamente defraudadas, sí se han visto muy minoradas, pues tales eran los excesos y los deseos que la frustración llegó al comprobar que no ha podido llevar a cabo cuanto prometió en su momento, más porque se lo han impedido, que por falta de interés y de iniciativa suya.
Aún así, los logros han sido muchos, y los avances en todos los órdenes han sido importantes y numerosos, dejando una brillante estela que perdurará por los tiempos, con una importante labor en pro de la distensión a nivel mundial, que ha sido reconocido con el premio Nobel de la Paz.
Si el impacto de la victoria de Obama fue realmente considerable al suceder a Bush, dos personajes personal y políticamente opuestos, no lo es menos el hecho de que a Obama le sucederá Donald Trump, un personaje incalificable, sorprendente y muy alejado de los estándares hasta ahora habidos en la historia de los presidentes de ese gran país, que aún está por descubrir, y que el mundo tendrá la oportunidad de de conocer a lo largo de los próximos cuatro años.
Casi sesenta millones de ciudadanos estadounidenses lo han elegido. Un personaje singular en sus formas y en su contenido, en absoluto al uso, que ha roto todos los esquemas de lo hasta ahora conocido y que no ha dejado indiferente a nadie. Rudo, polémico y devastador en sus primeras declaraciones que han alertado a los demócratas de todo el Planeta y que ha despertado la duda y la zozobra en medio mundo.
Trump es un empresario multimillonario, para unos un genio y para otros un evasor de impuestos, con pocos escrúpulos en todos los sentidos, hábil negociante, nada sospechoso de ejercer la filantropía, irrespetuoso con las mujeres y con los discapacitados, de los que se burla, o con los hispanos, o con todo el que se le opone o detesta. Un tipo que no suele medir las consecuencias de sus palabras.
Un auténtico populista, que ha sabido ganarse la confianza de sus electores, a base de efectismos de toda índole. Lo votaron porque es un macho alfa, nacido para mandar, autoritario y con aires y gestos de jefe. Todo ello parece inculcar en sus seguidores un sentimiento de seguridad. Cuatro años de incertidumbre.